Los aposentos de la reina

-I -

La criada

Estaba perdida en la inmensidad del cielo azul que se extendía en el horizonte. En días como estos, no había nada que deseara más que recorrer los jardines del palacio. Deseos que nunca se cumplirian. Un suspiro abandonó su ser mientras regresaba su mirada hacía los grandes corredores. Tomo aquel trapeador y se dispuso a continuar con su labor.

La próxima semana cumpliría tres años de servir a la corona.

Habían sido años muy difíciles para ella y su familia. Durante generaciones los Solberg eran conocidos por ser una familia noble. Su bisabuelo que en paz descansará, había sido el último Solberg en portar con orgullo el título de conde.- Conde de Solberg-. Un terrateniente bastante respetado, pero que lastimosamente no había educado correctamente a su único hijo, pues el abuelo Adrian junto a su padre.- que años más tarde-. había terminado de lapidar lo último que quedaba de la fortuna. Dejándola a ella y a su madre solamente con lo necesario para sobrevivir. En ocasiones no sabía a quién guardarle más rencor si a su mafioso bisabuelo o a su vicioso padre.

_ Buenos días, señorita Anna._ fue el cordial saludo de una de las jefas de módulo.

_ Buenos días, Miss Cecile._ Fue su contestación, acompañada de una reverencia.

La señora, pasaba en ocasiones en módulo al que estaba encargada de limpiar, después tocaría recorrer el ala derecha del castillo y dirigirse a los establos. Sin duda las siguientes horas en los establos eran sus favoritas. Si había algo que Anna amará casi igual que el chocolate eran los caballos. Alimentarlos y cuidar de ellos era una pasión que había descubierto trabajando en el castillo. Soñar con un día tener un ejemplar y poder cabalgar en los campos libres sin rumbo fijo, era uno de los pasatiempos favoritos mientras los atendía.

Sin embargo aún faltaba pasillo y medio de aseo, correr en rumbo a su habitación para el cambio de ropas y posteriormente dirigirse a los establos.

Con un suspiro se dispuso a seguir con el labor, no era tan complicado después de todo. Solo un poco cansado y un poco frustrante, a veces cometía uno que otro error y terminaba con las ropas mojadas o gastando un poco más de agua de a necesaria, teniendo que correr en busca de más. Solamente pequeños inconvenientes aunque después de tres años en aquella rutina, los accidentes cada vez eran menores.

_ Buenos días, señorita Anna. _ Otro cordial saludo de otra compañera. La rutina.

Esta vez solo asintió con la cabeza, el día de hoy el piso estaba un poco más complicado que otras veces, quizás porque día anterior hubo bastante ajetreo entre los nobles. ¿Quién supiera?.

Sus cabellos poco a poco se desordenaban de sus trenzas, los brazos comenzaban a doler y el cansancio se comenzaba a hacer notar, sin embargo Anna ya había terminado su labor. Aquí era donde la mejor hora del día comenzaba. Con una sonrisa cansada se dirigió hacia el área de servicio, con el bote en una mano y el trapeado en otra, procurando no derramar el agua sucia en el piso recién lavado.

Mientras caminaba por aquellos pasillos que ya conocía bastante bien, saludaba a sus colegas. Vio una que otra cara nueva en los pasillos y no pudo evitar los primeros días en el castillo.

Su madre había terminado de vender la última tierra que les quedaba y sabían que con dinero solo les ayudaría a vivir un par de años. Por la condición de su madre, ahora era el turno de ella ver cómo podría apoyarla, puesto que su desdichado padre había muerto hacía un par de años producto de sus vicios, y a pesar de los esfuerzos de su madre por sacar adelante los escombros de familia que su padre había dejado, solamente eran capaces de cubrir lo básico.

Fue entonces cuando un día, mientras paseaba por las calles, encontró un cartel bastante peculiar. Buscaban nuevos empleados que atendieran el palacio real. Sin pensarlo dos veces había tomado aquel cartel entre sus manos y había ido a casa. Tras discutirlo con su madre por varias horas, al día siguiente había partido hacía el palacio.

Nerviosa y temerosa se había asombrado de la majestuosidad de aquel lugar, con amplios jardines y pasillos. Tan lleno de lujo y ostentosidad. Fue más su sorpresa cuando sin siquiera cuestionar le dieron el trabajo. Trabajaría de 8 a 10 horas diarias con derecho a visitar a su madre cada fin de mes por una semana. La paga, bueno, al menos con ese dinero podría ayudar a su madre a ahorrar en lo que ideaban nuevas maneras de subsistir.

Recordaba como los primeros días habían sido un desastre. Estaba casi segura que para el final de esa semana la mandaría de regreso a su casa, pero ese no había sido el caso. Mientras los días pasaban, notaba como sus superioras con paciencia la instruian en los nuevos quehaceres y ella se acostumbrara a sus nuevos horarios y rutinas.

Tenía que admitir que la vida en este lugar era agotador, pero tranquilo y seguro. La comida no estaba para nada mal y la estancia, bueno, era mucho mejor de lo que esperaba. Con tres pares de sus uniformes. Los de verano y los de invierno. Derecho a baño diario, lujo que en su casa no se podía dar.

La estadía en los establos era lo que Anna más amaba, estar rodeada de aquellos animales tan increíbles, su rutina comenzaba con darles de comer, llenaba las cubetas de pasto para luego dejarlas en cada celda respectiva a su dueño.

_ Veo que hoy estas de mal humor, Aage _. Le hablaba un semental negro el cual relincho en respuesta. _ No te preocupes amigo, veras que despues de comer, estarás mucho mejor._ Le comentaba mientras se dirigía al siguiente caballo.

Mientras los veía comer, no podía evitar que una sonrisa se asomara por sus labios. Después de tres años conocía a cada uno de los caballos que vivían dentro del castillo. Desde lo más viejos hasta las crías que estaban en área maternal, aquellas que ella misma había ayudado para el parto.

_ Hoy toca cepillarte, Froya._ Le dijo a una de las yeguas que se encontraban. Froya era una de sus favoritas, dócil, amable y bastante cariñosa, a su criterio.

Y no era para menos Froya era la fiel acompañante de uno de los generales más queridos en Arendelle. Sr. Oaken.- el hombre de hierro.- así era conocido por su gran tamaño y su atemorizante rostro. Había sido victorioso en varias batallas en nombre de su tierra. Temido por muchos reinos. Las leyendas sobre él hablaban de un hombre duro, despiadado, ruin, frío y atroz. Sin embargo las leyendas que contaban sobre él no podían ser más erradas, puesto que Sr. Oaken, era un hombre dulce, con su esposa y cuatro hijos. Anna los veía de vez en cuando pasearse en los pasillos del palacio, luciendo sus elegantes trajes. Podía ver la adoración del hombre haci su esposa y la ternura derramarse en sus sonrisas y gestos para sus hijos. Detrás de aquella fachada tan dura, existía un hombre noble y adorable, justo como su yegua.

Muy pronto sonarían las campanas que indicaban el medio día. Anna debía apresurarse si no quería perderse la hora del almuerzo. Así que se apresuró a terminar los quehaceres de ese día en el establo.

El comedor estaba abarrotado de todos los criados y criadas. A veces se sorprendía que a pesar de ser tantos trabajadores, estaban perfectamente ordenados en cuanto a turnos se servir comida y posicionarse en las mesas. Así como también en los turnos de trabajo. Todo debidamente ordenado.

_ Anna, por aquí! _escuchó que le gritaban. Con una gran sonrisa se apresuró a correr hasta quien la llamaba.

_ !Kristtof!-. exclamó con alegría, mientras se sentaba frente al muchacho.

_ Quédate aquí Anna, ahorita vengo con la comida.- le contestó él animado, mientras se levantaba con rumbo a los cocineros sirviendo.

Kristoff el recolector de hielo real y su mejor amigo desde que había llegado. Un muchacho solo tres meses mayor que ella. También era uno de los mensajeros reales cuando no había hielo que recolectar para el castillo.

_ Te traje pan extra.- le comento Kristoff mientras colocaba los platos en la mesa.

_ Kristoff, no debiste _. contestó ella con alegría reprimida mientras comenzaban a comer.

_ ¿Qué tal los establos Anna?_ Preguntó él con curiosidad.

_ Lo mismo de siempre, ya sabes… alimentarlos, cepillarlos, velar por por su salud.- contestó ella casualmente. - y como vas las cosas en el castillo?.- preguntó sin mucho interés.

_¿no te has enterado?.- inquirio si amigo con extrañada expresión, a lo cual Anna, decidió prestar mucha más atención.

_¿Qué sucede kristoff?.- preguntó esta vez ella ya un poco más intrigada, su almuerzo había pasado a segundo plano.

_¿Qué sucede? más bien, !que sucedió! - contesto su mejor amigo exaltado, haciendo que automáticamente ella se exaltara también y esperará a que el prosiguiera. _ Hay rumores de que anoche..._ pauso un segundo viendo hacia sus lados esperando que nadie más les prestara atención, ella imitó sus movimientos, y tras acercarse un poco más en bajito prosiguió._ la reina encontró a alguien dentro de sus aposentos…