Capítulo 1. Choque de intensidades

Todo el mundo en Rusia conocía el apellido Nikiforov. Habían permanecido como líderes indiscutibles de la russkaya mafiya por generaciones, algo inaudito en otras Bratvas rusas a causa de las constantes disputas de poder que, habitualmente, finalizaban con el cadáver de un ex-lider cosido a balazos en el río Moscova o el Volga. Por eso, eran tal vez una de las familias de peor reputación, más respetadas y temidas en el país. Yakov, su líder, había pasado diecisiete veces en su larga vida por el banquillo de la justicia, acusado de malversación, asesinato, pertenencia a banda criminal, explotación sexual, tráfico de armas y estupefacientes, así como diversos delitos menores, los cuales fueron desestimados así como el resto de acusaciones gracias a la falta de pruebas y a la pericia de su fiel abogado defensor, conocido en todo el país y aún fuera de este por su despiadado sistema, Paolo Giacometti. Cuyo hijo, Christophe Giacometti, parecía seguir sus pasos en la carrera de abogacía y defensor de la Krasnaya, habiendo participado ya en varios casos de delitos menores contra algunos de los más conocidos miembros de la banda, así como del hijo del Pakhan, de quien se rumoreaba era inseparable.

Todos ellos pertenecientes a una larga línea sucesoria de alfas orgullosos, máximos exponentes del termino. Bellos y masculinos, de potentes aromas capaces de enloquecer a cualquier omega que se cruzase en su camino, decían las malas lenguas. De voces profundas y oscuras, como los aullidos de los lobos de la estepa rusa que hacían temblar las rodillas de cualquier desdichado a su paso. Por esa razón, la familia Nikiforov era también una de las más deseadas de Rusia. Siempre candente noticia de las revistas amarillistas, modelo e inspiración de la juventud rusa por su buen gusto y su presencia, sueño húmedo de todo beta y omega. Incluso algunos de sus más reconocidos miembros, entre ellos Victor Nikiforov, hijo y sucesor del Pakhan, se habían atrevido a modelar en alguna ocasión para Vogue, Tatler o Allure. Para rabia y disgusto de la FSB, que veían no solo sus esfuerzos por liquidar a la hermandad en vano sino que además se sentían ofendidos y burlados por la popularidad y la sociabilidad de dicha organización, que en lugar de esconderse en las sombras como correspondía a un grupo criminal, se hacían cada día más visibles en la prensa y eventos sociales, ganándose el favor de un público que no veía la cara oscura de la moneda.

Tal vez por estas y otras muchas razones, a Victor Nikiforov le resultaba una auténtica estupidez la repentina idea de su padre de entablar tratos con la Yakuza japonesa, una aburrida organización, a su ver, que prefería las sombras y sobrevaloraba el honor de sus miembros. Aún así, la palabra del Pakhan era ley, y Victor, por el momento tan solo Brigadir, pese a su ascendencia, no tenía potestad para refutarla. De todos modos, ni le iban ni le venían los tratos que su padre deseara realizar, demasiado ocupado con su vertiginosa vida social. Porque Victor amaba ser admirado. Su ego, tan solo comparable a su fortuna, se retroalimentaba constantemente con las demandas de las revistas más populares del país para ejercer cómo hombre de portada, o las constantes invitaciones de firmas prestigiosas para actuar cómo modelo de tal o cuál nueva línea de ropa. Era un hombre orgulloso e inconsciente, solía recordarle Chris, que pocas veces pensaba en las actividades de la Bratva a menos que se viera inmerso en ellas. Sinceramente, no sentía demasiado interés en sustituir al Pakhan en breve tiempo, demasiado complacido con su actual estilo de vida, repleto de alcohol, omegas, fiestas y otras fruslerías que mantenían su ego en alto y activo.

Y en eso se hallaba en esos instantes, de camino a su bar predilecto, reservado exclusivamente para él y su pequeño séquito. Chris, Yurio y Mila le acompañaban cómo siempre, a parte de otros tres hombres, voyeviki que su padre se empeñaba en endilgarle siempre que salía, preocupado por su seguridad. No cómo si Victor no fuera capaz de cuidarse por sí mismo, sinceramente.

- Esto es una mierda.- se quejó el rubio, frunciendo el ceño con disgusto y abriendo la puerta de la limusina. Pese a todo, sus ojos verdes permanecían atentos a su entorno.- Deberíamos volver a casa, estoy harto de esas fiestas sin sentido dónde la alta sociedad no hace más que comerle el culo al vejestorio...- masculló. Victor salió del elegante auto, reacomodandose la gabardina y tan solo sonrió, dejando una breve caricia en lo alto de la rubia cabeza que revoloteó sus finos cabellos. Yurio chistó por lo bajo, molesto.

- Lo único que te molesta es que no te permiten beber con esa cara de niño pese a tu mayoría de edad.- se burló Mila, saliendo tras el hijo del pakhan y reacomodandose también el ajustado vestido rojo que se le había subido tras el corto trayecto en la limusina. Tras ella, Chris descendió también, enfundado en su elegante smokin de diseñador, sonriendo divertido por las muecas disgustadas del joven rubio y el dedo medio que le mostró a la espalda de la mujer. Los tres voyeviki permanecían entorno a ellos, atentos y envarados, con las manos disimuladamente escondidas en sus chaquetas, dónde portaban sus armas.

- Creí que sería más divertido cuándo cumpliera los dieciocho...- refunfuñó el muchacho, siguiendo con desgana al pequeño grupo al interior del bar.

- Lo sería si te decidieras alguna vez por alguno de tus pretendientes, Yurio.- rió por lo bajo Victor, descendiendo las escaleras hacia el lujoso club.- No tienes porqué casarte, tan solo disfruta de tu culo.- añadió, con una media sonrisa ladina en su rostro. Consiguiendo tan solo un nuevo bufido por parte del joven.

- Esos alfas babosos no se merecen mi espectacular trasero ni tan siquiera por una noche.- espetó por lo bajo, provocando las risas del pequeño grupo.


Pero las risas se detuvieron al advertir, ya a los pies de la escalera, qué el lugar no estaba tan solitario cómo debería. Siete hombres, en su mayoría de aspecto asiático, y una mujer, habían invadido el pequeño pub de la Bratva. Al parecer con evidentes intenciones de morir esa noche. Victor frunció brevemente el ceño con disgusto y lanzó una mirada gélida al barman, el cuál tragó con fuerza y se apresuró a aproximarse.

- Pavel.- habló Victor, con un tono de voz que sonó alegre pero que consiguió provocar un profundo escalofrío en el pobre camarero.- Qué significa esto?- añadió, alzando su mano y abarcando en un gesto despectivo al pequeño grupo que continuaban ingiriendo sus bebidas pausadamente, pese a que la tensión en el lugar era tan evidente que casi podía mascarse.- Creo recordar que reservé este lugar específicamente para esta noche.- su tono de voz adquirió un tono profundo y vibrante, oscuro, que provocó un sudor frío en el hombre pese a la supuesta amable sonrisa que estaba mostrando el hijo del pakhan. Sus ojos azules destellaban hielo.

- Lo lamento, lo lamento señor!- se excusó torpemente el barman, retorciéndose las manos casi con furia, tal vez augurando el pronto final de su vida.- Son extranjeros, no parecen conocer el idioma, me fue imposible echarlos, señor. No entendieron...- pero su corta y temblorosa diatriba fue bruscamente interrumpida por un suspiro cansino y exasperado del alfa, irritado por el balbuceo del hombre.

- En ese caso, déjame a mí tratar de convencerles amablemente.- musitó, su mirada aguamarina destilando escarcha. Con paso seguro y elegante, Victor se desplazó hacia la barra, dónde un hermoso joven bebía desapasionadamente de su copa, sin prestar mayor atención a su entorno. Sus rasgos eran claramente asiáticos, pese a ser dueño de unos grandes ojos nada comunes en su raza. Por un instante, Victor detalló evaluadoramente el bello perfil del desconocido, de piel nívea y cabellos negros cómo ala de cuervo que llevaba repeinados hacia atrás con gomina, quizá tratando de parecer mayor de lo que era. No estaba seguro, las pocas veces que había visto a un asiático todos le parecían adolescentes impúberes. Aunque había algo intrínsecamente seductor en el androgino cuerpo y su elegante postura.

- Precioso.- intentó en inglés.-Me temo que tú y tus amigos habéis ido a elegir el peor lugar de Moscú para divertiros esta noche.- su voz se moduló en un tono más bajo y seductor.- Aunque yo podría enseñarte algo sobre diversión si me acompañas.- susurró, desplegando sus feromonas entorno al joven hombre, con la evidente intención de provocarlo. Sin embargo, sus cejas se alzaron con sorpresa al advertir el nulo efecto de su aroma en ese pequeño asiático, que parecía ignorar su presencia del mismo modo que se ignora la basura en la calle. Su orgullo, repentinamente herido, no podía permitir semejante insolencia. Tal parecía que ese hermoso omega no sabía con quién se la estaba jugando.- Te estoy hablando sladost'.- añadió, aferrando por un brazo al joven, impidiéndole que llevara de nuevo su copa a sus labios.

Todo sucedió tan repentinamente, que el pobre barman apenas pudo hacer el amago de esconderse tras una de las mesas. Los seis hombres y la mujer que acompañaban al joven asiático desenfundaron sus armas en un suspiro, al igual que los acompañantes de Victor, apuntándose unos a otros en una escena que parecía sacada de una película de acción americana. A excepción del martilleo de las armas, el silencio ocupó todo el lugar, tenso cómo la cuerda de un violín e igualmente frágil. Victor no pudo evitar la media sonrisa que bailó en la comisura de sus labios ni el hormigueo excitado en su bajo vientre ante la seductora mirada de esos hermosos ojos vinotinto que le contemplaban ahora, demasiado cerca y de frente, al fin toda su atención centrada en él. La propia pistola que Victor siempre guardaba en la manga de su abrigo firmemente encastada contra la mandíbula del joven hombre.

- No me gustaría volarle la cabeza a una cosita tan linda.- susurró, con voz seductora.- Dile a tus hombres que bajen las armas.- el joven asiático sonrió a su vez, ladeando levemente su bello rostro, coqueto. Y Victor sintió entonces el punzante filo que se apretaba contra su bragueta de forma mortal.

- A mí tampoco me gustaría dejar a un alfa tan apuesto sin su herramienta.- habló por primera vez el asiático, en perfecto inglés. Victor percibió, con un ligero estremecimiento lujurioso, cómo la fría punta de la pequeña daga recorría el largo de su miembro casi con mimo.- Diles a los tuyos que se relajen. No correrá la sangre esta noche.- la sonrisa del alfa se amplió y sus ojos azules destellaron con un brillo complacido. Ese omega los tenía bien puestos. Y eso le gustaba. Confiando en su instinto, Victor guardó de nuevo su arma y alzó ambas manos en señal de paz. Por qué convertir un encuentro que podría ser tan afortunado en un baño de sangre? De inmediato, sus hombres hicieron lo propio. El asiático retrajo su pequeña daga en la manga de su elegante camisa blanca y al momento siguiente cualquier rastro de armas había desaparecido del pequeño local, cómo si nunca se hubiera dado tal fatídico suceso.

- Victor Nikiforov.- se presentó el alfa, tendiendo una mano al joven, el cuál tan solo se sentó de nuevo, cruzando elegantemente las piernas e ignorando su gesto de buena voluntad. Aunque a Victor no le importó. En lo absoluto.

- Yuuri Katsuki.- correspondió el joven, que ahora sabía era japonés. Un escalofrío demasiado placentero recorrió su columna al ver la seductora sonrisa en esos carnosos labios y el destello travieso en sus ojos color vino.- Y podría estar interesado en esa promesa de diversión.


Victor lamió con ansia el níveo cuello del joven japonés y este soltó una risilla tintineante que golpeó directamente en el ya imposiblemente erguido y deseoso miembro del alfa. Sus dedos anular y corazón se habían hundido profundamente en la estrecha entrada del joven, en movimientos erráticos y rápidos, tratando de no sucumbir al deseo de montarlo de inmediato, tan jodidamente caliente cómo se encontraba. Hacía años que no sentía su libido desbordarse tan dramáticamente ante un compañero de cama. Pero Yuuri era tan malditamente diestro en el arte de la seducción que, pese a que había intentado llevar su encuentro a su ritmo, el joven japonés prácticamente le había arrollado con sus cautivadoras sonrisas y la ardiente mirada que destellaba en esos ojos que parecían capaces de prenderle fuego. La forma en que su pequeño pero trabajado cuerpo se retorcía bajo el suyo, sin dejarse dominar, lo tenían al límite.

- Cuánto más vas ha hacerme esperar.- susurró el pequeño diablo asiático en su oído, alzando sus caderas juguetonamente y frotándose contra su agónica erección, en un tono tan demandante que Victor gruñó inconscientemente, complacido con la actitud insumisa de su compañero. De un brusco movimiento, giró el ligero cuerpo de su amante y lo dejó boca abajo, sonriendo al ver cómo este alzaba su trasero y lo contoneaba seductoramente ante sus narices, lanzándole una mirada libidinosa. No se hizo de rogar. No cuándo sentía su pene a punto de estallar por la tensión y el deseo. Con el preservativo ya puesto, aferró al joven por su estrecha cintura y empujó sus caderas hacia adelante, enterrándose de un solo empellón en la cálida, húmeda y estrecha entrada del omega. Ambos gimieron casi al mismo tiempo, placenteramente. Nunca se había sentido Victor tan ansioso por acoplarse a un amante cómo en esos instantes, en que apenas podía retener sus caderas de un vaivén rápido y entregado, deseoso de profundizar más en ese apretado túnel que parecía absorberle con idéntica lujuria. Sin embargo, Victor se consideraba un caballero con sus conquistas, o al menos tan caballero cómo podía resultar teniendo en cuenta que solía largarse después de follar sin una segunda mirada al lecho que habían compartido. Así que retuvo su desesperado deseo tanto cómo pudo, permitiendo al joven acostumbrarse a su gran tamaño, antes de dejarse caer sobre la blanca y torneada espalda del japonés, recorriendo sus costados con seductor desenfreno. Era...delicioso. Delicioso se quedaba corto, en realidad. Victor estaba acostumbrado a dominar y someter. A derretir a sus amantes con su masculina voz y palabras galantes que solían quedar en el olvido después de correrse. Estaba acostumbrado a ser el predador durante el sexo. Pero Yuuri Katsuki le había arrastrado a una vorágine devastadora de placer y deseo que le había consumido de inmediato. Llevándolo de forma seductora hacia dónde deseaba, compartiendo una necesidad agonizante que tenía a sus pelotas al borde del éxtasis. Ni siquiera había recordado colocarse el condón de turno, tan embebido en el fascinante desempeño de ese flexible cuerpo bajo el suyo, tan cuidadoso cómo solía ser con esos asuntos. Aunque el pequeño japonés no había pasado por alto el detalle y Victor había contemplado, entre embelesado y lascivo cómo el omega había ajustado el látex a su espléndido miembro con una destreza que, por un instante, le hizo preguntarse cuántos había habido ante que él. Abandonó tales pensamientos, por inútiles, en seguida, demasiado concentrado en gozar y complacer el libidinoso cuerpo que le exigía una satisfacción con tanto descaro. Aunque no pudo evitar una breve momento de debilidad al ver ante sus ojos, tan expuesta y vulnerable, la nuca del omega. Sintió sus colmillos desenfundarse de sus encías, deseosos, ante el seductivo aroma a cestros que inundaba sus fosas nasales. Nunca había sentido la tentación de marcar, pese a sus veintinueve años. Nunca un omega le había parecido tan hermoso e indomable cómo para instigar a su instinto de tal forma que deseara enlazarlo y mostrarlo como suyo ante el mundo. Por un instante, sus dientes se aproximaron a la expuesta nuca y su cálido aliento se desbocó sobre la pálida piel. Solo un instante. Al momento siguiente, sintió el conocido y helado filo de una pequeña daga atentando contra su ingle.

- No...se te ocurra marcarme.- susurró el joven japonés, mirándole por encima de su hombro de forma divertida pero tenaz, sus ojos brillando en un tono rojizo candente y su rostro medio hundido en el colchón, sus cabellos desparramados sobre las sabanas. La sensual imagen golpeó directamente en el necesitado miembro de Victor, que dio un tirón particularmente violento dentro del omega, el cuál jadeó casi en un gemido. El alfa no pudo evitar la media sonrisa seductora que afloró en sus labios, ante ese omega travieso que se atrevía a exigir y demandar pese a tener su polla firmemente enterrada en su culo. Sencillamente le encantaba.

- Siempre llevas eso contigo en tus revolcones?- inquirió, sus colmillos regresando a la seguridad de sus fundas y besando dulcemente su hombro. Yuuri sonrió, ladino, y revoloteó sus pestañas con gracia.

- Solo cuándo el alfa en cuestión es tan presumido que pretende marcarme antes de hacer que me corra.- replicó, logrando una carcajada de su amante. Definitivamente, ese omega era su tipo. Haciendo gala de su fuerza, Victor se afianzó en sus rodillas y elevó por los brazos al japonés, logrando que su miembro se introdujera aún más profundamente en ese delicioso trasero que le traía loco. Yuuri arqueó su espalda y jadeó, sorprendido, al percibir a ese bienvenido intruso enterrándose prácticamente hasta su útero. Lo siguiente fue una candente vorágine de embestidas, gruñidos y gemidos, ambos embebidos en la ardiente cúspide del sexo. Victor prácticamente empotró al joven contra el colchón, sintiéndose demasiado acelerado para contener sus movimientos, deslizando con impaciencia su nudo al interior de ese estrecho canal que le estrangulaba tan exquisitamente que podría correrse en ese mismo instante. Tampoco solía nunca anudar dentro de sus efímeros amantes. No que no lo hubiera hecho antes, pero tras unas pocas veces, se percató de que era demasiado exasperante tener que esperar a que su nudo se deshiciera para poder largarse, aburrido e impaciente por la cháchara incesante de esos insípidos omegas mientras le mantenían atado. Ahora, sin embargo, no podía concebir mejor final a esa espléndida noche de sexo caliente que encajar su ya abultado nudo en ese delicioso trasero y correrse en su interior hasta llenarlo, pese al condón que impediría cualquier desliz. No le importaba, por esta vez, anudarse a ese omega terco y travieso. Sintió, complacido y orgulloso, cómo Yuuri se estremecía de pies a cabeza, en un gemido delator, que le indicó que había logrado su cometido. El omega se había venido en un orgasmo violento que le catapultó al suyo propio en cuánto percibió la contracción espasmódica de ese anillo que le comprimía con empeño, corriéndose en una sacudida tan placentera y liberadora que no pudo evitar el gemido ronco que vibró en su garganta, extasiado.


Yuuri se estiró perezosamente bajo el cuerpo de Victor, que se había dejado caer sobre su espalda, conteniendo su peso sobre sus codos para no aplastarlo, mientras esperaba a que el nudo se deshiciera.

- Así que, a qué grupo perteneces?- inquirió el alfa, curioso. Era evidente que el japonés no era un extranjero cualquiera, a juzgar por el pequeño séquito de guardaespaldas que le acompañaba y su evidente destreza con las armas.

- Oh! Vamos a tener una pequeña charla post-sexo?- se burló el omega, apoyando su rostro en su mano y girándose levemente para mirar a los sorprendidos ojos aguamarina. Victor rió por lo bajo, divertido. "Touché" pensó para sí, complacido con la esquiva actitud del joven. Después de todo, las mejores presas siempre eran las más difíciles.- Me sorprendes.- añadió el joven, balanceando indolentemente sus pies en el aire, a cada lado de las musculosas piernas de su amante, aún entre las suyas.- Tampoco esperaba que me anudaras.

- Te gustó?- ronroneó Victor sensualmente en su oído.

- Me sorprendió.- puntualizó Yuuri, apoyándose en sus codos y retirando su desordenado cabello hacia atrás. Victor sintió una pequeña punzada de desazón ante la falta de respuesta del omega, por lo demás sorprendente en cuánto a que el alfa nunca, jamás, se había sentido inseguro en sus relaciones sexuales. Si bien al contrario. Sin embargo, el hombre desechó de inmediato esa sensación y volvió a sonreír, ladino, repartiendo pequeño besos en los hombros del sensual omega. No importaba, pensó, podían repetir tantas veces cómo hiciera falta hasta que ese japonés diablillo gritara entre gemidos cuánto le complacía tenerle dentro.


Victor despertó abruptamente, sus sentidos en alerta al percibir movimiento en su apartamento. Decir que se encontraba desconcertado era poco. Rara vez se había permitido dormirse con un extraño en su casa, más atento a su propia seguridad de lo que daba a entender su despreocupado comportamiento. Su mano se deslizó sigilosamente bajo su almohada, dónde guardaba su arma lista y cargada para casos de necesidad. Sin embargo, la tensión en sus músculos se relajó cuándo distinguió el voluptuoso cuerpo de su amante recolocandose su ropas, a poca distancia del lecho.

- Te vas?- inquirió, aún perezoso por el reciente sueño y más tranquilo ahora. Sentía su cuerpo satisfecho y apaciguado, aún amodorrado después del excelente sexo. El omega giró su rostro y le dirigió una sonrisa ladeada y divertida mientras abotonaba sus gemelos.

- Tengo asuntos que atender.- respondió, recolocando sus cabellos hacia atrás en un movimiento que al alfa se le antojo un despliegue de seducción. Sintió el conocido tirón en su ingle, dispuesto a repetir la experiencia de esa noche. Con tal idea en mente, Victor retiró las sabanas que le cubrían, dejando al descubierto lo que sabía era un cuerpo tentador de dios griego y una semi-erección que no podía pasar desapercibida, por su tamaño.

- Sin despedirte?- ronroneó, lascivo. El joven omega dejó ir una risilla placentera y sus ojos se entornaron con fogosidad al acercarse a la cama. Gateó levemente por esta, consiguiendo un escalofrío placentero en el hombre y una sonrisa gustosa. Se detuvo ante el ya erguido y atento miembro y depositó un fugaz beso en la enrojecida punta.

- Hasta pronto, shin'ainaru.- susurró, provocando que la piel del hombre se erizara con deseo al sentir el cálido aliento sobre su pene. El japonés tan solo río en voz baja antes de erguirse, dar media vuelta y cerrar la puerta tras él. El alfa, que prácticamente se había erguido sobre sus codos, ansioso, se dejó caer sobre la almohada con un suspiro divertido. Definitivamente, tenía que conseguir meter de nuevo en su cama a esa cosita linda y perversa.


Sin embargo, después de varios días tratando de averiguar el paradero del grupo de extranjeros, Victor tuvo que darse por vencido. Gruñó para sí, irritado y cruzándose de brazos. Moscú era una ciudad grande, pero no había rincón que los largos brazos de la Bratva no alcanzaran. Aún así, su pequeño japonés se había movido con tal discreción que ninguno de sus contactos había sabido averiguar en que hotel, casa o maldito agujero se alojaba. Bufó de nuevo, molesto.

- Estás de mal humor hoy.- comentó Chris, cómo siempre a su lado, mientras el chófer conducía por las gélidas calles en dirección a la mansión del pakhan. Habían sido llamados a una reunión urgente a tempranas horas de la mañana, y Victor, poco hecho a madrugar, resentía su molestia y su impaciencia con un humor de los mil demonios.

- Tú también lo estarías si se te hubiera escurrido de entre los dedos el omega más candente de toda la maldita Rusia.- masculló, frunciendo el ceño en un mohín disgustado que logró hacer sonreír a su acompañante.

- Tan bien follaba?- inquirió, curioso, el suizo.

- Mejor!- musitó el alfa, reclinando su nuca en su asiento, resentido.

- Entonces te compadezco, amigo.- sonrió el otro alfa, guasón, aunque solidario.


Vocabulario:

Russkaya mafiya : Mafia rusa

Krasnaya: Mafia roja (otro de los apelativos de la mafia rusa)

Pakhan: Jefe

FSB: Federálnaya Sluzhba Bezopásnosti Rossíyskoi Federatsii (FBI ruso)

Brigadir: "General", puesto a cargo de los soldados rasos

Voyeviki: soldado raso. Es el rango más bajo de la organización

Sladost': Dulzura

Shin'ainaru: Querido