Así ama un Malfoy.
Pocas eran las veces que había visto al joven muchacho llorar, y sus primeros años de vida no contaban en lo absoluto, eran realmente escasas las veces en que su ahijado desató un verdadero llanto por razones coherentes. No podía imaginar lo que estaba ocurriendo ahora. Draco permanecía en el umbral de la puerta, mirándole fijamente con lágrimas escurriéndosele por el mentón y un singular estremecimiento en su anatomía; en sus manos, una carta arrugada llamó su atención.
– ¿Qué traes ahí, Draco? –preguntó con suspicacia, después abandonó la comodidad del escritorio para acercarse al inmóvil muchacho. Esa expresión cargada de aflicción estaba desconcertándole de la peor manera posible–. Si no me respondes no puedo ayudarte.
Le cogió el rostro entre sus frías manos para intentar obtener una respuesta, nada ocurrió. Más lágrimas recorrieron sus extremadamente pálidas mejillas y escurrieron por su mentón hasta perderse en el uniforme. Un lloriqueo silencioso que estaba haciéndole perder la cabeza a Snape.
Examinó su cuerpo con la mirada en busca de alguna herida que estuviese causando tanto alboroto, no halló nada más que un desconcertante estremecimiento y un semblante afligido.
– Sev, ayúdame… no puedo más con esta carga.
Y entonces comprendió lo que intentaba decirle: él no deseaba corromper su alma.
– No puedo más. Mis padres van a morir… ¡voy a morir, Sev, voy a morir!
Severus logró sujetarlo antes de que sucumbiera del todo y cayese al suelo con un estruendo, abrazó su cintura mientras le permitía desahogarse en su pecho. Miedo, eso era lo que la incorregible creatura estaba sintiendo, miedo a perderlo todo. Draco estaba comportándose como ese niño mimado que años atrás fue, tiempo antes de que él corrompiese su espíritu con misiones absurdas.
Draco no era más que un chiquillo miedoso e incorregible.
– Nadie va a morir. –le aseguró sujetándole entre los brazos y acariciando su cabellera dorada con su mano libre. Jamás se imaginó en una situación como aquella–. Le prometí a tu madre que te resguardaría. No vas a morir, Draco, no mientras esté contigo para protegerte. ¿Me oyes?
– N-No puedes hacer nada contra él…
– Eso no evita que pueda protegerte.
El pequeño Malfoy continuaba derramando lágrimas imparables cuando Snape, sin siquiera pedir autorización del joven estudiante, pescó la carta arrugada y se inclinó para leer su contenido. Una carta de Narcisa pidiéndole desesperadamente que cumpliera con su deber. No, no era eso lo que dictaba, sino que le rogaba que él mismo cumpliese con la misión.
Comprendió el llanto interminable del mocoso, no deseaba que Snape cumpliese con eso. Mejor pensado, deseaba que ambos terminasen huyendo del señor tenebroso y se resguardasen en un lugar impredecible, un ambiente donde Draco pudiera ser el muchacho que fue antes. Un pensamiento bastante estúpido, en su humilde opinión.
– Severus, yo no pretendo que efectúes la misión. –se le quebró la voz, pero fue suficiente para que el profesor se permitiese escuchar sus palabras–. Tengo miedo. Tengo tanto miedo que me quiero morir, pero no quiero que ese maldito me mate. No quiero seguir viviendo así.
Más sollozos interrumpieron sus palabras y sus piernas acabaron cediendo, fue gracias al agarre de Snape que su ahijado no terminó en el suelo desatando tormenta por sus grisáceos ojos. Se dejó caer sutilmente hasta que ambos quedaron arrodillados y el menor, haciendo caso omiso a la expresión fatigada del profesor, abrazó su cuello sin dejar de mojar su túnica con lágrimas saladas.
– Ayúdame…
– Maldita sea, te dije que ibas a estar bien, pero suéltame ya.
– ¡Eres un imbécil, Snape!
Draco se soltó bruscamente del agarre ajeno y después limpió el notorio rastro de lágrimas con su túnica, aquello resultó como una completa pérdida de tiempo, pues nuevos sollozos atravesaron cada centímetro de su rostro en cuestión de segundos. Genial, ya el crío estaba enojado.
Severus tuvo que llevarse las manos a la cabeza, que por cierto comenzaba a dolerle, y contar hasta diez para no terminar gritándole improperios en una situación tan delicada. De pronto comenzaron a faltarle números para recobrar la paciencia, pero lo consiguió mediante unos cuantos suspiros de por medio. Lo último que necesitaba ahora era que el muchacho escupiese Merlín-sabía-qué debido al llanto y el escenario terminase agravándose muchísimo más.
¡Ojalá alguien puede ayudarlo a él!
– Draco, está bien, para de llorar. –pidió haciendo un pequeñísimo intento de dulcificar su voz. Sin embargo, no obtuvo nada más que nuevos gimoteos escapando de los muy, muy rellenos belfos de su ahijado. Esperen un momento, ¿qué hacía mirándole los labios?–. Mierda, me estoy volviendo loco… Draco, no vas a morir. Nadie va a morir.
– ¡Eso no es todo lo que me preocupa, imbécil! –vociferó en su contra y terminó arrojándole la carta al pecho. Su cuerpo continuaba sacudiéndose gracias a la impotencia y más lágrimas fluían por sus mejillas. Era el llanto más duradero del maldito universo mágico–. ¡No es solo sobre mí!
– Dudo que insultarme enmiende la situación.
La mirada del jovencito dejó en claro que no deseaba ser interrumpido.
– Tengo mucho miedo de morir, pero algún día todos moriremos. No deseo partir de este maldito mundo sin decirte antes lo que siento. Te amo, Severus, y te amaré hasta el último latido de mi corazón.
¿Qué? Severus no daba crédito a lo que su alumno acababa de decirle, pues fue la confesión de amor más extraña y repentina que había escuchado en su vida, realmente fue la primera, pero nadie necesitaba enterarse de aquello. Alzó ambas cejas conforme contemplaba a Draco deshacerse en vergonzosas lágrimas y espasmos. Nada digno de un Malfoy, pensó.
– Te amo desde hace mucho tiempo, Severus. Eres tan imbécil que no te diste cuenta…
– Estás confundido. –sentenció él–. No puedes amarme, Draco. Es incorrecto.
– ¡Que se jodan las leyes! Yo te amo y nadie, absolutamente nadie cambiará lo que siento por ti. Si tú no me correspondes lo entenderé, pero quería que lo supieras antes de que toda esta locura inicie. Tengo miedo de perderte, Severus.
Y no necesitó más palabras para expresarlo, fue suficiente abalanzársele encima uniendo sus labios en un torpe ósculo repentino, un beso que estaba arrebatándole el aliento al profesor. ¿Dónde y cuándo ese chiquillo había obtenido experiencia en el ámbito sexual? Snape rompió el contacto de manera sutil cuando sus pulmones requirieron oxígeno. Ahora podía apreciar la respiración agitada de Draco y sus mejillas teñidas en un color rojizo tras semejante encuentro.
– ¿Qué ha sido eso, Draco?
– Que te amo. –respondió él–. Te amo, Severus.
Volvió a juntar sus belfos como todo un experto. Severus, más confundido que excitado, le cogió del cuello para profundizar el ósculo mientras se lo llevaba al escritorio con pasos rápidos, ansiando acariciar cada extremidad de su cuerpo. El aula de clases no tardó en colmarse de gemidos y gruñidos, además de un erótico sonido de pieles impactando en un seductor vaivén.
Draco estaba gimiéndole mientras que realizaba movimientos ascendentes y descendentes cobre su dura erección. El amargado profesor jamás había experimentado tanto placer en su vida, menos se habría imaginado que acabaría compartiendo cama con el orgulloso estudiante. Le sujetó las caderas obscenamente conforme el muchacho continuaba penetrándose.
Sus paredes aprisionaban deliciosamente su grueso miembro y en cualquier momento acabaría liberando su esencia en su interior, no estaba seguro si su estudiante anhelaba aquello, pero cuando iba a preguntárselo, Draco lo silenció plantándole un seductor beso y moviéndose mucho más rápido que antes, incitando a un orgasmo placentero que le arrebataría bruscos gruñidos.
– Ah~ córrete dentro, Sev…
– Joder, Draco.
Liberó grandes cantidades de esperma en su maltratado orificio y Draco gimió echando la cabeza hacia atrás conforme eyaculaba sobre sus abdómenes. Nunca pensó que sentiría tanto placer acostándose con un hombre, pero su ahijado era la excepción a todo lo que conceptuó alguna vez. Intentando regular sus respiraciones jadeantes, se tendieron en el suelo. Severus se encargó de cubrirlos con su gruesa túnica y aguardaron expectantes alguna palabra ajena.
– Te amo, Sev.
– Ya lo habías comentado.
– ¿Me amas tú?
Qué pregunta con respuesta tan malditamente obvia, seguro y el mocoso intentaba hacerle perder la cabeza. Claro que, si aquello ocurría en ese preciso instante, se encargaría de que su sensual e impertinente estudiante no pudiese caminar durante una semana entera. Pensándolo bien, eso no sonaba nada mal para ninguno de los dos, más aún cuando Draco estaba jugueteando con su erección.
– Sí, Draco… –contuvo un gruñido y se atrevió a encararlo con desesperación–. También te amo.
Draco sonrió, complacido. Y Severus cumplió su palabra de no dejarlo caminar por una semana.
FIN
