Este fic ha sido creado para los "Desafíos" del foro "La Noble y Ancestral Casa de los Black".

Fic dedicado a Kisshu y Seremoon, quienes pidieron esta pareja para el minirreto de febrero de la Copa de las Casas del foro La noble y ancestral casa de los Black, y me quedé con las ganas de que me tocara, por lo que he decidido hacerlo para un desafío. Espero que os guste. :)


Dragones y mazmorras


I.

No había escogido peor momento para cambiar de trabajo. A decir verdad, con tal de no seguir trabajando para el Ministerio de Magia (lo cual, en verdad, detestaba en cierto modo), hubiese vendido a su madre si hubiese podido. Aunque, en realidad, era por no tener que ver a diario a su jefa. Era difícil de aceptar que ella era mucho mejor que él en todo. Y lo peor es que era cierto, pero jamás lo admitiría. No al menos en voz alta.

Hacía un frío del demonio. Tenía escarcha hasta en las pestañas —literal— y estaba deseando llegar al lugar que le habían indicado. Para colmo, no podía usar su magia porque estaba protegido con un encantamiento y de poco le iba a servir.

Había quedado con un compañero que le iba a llevar hasta el refugio. Estaba aún algo mareado por el viaje que había hecho una hora atrás en traslador, pero tenía que aguantarse, porque si no jamás llegaría a su destino.

También tenía hambre. Siempre que viajaba en traslador le pasaba. Primero náuseas, pero luego hambre. Solo que ahora tenía ambas cosas. Extraño, pero cierto. Tal vez fuera porque esta vez el trayecto fue mucho más lejos. Jamás había viajado tantos kilómetros. Es más, jamás había salido del Reino Unido, pero era esto o seguir aguantando las exigencias de la maldita… jefa. Sí, bueno.

Suspiró. No vio por ninguna parte al chico que le tenía que orientar. ¿Y si se había perdido? Sacó de un bolsillo interno el mapa que le dieron en la oficina del ministerio y vio el puntito azul que sería él y el rojo, que era a donde tenía que llegar. Estaba en el lugar correcto. O sea, que su compañero llegaba tarde. Perfecto. ¿Es que en Durmstrang no enseñan modales o qué? Esas cosas en Hogwarts no se hubiese permitido. Claro que, pensándolo bien, ya no estaban en el colegio y cada uno podía hacer lo que le diera la real gana, pero qué menos que tener un poco de educación y no hacer esperar a alguien a quien tienes que ayudar. ¿O no?

Solo llevaba sesenta minutos en Rumanía y ya la estaba odiando.

Masculló varias cosas mientras seguía andando. Ya casi había llegado al punto de quedada, pero ni rastro del muchacho. Sacó su reloj de bolsillo, aquel que heredó de su abuelo, y lo miró. Las once y cuarto en punto. Había llegado con tiempo más que de sobra.

Está bien, pensó, esperaré quince minutos. Tal vez haya tenido un imprevisto, ¿no?

Bueno, en tal caso, ¿no sería mejor haber mandado una lechuza o un patronus avisando del retraso? Vamos, es lo más lógico, ¿no?

Nada. Las once y media y su acompañante se lo debió tragar la tierra. Y más le vale, porque no estaba para perder su valioso tiempo. Tendría que usar el plan B.

En realidad no había ningún plan B, pero algo debía de improvisar, porque hacía demasiado frío como para quedarse mucho más rato allí. ¿Por qué no se le ocurrió pedir traslado de trabajo en verano?

Tomó un poco de aire y empezó a pensar. ¿Qué haría la sabelotodo de Granger en su caso? Oh, espera, ¿había pensado en Granger? Y, lo que es peor, ¿estaba imaginándose qué haría en su lugar? Es muy posible que el frío le estuviera congelando hasta el sentido común, pero lo cierto era que, en parte, no le venía mal pensar qué haría ella.

¡Agh!

Ni por todos los galeones del mundo se hubiese imaginado que se le pasaría eso por la mente.

¡Maldita seas, Granger!

Sacó una petaca de su bolsillo interno y bebió un trago de whisky de fuego. Le calentó las entrañas lo suficiente como para poder pensar con un poco más de claridad. Más le valía encontrar una solución a aquello o moriría congelado.

Escuchó un ruido a lo lejos. Parecía que venía desde arriba. Alzó la vista al cielo y pudo ver cómo, entre la niebla, se acercaba lentamente un ejemplar de dragón.

No podía ser.

No le hacía mucha gracia que una de esas bestias se acercara a él. Le aterraba más bien. El corazón le latía con fuerza solo de pensar en que tendría que lidiar con uno de esos ejemplares. Y, para colmo de males, estaba aterrizando a pocos metros de él.

Se escondió como pudo detrás de unos matorrales, con la esperanza de que no le viera o al menos pasar desapercibido. Sabía de sobra que tenían un olfato kilométrico y de poco le serviría, pero al menos quería intentarlo. No sabría cómo huir de ellos.

Escuchó pisadas que se acercaban a él. Alguien tapado hasta las pestañas se aproximaba hacia donde se hallaba. Tal vez fuera su salvación. Corrió hacia él, pidiendo ayuda. El hombre se echó a reír.

—¿Qué te hace tanta gracia? —preguntó sin entender nada.

—Soy el que te va a llevar hasta tu nuevo puesto de trabajo —contestó con voz algo ronca el hombre.

—¿Qué? ¿Eres el que llega tarde?

—No. Mi compañero ha tenido un pequeño… —Hizo una pequeña pausa para pensar las palabras que quería transmitirle; sabía que como le dijera la verdad, acabaría huyendo—. Ha tenido un percance. Lamento que hayas tenido que esperar más de la cuenta, pero el tiempo no está muy a mi favor y volar con un dragón con esta niebla no es tan sencillo como parece.

—Espera, espera, espera… —dijo sobresaltado—, ¿vamos a ir volando en esa cosa?

—¡Eh! Que esa cosa tiene nombre —se ofuscó el hombre.

—No pienso subir a otro de esos. No puedo.

—Ah, bien —dijo alegremente; el joven se mostró bastante aliviado de no tener que volar en eso—. Entonces buena suerte en encontrar el lugar.

Y, dicho esto, se dio media vuelta, dejando al chico atrás.

—¡Espera!

El hombre se giró hacia él. Su mirada parecía seria. Se le notaba que no tenía muchas ganas de aguantar a nadie como a aquel impresentable. No llevaba ni dos minutos y ya estaba faltándole al respeto a su más preciado tesoro. Detestaba que la organización no les mandara gente que realmente quisiera el puesto de verdad. Pero no le quedaba otra.

—¿Qué quieres?

—¿No hay otra opción mejor?

—No —respondió secamente—. Vas a trabajar con ellos te guste o no.

—¿Qué? En el Ministerio de Magia no me dijeron nada de dragones.

—Ya veo…

Se quedó esperando a que rechistara de nuevo, pero no lo hizo.

—Está bien —dijo el joven, sin más—. ¿Está muy lejos de aquí?

—No. Berta nos llevará en cuestión de unos diez minutos al refugio. Y está muy bien adiestrada. Está acostumbrada a llevar a todo tipo de personas. Peores que tú, además.

—¿Qué has querido decir con eso?

Pero el hombre no le hizo ni caso. Le hizo un gesto con la cabeza para que le siguiera y así lo hizo. El hombre misterioso cogió las riendas que el dragón llevaba y subió con un grácil salto. Miró a su nuevo compañero y le tendió una mano para ayudarlo a subir en el sillín que tenía detrás de él. El chico se la aceptó y se acomodó en el asiento.

Tomó aliento y se agarró a donde pudo. Estaba muy alto y se movía demasiado. Y eso que él había sido buscador en el equipo de quidditch de Slytherin, pero ni punto en comparación volar en una escoba que en aquel animal.

El viaje iba a ser mucho más largo de lo que creía.