-¿Nunca te has preguntado que hay detrás de ese bosque...?

Las palabras de la chica flotaron entre las ramas del cerezo y se fundieron con el leve rumor del viento veraniego. Las hojas verdes y resplandecientes del árbol se alborotaron como respondiéndole.
La chica sonrió llena de melancolía acomodándose en su sitio en la rama del árbol. Apoyó la cabeza en el tronco sin apartar la vista del frondoso bosque que parecía realmente pequeño desde su sitio.
Suspiró al mirar al conjunto de piedras desgastadas y brillantes a la luz del amanecer a unos pocos metros abajo de la rama en la que se sentaba. El muro imponente que llevaba ahí anclado, rodeado de musgo y enredaderas, desde que ella tenía memoria, le revolvió el estómago incómodamente. Lo miró con odio y tristeza, y el árbol volvió a sonar ante otra ráfaga de viento.

-Si, yo también me lo pregunto...

-¡Akane! ¡¿Akane, dónde estás?!

La niña parpadeó como saliendo de un trance al oír la conocida y demandante voz de su madre. Apartó la vista del horizonte y los árboles para mirar hacia la voz. A unos metros del árbol, su madre la buscaba con la vista, parada en el engawa de madera que daba al jardín. La mujer, rondando los cuarenta y tantos, miró a ambos lados del pasillo exterior haciendo que su frondoso y largísimo cabello negro como el carbón recogido habilmente hacia atrás ondease con el movimiento de su cuello. Akane miró desde lo alto de la rama como su madre arrugaba la nariz a lo lejos en un gesto muy suyo al no ver a su hija, para después volver la cabeza al jardín. Sin ver nada, la mujer estiró el cueyo hacia lo alto del gran y viejo cerezo aún sin florecer, donde su hija le dió una sonrisa tranquilizadora con un deje de nerviosismo.

La mujer abrió mucho los ojos al ver a su hija ahí sentada, con las piernas colgando en el aire medio cubiertas despreocupadamente por el yukata escarlata ahora arrugado, ofreciéndole una sonrisa como si nada.

-¡Akane!-gritó mientras la chica veía con una extraña diversión como su madre fruncía el ceño molesta, bajaba torpemente el escalón de madera del engawa que separaba el pasillo del jardín perfectamente cuidado, recogiéndose los dobladillos del estrecho y complicado kimono rosa palo y blanco, y andaba a pasos mareados hacia el árbol-¡Baja ahora mismo! ¡Te he dicho un millón de veces que no debes subirte a los árboles!

-¡Pero mamá!-gritó desde su sitio cambiando de postura. Ahora arrodillada en la rama, inclinó todo su cuerpo hacia adelante para ver como su madre seguía dando zancadas torpes por sostenerse el kimono. Suspiró frustrada haciendo una mueca de descontento-¡No hay un sitio con mejores vistas, y ya me prohibiste subir al tejado!

-¡No necesitas mirar nada, niña! ¡Baja de ahí!

Akane resopló sacando la lengua dándole la espalda a su madre. Se tumbó en la rama mientras su madre seguía despotricando en tierra. Observó las ramas y las hojas infinitas sobre su cabeza y como los rayos de sol se colaban traviesos entre los huecos. Sonrió sintiendo la calidez del sol acariciando la piel desnuda de sus brazos y rostro.

Suspiró incorporándose y miró por última vez el bosque a lo lejos con tristeza.

-¡AKANEE!

-¡Ya vooy~!

-Y bien, ¿qué querías, madre?

La mujer volvió a tironear de los cabellos de la chica con fuerza y una mueca molesta en sus labios sacándole un quejido a su hija.

-Akane, ya te he dicho mil veces que no te subas a esos sitios, no tienes ninguna necesidad de mirar lo que hay atrás de ese muro.

La niña suspiró sintiendo las púas del peine atravesándo su cabeza.

"Yo si lo necesito..."

-¡Ay, ay, ay! ¡Ten cuidado, mamá!

-Estate quieta...Si no te pusieras a hacer esas cosas como una buena señorita no se te enredaría tanto el pelo-farfulló terminando de pasar el peine. La mujer suspiró frustrada apartando el peine para coger una preciosa peineta de madera clara con preciosos y delicados relieves de gruyas rojas y blancas- El señor Saotome me había mandado llamarte, por eso te buscaba...¡Para de moverte, Akane!

El silencio reinó durante unos minutos en la pequeña habitación levemente iluminada que madre e hija compartían. Sayako Kozue siempre había sido una mujer recta, estirada y seria que no hacía más que ponerle normas y normas por naturaleza, por eso, Akane nunca se tomaba personalmente la actitud indiferente y estricta que siempre utilizaba hacia ella, aún siendo su hija. Veía que se comportaba exactamente igual con el demás personal de la casa excepto con los señores, y no se lo tomaba muy a pecho como cuando era pequeña. Siempre le había dolido como su madre la trataba, pero con el tiempo, aprendió que su madre era así, y no había nada más que comprender.

Sayako alisó una vez más el cabello de su hija con los dedos, ahora complacida al notarlo desenredado y suave, para comenzar a hacerle un laborioso peinado con ayuda de la peineta y unas cuantas felpillas doradas.
Akane miró hacia la única y pequeña ventana de la típica habitación que se asignaba al personal de la casa. Una habitación para dos con su armario y mesita de noche de madera sencillos, un espacio para los futones y el pequeño tocador que muchos años atrás la señora de la casa le había regalado a su madre.
Se sumió en sus pensamientos unos minutos más solamente notando los rayos de Sol que se colaban por la ventana frente a ella que únicamente le dejaban ver un pequeño pedacito de cielo despejado y los ahora suaves tironcitos en su cabello por parte de la mujer.

-Sabes...¿sabes por qué me ha llamado el Señor?

Notó la corriente de aire que le hizo cosquillas en su cuello ahora descubierto proveniente de los habituales suspiros de su madre mientras esta continuaba peinándola.

-No-declaró al fin poniendo la última felpilla declarando como terminado la complicada trenza acomodada a modo "corona" sin dejar ni un mechón de cabello sueltó a excepción del abundante flequillo- Solo me dijo que te presentaras cuando pudieras...

Akane captó el tono hostil y molesto de su madre al soltar la última frase. Sabía que le molestaba que pasase tanto tiempo con el señor de la casa, y como se comportaba sin honoríficos ni "modales", avergónzando a su madre, en palabras textuales de ella. Por eso, cada vez que Sayako se enteraba de que iba a ver al señor de la casa, la vestía y peinaba lo mejor que podía para, según ella "restaurar el honor y nombre de la familia"

"Tonterías..."-pensaba la joven cada vez que esto pasaba.

-¡Cuando pudieras!-exclamó la mujer indignada colocando hábilmente la peineta que ella misma le regaló en su último cumpleaños en el centro de la trenza-corona- ¡Eso mismo dijo! ¿Desde cuando el señor de la casa tiene que llamar a una sirvienta "cuando esta pudiera"?

Akane rodó los ojos ante el tono de reclamo de la mujer. ¡Qué culpa tenía ella de que le cayera bien al señor Saotome! La conocía desde que prácticamente era un bebé. Ella lo consideraba casi como un abuelo, pero su madre seguía insistiendo en cómo debía comportarse una sirvienta educada, callada, sumisa y obediente. Pero si Akane se comportaba así, estallaba.

Cuando dejó de notar los arreglos en su cabello de su madre, dándolo por terminado, Akane se levantó torpemente intentando no arruinar su cabello después de su madre, y ambas salieron de la habitación.

-¿...Quería verme, señor Saotome?

El anciano abrió los ojos echando una ráfaga de humo de la pipa que descansaba en su mano derecha. Sonrió al reconocer la voz de la pequeña de la casa, y se giró de soslayo hacia la puerta que había oído abrirse. Le dirigió una mirada pausada y tranquilia a la joven indicando que tomara asiento junto a él en el tatami. Akane obedeció en un inusual silencio y se acomodó junto al anciano, poniendo especial cuidado en sentarse correcta y elegantemente, como querría su madre. Guardó silencio esperando a que Yosuke Saotome, rondando los sesenta, enfundado en un agradable kimono café sin adornos, algo bajito y encorvado por la edad, de cara apacible y agradable rodeada de arrugas y con una corta melena grisácea recogida en una cola baja, empezara a hablar.

El hombre tomó una nueva y prolongada calada a su pipa sin apartar su mirada castaña del jardín frente a él. Akane se tomó un momento para tomar un poco de aire empezando a dejar su nerviosismo atrás poco a poco que su madre le había infundido tras su charla, y mirar la sala. Ya había estado varias veces ahí, ya que parecía ser el lugar favorito del señor de la casa y donde charlaban habitualmente. No podía considerarse una habitación, ya que solo había tres paredes de papel con una puerta corredera y un hermoso jarrón de relieves de árboles de cerezo y gorriones en el que siempre había flores, dónde se supone que debía estar la cuarta pared, estaba de nuevo la engawa de madera impoluta que a su vez daba al jardín delantero. Desde su sitio, Akane sonrió al ver algunas ramas del cerezo.

Yosuke carraspeó echándo el humo por trompicones, antes de hablar a la joven sin apartar la vista del viejo muro que daba por terminado al jardín.

-¿Por qué tanto nerviosismo, niña?

Akane abrió mucho los ojos. ¿Cómo se había dado cuenta? A veces ella misma se sorprendía de la perspicacia de su anciano amigo. La joven se mordió el labio inferior en reflejo y miró al hombre ahora con todo ese peso e inseguridad que le había metido su madre esfumándose.

-¿Cómo...?

El hombre sonrió antes de estallar en carcajadas que inundaron toda la habitación sacandole un leve sonrisita a Akane.

-Ay, Akane, soy viejo, y he vivido mucho-al fin Yosuke se giró para mirarla sin borrar su sonrisa- ¿Por qué estás así vestida? ¿Celebras algo especial?

La chica miró con ingenuidad su kimono azul marino con bordados de flores blancas y de distintas tonalidades de rojo. Su madre se lo había regalado junto con la peineta hacía unos años, cuando cumplió los catorce. En palabras propias de Sayako, ese vestido era para dentro de unos años, para situaciones especiales en las que tendría que vestir apropiadamente. La última y primera vez que Akane recordaba haber vestido ese elegante e incómodo kimono, fue en el aniversario de los señores, el año pasado, después de eso, se quedó acumulando polvo bien guardado en lo alto de su armario.

Después de su inspección, miró hacia arriba como señalando su laborioso y apretado peinado adornado por la peineta roja encojiéndose de hombros. Resopló acomodándose más despreocupadamente sobre sus rodillas, cosa que su madre hubiera reprochado, y sonrió resuelta.

-La verdad, no tengo ni idea.

El anciano rió divertido. Las visitas de la vivaz chica que había visto crecer y que consideraba su nieta le alegraban su tórdida y monótona rutina.
Le dió otra calada a su pipa y soltó el humo antes de hablar.

-Cosa de tu madre, supongo.

La joven volvió a encogerse de hombros con una mueca consternada en su rostro en vez de darle un "sí". Yosuke volvió a reír conociendo a la firme y fría madre de la niña que contrató hace años.

-¿De qué quería hablar, señor?

-¡"Señor"! ¡Vaya!-rió el anciano- Creí decirte una vez que no me llamaras así, niña, me hace sentir viejo tanta formalidad.

Akane sonrió echándo los brazos hacia atrás para que soportaran su peso. Recordaba perfectamente como el señor de la casa y su madre la reñían continuamente por como llamaba al ex-daimio cuando era pequeña. Él quería que le llamara por su nombre, y su madre se escandalizaba y la reprendía cada vez que lo hacía, reclamándole por lo impropio que sonaba. Su madre siempre ponía líneas y límites entre amo-siervo.
Al final, Akane aprendió por las malas que debía llamar a Yosuke por su nombre cuando estaba únicamente con él, y señor en público, sobre todo en presencia de su madre.

-Y yo ya le he dicho que no me diga niña...-rió relajada inclinándose aún más hacia atras ahora estirando despreocupadamente las piernas por el tatami-Me hace sentir cómo...Bueno, como una niña.

Ambos rieron acompasados por el rumor del viento agitando los árboles y la hierba, y el cantar lejano de los pájaros.

-¿Cuántos años tienes, Akane?

La chica volvió a mirar a Yosuke cuando su risa comenzó a fundirse con el silencio, algo confundida e intrigada por la repentina pregunta.

-Dieciséis.

-Um, que rápido pasa el tiempo...-el anciano asintió como complacido volviendo a cerrar los ojos. Acercó la pipa a su boca y se mantuvo unos momentos en silencio, pensativo, mientras la joven a su lado esperaba expentante e impaciente ahora bien derechita en su sitio.

-Dieciséis...justo como él...-musitó de pronto haciendo que el humo se esparciera por la habitación abierta.

-¿A qué se refiere, Yosuke? ¿Justo como quién?-preguntó al fin rindiéndose ante su curiosidad.

El ex-daimio la miró, inclinada hacia delante con las palmas puestas sobre el tatami para sostenerse, con el carácteristico brillo del interés y la curiosidad infantil, y sonrió.

-Todo a su tiempo, niña...

-¡Ooh!-se lamentó con reproche volviendo a su postura relajada- ¿Por qué tanto secretismo, "señor"?

Yosuke volvió a reír ante la cara larga de la joven.

-La curiosidad mató al gato, Akane.

-¡Yosukee~!

El anciano rió más fuerte soltando humo al mismo tiempo.

-Ay, niña, nunca cambies...

Akane le sonrió sin entender muy bien a qué se refería y volvió a relajar pensando en ese "él" que justamente tenía su edad.

-Sabes...que tendremos visita, ¿no?-dijo al fin Yosuke sacando el tema de por que había mandado llamar a la chica en un principio.

Akane abrió mucho los ojos asimilando la nueva información volviéndo a ponerse rígida.

-¿¡Qué?!-se le escapó con un tono entre confundido y emocionado- ¡Nunca hemos tenido visita!

El ex-daimio la miró con aire pensativo y una sonrisa en sus agrietados labios. Akane tenía razón, los señores de la casa, ciertamente, nunca habían tenido una visita como Dios manda. Se tuvieron que mudar mucho tiempo atrás, antes siquiera de contratar a la madre de la peliazul, a las afueras de la ciudad debido al diagnóstico de Yosuke. En cuanto su familia se enteró de su tuberculosis, no tardó mucho en mandarlos a él y a su esposa a una gran casa en medio del campo para que el anciano pudiera llevar mejor su enfermedad. Después de un tiempo en que su hijo menor, Genma, el ahora daimio de sus tierras, y su esposa, se quedaran con ellos para hacerles compañía, tuvieron que mudarse lejos debido a sus deberes como señor de las Tierras de los Saotome, dejándo al matrimonio sólo con el personal. Aunque habían recibido cartas preguntándole sobre su estado de salud y las visitas de los mejores médicos, nunca habían vuelto a visitarlos en casi diecinueve largos años.
Yosuke había aprendido a vivir con ello, se concentrería en su esposa y en disfrutar de sus últimos días en la tranquilidad de la naturaleza prácticamente aislado del exterior.

-¿Y quién viene?

Yosuke miró a la joven ahora frente a él. Akane se había movido guiada por la ilusión por ver a alguien más por primera vez en su vida a parte del otro personal, su madre y los señores. Se arrodilló impaciente y emocionada como una niña pequeña frente a él y sonrió.

-Mi hijo, su esposa y mi nieto.

-¿De verdad?-preguntó la joven inclinándose hacia delante ensanchando su sonrisa. El anciano, contagiado por su genuina y simple felicidad, asintió-¡Eso es genial, Yosuke! ¡Nunca he conocido a su familia!

-Sí, hace tanto que no los veo...

Akane, ahora más calmada y contenta, se volvió a acomodar en su sitio al ver la sonrisa melancólica y ciertamente triste de Yosuke.

-¿Hace cuánto que no los ve?

El hombre volvió a suspirar después de una calada a su pipa.

-Casi veinte años.

Akane se sobresaltó abrumada por la cantidad de tiempo, y se preguntó si realmente la familia de su señor se preocupaba por él para no visitarlo durante veinteaños. Yosuke volvió a tomar una calada en un extraño y melancólico silencio enfocando sus ojos cansados en el jardín.

-Akane...¿Sabes por qué mandaron construir ese muro?

La joven volvió a confundirse por el cambio repentino de la conversación, pero no menos intrigada por la respuesta, se inclinó hacia el hombre espectante.
Yosuke sonrió y soltó humo.

-Cuando llegué a esta casa, hace ya...casi veintitres años...el muro no estaba, ¿sabías?

Akane alzó las cejas algo sorprendida y después miró al viejo muro de piedra cubierto de vegetación. Realmente parecía que llevaba ahí casi treinta años, así que giró la cabeza de nuevo hacia su amigo esperando que continuara.

-Unas semanas después de instalarnos junto con mi hijo y su esposa...-se detuvo para tomar una calada con parsimonia y expulsar el humo con los ojos cerrados, como intentando recordar-intenté hacer el camino hacia la ciudad, atrás del bosque-especificó sabiendo cuantas veces la joven se había subido a sitios altos para verlo. Él también había sentido la represión de esos cuatro muros-Nunca llegué a mi destino...los guardias y mi familia me detenían a solo dos pasos del prado frente al bosque-dijo con un tono gracioso en la voz mirando fijamente el tatami. Akane mantuvo silencio por cortesía para dejar que el anciano se perdiera en sus recuerdos. Tras unos minutos, volvió a levantar la cabeza mientras al fin apagaba la pipa en un precioso y elegante cenicero marrón caoba, pero siguió manteniéndose en silencio.

Curiosa e impaciente por que continuara la historia, la peliazul se mordió el labio removiéndose en su sitio y abrió la boca con cuidado.

-¿Por qué...por qué le detuvieron, Yosuke?

El hombre se giró a verla sin borrar su sonrisa. Había preferido ocultarle a la pequeña de la casa su enfermedad durante mucho tiempo, ya que prefería no preocuparla, o empezaría a tratarlo como un viejo delicado y dependiente, como lo trataban todos los demás en esa casa. O peor, ¡le prohibiría fumar como lo hacía su esposa! Yosuke achinó los ojos intentando buscar una forma de ocultar la parte en la que no le dejaban salir.

-Soy viejo, niña, y mi familia no me dejaba hacer nada solo-dijo al fin entre risas.

Akane sonrió contagiada no muy segura de la respuesta de su amigo, pero prefirió guardar silencio para que continuara.

-Pero también soy cabezota, ya lo sabes-rió-y volví a intentar salir y atravesar el bosque varias veces...-dijo con un tono de voz cada vez más bajo-Pero siempre me atrapaban por el camino-terminó con una sonrisa nostálgica.

-Entonces...¿fué su familia la que mandó contruir el muro...?-preguntó la peliazul volviendo la vista hacia las rocas con un deje de...rencor.

-Si...-suspiró el anciano mirando fijamente su regazo- Fue después del accidente.

-¡¿Accidente?!

El hombre miró a la sobresaltada chica que lo miraba con angustia y preocupación, y rió, confundiéndola aún más. No queriéndola ver así, continuó con su explicación.

-Fue una de las veces que llegué más lejos. Había atravesado casi todo el bosque sin que nadie lo notara, y ya podía dislumbrar las casas y calles a los lejos, desde lo alto de la colina...-el hombre miró hacia el techo de madera con aire ausente-Pero antes de que pudiera dar un paso más, resbalé, y caí todo lo largo de la colina...-Akane pegó otro bote en su sitio apretando la mandíbula para guardar silencio-Me desperté en mi habitación, después de que mi hijo y los guardias me encontraran inconsciente al final de la ladera-el anciano frunció el ceño de repente recordando la discusión de ese día-¡Llevaba sin salir de esa casa por semanas, y ni siquiera me dejaban dar un paso fuera del prado!-Akane se mordió la lengua, intentando no gritar que ella llevaba sin salir mucho más y ni siquiera había podido pisar la hierba tras el muro- ¡Ni ver mi querida ciudad en la que había mandado y vivido durante años, y-!-el hombre comenzó a toser ruidosamente a mitad de su queja haciendo que Akane se acercara preocupada para darle unas palpaditas en la espalda. Cuando Yosuke terminó de toser tras unos largos minutos y la joven le preguntara si quería que llamara a alguien, volvió a ponerse firme en su sitio mirando fijamente el condenado muro que había detestado durante tantos años.

-Supongo... que después mandaron contruir el muro...para que usted no saliera-habló con aire ausente Akane mirando también al conjunto de rocas.

El anciano asintió como a regañadientes, y ambos se fundieron en un silencio nostálgico y triste. Ese muro le había impedido salir a Yosuke durante mucho tiempo, ocultandolo del mundo y reprimiéndolo, y desgraciadamente, se estaba repitiendo con la joven. Ciertamente el anciano había intentado inumerables veces hacer que la niña acompañara a su esposa o a las otras sirvientas en sus visitas a la ciudad para comprar o dar un paseo, o simplemente para sentarse junto a él el los momentos que se le permitía salir al prado, pero su madre siempre había sido tajante y firme en su postura, y no lo había permitido. Yosuke había temido durante mucho tiempo que la chica vivaz y divertida de la casa se convirtiera en lo que quedaba de él. Un pájaro enjaulado al que le habían arrancado las alas de la libertad.

El anciano suspiró, en parte por él y en parte por la joven.

-¿Cuándo llegan?

-¿Um?

-Su familia-aclaró al ver al hombre algo deshubicado.

Abrió mucho los ojos formando en su boca una "o" perfecta para después sonreir intentando olvidar lo que habían hablado anteriormente.

-¡Ah! Hoy, al anochecer, aún les queda un largo viaje...

-¡Hoy!

Akane sonrió emocionada, también intentando dejar atrás el tema del muro y lo que se escondía tras él. Se volvió a acomodar en su sitio, volviendo a soportar su peso con los brazos hacia atrás, y ambos disfrutaron del silencio de la tarde.

Hey, lectores! Espero que os vaya muy bien a todos con eso del virus de mierda rondando por ahí, y tmb quiero agradecer a todo el personal sanitario que trabaja

muy duro en tal situación que estamos. No sé de dónde serán un ustedes, pero aquí en España yo al menos llevo literalmente casi dos semanas sin salir y sin clases, eso es lo único

que agradezco, la verdad, pero sean de dónde sean, fuerzas a todos!

En fin, en lo relativo a esta historia a la que llevo dándole vueltas varios días (ya que parece ser que lo único que hago es inventar nuevas historias en vez de actualizar las otras...jejeje...)

será como una especie de crossover extraño entre Ranma 1/2 y Enredados, si la de Rapunzel, soy algo patética y me aburro mucho, no me juzgen si las cosas empiezan a ponerse raras. En cuanto al apellido de Akane y su madre y todo eso, solo digo que todo a su tiempo, ya que es importante para la historia.

Madre mía, me enrollo más que una persiana, que disfrutéis leyendo!