Eran las vacaciones de navidad. Lily Evans, que cursaba el último año en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, se encontraba sentada en la biblioteca (nada raro en ella), mirando un libro de encantamientos. Se suponía que tenía que estudiar para las matrículas de brujería, pero en lugar de eso sus ojos pasaban los párrafos sin dejar ni el más leve rastro de sentido, porque su mente estaba muy lejos de allí. Hacía poco había recibido una cara de su madre, y aunque habitualmente aquello era muy bueno para ella, aquella vez había sido una sentencia de muerte: le pedía que llevara a James Potter para la cena de navidad.
Normalmente Lily no se hubiera inmutado en estar nerviosa, después de todo no por nada estaba en Gryffindor, pero el detalle era que ni ella ni James eran normales: eran magos. Y si había algo que su hermana, Petunia, odiara más que la imaginación era la magia, tanto era así que ni siquiera le hablaba a Lily. Su madre, en un intento desesperado de juntarlas de nuevo, había planeado aquella cena y le había pedido también a Petunia que llevase a Vernon Dursley, el… su novio. Lily estaba segura de que aquello iba a terminar en un terrible desastre.
Ni siquiera había terminado de pensar en cómo le pediría a James que fuese a cenar a su casa (él era un sangre limpia, y ella una hija de muggles) cuando el susodicho apareció detrás de ella, provocándole un susto de muerte. La pelirroja saltó y soltó un gritito, y Lunático y Canuto se soltaron a reír a carcajadas. Lily frunció el entrecejo.
—¡Hola, pelirroja! —dijo muy dulcemente James. Llevaban saliendo relativamente poco, pero después de toda una larga relación de amor-odio se conocían bastante bien.
—¡James! ¡No tenías que darme un susto! ¿Y tú de qué te ríes, Black?
Sirius la miró dolido.
—Pelirroja, ¿desde cuándo me dices Black? Pensé que ya era Sirius para ti—dijo.
Lily rodó los ojos, impaciente.
—Ya es tarde. Pensé que no querrías saltarte la cena—aclaró James, ligeramente sonrojado.
Lily parpadeó sorprendida, y miró el reloj muggle que llevaba en la muñeca, sobresaltándose al darse cuenta de que llevaba más de siete horas ahí. ¿Cómo se le había ido el tiempo tan rápido? Tenía que ordenar sus pensamientos, eso estaba claro.
—En un minuto voy. ¿Querrían esperarme afuera, por favor?
Los tres amigos se marcharon haciendo bromas y riendo, pero Lily se quedó sentada. Incluso un minuto después, cuando salía por la puerta de la biblioteca de Hogwarts, seguía pensando en la cena con su familia.
—¿Qué quieres decir? —preguntó James consternado. Lily estaba muy nerviosa, acababa de preguntarle algo, pero James no sabía qué con exactitud.
—¿Quépiensasdeiracenarconmifamiliaparanavidad?Mimadremepidióqueteinvitara…
—Lily, no te entiendo—tomó por los hombros a la chica, mirándola fijamente, y aquello puso más nerviosa a Lily: no soportaba que James la mirase de ése modo, como si pudiera leerla entera. Suspiró y se dio cuenta de que se estaba comportando como una cobarde.
—Me preguntaba…me preguntaba qué piensas sobre ir a cenar con mi familia por navidad. Mi madre me ha pedido que te invitase y, bueno, sé que tus padres te esperan, así que no tienes que decir que sí…
Sin embargo, James sonrió y la besó en la mejilla, riendo despreocupadamente.
—¿Cómo crees que te diría que no, pelirroja?
El tren partió de la estación de Hogsmeade a las once en punto aquel día. Lily había enviado una carta a su madre confirmando que James iría a casa por navidad y ella había respondido encantada. Ahora lo que más le preocupaba a Lily era que Petunia le armara una escena, porque si James se daba cuenta de lo ordinaria que era su familia…; no quería ni pensarlo.
Durante todo el trayecto, a Lily la comían los nervios. Se sentó con una de sus amigas: Alice Fawcett. Salía con Frank Longbottom, y el chico en sí le caía bien a Lily, porque también eran grandes amigos.
Llegaron a Londres cuando oscurecía, y James encontró a Lily antes de bajar a la estación de King's Cross, donde los esperaba la familia de ésta. Le dio una pequeña sonrisa de ánimo y Lily se obligó a calmarse y adoptar una expresión serena, casi aburrida.
—¡Mira! Ahí están…—Lily señaló hacia una mujer y un hombre que se veían nerviosos. Sus padres nunca se habían acostumbrado al chillido indignado de las lechuzas, el croar de las ranas o los pájaros de papel encantados que volaban por toda la estación. Se acercaron a ellos.
—¡Lily! ¡Qué bueno es verte de nuevo! No sabes cuánto te extrañamos tu padre y yo…; y éste debe ser James. Qué muchacho tan encantador…
James sonrió a la madre de Lily educadamente y abandonaron la estación. James estaba fascinado con el auto de los Evans. Nunca, afirmaba, había visto algo así de extraño. Lily le recordó que en el mundo muggle era de lo más normal, y él se sonrojó. Ella ya se sentía más tranquila y segura de sí misma. Llegaron a casa a tiempo para la cena, pero también justo cuando un auto último modelo aparcaba fuera de la casa. Lily llevaba casi todo el año sin ver a Petunia, y se dio cuenta inmediatamente de que ésta no se alegraba de verla. Le hizo una mueca desdeñosa y saludó a su padre y su madre, pasándola de largo a ella y a James.
—Tendrás que perdonarla. Es mi hermana Petunia, pero no ha hablado conmigo desde…bueno, desde hace mucho.
James asintió muy serio, aunque fue a saludar a Vernon Dursley con educación. Lily solía decir que Vernon parecía más morsa que hombre, pero nunca se había atrevido a confiarle sus pensamientos a su hermana. Vernon hizo una mueca idéntica a la de Petunia: era evidente que la mayor de los Evans había contado el secreto de su hermana a su novio.
Fingiendo como que no le dolía, Lily tomó del brazo a James y soltando una risita entró por la puerta a su casa, contenta de oler el aroma habitual. Antes de que pudiesen decir ni pío, la madre de Lily sirvió la cena. Su padre se encargó de hacer la conversación.
—…¿Cómo dice que se llama su empresa, señor Dursley? —preguntó, intentando parecer interesado.
Vernon masticó rápidamente y luego tragó, y después respondió:
—Se llama Grunnings. Era de mi padre, pero ha pasado a mí y pasará…ejem…a mis hijos.
Su padre se volvió hacia James, que estaba observando con ojos brillosos un Santa Claus de plástico que cantaba unos horrorosos villancicos en tonos diferentes.
—¿Y usted, señor Potter? —preguntó educadamente—¿En qué trabajan sus padres?
Lily se incomodó con esa pregunta, sin embargo, no abrió la boca.
—¡Ah, ninguno de mis padres trabaja! —aseguró James, a lo que Vernon hizo un ruido extraño—La verdad es que no es necesario, porque somos una familia muy antigua y respetada, por lo que heredamos una buena cantidad de oro que nos permiten vivir de lujo. —Sonrió muy satisfecho con su respuesta, y luego añadió: —¡Qué cosas inventan estos muggles! ¿A que sí? Ojalá tuviera también una mini escoba, sería tan divertido verlo jugar quidditch.
Lily notó que su padre ponía cara interrogante, y se apresuró a explicar:
—El quidditch es un deporte de los magos, papá.
Su padre abrió mucho los ojos, encantado.
—¿Y usted es aficionado, señor Potter? —preguntó.
James asintió entusiasmado.
—¡Sí! El quidditch es el mejor deporte del mundo, sí, sí.
—¡Vaya! ¿Y en qué consiste?
—En teoría son cuatro pelotas: la snitch, la quaffle y las dos bludgers. Las bludgers se encargan de ir contra los jugadores de ambos equipos, por lo que los dos golpeadores tienen la tarea de desviarlas de los jugadores de su equipo. La quaffle se pasa por unos aros que están a cada extremo de la cancha, los tres cazadores se encargan de esto. Y la snitch la tiene que atrapar el buscador. Cuando atrapan la snitch, que es una pelotita muy pequeña, dorada que vuela, es atrapada, el equipo gana ciento cincuenta puntos y el juego termina…¡Mire, tengo mi ejemplar de Quidditch a través de los tiempos en mi baúl, si quiere podría prestárselo…!
El señor Evans sonrió encantado y aceptó gustoso. Lily se dio cuenta, al igual que su madre, de que Petunia y Vernon estaban repentinamente muy serios y tiesos.
—¿Y es usted parte de algún equipo?
—¡Por supuesto! Juego como cazador en el equipo de Gryffindor, señor…
Aquella fue la gota que colmó el vaso. Petunia se levantó repentinamente de la mesa, dejando su servilleta en el pato y atrayendo las miradas. Sin más preámbulo, anunció:
—Vernon y yo nos vamos. Tenemos cosas mejores que hacer. Además, parece que están muy contentos sin necesidad de nuestra presencia.
Acto seguido se encaminaron hacia la puerta. Vernon fue el primero en salir, mientras la señora Evans agarraba a Petunia por el brazo:
—¡Pero Petunia, querida…! ¿Cómo puedes pensar eso? ¿No podrías, sólo por hoy, hablar con…?
Petunia resopló sarcásticamente:
—¿Con ése bicho raro? ¡No!
Su madre estalló en lágrimas silenciosas, y mientras Petunia se zafaba, Lily se levantó y la siguió por el jardín, intentando hablar con ella.
—Tuney…; por favor…¿qué he hecho yo para que me trates así? ¿Qué ha hecho nuestra madre para merecer tu desprecio? ¿Recuerdas cuando éramos niñas? ¡Ay, Tuney…nos llevábamos tan bien!
—¿Que qué has hecho? Por favor, Lily, no finjas… ¡siempre siendo la consentida, el centro de atención! Mamá se lo ha buscado. Haz el favor de no volver a hablarme.
Y se marchó con paso decidido. Lily también estalló en lágrimas silenciosas, porque después de todo, era su hermana, su sangre… No se dio cuenta de que estaba sollozando hasta que alguien la abrazó por detrás. Se trataba de James, que la consolaba. Lily hubiese deseado que Petunia le hubiese dirigido la palabra, aunque fuese sólo por esa noche.
Lily escribió a Petunia muchos años después, incluso aunque ella le había pedido que no la buscase.
Querida Petunia;
Espero que te llegue esta carta. La verdad es que se me ha olvidado cómo usar el correo, porque las lechuzas son más sencillas y comunes en mi mundo, pero tengo que contarte algo. A pesar de todo, James y yo nos casamos. Hace poco nació nuestro hijo, Harry, y mamá me ha contado que tú has tenido un bebé llamado Dudley. Me alegro por ti. Espero que un día podamos olvidar nuestras diferencias y juntarnos. Sería bueno que Harry conociera a su primo, ¿no crees? Ay, Petunia… en verdad lamento que no quieras hablarme. Todo sería diferente. Pronto celebraremos el cumpleaños de James, y me gustaría que estuvieses presente. Espero que nos veamos pronto.
Con cariño,
Lily Potter.
La carta sí que llegó al número 4 de Privet Drive, pero Petunia Dursley nunca la contestó. La guardó escondida en un cajón, pero jamás se atrevió siquiera a plantearse la posibilidad de contestarla, hasta el treinta de octubre del año siguiente, 1981. La noche siguiente se enteró de que su carta no llegaría nunca al Valle de Godric, pues Lily y James Potter habían sido asesinados.
