Digimon no me pertenece.
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Los conceptos kūki wo yomu (ser capaz de leer el ambiente) y kūki yomenai (no ser capaz de leer el ambiente) tampoco me pertenecen. Pertenecen al maravilloso mundo de la comunicación no verbal tan característica de la sociedad japonesa :)
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LEER EL AMBIENTE
~Kūki wo yomu~
El ambiente había cambiado. Gabumon lo notó cuando su compañero entró en la habitación tras su baño. Sin embargo no fue capaz de darle significado. Eso le confundía. Pensaba que lo ocurrido a la tarde no había influido negativamente en su estado de ánimo. Por lo menos hasta ahora.
—¿Es por los digimon que aparecieron?
La pregunta regresó momentáneamente a la realidad a Yamato, el cual se había arrojado pesaroso sobre la cama.
—Sí, es preocupante.
No era eso. Gabumon identificaba el tono de su amigo. Ausente. Su cabeza estaba en otro lugar.
—¿Es por tu concierto? De todas formas pude verte cantar.
Sonrió y por un segundo creyó que había animado a Yamato puesto que compartió su sonrisa.
—Me alegra que te gustara.
Pero tampoco era eso.
Yamato quedó completamente boca arriba, con las manos en la nuca y la mirada en el techo. Sus reflexiones estaban lejos de ese lugar y por tanto lejos de Gabumon. Empezaba a inquietarse. Él conocía a su compañero. Tanto su tono de voz, sus sonrisas, sus miradas y sus silencios. Apoyó la barbilla en la cama, mirándolo atentamente.
Yamato suspiró levemente y Gabumon torció la cabeza.
—¿Es por el regalo que te hizo Sora?
Lo encontró. La confirmación en forma de rubor. Gabumon se apartó cuando lo sintió reincorporarse, quedando sentado sobre la cama.
—Se rompió
—¿El regalo?
Cierto era que por cómo transcurrió todo no habían podido disfrutar de la torta. Entendía que eso le pudiera afligir. A él también le molestaba. Sin embargo el pesar de Yamato no parecía provenir del estómago.
—El momento. Motomiya rompió el momento y no sé si llegué a entenderlo del todo.
Fue un susurro más para sí mismo. Se restregó las manos por el rostro con fuerza, creyendo por un instante que como de costumbre estaba solo en esa habitación. Cuando apartó las manos y se encontró con la atenta mirada de su camarada sintió una agradable sensación. También la necesidad de explicarse mejor.
—Hay gestos o comportamientos en determinadas situaciones que son más de lo que parecen. Un regalo puede llevar algo implícito —La calma de sus palabras desapareció, haciendo un exagerado gemido, mientras se tumbaba de nuevo—. ¡Pero es complicado si rompen el ambiente de una forma tan brusca!
El digimon se situó a su lado sobre la cama. Sentía que empezaba a comprender la situación. Al igual que él podía entender los sentimientos de Yamato cuanto tocaba la armónica, Yamato podía entender los sentimientos de los demás a través del ambiente que le rodeaba. Pudiera ser un poder especial que él mismo había experimentado.
—Yamato, seguro que consigues entender lo que te preocupa. Tú siempre me entiendes sin necesidad de que te diga nada.
Yamato esbozó una tierna sonrisa, ladeando la cabeza hacia Gabumon.
—Eso es porque hemos pasado muchas cosas juntos. Te conozco.
Gabumon pareció meditar un poco sus palabras. Las encontró acertadas, ya que para que Yamato llegara a entender sus sentimientos debieron compartir muchas vivencias. Algunas muy duras. En ese caso, si Yamato estaba tan preocupado era porque los posibles sentimientos de Sora le afectaban. Deseaba entenderlos. No era cortesía lo que quería otorgarle, era una respuesta verdadera.
Pero él creyó que todo era más sencillo de lo que Yamato planteaba.
—Si piensas en cómo es Sora y las cosas que han compartido en estos años seguro que no te es difícil entender su regalo y ¿cómo era eso que decías del entorno?
—¿Leer el ambiente?
—¡Sí, eso!
Gabumon supo que había dado con las palabras certeras al ver que el rostro de su amigo volvía a enrojecer. Al escuchar la risa de Gabumon, Yamato se volteó hasta quedar de espaldas a él.
—¡Cómo puedes cantar delante de tanta gente y luego ser tan tímido!
No necesitaba respuesta. Así era su compañero. Tímido e inseguro con lo que realmente le importaba. Rio más calmadamente, acomodándose junto a su humano. Yamato no se movió, decidido a castigarle con su indiferencia durante toda la noche.
Ya en el silencio, un leve susurro se escuchó:
—Gabumon, mañana tocaré la armónica otra vez.
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—¿Qué están haciendo?
Piyomon comenzaba a inquietarse. Por lo visto Yamato al fin había conseguido un momento para estar a solas con Sora. Atardecía después de un largo y fatigoso día alrededor del mundo.
—Yamato está leyendo el ambiente.
La respuesta de Gabumon no convenció del todo a su amiga. Desde su perspectiva ella más bien veía que Sora se había quedado paralizada de nuevo y esta vez sin que le separase ninguna puerta de Yamato. Aunque también era cierto que pese al evidente nerviosismo no se evidenciaba inseguridad. Se sentía un ambiente más ligero. Un ambiente en el que su compañera se encontraba más cómoda.
Entonces ocurrió. Yamato dio un paso firme y mirando a Sora a los ojos, como si el tiempo se hubiera detenido, la tomó de las manos y dijo dramáticamente:
—Sora, te amo. Mi vida sin ti es una cueva de oscuridad permanente. Tú das colores a mi mundo desde que me sonreíste por primera vez. Eres cariñosa, lista, guapa y talentosa. Nunca podría encontrar una chica mejor que tú ¿Quieres ser mi novia para siempre?
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—¡¿Papá dijo eso?!
La alarmada niña saltó hacia adelante. Gabumon gruñó:
—¡Piyomon no boicotees mi historia!
—Así es más romántica y Sora no diría nunca que Yamato es frío —susurró esto último.
Tanto Gabumon como la niña miraron disconformes a la digimon.
—Suena como si papá fuera un tonto personaje de un drama —dijo la niña indignada. Gabumon asintió.
—Sí, acabas de arruinar el ambiente.
Piyomon encogió los hombros sin darle mucha importancia y regresó a sus quehaceres. Enseguida los niños volvieron a concentrarse en Gabumon el cual se sintió un poco intimidado, pero también con energías para terminar de explicarse.
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Entonces ocurrió. El viento empujó a Sora hacia el cuerpo de Yamato que apresuró a resguardarla entre sus musculosos brazos. Se sonrojó al ver que la brisa que le había atraído a él también había levantado su faldita. Pero cuando ladeó la cabeza se encontró con sus labios sonrosados ansiosos de ese contacto que no tardó en llegar.
Era invierno pero la primavera había llegado a sus corazones. Flores de cerezo y burbujas revolotearon.
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—¡Pyocomon tú no estabas ahí!
La niña gruñó a su compañera, que apresuró a esconderse entre las plumas de Piyomon.
—Pero seguro que fue así. Es lo que pasa en todos los mangas —excusó.
Su compañera entrecerró los ojos.
—Papá no es un tonto personaje de un shoujo —determinó. Seguidamente buscó a Gabumon que hacía gala de su infinita paciencia—. ¿Verdad que no, Gabu? ¿Verdad que papá es mucho más estilo personaje cool shounen?
Inspiró, miró a Aiko y continuó su historia.
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Entonces ocurrió. El silencio entre ellos no desapareció, pero sus miradas sí que dejaron de deambular por puntos imprecisos. Una vez fijas donde debían estar (en los ojos del otro) Yamato sonrió. Sonrisa tímida. Sonrisa de entrega. Sonrisa de aceptación.
Gabumon, al reconocerla, asintió orgulloso. Piyomon, todavía algo confusa, buscó respuesta en su amigo.
—Ya está, ya lo entendió.
Cuando retomaron su camino, lo hicieron con la cercanía que correspondía a la situación que ahora había entre ellos. No había necesidad de pomposas declaraciones ni exagerados gestos para conectar los sentimientos. Bastaba simplemente con saber leer el ambiente. Fin.
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Cuando Gabumon acabó y sin dar tiempo a sus oyentes a interiorizar la historia, los dos protagonistas llegaban a casa.
—¡Estamos en casa!
Desconcertados por no escuchar la característica bienvenida, se asomaron todavía con las bolsas de la compra. Piyomon parecía ausente con unos diseños, captando también la atención de Pyocomon. Sentados sobre el tatami se hallaban Gabumon, con expresión de triunfo, Tsunomon, cohibido en una esquinita, y sus hijos, que desviaron la vista del digimon a ellos.
Quedaron mirándolos unos segundos, como si estuvieran ante unos extraños. Quizá viendo a los fantasmas de aquella historia más que a sus padres. Finalmente Aiko rompió el silencio levantándose de un ágil salto.
—Menos mal que no hubo beso —dijo con una mueca de asco.
Pasó por delante de sus estupefactos padres, tomando una de las bolsas que llevaba su madre para llevarla a la cocina.
—No sé de que hablas pero te recordaré esas palabras todos los días de tu adolescencia —dijo Yamato siguiéndola. Sora encogió los hombros y también los siguió.
En la sala, quien se levantaba ahora era el pequeño de la casa, pero este para dirigirse a Tsunomon.
—¡Ya lo entendí!
Porque sí, Gabumon no era la clase de digimon que contaba historias vergonzosas de su humano de forma gratuita. Todo esto había tenido un origen y ese era la necesidad (lloros desconsolados) de Yuujou de saber por qué su compañero le estaba evitando. Era posible que la idea original de la historia había acabado desviándose conforme fue haciendo oyentes. Pero como todas las buenas historias el mensaje había quedado claro, o por lo menos parecía que el niño había sido capaz de captarlo.
Buscó a su pequeño compañero que seguía evitando su mirada, pero Yuujou esta vez no lloró ni se desesperó. Quedó paciente frente a él hasta que Tsunomon se rindió y lo miró con lágrimas en los ojos.
—¡Maté a Totoro-mon!, ¡estaba jugando y se enganchó en mi cuerno!, ¡lo siento!
Tsunomon empujó hacia él el peluche que había escondido. Efectivamente se trataba de su peluche favorito en los últimos tiempos. Lo tomó entre sus pequeñas manos. Tenía un gran agujero en la barrigota de donde le salía el relleno. Verlo así en otros momentos, es decir hacía diez minutos, seguramente le hubiera causado una gran impresión. Seguramente también se hubiera enfadado con Tsunomon, pero ahora no estaba enfadado. Al contrario sintió alivio y felicidad porque esa fuera la causa del comportamiento de su querido digimon.
Al igual que el peluche que mantenía su gran sonrisa a pesar de su estado, Yuujou también sonrió.
—Está bien, sé que no fue queriendo.
Tímidamente el digimon se le acercó.
—¡Claro que no!
Gabumon asintió conforme viendo el abrazo del niño y su digimon. Se levantaron y corretearon a la cocina juntos.
—¡Seguro que mamá puede curarlo!
Organizando la compra estaban sus padres y su hermana, a la cual se le había acoplado Pyocomon ante la perspectiva de poder picar algo antes de la cena. Su carrera fue tan acelerada que chocó contra las piernas de Sora desestabilizándola y haciendo que la col que sostenía saliera por los aires, chocando ella contra el pecho de su esposo, que tuvo reflejos de dejar los pimientos, coger la col con una mano y rodear la cintura de su mujer con la otra.
El escándalo captó la atención de Aiko y su compañera.
—¿Lo ves?, son como un shoujo, ahora deben besarse —dijo Pyocomon entre risas.
—¡No!, ¡ni hablar!, ¡mis papás son shounen!, ¡shounen!
La niña salió sin ocultar su desagrado. Sus padres, todavía sin reaccionar, la siguieron con la mirada atónitos.
—¿Estás entendiendo algo de lo que está pasando hoy en nuestra casa? —preguntó Sora, pero antes de que Yamato pudiera tratar de responder, el niño y Tsunomon se habían colado entre ellos. Yamato deslizó su brazo de Sora y también dejó la col. Sora enfocó a su hijo que le tendía su malogrado peluche— ¿Qué le pasó a Totoro-mon?
—Está malito. Lo curarás, ¿verdad?
Con una sonrisa, la mujer tomó el peluche. Tsunomon saltó con él a los brazos de Sora.
—Yo te ayudaré porque yo lo maté, aunque fue sin querer.
Sora asintió su ofrecimiento. Yamato no necesitó más para saber que esa noche le tocaría a él preparar la cena. Agarró a su hijo antes de que pudiera seguir a la comitiva de Totoro-mon, elevándolo para ponerlo a su altura.
—Si Tsunomon ayuda a mamá, tú me ayudarás a mí con la cena —El niño miró a su padre intensamente, tanto que Yamato no pudo contener la risa—. ¿Qué estás haciendo?
—Uso mis poderes mágicos para que sepas lo que quiero cenar.
—¿Poderes mágicos?
—Sí, yo también tengo, como tú —dijo acompañándolo con una gran sonrisa.
Todavía sin llegar a comprenderlo, pero Yamato empezó a sumergirse en su pequeño mundo.
—¿Quién te dijo que tengo poderes mágicos?
—Gabumon —lo señaló, puesto que el digimon ya había aparecido a rebuscar entre las bolsas de la compra.
El digimon se sobresaltó. Miró a su compañero, reconociendo su divertida sonrisa. No necesitó explicarse. Quizá su historia no había quedado del todo clara para un niño pequeño como Yuujou, pero sus sentimientos sí que estaban claros para Yamato.
A fin de cuentas, Yamato nunca fue lo que se dice un KY*.
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N/A: Ya no escribo, pero una vez al año quédate en casa.
*KY: se refiere a la expresión kūki yomenai. Como dije antes, personas que no son capaces de leer el ambiente.
