Hola a todos, esta es una re-escritura de un fic que escribí hace 11 años, pueden encontrar más notas al final del fic.
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[El trabajo de Kaoru]
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[Capitulo 1o]
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Aquella mañana Kaoru Kamiya se despertó un poco menos optimista de lo usual. Tenía ese feo sentimiento en la boca del estómago que le decía que se estaba metiendo en problemas a cada paso. Sin embargo, esto no le impidió continuar como si nada le sucediera, ya que tenía que ir a dar clases al Dojo Maekawa y hacer las compras de la comida
Kaoru repasó las cuentas mentalmente, pues no había forma en que el dinero con el que contaba fuera suficiente para todos los gastos de la casa. Últimamente, sus problemas económicos estaban cada vez peor. Kaoru estaba acostumbrada a no tener mucho dinero, pero la situación nunca se había visto tan oscura.
Lo cierto era que todo aquel que viviera del kendo debía encontrarse en una situación parecida a la suya. La gente estaba comenzando a verlo más como un pasatiempo, y menos como un oficio. Su padre había tenido suerte, ya que en su tiempo, el dojo estaba rebosante de estudiantes, pero aquella época había terminado con la finalización de la era Tokugawa. El japón llegaba finalmente a la modernidad, y en ella no había espacio para las espadas.
Kaoru se sintió como una perdedora, no sólo tenía problemas de dinero, sino que a medida que avanzaba por las calles del mercado, sentía la mirada de los peatones sobre ella. La chica sabía a la perfección por qué la miraba la gente. A través de todo Tokio circulaban rumores acerca de ella, de su relación con Kenshin Himura, sobre el hecho de que ellos vivieran juntos sin encontrarse casados.
Ella había escuchado toda clase de comentarios, desde las personas desinteresadas que se quejaban del destino de su muy respetable familia, hasta los sencillos y mal intencionados "es una zorra". Era increíble que en pleno siglo XIX, en medio de la nueva era, siguieran existiendo aquella clase de prejuicios. Parecía que todos quisieran opinar acerca del hecho de que ella viviera con Kenshin, o que de vez en cuando recibiera a Sanosuke.
– ¿Cuánto vale este pescado?– preguntó Kaoru al tendero.
– Tan solo ocho yenes, es toda una oferta, uno de nuestros productos de mejor calidad– dijo el hombre alegremente. Kaoru volvió a sentirse decaída, ya que lo que el tendero decía era cierto, el pescado era toda una oferta, ella simplemente no podía pagarlo. Kaoru miró detenidamente la mercancía del vendedor.
– Creo que esta vez no podrá ser, tan solo me llevaré la anguila de siempre– dijo Kaoru en tanto sacaba de su cartera el yen para pagar el pescado. Sin embargo una voz la interrumpió.
– Puede llevar el otro, yo lo pagaré– dijo un hombre que se había acercado a ella.
– ¿Disculpe? – contestó Kaoru asustada por la repentina intromisión.
– No se asuste – dijo el hombre – es un acto desinteresado de un extraño, que siente pena al ver que no tiene dinero para una comida decente.
Algo en aquellas palabras molestó a Kaoru, pues más que una acción desinteresada como las que solía hacer Kenshin, esto parecía un insulto velado.
– Muchas gracias, pero me temo que ya hice mi elección– Kaoru trató de caminar en dirección contraria para no tener que ver al extraño, pero él se ubicó justo en frente de ella.
– Por favor, disculpe, solo estaba haciendo un ofrecimiento, no pensé que se fuera a alterar– respondió.
Por primera vez, Kaoru le regaló una mirada al extraño. Él era alto, y ella tenía que reconocer que era guapo, pues se trataba de un muchacho apenas mayor que ella, de cabello negro, finos anteojos y de tez muy pálida. Había algo en su presencia que la intimidaba, ya que vestía ropa occidental y era claro que debía tener mucho dinero.
– No estoy alterada– mintió Kaoru– con permiso, tengo que preparar la cena – dijo ella tratando de rebasar al extraño.
Kaoru apenas respiró de camino al dojo, pues aquello era lo último que le faltaba, un acosador que la abordaba en la calle.
– ¿Está bien? señorita Kaoru– preguntó Kenshin quien se acercó a ella. Kaoru se recostó en el marco de la puerta y miró hacía la calle que se encontraba completamente desierta.
– Creo que me seguía un sujeto muy extraño– respondió Kaoru recuperando el aliento. El semblante de Kenshin cambió de inmediato.
– ¿Quien? – preguntó el espadachín mientras miraba hacía la calle.
– No lo sé.
– No se preocupe, ya no hay nadie siguiéndola – dijo Kenshin tras inspeccionar la calle a través de la puerta. – lo debió perder en el camino.
Después de entrar a la casa, Kaoru le entregó los víveres a Kenshin para que él pudiera comenzar a preparar la cena. Kaoru se sentó descaradamente a tomar su té en la entrada de la cocina, mientras que Kenshin comenzaba a trabajar arduamente.
– Lamento no poder ayudarte– dijo Kaoru alegremente. – pero tu sabes como se queja Yahiko por mi comida– concluyó. Kenshin se detuvo mientras cortaba un gran rábano japonés y la miró fijamente con una sonrisa en sus labios.
– Si lo desea, yo puedo enseñarle, señorita Kaoru– dijo Kenshin sin dejar de mirarla. Kaoru se quedó rígida, nunca hubiera esperado aquella respuesta por parte del espadachín. Lo cierto es que aunque ella siempre hubiera tenido que cocinar, nunca disfrutó especialmente hacerlo, tal vez, por ello era que no lo hacía nada bien. Kaoru se sentía contenta dejando que él hiciera todos aquellos trabajos caseros que ella despreciaba, y aquel ofrecimiento la ponía en evidencia, ya que ella no deseaba aprender.
– Yo...– empezó Kaoru tratando de encontrar una excusa. – yo tengo los dedos hinchados, por todas las prácticas, me duelen mucho, me temo que no podrá ser hoy, Kenshin – respondió ella nerviosa.
– Entiendo– respondió Kenshin sonriente – entonces, podemos dejar las lecciones para otro día, ¿le parece bien?
–¡Si! – se apresuró a contestar Kaoru – lo dejaremos para otro día.
Kaoru sabía que Kenshin la había descubierto, pero él no la forzaba a hacer labores que ella no deseaba, realmente era muy gentil con ella, mucho más de lo que se solía merecer.
– Hola– gritó Yahiko desde la entrada de la casa. – ¿Hay alguien aquí?
– Estamos en la cocina, Yahiko– respondió Kenshin.
– Oh, almuerzo, que bien– dijo alegremente el niño quien al ver el plato del día quedó desanimado – es anguila otra vez. ¿Aún tenemos problemas de dinero? – preguntó.
– Me temo que sí – respondió Kaoru en tanto comenzaba a poner la mesa para la cena. Aquella actividad le evitaba enfrentar las curiosas miradas de Kenshin y Yahiko.
– Hoy se retiraron dos estudiantes del dojo Maekawa, si las cosas siguen así, deberé dejar el kendo y dedicarme a otra cosa– dijo Kaoru quien observó que Kenshin se mostraba preocupado.
– No puedes hacer eso, Kaoru, el estilo Kamiya Kashin es muy importante para ti– contestó Kenshin – cuando te conocí, arriesgaste tu vida para defenderlo de aquellos que querían difamarlo.
– Kenshin – suspiró Kaoru – de algo tenemos que comer, y esto se está transformando en una causa perdida.
Kenshin no pareció contento con esta situación, pero Kaoru no dejó que aquello la afectara. Ella debía encontrar una solución que le permitiera conservar su independencia, sin tener que pedir ayuda a nadie.
Kaoru no pudo dormir durante aquella noche. Ella pensaba una y otra vez en una solución a aquel problema. Debía mejorar su situación económica, lo mejor sería dejar el kendo, eso estaba claro. Aunque, tal vez, podría pedirle ayuda a… No, ni pensarlo, no pediría ayuda, saldría de aquella situación por su cuenta, si acaso contaba con la ayuda de Kenshin o Yahiko sería mejor, pero no se daría por vencida por un par de monedas. Finalmente, Kaoru cerró los ojos y se dejó vencer por el sueño. Sin duda, el día siguiente sería mejor.
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El sol brilló en todo su esplendor aquella hermosa mañana de primavera, en la que Kaoru Kamiya se levantaba con muchas más esperanzas que antes.
– Kenshin – dijo Kaoru al ver al espadachín quitando la ropa del tendedero. – ¿Qué sucede? – preguntó ella al ver que él se encontraba muy desanimado.
– Nada grave, señorita Kaoru– dijo Kenshin– llovió durante la noche, mientras dormíamos, y mojó toda la ropa que lavé ayer. Tengo que volver a lavarla nuevamente.– concluyó. Kaoru se dirigió al patio y comenzó a ayudarle a ponerla en la cesta.
– Lamento tanto que tengas que hacer todo este trabajo, Kenshin – dijo Kaoru desanimada.
– No es molestia– dijo él mientras seguían recogiendo la ropa – es lo mínimo que puedo hacer. Tú me permites quedarme junto a ti mientras que yo no he podido contribuir con un centavo, lo único que he traído a esta casa son problemas – comentó Kenshin luchando con una sábana rebelde que no quería bajar de la vara de bambú que la sostenía.
– Sé que estás preocupada por el dinero, y yo sólo quiero que tengas menos en qué pensar.
– No digas eso, tú has traído, mucho más que problemas a mi vida, antes de que llegaras, yo me encontraba completamente sola, y ahora tengo una pequeña familia– dijo Kaoru. Kenshin dejó de luchar con la sábana y la miró a los ojos mientras le dedicaba una sonrisa.
Justo en breves momentos como aquel, Kaoru creía en las palabras de Enishi y Saito. Pues, era posible que en verdad ella fuera la debilidad de Kenshin, lo que él más quería, así él no se lo demostrara. Lo cierto era que ella se sentía agradecida, por tener a alguien a su lado. Kaoru había vivido tanto tiempo sola que prefería hundirse sin contar con la gente a su alrededor.
– Gracias Keshin, gracias por tu ayuda– dijo Kaoru.
– Kaoru– volvió a iniciar nuevamente Kenshin mientras tomaba con fuerza la cesta de la ropa mojada. – ¿realmente piensas dejar el kendo? – preguntó.
– No del todo– contestó Kaoru– el maestro Maekawa quiere que siga enseñando en las tardes, dos veces por semana, la mayoría de los estudiantes no tienen tiempo para asistir, deben estudiar o trabajar. Los tiempos están cambiando, ya casi nadie puede vivir de la espada– dijo. Kenshin se encogió de hombros.
– Supongo que tienes razón, Kaoru, los tiempos están cambiando. La espada pronto no tendrá la menor importancia y debemos adaptarnos– dijo Kenshin pensativamente.
Una vez recogida la ropa, Kaoru se alistó para salir, quería comenzar la búsqueda de trabajo lo más rápido posible. A diferencia del día anterior, la chica tenía el presentimiento de que las cosas irían muy bien. Su primera parada fue el dojo Maekawa, pero el maestro no conocía a nadie que pudiera contratarla. El Doctor Gensai, tampoco pudo ayudarla, por lo que se dirigió al Akabeko.
– Hola Tae- Saludó Kaoru mientras entraba al restaurante.
– Hola Kaoru – respondió Tae– ¿qué haces aquí tan temprano?
Kaoru le preguntó a Tae acerca de la posibilidad de encontrar un trabajo para ella, por lo que su amiga se cruzó de brazos, y se quedó pensativa por unos minutos.
– ¿Sabes hacer labores domésticas? – Preguntó Tae.
– Sí, lo único que no puedo hacer es cocinar – respondió Kaoru emocionada.
– Escuché que en la casa del arrocero Okusen están buscando una persona que ayude con las labores domésticas, tú podrías trabajar en eso– comentó Tae.
Kaoru recibió la dirección de manos de Tae y se marchó a la casa. mientras caminaba, ella no pudo dejar de entristecerse un poco por la forma en que habían marchado las cosas, pues era algo deprimente que después de tanto entrenamiento tuviera que dejar una forma de vida que su familia había conservado por generaciones. Kaoru pasó por la clínica de Megumi, en donde, para su sorpresa, la chica la animó a que continuara en su búsqueda.
– Escúchame bien– dijo Megumi seriamente– porque no voy a volver a decirte esto. Yo creo que eres una persona muy valiente. Se necesita verdadero coraje para dejar lo que conocemos y hacer algo completamente nuevo, no tienes porqué sentirte avergonzada.
Kaoru nunca había considerado a Megumi como una amiga, todo lo contrario, su relación era demasiado complicada como para que esta fuera una realidad. Sin embargo, estas palabras la animaron un poco mientras se dirigía a la casa de Okusen.
En cuanto llegó a la dirección, Kaoru pensó que debía encontrarse equivocada, ya que la única casa que se encontraba al final de la calle era una elegante mansión al estilo occidental, rodeada de un elegante jardín del mismo estilo.
– Disculpe, señorita – le dijo Kaoru a una chica que se encontraba dispuesta a entrar a la casa.
– ¿Es esta la casa del arrocero Okusen? – preguntó Kaoru.
– Si lo es– respondió la chica – ¿eres la chica que recomendó Tae del Akabeko?
– Sí, supongo que lo soy– contestó Kaoru cada vez más nerviosa.
– Mi nombre es Keiko, trabajo como doncella en la casa Okusen, déjame indicarte el camino– dijo Keiko mientras tomaba a Kaoru de la mano– hemos buscado una doncella por todas partes, pero no hemos encontrado a nadie, es una suerte que vinieras ya que necesito a alguien que me ayude, yo…
La chica siguió hablando, pero Kaoru no la escuchaba, ya que ella estaba maravillada por el esplendor de la fachada de aquella mansión. Keiko la llevó por la parte trasera de la casa, en donde juntas entraron por una puerta pequeña que daba hacía una especie de sótano.
– Esta casa está construida al estilo Inglés, esta es la zona debajo de las escaleras, exclusivamente dedicada a la servidumbre – explicó la chica. – es muy importante que te quedes aquí todo el tiempo, y sólo subas a la casa principal cuando se te requiera, se supone que los habitantes no deben notar que existimos.
Kaoru miró a su alrededor, mientras un pequeño de ejército de sirvientes se movía de un lado a otro haciendo sus labores. Era casi impensable creer que todas aquellas personas pudieran pasar desapercibidas.
– Es deprimente pretender que no existes– dijo Kaoru, al tiempo que Keiko se encogía de hombros.
– Es lo que hay, con el tiempo te acostumbras– respondió la chica.
– Señor Aizu, señora Kimichi, esta es la chica que envió Tae– dijo Keiko mientras le presentaba al anciano mayordomo y a la ama de llaves de la casa. Los dos ancianos la condujeron a una habitación en donde le hicieron toda clase de preguntas acerca de su vida privada.
– Creo que podrá servir – dijo la señora Kimichi dando la entrevista por terminada. – Kaoru, desde mañana empezarás a trabajar con nosotros, debes entender que esta casa es muy respetable. Mientras el Japón aún seguía cerrado a los extranjeros, la familia Okusen ya comerciaba con los holandeses, ahora tienen un negocio bien consolidado, y no sólo exportan arroz, también seda, arte y muchos otros bienes.
Kaoru escuchó con atención, aquella familia le recordaba a otra en la que no quería pensar. De repente el bullicio de la cocina cesó por lo que el mayordomo y la ama de llaves corrieron a verificar que estaba sucediendo.
– ¿Señor Okusen? – preguntó el anciano Aizu. – En qué puedo ayudarlo.
Kaoru miró a lo alto de las escaleras que daban hacia los pisos superiores, en donde, para su sorpresa, se encontró con el mismo hombre que la había abordado en el mercado. Su presencia era imponente e intimidante al mismo tiempo. Kaoru pensó en todos aquellos sangrientos espadachines que había conocido con el pasar de los años, pero el aura de este sujeto era diferente, ella no podía describirlo, simplemente era diferente.
– Necesito té para mi y para mis invitados, pero me temo que la campanilla del cuarto de dibujo está estropeada, habrá que repararla.– de repente, la mirada del sujeto se enfocó en ella.
– Oh, lo olvidaba – dijo el señor Aizu – esta es Kaoru Kamiya, nuestra nueva doncella. Kaoru, este es el señor Kyoku Okusen el tercer hijo de la familia. Él está a cargo de esta casa.– le explicó el mayordomo.
– Mucho gusto– dijo Kaoru mientras se inclinaba formalmente y pretendía no conocerlo.
– Eres la chica del mercado, la que solo comía anguila– dijo el sujeto con frialdad – supongo que realmente necesitas este trabajo, así que bienvenida- Kyoku se dio la vuelta y se dispuso a subir por las escaleras.
– Kaoru Kamiya ¿no es verdad? – preguntó Kyoku.
– Si.
– Tu nombre me parece conocido– dijo el muchacho casualmente.
– Mi padre era instructor de Kendo, tenía su propio dojo, y mi madre era ama de casa, dudo mucho que nuestros caminos pudieran cruzarse – respondió Kaoru.
– Buen punto– aceptó Kyoku – probablemente es una casualidad.
Kyoku se marchó, y dejó la Kaoru con un mal sabor de boca. Su jefe era frío y algo intimidante, casi parecía mucho mayor a su edad.
– Bien Kaoru, creo que tienes la aprobación del amo, en ese caso, no hay nada más que discutir– dijo el mayordomo. – ve con Keiko, ella te enseñará el lugar y de te dará todo lo que necesitas para empezar. Comenzarás mañana a las siete, y tu hora de salida será a la una.
– Pensé que en este tipo de casas se requería a la servidumbre veinticuatro horas– dijo Kaoru.
– Tu trabajo sólo será medio tiempo, aunque puede que te pidamos que trabajes extra algunos días.
– Oh – contestó ella animada.
Keiko la llevó alrededor de la casa enseñándole los complejos utensilios occidentales que usaban para hacer el aseo de la mansión. Kaoru nunca se hubiera imaginado que para limpiar la casa fuera necesario más que una escoba, jabón y agua, pero esta gente parecía tener recetas, cepillos, escobas e instrumentos para todo.
– ¿Qué es esto? – preguntó Kaoru al recibir un paquete de manos de Keiko.
– Es tu uniforme, es igual al mío– dijo. Kaoru la miró. Se trataba de un traje negro de falda larga con un delantal blanco al típico estilo occidental.
– Esto es lo que tienes que usar todos los días.
Kaoru volvió a casa con sentimientos encontrados. Por una parte, ella no quería ser mucama, pero, por otro lado, se encontraba muy contenta, ya que finalmente tendría un ingreso decente, suficiente para mantener su casa.
– Hola– Saludó alegremente Kaoru al llegal al dojo.
– Tengo buenas noticias, conseguí un trabajo, y el salario no está mal – dijo Kaoru quien comenzó a contarle acerca de su entrevista a Kenshin y a Yahiko, dejando de lado el incidente con Kyoku, ya que sabía que si les llegase a contar que su nuevo jefe era aquel sujeto que tanto la había alarmado en el mercado, se enfadarían.
– Me alegro mucho fea, en especial, porque pronto dejaremos de comer anguila todos los días.
– ¿Qué es eso, Kaoru? – señalando el paquete de tela que ella llevaba en la mano.
– Es mi nuevo uniforme– respondió. Kaoru estiró el paquete dejando ver un sencillo vestido negro, de una tela muy burda. Era claro que el delantal y la cofia iba encima de todo aquello.
– Es un vestido occidental – comentó Kenshin casi maravillado.
– A los Okusen les encantan las cosas occidentales, y si ellos quieren que las use, entonces lo haré– dijo Kaoru al ver que Kenshin no parecía encontrarse feliz por ella.
– No lo tomes a mal, Kaoru, no quería ofenderte, sólo creo que tú no debes sentirte cómoda con todo esto – contestó Kenshin. Él estaba en lo cierto, ella no se encontraba realmente feliz. Todo lo contrario, aquello estaba muy alejado de su zona de confort.
– Tengo que hacerlo, Kenshin, no hay otra opción– replicó Kaoru. Kenshin tan solo sonrió.
– Lo entiendo, Kaoru, será mejor que venga a cenar, si no lo hace, la comida se enfriará– dijo Kenshin.
La noche transcurrió con la calma propia del dojo Kamiya Kashin, pues más tarde acudieron Sanosuke, Megumi, el doctor y sus nietas, por lo que la noche acabó de una manera muy bulliciosa, pero alegre sin lugar a dudas.
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Kaoru se levantó muy temprano. Sin embargo, ella no se puso su uniforme, ya que no podía imaginarse a sí misma vestida de aquella manera mientras caminaba por la calle. En cuanto salió de su habitación se encontró con que los fogones de la cocina ya se encontraban encendidos. Para su sorpresa. Kenshin se encontraba haciendo el desayuno.
– Buenos días, señorita Kaoru– dijo Kenshin
– Te has levantado muy temprano, Kenshin – respondió Kaoru.
– Quería verte antes de que te marcharas a trabajar, y que sepas cuán importante es para nosotros todo lo que haces. Sé que no estás contenta con tu nuevo trabajo, que te sientes algo deprimida, si yo pudiera hacer algo para remediar esta situación, tú sabes perfectamente que no dudaría dos veces– dijo Kenshin mientras acomodaba el desayuno en la mesa.
– Muchas gracias Kenshin– dijo Kaoru mientras se sentaba frente a él.
Lo cierto era que el espadachín la confundía. En un momento, saltaba de un barco detrás de ella, la rescataba como un héroe trágico de alguna novela, o simplemente tenía un pequeño gesto como aquel. Sin embargo, él no parecía interesado en tener una vida con ella. Kaoru reflexionó por un momento. Lo cierto es que ella era feliz, aunque se moría por saber, si Kenshin la desearía como ella a él.
– Te agradezco tanto que decidieras quedarte conmigo, Kenshin– dijo Kaoru sinceramente.
– Tu me dijiste que estaba en mi hogar, y yo tengo que hacer lo posible por honrar ese hogar– respondió Kenshin mirándola a los ojos.
– Tengo que irme– comentó Kaoru mientras que se ponía de pie.
– Lo sé, que tengas un buen día Kaoru– respondió Kenshin.
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Kaoru llegó a su trabajo, se cambió y se puso manos a la obra. Rápidamente, ella se dió cuenta de que aquello no serían simples quehaceres domésticos. En realidad, se necesitaba un pequeño ejército de arduos trabajadores para mantener el estilo de vida de los habitantes de aquella casa. Los señores ni siquiera se habían levantado, y ella ya había bajado y subido las escaleras decenas de veces, con el fin de tener todo listo para el momento en que ellos decidieron comenzar el día.
– Kaoru, el señor Kyoku va a tomar su café en el desayunador, por favor, lléveselo– dijo el ama de llaves.
Kaoru volvió a subir las escaleras, mientras que volvía a cuestionar su trabajo. Ella ni siquiera hacía los quehaceres de su propia casa, de aquello se encargaba Kenshin. no entendía por qué tenía que hacer aquello. Rápidamente, Kaoru se deshizo de aquellos sentimientos y siguió con sus quehaceres.
– Oye– le dijo Keiko – ten mucho cuidado cuando le lleves el café.
– ¿Por qué?
– El señor tiene un humor horrible en las mañanas, y si encuentras las cortinas cerradas, abrelas de inmediato, él es una persona muy particular – le advirtió la chica.
– Gracias por el consejo.
– Te deseo suerte.
Kaoru subió la bandeja de plata al piso de arriba, abrió la puerta del desayunador con mucho cuidado. Ella aún no entendía aquella costumbre de tener una habitación para cada actividad, pero descubrió que no era más que un comedor pequeño. Contrario a lo que ella había temido, no se encontró a su jefe de mal humor, tan solo se encontraba concentrado en el periódico.
– Buenos días, señor Okusen – dijo Kaoru, quien recordaba claramente las palabras de la ama de llaves. Ella tenía que actuar como si no existiera.
– Buenos días, señorita Kamiya.
– ¿Ha disfrutado su primer día en nuestra casa? – preguntó el sujeto, quien tomó su taza de café, apartó su periódico y le dedicó toda su atención.
– Sí señor – contestó Kaoru sencillamente mientras permanecía parada frente a él. Ella se sentía incómoda, hubiera deseado poder realizar alguna actividad, para distraerse.
– ¿Los conoce? – preguntó Kyoku mientras que señalaba la torta que descansaba sobre la mesa.
– Sé que se llama pastel– respondió Kaoru.
– Es torta de la reina– dijo Kyoku – es muy popular en Londres, se puso de moda desde el matrimonio de la Reina Isabel y el príncipe Alberto.
Kaoru escuchó aquello con curiosidad. Ella había leído acerca de aquellos personajes en la prensa, pero nunca imaginó que hubieran hecho algo como popularizar un pastel.
– ¿Usted conoce Londres, señor? – preguntó Kaoru genuinamente intrigada.
– Estudié allí durante algunos años– dijo Kyoku, a quien por primera vez veía sonreír– hice grandes amigos allí.
– Pero, dejemos de hablar de mi, cuénteme un poco de usted– dijo el sujeto con aire divertido.
– No sé qué quiere saber, señor. Como le dije ayer, mi padre era un espadachín, maestro del estilo Kamiya Kashin, mi madre era ama de casa, y yo era instructora auxiliar, hasta que él falleció durante los disturbios de Seinan – dijo la chica.
– Para ser honesto quería saber un poco más sobre el espadachín que vive en su casa, al parecer, él es toda una leyenda local – dijo Kyoku – por las calles de Tokio corre el rumor de que se trata de Hitokiri Battousai – continuó. Kaoru se alarmó de inmediato, no podía entender cómo había llegado a aquella información.
– No se alarme, señorita Kamiya. Usted debe entender que no puedo dejar que nadie entre a mi casa sin pedir referencias, y aquella información no es algo que sea secreto, se puede conseguir hablando con cualquiera. También me enteré de que tiene un discípulo que vive con usted, y que hay un ex luchador a sueldo que también frecuenta su casa. Esta ciudad no es tan grande, y es un hervidero de rumores. – comentó Kyoku casualmente.
Kaoru sintió deseos de gritar. Una parte de ella sentía que aquel sujeto la estaba humillando, o posiblemente quería intimidarla. La pregunta clave era ¿Por qué?. Ella se temió lo peor, tal vez podría tratase de Kenshin, después de todo, todo lo que sucedía en su vida siempre solía girar en torno al espadachín.
– Ha– rió suavemente Kyoku – usted realmente debe necesitar este trabajo, vi ese brillo en sus ojos, usted realmente hubiera querido golpearme. Pero no importa, soy un hombre paciente.
– Claro que no, usted no es la primera persona que siente curiosidad acerca de Kenshin– dijo Kaoru tratando de no escucharse tan agresiva.
– Así que su nombre es Kenshin, ¿y su apellido es?– preguntó.
– Himura – contestó Kaoru quien se odio a sí misma por darle aquella información.
Kaoru se marchó sintiéndose aún más confundida, aquel sujeto podía ser muy peligroso. Por un momento ella pensó en la posibilidad de contarle la verdad a Kenshin, pero rápidamente desechó aquello, ya que sabía que con él, este tipo de cosas no se tomaban a la ligera.
– Eres muy exagerada – se dijo Kaoru.
Lo que quedó del día pasó de una manera muy aburrida. Kaoru hizo todas las tareas que le asignaron, cuando el reloj marcó la una del día, ella visitó su kimono rosa y se dispuso a marcharse de aquella casa. Kaoru cruzó la verja del jardín, y se dio cuenta de que un rostro conocido la esperaba junto al árbol al otro lado de la calle. Kenshin se hallaba de pie, con su espalda recostada en el tronco. Aquella fue una sorpresa verdaderamente agradable.
– Kenshin – lo llamó Kaoru sonriendo – ¿Qué haces aquí?
– Pensé que sería buena idea caminar contigo de vuelta a casa– respondió Kenshin sonriendo.
– Gracias, es una bonita sorpresa.
De repente, la reja se abrió de par en par, dando paso a un elegante carruaje que transportaba al menor de los Okusen.
– ¿Quien es el? – dijo Kenshin quien de seguro se había percatado de la breve mirada que le dedicó el sujeto antes de que el carruaje continuara con su camino.
– Es mi jefe, Kyoku Okusen, no sobra mencionar que está cubierto en dinero, vivió mucho tiempo en el extranjero. Es el hijo menor del arrocero– comentó Kaoru– ¿lo conoces?
– No– dijo Kenshin – jamás lo había visto en mi vida. Debe ser muy joven, y según lo que dices, regresó hace poco del extranjero, por lo que no hay ninguna posibilidad de que nuestros caminos se cruzaran al final de la era Tokugawa.
– Sé que los Okusen financiaban secretamente al Ishin Shin, a ellos les convenía que se abrieran las fronteras para comerciar con el occidente, así que podría decirse que estábamos en el mismo bando- continuó Kenshin.
Kaoru escuchó aquello pensativamente, pues si Kyoku no conocía a Kenshin, ni existía posibilidad alguna de tener una rencilla con él, no entendía porqué hacía tantas preguntas.
– ¿Te preocupa ese sujeto? – preguntó Kenshin.
– Un poco – reconoció Kaoru – pero no es por las razones que estás pensando. Él es muy serio, no parece ser feliz, y creo que no le simpatizo en lo más mínimo.
– No veo cómo eso puede ser posible – respondió Kenshin dirigiéndole una sonrisa. Kaoru le dedicó una sonrisa, pues pese dulces palabras de Kenshin, ella sabía muy bien que aquel trabajo sería todo un reto.
Hola a todos. Hace años no escribía en esta sección. Esta fue la primera sección en donde publiqué un fic, y desde hace años había querido volver a publicar, pero simplemente no se me ocurría nada. Ahora, estoy segura que nadie va a leer esto ya que este es un fandom moderadamente inactivo.
Escribí "el trabajo de Kaoru" en un plazo de dos tardes en las que estaba muy ocupada procastinando un trabajo de la universidad. Tengo que admitir que no lo escribí con toda la seriedad del caso, ni siquiera me tomé el trabajo de re editarlo, en realidad creo que lo publiqué más por poner algo, cualquier cosa, lo que fuera, pero la historia siempre me gustó mucho. lo volví a leer hace algunos días y descubrí que la historia tenía mucho potencial, pero en aquel entonces simplemente no tenía ni el tiempo, ni la paciencia para desarrollarla.
Por lo anterior, decidí re-escribir este fic, para darle una nueva vida y para disfrutar de aquellas escenas a las que les hubiera podido sacar mucho más jugo, aunque han pasado casi 11 años desde que lo escribí por primera vez. Por cierto, no intenten buscarlo, ya que lo retiré antes de subir esta nueva edición. Nos leemos.
