Hace 3 años, mi tío y su hijo nos invitaron a mi padre y a mí a un partido de nuestro equipo de fútbol en el estadio local. Fui con mi padre a recogerlos y tuvimos que llevar con nosotros a mi primo menor, ya que su cuidadora había cancelado. Tendríamos que comprar la quinta entrada si no pasábamos al guardia.
Nos decepcionamos, el Cruz Azul no anotó el único gol del juego. Mis primos se bajaron con prisa del auto con dirección al baño y nosotros platicamos un rato, pero los oímos gritar fuertemente y entramos para ver al mayor haciendo señas y gritando en un trance y al otro llorando debajo de la mesa. Intentamos callar sus gritos con un trapo y sus ademanes con mecates, su padre casi llora de la desesperación. Se tranquilizó al rato, en la silla de la sala, lloró en silencio y aún no podía escucharnos. Le preguntamos a su hermano y nos dijo que vieron al perro comiendo cereal con cuchara, mi primo enloqueció de nuevo. La ambulancia lo llevó a una clínica psiquiátrica y resultó tener un daño permanente.
Le preguntamos de nuevo al menor al pasar unos días, esperando una respuesta más cuerda, pero dijo lo mismo. Su madre se ponía histérica al no entender esa respuesta que recibía cada día. Mi primo le hizo un dibujo y ella pudo ver al perro sentado en el comedor comiendo cereal con cuchara. Se puso más loca, no habían vuelto a ver a ese perro desde aquel día y mi primo comenzó a tomar terapia semanalmente.
