Decisiones Compulsivas
— Hiroki… ¡Hiroki!— Me sacudió el hombro sacándome de mis pensamientos. En honor a la verdad, me costaba concentrarme después de ver aquello.
Más allá de la impresión, me causaba dolor lo que vi; uno que tenía que disimular para mantener intacta nuestra amistad.
— ¿Qué?— respondí desganado. No quería hablar con él ahora. Sabía lo que me haría decir.
— Prométeme que no dirás nada— suplicó mirándome con esos ojos que siempre me convencían—. Puedo meter a Misaki en muchos problemas si esto se sabe.
Akihiko siempre me hacía lo mismo. Me traspasaba llegando hasta las profundidades de mi corazón. Me suplicaba escucharlo, me suplicaba acompañarlo, me suplicaba no dejarlo solo, no juzgarlo y entenderle. Ahora me suplicaba no contarle a nadie lo que había visto, así estuviera haciéndome jirones el alma.
Contenía el llanto sin poder sacarme la imagen de la mente. Si cerraba los ojos, allí la veía de nuevo: sus manos rodeándole, sus labios besándolo, sus suspiros mezclándose allí en el escritorio de mi oficina; donde siempre iba a quejarse de su vida, de su familia, de sus responsabilidades.
Hiroki… por favor contéstame— insistió—. Sé que estuvo muy mal lo que hice, y no lo haré más… es solo que… Por favor… solo puedo confiar en ti.
Sentí que tiraba lo que quedaba de mí contra un enorme ventilador. Las aspas hacían pedazos todo; mi orgullo, mi dignidad, mi amor…
— Está bien, está bien— respondí hastiado para que me dejara en paz—. Solo te pido no vuelvas a hacerlo aquí. Pudo entrar alguien más… el profesor Miyagi, por ejemplo.
Hasta en estas circunstancias estaba dispuesto a protegerlo.
— Gracias— me sonrió agradecido y lo sentí como una puñalada.
Se levantó de la silla y tomó el abrigo para irse.
— Akihiko— lo atajé antes de que saliera— ¿Con uno de mis estudiantes? ¿De verdad?
Quise que esa pregunta no sonara tanto como un reproche, pero me dio lo mismo.
— Uno no escoge de quien se enamora, Hiroki— me respondió con un poco de tristeza. Y salió de mi oficina.
Fue entonces cuando por fin pude romper a llorar.
Desperté al rato con un fuerte dolor de cabeza. Estaba muy aturdido y me sentí patético; un hombre llorando por un desencanto amoroso en sus treintas. Peor aún, llorando por alguien a quien jamás le confesaría mis sentimientos en primer lugar. Yo jamás me habría atrevido a decirle a Akihiko cuanto lo amaba; era una batalla perdida, una relación entre los dos jamás hubiese podido ser.
Akihiko es el decano de la universidad donde trabajo. Él mismo me recomendó para ser profesor titular una vez me gradué. Al crecer juntos, establecimos una amistad muy cercana; yo lo sabía todo sobre él… o creía saberlo.
De nuevo se me formó el nudo en la garganta al recordar que, sin que me dijese nada, Akihiko se había enamorado… de alguien que no era yo.
Tomé mi abrigo y las llaves de mi auto y salí de allí. La oficina me asfixiaba, sentía que el aire estaba viciado allí adentro y necesitaba salir.
Salí de la facultad sin rumbo fijo. No quería ir a mi casa, menos ir a un bar a emborracharme. Podría estar muy triste, pero no iba a permitirme caer tan bajo.
Tomé la carretera panorámica; esa que lleva al límite del domo. No sé porque lo hice exactamente, pero algo en mi corazón me gritaba que necesitaba salir de la ciudad, cruzar el domo, dejar a Akihiko solo con sus problemas y con su romance apasionado con estudiantes sin apellido con los que nunca iba a poder formalizar nada. Porque jamás se lo permitirían siendo un Usami. Demasiadas concesiones había tenido su padre con él a estas alturas.
Encendí la radio, me cansé de escuchar a mi propia rabia.
Maravillosa noche en Ciudad Satélite. Hacen unos frescos 17° y seguiremos con temperaturas bajas hasta la próxima semana que está programado el inicio de las lluvias dentro del domo. Los expertos sugieren ajustar los paneles branquiales de su casa a una apertura media, para que el inicio de las lluvias refresque sus plantas y ahorre energía eléctrica en su hogar.
Este fin de semana se realizarán distintos actos culturales en conmemoración del segundo ciclo del presidente del Parlamento; Ryūichirō Isaka; quien asumió el mando ¡Ya hace cinco años! Los agasajos comenzarán este sábado en la cámara municipal de las artes, donde la orquesta sinfónica interpretará un sentido homenaje a los integrantes del parlamento quienes han mantenido la ciudad y a sus habitantes a salvo de los embates del colapso ambiental…"
No pude evitar mirar hacia el domo, lo único que nos separaba del árido desierto; de la hambruna, la enfermedad, la anarquía y la muerte. Y sin embargo quise atravesarlo e irme a la mierda con todos los que estaban allá afuera.
Me detuve en una estación de servicio en la última parada antes del peaje limítrofe. Sabía que llegar aquí solo significaba dar la vuelta y conducir de nuevo a casa. Nadie cruza el peaje sin una autorización del departamento de seguridad, y conseguir uno era un proceso burocrático molesto y lleno de explicaciones innecesarias por lo que solo miembros del parlamento podían salir… cualquiera que no fuese ellos era considerado sospechoso y con razón ¿Qué habría que buscar fuera del domo?
Bajé del auto y lo dejé cargando un rato mientras buscaba algunas cosas en la tienda. Pensaba en beber hasta dormirme cuando llegara a casa, solo así reuniría el coraje para volver a ver a Akihiko mañana.
Buscaba unas cervezas cuando escuché un estruendo y vidrios rompiéndose. Me volví a mirar de donde había venido el ruido y vi a unos hombres que metían víveres en sendas bolsas de tela muy gruesa.
Estaban llenos de tierra y por cómo vestían no parecían de la ciudad, sus atuendos lucían pesados y resistentes a condiciones muy extremas. Cada uno llevaba una máscara que ocultaba sus rasgos y un escalofrío me atravesó el cuerpo.
Venían del otro lado del domo.
Había escuchado estas historias de un grupo rebelde que halló la forma de entrar en el domo y robar las tiendas de conveniencia de las carreteras. Eran el principal dolor de cabeza del departamento de seguridad desde hacía años.
Creía que eran delirios paranoicos de esas personas que amaban las teorías de conspiración; pero estaba muy equivocado.
Di un paso hacia atrás lentamente, quería ocultarme tras las máquinas expendedoras para que no me vieran; pero tropecé con un anaquel y tiré varios frascos al suelo. Los cuatro se volvieron a mirarme y yo pensé que moriría como llevaba deseándolo todo el día.
Todos nos quedamos inmóviles por unos segundos, pero uno de ellos me apuntó con un bate envuelto con alambres oxidados y si no moría con eso, pasaría en el hospital una larga temporada.
— No. Te. Muevas— me ordenó. La máscara que envolvía su cara era roja como la sangre y llevaba impresa un demonio Oni.
Levanté las manos para que viera que estaba desarmado y que además era el único en la tienda a esa hora. Bastante cara me estaba saliendo la idea de "conducir para olvidar".
Busqué con la mirada las cámaras de seguridad; quería que quedara registrado que en ningún momento había entrado con los delincuentes o había colaborado con ellos solo para evitarme todas las preguntas que me haría después el departamento de seguridad.
— Las cámaras están apagadas— susurró uno detrás de mí. Su máscara era de un color azul muy intenso y llevaba impresa la gran ola de Kanagawa—. Lamento de antemano los problemas que esto va a causarle.
Sus ojos se encontraron con los míos. Eran de un azul profundo y cálido.
No sé cuánto tiempo pasamos mirándonos, ni con qué intención nunca me apartó la mirada; pero me sentía perdido en ese mar azul. Quizás era mi propia tristeza, pero había algo en su mirada que me parecía ¿Reconfortante?
— Estamos listos— dijo otro de los hombres que llevaba una máscara negra con la estampa de una calavera. La bolsa colgaba de su hombro llena de víveres.
El otro, de una máscara amarilla con un sol oriental también se montó una bolsa al hombro. Los tres esperaban señales del hombre de los ojos azules que se quedó mirándome.
¡Oye! No tenemos tiempo para esto— volvió a hablar el de la máscara negra—. Deja al citadino aquí y vámonos antes de que llegue la policía.
— ¡Vamos tifón! — Habló el de la máscara amarilla— ¡Vámonos!
— ¡La policía ya recibió la alerta y vienen para acá! — exclamó el chico del bate con la máscara roja sosteniendo un radio cerca del oído.
El de negro se acercó a nosotros y tomó al de azul del brazo.
— Nowaki— le llamó en voz baja, pero aún alcancé a escuchar— ¡Vámonos ahora!
Eso pareció sacar al chico de su trance, porque me dio la espalda y caminó hacia la puerta, uniéndose al resto.
Jamás podré explicar con exactitud en qué estaba pensando. Quizás me volví loco, quizás solo quería irme a donde no tuviese que afrontar lo que había pasado; quizás de verdad cuando vi hacia el domo quise irme a la mierda y vi en ellos el boleto de salida.
— ¡Nowaki! — Le llamé a garganta viva, como si estuviera a kilómetros de mí, mientras le extendía el brazo— ¡Llévenme con ustedes!
Escuché como río por la nariz ¿Tal vez?
— Están a menos de 10 km— exclamó el de la máscara roja— Si no nos vamos ahora ¡No podremos salir del domo!
Nowaki tomo mi mano y me hizo correr hacia afuera de la tienda. Me sentó a su espalda en la motocicleta y me puso un casco en la cabeza.
— Asegúralo bien— me dijo—. El viento se lo puede llevar.
Cerré el pasador y sentí como arrancamos a gran velocidad. Dejé mi auto cargándose en la estación, mi abrigo dentro de él y mi celular en el conector de la radio.
Dejé a Akihiko y mi pasado… y dejé Ciudad Satélite del otro lado del domo.
