Disclaimer: Esta es una traducción/adaptación de la historia original de IShouldBeWritingSomethingElse, The Power of Her. La autora me ha dado permiso para traducirla. Cualquier personaje reconocible es propiedad de J. K. Rowling. La historia original, pertenece a IShouldBeWritingSomethingElse.

El Poder de Ella.

Capítulo 1.

No… eso no podía estar bien.

Hermione se puso seria, muy seria, mientras observaba al antiguo pergamino con los ojos entrecerrados, esforzándose por leer lo que había bajo las marcas del vetusto pedazo de piel.

Marcas de dedos, de cerveza, y otras sustancias que no quería ni saber qué eran… todo eso ocultando partes de la casi desvanecida tinta.

Pero lo que pensó que había leído, no podía ser correcto.

Todo, desde los susurros comenzados en segundo año, hasta las mortificantes y directas charlas brindadas por la Sra. Pomphrey, decía que la magia no se alteraba ni cambiaba… o se expandía, como consecuencia del acto sexual. De la unión de dos cuerpos. Del sexo. Así era. O al menos, así le habían dicho.

Y aun así… ese códice que había descubierto en una provechosa expedición por el ático de Grimmauld Place, decía justo eso. Que el primer compañero elegido, la primera persona, hombre o mujer, con quien se llegara al orgasmo, afectaba el tono y el poder de la magia de uno. Y cada acto sucesivo, seguía dándole estructura a ese primer… despertar.

Así que la calidad de su primer amante se había convertido en algo vital. Mierda. ¡Mierda, mierda!

Hermione deslizó un tembloroso dedo sobre la línea de runas que brillaban sobre el pergamino. Cada una de ellas era verdadera y estaba activa. El hechizo traductor que la misma Sra. Pince le había enseñado, nunca le había fallado.

La chica se dejó caer en el fino haz de luz que atravesaba la oscuridad del lugar, y un fino velo de polvo se alzó y volvió a asentarse. Las motas de polvo crepitaban en las llamas azules que se movían en los frascos que había conjurado. Con un hechizo murmurado, limpió el aire y Hermione cerró los ojos.

Su mundo entero se había puesto de cabeza en el frío silencio del polvoroso ático.

Si… si todo aquello era real, entonces cambiaba todo… todo. Todo.

Sintió que se le retorcían las tripas. ¿Acaso algo en su magia la había empujado hacia ese baúl, escondido en ese oscuro rincón del ático?

La joven no tenía inclinación por la adivinación, pero por alguna razón, la necesidad de esconderse en ese pequeño espacio, sola, había sido mucho más que apremiante. Lo había necesitado por días. Por semanas…

Hermione inhaló tensamente.

Ese deseo de esconderse había estado allí desde que Ronald comenzó a presionarla para llevar ese beso impulsado por la adrenalina de la batalla, más allá.

La guerra había terminado. Voldemort no era más que un montón de carne y huesos empujado hacia el otro lado del velo. Los cuerpos de sus Mortífagos siguiéndolo hacia el mismo vacío. Habían ganado. Eran libres. Libres para vivir como quisieran. Como les placiera.

Y lo que quería Ronald Weasley, lo que lo complacía, era probar cada método que conocía para quitarle las bragas.

La chica no pudo menos que bufar. Cada método.

Romance en forma de flores y chocolates y 'libros de besos', como él los llamaba con un gestito de suficiencia y como una pista, para que ellos dos siguieran el ejemplo de los libros.

Oh, Ron…

Se preguntó si se había molestado en leer algo de eso, y si lo había hecho, qué clase de cosas había leído, porque su experiencia, ella estaba segura, era muy diferente de la de él. Vastamente diferente de la de él.

Eran historias de romances mágicos… con magia que construía la historia de acuerdo al lector. Ron no le llegaba ni a los talones, ni había aparecido, en comparación al oscuro y poderoso hechicero que le traía placer a una inquisitiva y brillante joven hechicera, que estaba más que lista para explorar su recientemente liberada sexualidad.

Hermione se apretó el puente de la nariz. La sombra de ese imposible héroe la había perseguido hasta en sus sueños.

¿Un hombre brillante y poderoso que deseaba a la inteligente, pero tan sencilla heroína? ¿Qué tan plausible era eso?

Cuando los libros obviamente no funcionaron, no como que ella había compartido el contenido con él, claro, Ronald había metido a los amigos en medio.

Una persistente Ginny, tan segura de sí misma después de haber atrapado a Harry. Harry mismo, que, con el rostro rojo como tomate, trataba de convencer a la chica de la necesidad de Ron por sexo. Molly que los ponía juntos en cada oportunidad que tenía. Arthur que se largaba de cualquier habitación en la que estuvieran los dos, para darles… privacidad.

Era jodidamente incesante.

Y el deseo estaba allí. Tanto, que el mocoso tenía un plan. Un plan que involucraba una reunión de la Orden en algunos días.

Un plan que incluía algo que planeaba preguntarle…

La piel se le erizó. No. Tal vez no había sido el libro. Tal vez, su magia simplemente había pedido a gritos un poco de tiempo a solas, sin las manipulaciones de los presentes en la casa. Sin las peligrosas y no deseadas preguntas. Y las respuestas.

Pero había encontrado el libro. Y lo había cambiado todo.

Un arcaico códice bizantino, del siglo octavo, lleno de conocimiento perdido, sobre placeres en la sombra y la iluminación del núcleo mágico. Era un contenido provocativo, que ignoraba el asunto de la sangre en favor de la habilidad y el poder, una anatema para los pura sangre.

Aunque menospreciaba a los menos dotados mágicamente, personas a las que debía ignorarse, sin importar que tan buenos, amables, honorables o hábiles en el sexo fueran, en favor del más poderoso e impío mago.

El rostro de la chica se puso caliente. Todos sus pensamientos habían estado llevándola hacia él, desde el primer momento en el que había abierto uno de esos libros que Ron le había dado. Los hechizos puestos en esas páginas habían obligado a sus más ocultos y prohibidos deseos flotar hacia la superficie.

¿Un hechicero impío y poderoso? Sí, claro que había uno, ¿no es así?

Severus Snape.

Cerró los ojos y sintió una punzada. La culpa chocaba con el deseo que se acumulaba en su vientre. Era tan incorrecto que lo deseara así. Pero así era. Lo había deseado tanto por tanto tiempo. Desde aquella vez en la que lo vio avanzar con paso seguro en la pista de duelos, en su segundo año, algo dentro de la chica, por ese hombre, se había despertado.

Al principio, había creído que era enfado por la forma en la que había avergonzado a Lockhart. Bueno, ahora trataba de no pensar en ese estúpido enamoramiento de mocosa, sobre todo después de resultar que el tipo era un absoluto fraude. Pero esa sensación por el Profesor Snape había surgido más y más con el paso de los años.

Al final, había admitido su interés por él cuando descubrió la prueba de que era un soldado de la luz, en la forma de recuerdos y un patronus.

El enamoramiento de una alumna que no se iba a borrar.

Y ahora… esto…

Hermione tomó una gran cantidad de aire y se quedó mirando la brillante página.

Si… si encontraba los primeros placeres con Ron, ¿en quién se convertiría? Él era listo a su manera, y valiente, y divertido… pero había que obligarlo a hacer las cosas más necesarias. Era mezquino. Podía guardar rencor tan bien como su madre. Y su magia… su magia era… mediocre.

Oh, ella sabía que ella misma no era ningún premio. Era mandona y poco atractiva, y muy a menudo, era autoritaria y exigente. Pero el asunto no era sobre sus fallas. Bueno, sí lo era. De alguna manera. ¿Cómo cambiaría si se quedara con Ron? ¿Más relajada, tal vez? Pero, ¿y su magia? ¡Dios! Su magia, tocada por la de él, se debilitaría.

Se le estrujó el corazón. Su propia magia le había estado gritando al respecto por semanas. Era un pensamiento horrible, Horrible, pero real.

No era como si Severus Snape le fuera a ofrecer una personalidad mejorada, tan cortante y áspero como era. Pero su magia. Por Merlín, su magia era algo de extraña belleza. Había escuchado la beoda admisión entre Remus y Kingsley, apenas unas noches atrás, que Snape, era probablemente, el mago más poderoso de las Islas Británicas. Y ni siquiera tenía cuarenta años.

¿Cómo florecería su propia magia bajo las caricias de ese hombre?

Cerró los ojos y el agudo dolor en el pecho se hizo más intenso.

Era irrelevante. ¿Qué tan probable era que Severus Snape aceptara hacer… tener sexo con ella? Ella. De entre todas las mujeres…

No era posible. No.

Mierda.

Miró la página otra vez. La amarga necesidad de sus propias ambiciones aún allí, en su vientre. Quería ser la mejor. Ser… extraordinaria. No quería ser, dios, no, una mediocre. NO quería ser una persona más absorbida por el Ministerio, que se tornaba gris y maleable, y… y ordinaria. Una mujer sin alma. Conformista y aburrida. No era cosa de falsa modestia admitir que era muy inteligente y que su magia afloraba con toda facilidad e intensidad. No podía sacrificar ese regalo por una, sin duda, poco satisfactoria revolcada con Ron. Además, ella sabía que no podía permitirse una relación con él.

Ronald quería una madre, alguien que lo mimara todo el tiempo y le dijera qué y cuándo hacer las cosas. Y ella…

Ella quería al hombre de esos jodidos libros. Oscuro y poderoso. Impío y sensual.

Las runas se movieron y una sola palabra apareció frente a sus ojos.

Intercambio.

Hermione parpadeó. Intercambio. Si, la persona con más experiencia, abría los poderes mágicos de la virgen, pero allí había un intercambio. El regalo, el brillo, por falta de una mejor palabra. Una sonrisa retorcida acudió a los labios de la joven. El perfeccionamiento, el afinamiento de los talentos naturales de uno y otro.

Se quedó quieta.

Severus Snape era el hechicero más poderoso de las Islas Británicas y ni siquiera llegaba a los cuarenta años.

Gran Merlín. ¿Acaso ya conocía ese secreto? ¿Lo había recibido él mismo? ¿Lo había obsequiado a otros?

El corazón le latía con fuerza. Un pulso poderoso que obligó a la joven a apretarse el puño contra el pecho.

Si él sabía. Si ya había estado practicando. Dios. Dios. Tenía una oportunidad. Antes de la jodida reunión. Antes de tener que lidiar con Ron, finalmente…

En un revoltijo de miembros y magia, el libro fue guardado y envuelto en protecciones. Nadie podría encontrarlo, solo ella. Se escurrió fuera del ático y se dirigió a la carrera hacia su dormitorio.

Si, guardaría el secreto. No le diría a nadie de su descubrimiento. A nadie. Solo a Snape. Ella siempre había sido ambiciosa.

Desabrida pero ambiciosa.

Las palabras de Skeeter la describían perfectamente. Entonces, ¿por qué sacrificar su recién descubierta ventaja?

Y bueno, además, no quería competencia por cierto oscuro maestro pocionista.

SS HG SS HG SS HG SS HG SS HG SS HG SS HG SS HG SS HG SS HG SS HG SS HG SS HG SS HG SS

N/T: Bueno, aquí va el primer capítulo de un total de siete.

Iba a traducir otra historia, pero me formatearon la compu del trabajo y perdí todo. La casi lista traducción, perdida. En cuanto supere la furia, vuelvo a empezar con esa. Mientras tanto, aquí les dejo esta historia que no tiene desperdicio.