La noche del sábado, un muchacho castaño se hallaba en el último lugar del planeta donde sus conocidos hubiesen esperado encontrarle.

- ¿Cómo es qué no has ido donde la rana o el otro idiota del pajarito?

- No quiero ni oír hablar de ese duo de traidores. Lo sabían y no me dijeron nada, y yo con unos cuernos de aquí a Constantinopla.

- Antonio, no seas así. Seguramente lo han hecho para protegerte.

- ¡¿Protegerme?! Si me quisieran proteger me lo habrían dicho en lugar de dejar que hiciera el ridículo por todo el instituto.

- Quizá tengas razón.

- La tengo, Arthur - Antonio se acomodó en el sofá- De todas maneras ¿Podría quedarme contigo un ratito más?

Inglaterra sonrió.

"Si fuera por mi nunca te irías de esta casa"

España se había presentado anoche ante su casa, medio borracho y llorando a moco tendido. Inglaterra no había tenido más remedio que acogerle temporalmente hasta que, a la mañana siguiente Antonio le pudo explicar, entre balbuceos y a duras penas, aquello que le tenía tan deprimido.

En resumidas cuentas, Lovino Vargas se había estado divirtiendo de lo lindo con terceras personas. Sí terceras, en plural. Y el pobre Antonio, perdidamente enamorado no había sabido ver la clase de individuo que era hasta que la realidad le estalló en la cara.

Y para más inri, los dos a quienes consideraba sus mejores amigos prefirieron callar.

- ¿Cómo se te ocurrió salir con ese mini mafioso de tercera?

- Le quería... Aún le quiero.

España comenzó a sollozar de nuevo. Resultaba aún más complicado entenderle, pero el rubio hizo el esfuerzo.

Dios, estaba loco por español. Le tenia completamente obnubilado y ver cómo el objeto de todos sus deseos era ninguneado por ese fetuccini malencarado ponía al inglés histérico.

Y encima, ese par de idiotas van y le hacen eso. Le han dejado sólo y por mucho que no hubiesen parado de llamar en toda la noche, Antonio no se iba a olvidar fácilmente.

Con todo, la metedura de pata del francés y el pruso no pudo venirle mejor: Ahora era él quien consolaba a Antonio, quien anoche le estrechaba entre sus brazos y le acariciaba ese precioso cabello castaño.

Mientras Arthur se perdía en sus mundos el teléfono volvió a sonar.

- Es Italia - le dijo a España quien a su vez le indicó con la cabeza que le acercase el móvil.

- ¡Spagna!

- Hola Feli...

- Me he enterado de lo que ha hecho mi fratello ¿Cómo estás?

- Estoy fatal, me quiero morir.

- Y... ¿Estás solo?

- No, estoy con Arthur. Me está ayudando mucho.

El de cabello castaño miro con una sonrisa al inglés, quien sonrojado apartó la mirada.

- ¿Arthur?

- Si, no sabía a quién más acudir. Francis y Gilbert sabían que Lovi me engañaba y no dijeron nada. Como comprenderás no quiero saber nada de ellos en un tiempo.

- Igual se enteraron hace poco, no te enfades con ellos.

- Me da exactamente igual si se enteraron hace 2 siglos o hace 2 minutos.

- No te equivocas en eso, pero piensa que igual estaban buscando el mejor momento

- Para eso no hay buen momento Feli, ¿Cuándo es adecuado decirle a un amigo que su novio le está engañando y que además no es algo puntual?

- Cuando tienes razón te la doy, Toni.

Siguieron charlando durante un rato, Italia escuchaba a su amigo con delicadeza.

-En fin, ¿Es verdad que Inghilterra te está tratando bien?

- Si, Ita. Es muy bueno conmigo, hasta me hizo su bebida especial.

- Ah si, la famosa poción que cura los males del alma.

La forma burlona en la que el italiano dijo lo último hizo que Antonio soltase una ligera risita.

La poción no era más que cacao caliente con nubecitas y un ingrediente secreto, que no era tan secreto, ya que literalmente el mundo entero sabia que Inglaterra le echaba ron al brebaje.

Y por muy raro que pueda sonar, a España particularmente le encantaba.

Inglaterra, que se había retirado precisamente a preparar más "pócima" y de paso dejar intimidad a su invitado, volvió al salón.

- Bueno Tonio, ya sabes que aquí estamos para lo que necesites.

- Gracias Feli.

Antonio colgó y dejo caer su móvil. Arthur le ofreció una taza.

- Si me das más chocolate, voy a engordar y ya lo que me faltaba.

- Tonterías, estás impresionante.

- Tan impresionante no estaré cuando para Romano no soy suficiente.

- El mundo no puede estar formado solo por gente inteligente, Spain. Se necesitan imbéciles como Lovino o Alfred para equilibrar la balanza.

Ese comentario logró que el español riese estrepitosamente.

En ese mismo momento, en otra casa no muy lejos de ahí, cuatro personas se juntaban en la sala de estar de su anfitrión.

- ¿Cómo está?

Preguntó un muchacho rubio y fornido.

- Pues mal, amor. ¿Cómo quieres que esté?

Una joven de largo cabello ondulado, que traía una bandeja de pasteles dijo:

- ¿Está en casa de Francis?

- Qué va, no quiere ni verle. Ni a él, ni a tu hermano - Feliciano miró a su novio - No le dijeron nada, ya sabéis.

- Pero no creo que duren mucho enfadados -contestó Hungría- Nunca en la vida han durado separados más de una semana.

- No puedo estar más de acuerdo.

Esto último lo añadió un joven con gafas, mientras servía el té.

- Aquí el que tiene un problema es mi hermano. -dijo Italia mientras cogía uno de los pasteles-Antonio no le va a perdonar en la vida. - Todos los presentes asintieron.- Puede que vuelva a dirigirle la palabra, pero jamás volver a darle otra oportunidad.

Roderich habló de nuevo:

Le conozco bien y sé que no te falta razón, Feliciano. -hizo una pausa para morder un pastel- de todas formas a Antonio no le van a faltar candidatos.

Habló Elizabeta:

- Y si no está con Francis o Gilbert ¿Con quién?

- Con Arthur.

- ¿Veis lo que digo?- Roderich asintió dándose la razón.

2 meses después…

- Chicos, el viernes que viene tengo una cita.