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Epílogo.
Y VIVIERON FELICES Y CONTENTOS….
Si los hombres pusiesen Una encima de otra sus
alegrías, mi pila sobrepasaría todas las
demás.
Juventus.
¿Cómo de contentos?
En Grandchester Park la vigilia de Todos los Santos era una fiesta especial. Pudiendo mirar a través de los vidrios de las ventanas dentro de la sala grande, la más bulliciosa y habitada de la residencia ducal, uno se podía dar cuenta inmediatamente que había magia en el aire.
Fluctuaba en la habitación, donde volaban una mesa, un par de libros y algunos sillones, incluso aquel ocupado por su gracia el Duque de Grandchester.
—Marianna.
—¿Sí, papá?
—Baja el sillón, por favor.
Un libro volante rozó la cabeza del Duque.
—Marianna.
—Perdona, papá —dijo la niña, luego farfulló: —Debo concentrarme.
Terry sofocó un gemido y se asomó por el brazo del sillón para mirar a su hija. A casi tres metros por debajo de él, estaba la niña de ocho años vestida de fiesta con un vestido de tafetán verde y encaje; los cabellos negros estaban recogidos con cintas verdes como sus ojos de pillina.
Lo miró, se mordió el labio y le hizo un gesto de saludo con la mano.
—Hola, papá.
Él le sonrió:
—¿Problemas?
La niña asintió.
—Lo lograrás, tesoro, estoy seguro —dijo con un gesto de la cabeza, para darle la confianza que él no tenía.
Marianna le sonrió como si el padre le hubiese regalado todas las estrellas del cielo, por lo tanto levantó el mentón, cerró los ojos tan apretados que su pequeño rostro se contrajo por el esfuerzo, levantó los brazos, luego lentamente los bajó.
El sillón golpeó el piso. El Duque sacudió la cabeza porque se le habían taponado los oídos y se soltó del sillón. Con los años había adquirido práctica en el aterrizaje.
La hija abrió los ojos y una tímida expresión de alegría le iluminó el rostro. Corrió a sus brazos.
—¡Oh, papá!, ¡Lo he logrado! ¡Lo he logrado!
El padre la estrechó fuerte.
—Si, tesoro —murmuró, y miró hacia la puerta. Su esposa estaba allá, sonriendo.
El amor por él se leía en su rostro. Ese rostro que había permanecido joven como cuando la había visto por primera vez en el bosque, a pesar que fuese la madre de sus seis hijos. Candy no había cambiado, pero lo había cambiado a él, le había enseñado a vivir y en los últimos trece años habían creado juntos muchos recuerdos.
Candy movió los labios en un mudo gracias, luego se aclaró la voz y dijo:
—Todos están esperando.
Terry asintió, dejó el sillón pero se acuclilló para permitir a su hija subir a sus hombros. Las risas de la pequeña resonaron en la habitación y mientras él se inclinaba para pasar por la puerta, ella golpeó afectuosamente la mano sobre la cabeza y dijo a su madre:
—¡Papá, lo sabe hacer tan bien!
Horas después, terminados los cantos, los fuegos, las danzas y los juegos, la gran familia volvió a la sala donde un reloj dio las once, otro las cuatro y otro más, la medianoche.
El Duque de Grandchester controló su reloj de bolsillo. Eran las nueve. Se estiró en un sillón y miró a sus hijos, una mezcla de mortales, magos y brujas, amados y adorados por sus padres. Eran su vida, su sangre, su orgullo y había de todo para que lo supieran.
Terrence, diez años, el mayor de los varones y heredero, con un gesto de la mano puso a punto todos los relojes. Se decía que su magia era más potente que la de su tía Mary Andrew, de la cual todas sus hijas llevaban el nombre.
En ese momento la maga estaba sentada en el lado opuesto de la sala y estaba examinando una nueva peladura calva de Thomas.
Con el curso de los años, el Duque había aprendido a ignorar la predilección de la maga y de Thomas a asumir otras formas, tipo viejas floristas andrajosas, huéspedes gigantes y duendes, sirvientes del caribe y mayordomos.
La hija mayor, Marian, de doce años, era la única primogénita femenina de la estirpe de los Graham después de setecientos años. Estaba leyendo cuentos de dragones, damas y caballeros, retorciéndose el cabello dorado con un dedo.
Marianna, en cambio, jugaba con su hermano Richard, de siete años, el único mortal de los Graham, pero tan astuto que lograba anular las magias de los hermanos con la ayuda de Clint.
Marietta, de seis años, sentada en las rodillas de tío Jimmy, que lentamente leía los significados y símbolos de las flores y las plantas.
Esa tarde, Marietta había anunciado que había sacado todos los furúnculos de los sapos del algo.
Terry se levantó y atravesó la habitación justo mientras Rosemary, de cuatro años, galopaba con su escoba. La niña le mandó un beso y siguió trotando. Él sacudió la cabeza, mientras subía la escalera oyó a la tía de su mujer advertir:
—Con garbo, Rosemary, una bruja debe aprender con garbo.
Él rió para sí. Y saludó por su nombre a los sirvientes que encontró subiendo la escalera.
Arriba, abrió la puerta del tejado y alcanzó a su escocesa que lo estaba esperando.
Y allá arriba, entre los animales de piedra, bajo las estrellas e inundados por una cascada de pétalos de rosas, el Duque y la Duquesa de Grandchester ejercitaron su magia.
F I N
Bueno, aqui esta el final de esta fantastica y magica historia de los rebeldes, espero que halla sido de su agrado, por ser una historia de magia y fantasia.
Un abrazo a todas mis Terryfans tanto de Fanfiction y de Wattpad, gracias por seguirme y leer conmigo.
Abrazos .
Aby.
