Capítulo
1
Marzo de 1992
Gast Faremis era una eminencia en el mundo farmacéutico. Sus investigaciones acerca de los medicamentos y los antibióticos más novedosos y funcionales de finales de siglo habían causado una gran repercusión, no solo a nivel nacional, sino por todo el mundo.
Había empezado como un joven normal, acudiendo a la universidad de Junon, su ciudad natal. Desde pequeño, le había fascinado todo lo relacionado con la ciencia y la salud. Durante su adolescencia, había recibido muchos méritos y premios en su clase, todos relacionados con proyectos científicos, terminando el bachillerato con la mejor nota de su promoción. Cuando terminó la carrera de Farmacia en la universidad de Junon, nadie le dijo al joven Gast Faremis que la vida iba a ser fácil a partir de aquel momento.
Su padre, Isaias Faremis, le había dado de lado cuando descubrió que no quería dedicarse a la Medicina, como él, sino a otra rama de la salud como lo era la farmacia. Sin embargo, Gast siempre contó con el apoyo y cariño incondicional de su madre, Lorna. Gracias a ella, el joven farmacéutico encontró su rumbo y comenzó a trabajar para uno de los laboratorios más importantes de la ciudad de Junon.
Estuvo bajo las órdenes del jefe de laboratorio, el doctor Hills, durante casi 10 años. Una década en la que Gast aprendió muchas cosas acerca de los medicamentos, de las plantas medicinales, de las pastillas, de los antibióticos. Con 32 años, Faremis ya tenía su propia empresa farmacéutica montada.
Y ahí fue donde conoció a la que, más tarde, se convertiría en su esposa. Ifalna. Lo de ellos había sido amor a primera vista. Ella tenía la carrera de Administración bajo el brazo: sabía de cuentas, números, gestión de empresas… sin embargo, llevaba unos meses buscando un trabajo estable, ya que hasta aquel momento, había sido administradora de una empresa de textil que había echado el cierre a causa de un incendio.
Gast la contrató sin apenas pensarlo. Había habido algo en ella que lo había fascinado, que lo había atrapado por completo. No sabía si se trataba de sus profundos ojos verdes o de su simpatía intrínseca. Pero, desde el momento en que Ifalna había puesto un pie en su oficina, su intuición le dijo que aquella mujer se quedaría en su vida para siempre.
Trabajaron codo con codo. Al principio, la empresa de Gast Faremis no era muy grande y tampoco, muy reconocida. Muchas fueron las veces en las que Gast pensó en tirar la toalla, ya que sus ambiciosos sueños lo colocaban en la cúspide del mundo farmacéutico, no en los suburbios. Sin embargo, fue gracias al apoyo y al cariño de Ifalna que continuó adelante con sus ideales.
Pero la fama le llegó un poco más tarde, a raíz del descubrimiento de un medicamento que erradicaba de raíz las gripes rojas, unos virus bastante peligrosos que estaban matando a casi el 50% de la población.
Entonces, su nombre comenzó a subir como la espuma. Aparecía en periódicos, en el telediario; concedía entrevistas, discursos. Daba conferencias en la universidad y era una eminencia para el mundo científico.
Luego, se casó con Ifalna, la que era ya la mujer de su vida. Se fueron a vivir juntos a una lujosa mansión que Faremis, con el dinero que ya ganaba por aquel entonces, se podía permitir comprar. Contrataron empleados para que hicieran las tareas domésticas y la comida. Ifalna contrató a una mujer desamparada, que recibía el nombre de Elmyra, como la ama de llaves.
Y, poco tiempo después, llegó Aeris. La primera - y única - hija del matrimonio conformado por Gast e Ifalna. Con ella, llegó la felicidad y la esperanza a la familia, ya que había sido una hija deseada y buscada por muchos años.
En el año 1992, nueve años después del nacimiento de Aeris, todo seguía igual en la familia de Gast Faremis. Eran la familia idílica, todos querían llegar a ser como ellos algún día. Todo era felicidad y estabilidad. O, al menos, todo lo que se veía.
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Cloud Strife era un chico normal. Rubio y con ojos azules, atractivo, uno más entre los de su ciudad. Sin embargo, cuando le preguntaban acerca de cómo le había tratado la vida en sus 21 años, siempre respondía lo mismo : mal y con mucha, mucha dureza.
Cloud había nacido en el seno de una familia humilde, una familia como cualquier otra. Era hijo de un carpintero y una cocinera, y hermano del guardaespaldas particular del empresario farmacéutico multimillonario Gast Faremis.
Siempre había sido un buen hijo. Consciente de la realidad de su familia, evitaba por todos los medios meterse en líos y estudiaba mucho y con gran esfuerzo para hacer sentir felices y orgullosos a sus padres. Por las tardes, trabajaba en un taller mecánico, para ganarse un dinero y poder ir a la Universidad de Midgar y cumplir su sueño de convertirse en abogado.
Sin embargo, la vida de Cloud comenzó a cambiar de forma drástica y triste a partir de la muerte de sus padres en un accidente de tráfico. Con la muerte de sus padres, pasó a hacerse cargo del mantenimiento del hogar y todos los gastos que eso conllevaba. Sin embargo, eso a Cloud no le importaba, ya que echaba mucho de menos el cariño y afecto que sus padres le profesaban todos los días. También echaba de menos a su hermano, Zack, quien vivía en la mansión de Faremis debido a su trabajo como guardaespaldas.
Pronto, Cloud tuvo que comenzar a trabajar más horas de lo normal para poder sobrellevar los gastos del hogar y de la comida. Tristemente y, aunque se negaba a creerlo, tuvo que dejar de lado su sueño de estudiar Derecho para poder comer. Aunque Zack le pasaba parte de su sueldo para ayudarlo, no era suficiente para estudiar la carrera.
Y, como a veces parece que, a perro flaco todo son pulgas, el taller mecánico en el que Cloud trabajaba se fue a la quiebra, quedándose el joven sin trabajo.
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Ifalna se sentó a la mesa con una sonrisa, dispuesta a compartir un desayuno agradable con sus seres queridos aquel viernes.
A la mesa se sentaban Ifalna, el ama de llaves Elmyra, el guardaespaldas de la familia Zack, los empleados de la limpieza y su pequeña hija, Aeris. Sin embargo, la madre de familia notó que faltaba alguien a la mesa, concretamente su marido, Gast.
-Hija - dijo Ifalna, con una sonrisa, llamando la atención de la pequeña - ¿has visto a papá?
-No, mami. Hoy no lo he visto y no ha venido a despertarme tampoco - contestó la pequeña, frunciendo el ceño, preocupada.
La pequeña Aeris era una de las niñas más bonitas de la ciudad. Tenía el cabello castaño ondulado y le llegaba un poco por debajo de los hombros. Casi siempre, solía llevarlo suelto, adornado con lazos de colores. Aquel día, llevaba un lazo azul, como su peto. Tenía los ojos grandes y verdes, con espesas pestañas negras y las mejillas sonrosadas. Parecía un angelito.
-¡Qué extraño! - comentó Ifalna - Iré a ver donde está. - dijo, levantándose de la mesa.
Ifalna caminó por el vestíbulo de su hogar, subiendo las escaleras rumbo a los dormitorios. Sin embargo, desvió un poco sus pasos hacia donde se encontraba el despacho de su marido, donde solía atender llamadas y adelantar el trabajo que se traía a casa.
La mujer caminó lentamente hacia la puerta del despacho, que se encontraba entreabierta e iba a empujarla de no haber escuchado el agitado tono con el que su marido hablaba a través del teléfono.
-Ya te he dicho que todavía no - masculló Gast, con los dientes apretados y agarrando con fuerza el teléfono. Ifalna se pegó un poco a la puerta, ocultándose para no ser vista. Quería escuchar de qué hablaba su marido y con quién, ya que él no solía tener ese tono tan vehemente. Se hizo un silencio mientras Faremis escuchaba lo que su interlocutor le decía a través del teléfono. - Necesito un poco más de tiempo, ¿entiendes? - esta vez, la voz de su marido se tornó suplicante - ¿Qué? ¡No! ¡No cuelgues, espera!
Sin embargo, su interlocutor no pareció hacer caso a sus súplicas, ya que Gast dejó caer el teléfono con profunda frustración, mientras se pasaba una mano por el cabello, ansioso.
-¿Con quién hablabas? - preguntó Ifalna, adentrándose en su despacho y llamando su atención, provocando un pequeño sobresalto en su marido que trató de disimular rápidamente.
-Nada, cosas del trabajo mi amor - dijo él, poniéndose de pie y acercándose a Ifalna, plantando un pequeño beso en sus labios.
-¿Otra vez ese hombre que quiere venderte su proyecto? - preguntó Ifalna, molesta.
Desde el nacimiento de Aeris, Ifalna había comenzado a desvincularse de la empresa y a dedicarse plenamente a su hija, dejando de trabajar para Gast. Se mantenía al tanto de lo que ocurría en ella gracias a lo que su marido le contaba.
-Sí, otra vez - dijo Gast, componiendo una sonrisa nerviosa - Es un poco insistente.
Sin embargo, Ifalna se lo quedó mirando un buen rato. No parecía muy convencida de las palabras de su marido, es más, lo notaba bastante extraño aquella mañana.
-¿Te ocurre algo? - preguntó ella, sin miramientos.
-No. ¿Qué me iba a pasar? - replicó él, con una sonrisa.
-No sé. Estás nervioso, como… si ocultases algo. - dijo ella, alzando una ceja.
Gast soltó una carcajada, en un intento de liberar todo el estrés que llevaba dentro.
-Cariño, ya sabes que entre tú y yo no hay secretos. - contestó él, dándole un beso en la mejilla - Me voy al trabajo - informó, dándole la espalda y comenzando a caminar hacia la puerta.
-¿No vas a desayunar? - preguntó ella, siguiendo sus pasos.
-No, hoy no tengo mucha hambre. Ya comeré algo cuando llegue a la oficina.
-Hm..está bien. Que tengas un buen día - dijo ella, finalmente, sonriendo.
Faremis le devolvió la sonrisa y bajó las escaleras rápidamente. Una vez estuvo fuera de su hogar, la sonrisa que se había esforzado por mantener y que ya marcaba las primeras arrugas en su rostro de 41 años, se esfumó como el viento.
No existía ningún hombre que quisiera venderle su proyecto. Las cosas no iban bien. No iban nada bien. Gast estaba metido hasta el cuello en un problema bastante serio.
Aquel medicamento pionero que había descubierto, nueve años atrás, para erradicar la gripe roja, no había sido solamente su descubrimiento. Para poder llevar a cabo la creación de su exitoso medicamento, Gast había comprado algunas plantas medicinales que lo componían en el mercado negro, donde una banda de científicos trabajaba ilegalmente con estas plantas.
Por supuesto, aquella compra había tenido un precio. Gast pagó un gran capital para poder hacerse con las plantas, a cambio de llevarse el sólo todo el mérito. Sin embargo, los científicos con los que había hecho negocios no se habían contentado con el pago por las plantas. Tras descubrir que Gast estaba acumulando importantes ingresos gracias a su medicamento contra la gripe roja, comenzaron a chantajearlo y a pedirle más dinero, amenazándolo con decir la verdad a la prensa y manchar su imagen si no les pagaba.
Gast aceptó el chantaje y comenzó a pasar un porcentaje de sus ingresos a la banda ilegal. El negocio había continuado durante años: ellos le proporcionaban plantas novedosas para sus estudios y Faremis les pagaba una generosa cantidad de dinero. Sin embargo, una de las últimas plantas que Faremis había obtenido no había sido pagada en su totalidad. Gast se negaba a pagar un precio tan alto, a pesar de la dificultad para conseguir dicha planta.
Fue entonces cuando el jefe de la banda, Kross Rogan, comenzó a amenazarlo de muerte si no le pagaba el dinero que le debía en el plazo de tiempo de medio año. Gast solo le daba largas y más largas mientras pensaba qué hacer para librar su cuello de semejante problema. Subestimaba a Rogan, ya que no lo veía capaz de asesinarlo.
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-¿Cloud? ¿Hermano? - preguntó Zack, dejandose ver en la puerta entreabierta. Todavía conservaba las llaves del que había sido su hogar durante tantos años, antes de trasladarse a la casa de Faremis.
-¡Estoy aquí! - dijo Cloud, asomándose desde la puerta del salón, con una media sonrisa en sus labios finos - Pasa, pasa.
-¿Qué hacías? - dijo el moreno, curioso. Zack, de 24 años, era diferente a Cloud, ya que tenía el pelo negro. Pero sus ojos eran idénticos y se parecían más de lo que se imaginaban.
Su hermano pequeño soltó un suspiro mientras se mecía los cabellos rubios con una mano. Parecía bastante preocupado.
-Intentaba sacar las cuentas de este mes. Pero creo que voy a tener que dejar de comer definitivamente para poder pagar el impuesto de la luz, como sigan subiendo los precios…- murmuró el rubio, acercándose a la cocina, seguido de su hermano, y sacando del armario la cafetera, preparándola para hacer café.
Su hermano Zack, cruzándose de brazos, lo miró preocupado.
-¿Cuántos días llevas sin comer? - preguntó, alzando una ceja.
-Con este…cinco. - admitió Cloud, agachando la mirada mientras ponía la cafetera en el fogón.
-Cloud…no puedes seguir así. - comentó su hermano, bastante preocupado por lo que acababa de descubrir.
-¿Qué puedo hacer? - dijo el otro, con profunda resignación, encogiéndose de hombros - Con la crisis, los puestos de trabajo han disminuido. He buscado y buscado por todas partes, pero nadie quiere empleados nuevos. Todos los gastos los estoy pagando con los ahorros que conseguí en el taller mecánico. Pero eso se terminará acabando, tarde o temprano. Y entonces…estaré en la ruina.
-¿Por qué no vendes la casa? - propuso Zack, con una mano en la barbilla.
-¿Y dónde vivo? Además…nadie querría esta casa, está muy antigua ya. Todos están comprando pisos nuevos en el centro de Midgar. - comentó el rubio, cada vez más apesadumbrado.
Zack se mantuvo en silencio mientras pensaba una solución para el problema que aquejaba a su hermano pequeño. Entonces, se le ocurrió una idea que, para él, no podía fallar.
-¡Hey! ¡Ya lo tengo! - dijo el moreno, dando una palmada con una sonrisa - Escucha, sabes que trabajo para el señor Faremis, ¿verdad?
-Sí…pero…¿a qué viene eso ahora? - preguntó Cloud, sin entender, mientras servía las tazas de café y daba un pequeño sorbo a la suya.
-Mira, yo soy su escolta privado. Pero, ¿quién sabe? Quizá … quizá necesite otro escolta. ¡Ya sabes! Para su mujer y su hija.
-Pero…ya te tiene a tí…¿no?
-Sí, pero, escucha, ¡hablaré con él! Quizá pueda convencerlo de que te contrate, cuando le explique tu historia y demás…seguro que querrá alguien que proteja a su esposa o que lleve a su hija al colegio. Cuando le hable de tu situación, aceptará, ¡ya verás! - explicó Zack, bastante animado.
-Por favor, no vayas dejándome como un pobre muerto de hambre con tu jefe. - suplicó Cloud, con el ceño fruncido.
Zack soltó una carcajada.
-Es la verdad, ¿no? ¡Vamos, Cloud! ¡Anímate! Con mi enorme capacidad de convicción, no tendrás nada de qué preocuparte, te lo aseguro.
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La tarde caía en casa de los Faremis. Aeris se encontraba en el jardín, jugando a la pelota con su perro, Nanaki. Nanaki era un enorme perro de raza, de color rojo. Tenía un vínculo muy especial con Aeris, ya que habían crecido prácticamente juntos.
Aeris le pasó la pelota a Nanaki, pero este, al intentar rebotarla, la lanzó lejos, cerca de un pozo que había en el jardín y al que Aeris tenía terminantemente prohibido acercarse, debido a que era bajo y era muy fácil caerse dentro de él.
-¡Oh! ¡Nanaki! ¡Mira lo que has hecho! - le riñó Aeris, con dulzura - Iré a buscar yo la pelota, tú quedate aquí, podría ser peligroso. ¡Super Aeris en acción!
Nanaki bajó sus orejas, sin entender ni una palabra de lo que le había dicho su dueña.
La niña corrió rápidamente hacia el pozo, donde la pelota se había detenido. Se agachó para recogerla, cuando de repente, una enorme sombra oscureció el lugar donde ella se encontraba. La pequeña alzó lentamente su mirada y el terror se apoderó de sus ojos verdes.
-Sephiroth…-dijo, con un hilo de voz, mientras miraba al hombre frente a ella. Se trataba de Sephiroth, el chofer de la familia y la mano derecha de su padre. Para el señor Gast era su hombre de confianza, pero a Aeris le daba miedo su imponente figura, de pelo plateado, ojos afilados y verdes y ropas negras. Además, Sephiroth era distante y frío con ella.
-Vaya. ¿A quién tenemos aquí? Pero si es la señorita Aeris. ¿No te acuerdas de qué lugar es este? - preguntó, con voz arrogante, arrastrando las palabras.
-El pozo…-murmuró la niña, temblorosa.
-Así es. Y …tengo entendido que tus padres te tienen prohibido estar cerca del pozo, ¿no es verdad?
Aeris asintió lentamente con la cabeza.
-Sería una pena que te cayeses en el pozo para siempre y nadie te oyera pedir ayuda. Atrapada en la oscuridad…para siempre. - la niña tragó saliva al imaginar la situación - Márchate antes de que le diga a tus padres lo desobediente que eres.
-S…sí. -dijo Aeris, abrazándose a la pelota mientras salía disparada del lugar, alejándose de Sephiroth, el cual le daba más miedo que el mismísimo pozo.
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-Señor, ¿puedo pasar? - preguntó Zack, tras llamar a la puerta del despacho del señor Faremis.
-Adelante - dijo Gast, con un ademán de su brazo, mientras un gesto amable cruzaba su rostro. Dejó a un lado sus papeles, colocándolos en una esquina de la mesa de madera y juntó sus manos, mirando a Zack expectante - ¿Y bien?
Zack carraspeó un poco antes de hablar.
-Señor…verá. Sé que no está bien, pero…quisiera pedirle algo. No lo haría si no fuera estrictamente necesario e importante para mi.
-¿De qué se trata? - preguntó Gast, mirándolo fijamente desde su asiento.
-Verá… mi hermano está pasando por una situación económica precaria ahora mismo. Apenas tiene para comer y…no consigue trabajo debido a la crisis. - explicó Zack.
-Hm…entiendo - dijo Faremis, comprensivo.
-Así que…me preguntaba si quizá usted…tendría algún trabajo para mi hermano aquí. Quizá pueda ser el escolta de su esposa o de su hija Aeris… ya sabe que cuatro ojos ven más que dos y me podría echar una mano en la tarea.
-Mira, Zack, yo… -dijo Gast, que pensaba negarse.
-Por favor, señor, se lo suplico - rogó Zack, desesperado - Tengo plena confianza en mi hermano. Sé que el está perfectamente capacitado para este trabajo, no le fallará. Se lo prometo.
Gast vaciló durante unos instantes que a Zack se le hicieron eternos. Finalmente, contestó.
-Está bien. Que venga. Podría ser el escolta de mi esposa y mi hija. Estará un mes de prueba y …si veo que funciona, lo contrataré. ¿De acuerdo? - propuso Gast.
-Sí, señor, ¡como guste! ¡Mil gracias!
¡Hola! Bienvenidos y bienvenidas a este fic. Esta historia la escribí y publiqué hace ya unos años (¡como pasa el tiempo!) y decidí reescribirla e incorporar algunos cambios a la misma, deseando con todo mi corazón dar lo mejor de mi. ¡Espero que les guste mucho! ¡Gracias!
