Cronopios del autor: Gracias por leerme.
ADVERTENCIA: Yaoi.
Descarga de responsabilidad: Ya lo saben, esto no es mío, ojalá lo fuera.
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Tchaikovsky
Por St. Yukiona.
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Primer movimiento.
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Una sinfonía es una composición del tipo musical que debe ser interpretada por orquestas, éstas utilizarán diferentes instrumentos de viento, de cuerdas y persecución según sea requerida para la pieza a interpretar. Es un elemento propio de la música clásica. La primera sinfonía puede rastrearse hasta el año 1730, y fue popular entre las clases más agraciadas económicamente hablando.
Con el pasar de los años se han vuelto piezas que no desmeritan el gusto conocer de aquellos con un desarrollo musical complejo, ganando arreglos y elementos propios de la marca de cada compositor. Existen sinfonías y conciertos cortos o que bien pueden ser interpretados de manera parcial sin que exista ningún tipo de problema. Aunque en la escuela de música siempre nos han hablado acerca de cuatro movimientos como parte de la estructura de una sinfonía clásica.
El primer movimiento casi siempre suele ser una pieza más bien alegre y carismática, con una personalidad hilarante, confesaré a este punto que suele ser mi parte favoritas de la sinfonía, y es que si bien es algo ilógico decir que la música tiene personalidad, la realidad sea dada es que al menos la personalidad de quién la compone se queda vertida ahí, sólo por poner un ejemplo: Los allegros de Chopin siempre fueron sombríos a pesar de que dije antes que las piezas casi siempre son alegres, sin embargo no se le puede exigir a alguien de actitud más bien introvertida expresar algo que no conoce del todo, diferente a los allegros de Mozart, un niño prodigio que siempre guardó en su corazón una alegría distinta a la del resto. Sin embargo, a lo largo de los años de estudio me percaté de dos cosas: Es necesario ser un prodigio para componer una sinfonía y que no basta ser un prodigio para que la sinfonía (o pieza musical clásica) se vuelva popular.
Lo otro que se necesita para tener "éxito" en una industria que está tremendamente centralizada es tener un buen ejecutante.
De nada sirve tener las partituras de una obra maestra si no se puede ejecutar, las letras no se escuchan, los símbolos no se mueven, las líneas no saltan hasta que alguien no las toca y les da vida.
Muchos me llamaron prodigio, genio, incluso me llegaron a comparar con el mismísimo Mozart solo porque a más temprana edad que la mayoría comprendí cuál era el flujo de las notas y los acordes correctos, lo que sonaba bien para mí para el mundo eran deliciosas piezas, jamás me importó eso en un inicio, después quedé extasiado por la respuesta del público y mi meta se volvió en sorprenderlos.
En un país como Rusia donde la población vive bajo una dictadura invisible llena de privilegios y halagos a la madre patria no queda mucho por hacer más que estudiar y volverte el mejor en lo que haces. Fue entonces cuando mis padres decidieron darme al estado por voluntad propia a sabiendas que iba a estar mejor que viviendo medianamente bien, regalarme el éxito sacrificando el afecto emocional. No los culpo, quizás yo también hubiera hecho lo mismo, o incluso haría justamente lo mismo ahora, de vez en cuando los veo y ellos van a mis conciertos, disfrutamos de una cena y después nos despedimos como un grupo de conocidos que se reúnen para ponerse al día, dejar pasar el tiempo para tener tema de conversación.
No me duele.
Al principio dolía, pero ahora, ahora ya no. Las lágrimas nocturnas se convirtieron en notas, y mi llanto ahogado se convirtió en música entre mis dedos transmitido por un viejo piano Steinway & Sons que teníamos en el conservatorios. Sus rostros cariñosos fueron sustituidos de forma concreta y satisfactoria por la fría y regia facción de la pintura de Pyotr Ilyich Tchaikovsky a la cual terminé cogiéndole más cariño del debido.
—También es mi compositor favorito —me dijeron un día cuando mis sentimientos fueron alcanzados por las notas de su concierto para violín en D mayor de su opera número 35, una de las mejores piezas que tenía el compatriota.
A la mayoría de los estudiantes de música las materias que más les gustan son aquellas donde podían tocar un instrumento, sin embargo una de mis clases favoritas eran aquellas donde esa misma persona, la que me dijo lo de Tchaikovsky, impartía cátedra.
Han pasado aproximadamente diez años desde haber compartido clases, haber estudiado su espalda y su postura, su brazo estirado tratando de alcanzar la parte más alta del pizarrón para hacer las anotaciones correspondiente. Han pasado aproximadamente diez años y Su espalda sigue siendo menuda, de hombros caídos, casi siempre pasa desapercibido y probablemente por eso no tiene tanta popularidad fuera del recinto, sin embargo, una vez arriba del taburete de dirección no requiere batuta ni señales forzadas o miradas amedrentadoras ensañadas con anterioridad, porque por algún motivo la gran mayoría de los directores son virtuosos y en el arte ser virtuoso es casi siempre sinónimo de ser un cretino sabelotodo, pero él. Él es diferente. La autoridad que ejerce infunde respeto, y no miedo. Incluso cuando se queda plantado en silencio observando al solista, respetando su inspiración y la ejecución, porque ha ensayado días, semanas, meses enteros con ese solista que ha sido elegido no por cualquiera sino por él mismo, porque conoce su capacidad y sabe que ha dado todo cuanto pudo para que la ejecución de los otros le valga no sólo el aplauso sino algo más.
Ese algo más que yo aún no logro descubrir.
Ahí plantado de pie en el taburete de dirección, mirando con ojos de apreciación a Sayka Shoji, sin moverse, apenas pareciendo respirar. La interpretación de ella es por más deliciosa y todos parecen arriba de la nube que poco a poco las cuerdas de la violinista han tejido. Sus ojos brillan emocionados porque ella sabe lo que ha logrado, y sólo pueden fijarse en el joven rostro apacible del director que no se mueve, hasta que siguiendo en su memoria las partituras regresa en sí, sale de la abstracción y eso demuestra que en realidad en ningún momento quedó hechizado como el resto hemos quedado. Son sus suaves movimientos como los de una hoja de árbol seca atrapado por una corriente de aire los que guían al resto de la orquesta que poco a poco secundan en una respuesta cansada y perezosa a la que sigue ejecutando.
Los músicos se unen de a poco en un tono medio y mi piel se eriza porque han entrado al tiempo, y tenía tantas ganas de escuchar al Tchaikovsky de Yuuri Katsuki que estoy sentado y tengo ganas de llorar. Lo puedo ver claramente con su delgado cuerpo vestido en jeans, tenis y abrigos que le van enorme explicándole a la orquesta el ritmo, tratando de hacer notar su presencia porque fuera del taburete no es más que un manchón humano del que se puede prescindir.
Sus manos se mueven y sus ojos no se despegan de Sayka que se menea deslizando el arco sobre las cuerdas, moviendo sus dedos en torno a las notas, su rostro transmite lo que está experimentando. Un éxtasis conjunto de dos amantes que alargan el orgasmo de su unión. Los movimientos de Yuuri se vuelven más arriesgados y se flexional para anunciar un tono más bajo, más lento, más pausado pero atrás los violines se preparan pues responde un tono más alto a Sayka, y responden y secundan y todo se vuelca en un delicioso ritmo que me arranca un par de lágrimas, se empapa el rostro de la multitud que conmigo contienen la respiración.
Yuuri sigue sin moverse de su sitio y la sonoridad hace eco por toda la cámara. El ritmo de pronto cambia y se vierte violento sobre todos los espectadores arrancándonos algo más que solo un estruendoso aplauso cuando llega a su final, si no vitoreos y un frío sudor que nos ha estremecido hasta temblar en nuestros lugares. Ah... Yuuri es genial.
... o ...
—¿Viktor Nikiforov?
—Sí, señor.
Viktor puede verlo nítidamente suspirar pesadamente tras una larga pausa después de la respuesta de la asistente de la orquesta. Escucha un ruido desde el interior del camerino, una silla arrastrándose contra la fina alfombra que recubre toda la zona y que seguramente también hay en el interior del apartado. Sus ojos azules delinean el nombre en romanji del director, de reojo nota las miradas de algunos músicos que pasan de largo hacia las diferentes áreas donde pueden descansar antes de retirarse del recinto, murmuran entre ellos y es obvio que le han reconocido pero en esos momentos Viktor no tiene ánimo alguno por volcarse a ser social porque hay algo superior que le está quemando en el interior del abrigo que lleva puesto y que debe de sacarlo antes de que explote, de forma figurativa aunque la sensación sea muy real.
—Dile que pase —dice el directo claramente y Viktor ya está adentro de la pequeña pieza privada con una sonrisa en sus labios y flores en los brazos. Azules, son sus favoritas.
Yuuri las mira con ilusión que ni siquiera trata de disimular.
—Nikiforov —saluda el japonés mientras se pone de pie para saludar al albino con un fuerte apretón de mano.
—Yuuri —resopla Viktor como respuesta, le es inevitable no sonreír mientras el corazón se llena de burbujas y la piel se vuelve a erizar. Y hasta que lo tiene al frente que recuerda que Katsuki Yuuri mide varios centímetros menos que él y tiene que bajar un poco la mirada cuando se acerca a él con la inseguridad que siempre arrastra fuera del plato de música—. Maestro Yuuri —recalca y el aludido resopla casi con burla.
—Ya no soy tu maestro, Nikiforov —contesta casi de inmediato pasando a lado del ruso para cerrar la puerta y terminarse de sacar el saco que lleva puesto—. Yakov dijo que te habías recluido en tu casa y que no le habías querido ver, de hecho a nadie... por eso ni siquiera te avise que iba a venir —dice antes de que el ruso comience a recriminarle porque a pesar de casi estar pisando los treinta, Viktor Nikiforov, el virtuoso ruso, es bien conocido por ese caprichoso e inestable humor, muchos dicen que es propio de los músico y el medio no deja de mimarlo.
—Pero vino usted a Viena, hace más de quince años que no pisaba Austria... no podía dejar de desperdiciar esta oportunidad —reflexiona y Yuuri le regala una mirada que no logra interpretar del todo Viktor, pues la mirada se bifurca en la sorpresa y desconfianza, la pequeña nariz de Katsuki se arruga cogiendo de las manos del otro las flores para colocarlas en un florero que compartirán espacio con otras rojas, aunque en silencio reconoce que las azules son más bonitas. Él las olisquea perdiendo el tiempo, buscando una respuesta.
—¿Cómo sigue tu madre? —cuestiona Katsuki casi de inmediato, y Viktor piensa en la increíble capacidad de defensa que Yuuri tiene, atacar sin lastimar y desviar temas saliendo ileso.
Es inevitable para Viktor no fruncir el ceño, con ganas de aplaudirle al japonés para decirle: Bien jugado. Pero Viktor no responde y Yuuri es libre de interpretar el silencio del ruso como quiera, no obstante, cuando gira su mirada encuentra a Viktor con la mano en alto y en ella unas hojas de papel. En lo alto. Lo suficiente visible para no ser ignorado. Yuuri tuerce sus labios y otra vez sus sentimientos ambiguos, su actitud taciturna, no le permiten al ruso experimentar o analizar al mayor.
Ambos están en silencio mirándose a los ojos, Yuuri es el primero en ceder suspirando pesadamente.
—¿Qué es eso? —interroga aunque sabe perfectamente lo que es, pero quiere confirmarlo.
—Estuve en México hace seis meses —no le mentiría, Viktor decide no irse con rodeos y ser claro.
—¿México?
—Alondra de la Parra estuvo en una ciudad llamada Queretaro, muy bonita por cierto.
—¿Viajaste hasta México para ver a Alondra? —ahora Yuuri parece divertido y puedo leer con facilidad la ironía mientras se sienta con elegancia y cuidado en una de las sillitas, halando su botella de agua, se ha desabotonado el chaleco, y empieza a sacarse las mancuernillas para dejarlas con rito y reverencia en el estuche de terciopelo oscuro que son, seguramente, su lugar. Yuuri siempre ha sido precavido y muy organizado, así que sus rituales no le molestan al albino, ni le sorprende, le halaga el que le haya permitido algunos minutos, así que no duda en responder con franqueza porque no hay casi nada que pueda ocultarle del todo.
—Nos dijiste que la interpretación de un director siempre cambia —Yuuri asiente varias veces ahora sacándose el reloj que observa y deja también en su estuche, vuelve a tomar su agua dando un largo sorbo. Lo mira fijamente y Viktor sabe lo que significa esa mirada—, Alondra es originaría de México.
Viktor responde con un efusivo "Sí", Yuuri asiente nuevamente con un movimiento de cabeza para continuar.
—Y por ello pensaste que su interpretación sería más apasionada —el silencio confirma a Yuuri su teoría, mordisquea sus labios, temeroso—. ¿Te inspiró?
—No ella —Alondra de la Parra es quizás su director de orquesta femenino favorito de la vida, sin embargo debe ser totalmente franco—, es decir, fue el Danzón No. 2 de Márquez —dice como si Yuuri comprendiera lo importante de que fuera esa pieza, y parece saberlo porque Katsuki asiente varias veces. Pero queda pensativo, porque él no es fanático de los ritmos latinos pero aún así espera por toda la explicación—. Y en el lugar donde dio el concierto no era una cámara de música.
—Qué novedad... México no tiene muchas cámaras de música clásica —acota en voz baja el japonés peinando su cabello oscuro hacia atrás tratando de sacarse el fijador con el que ha logrado mantener todo el peinado en su lugar—. Y es una pena porque en el país tienen directores como Dudamel y De la Parra —concede y Viktor se sorprende un poco pero igual se concentra porque tiene a Yuuri en vilo con su respuesta.
—Uno de sus héroes nacionales se llama "Emilio Zapata".
—Emiliano Zapata —corrige Yuuri—. Salí o algo por el estilo con una chica mexicana cuando más joven —responde ante la cara de duda de Nikiforov pero sabe que es un error el comentario porque la mirada de Nikiforov se afila aunque bufa restándole importancia.
—Como sea, estuve investigando un montón.
—No parece.
—Yuuri —se queja y el japonés sonríe dejándolo hablar—, estuve investigando, y este sujeto lideró a una milicia especial que ayudó para que el país ganará una guerra pero a pesar de que ayudó al pueblo terminó siendo ejecutado.
—Como la mayoría de los héroes, la culminación del héroe es volverse mártir y así ser un estandarte de la causa —reflexiona Yuuri y Viktor contiene la respiración porque no deja de apreciar lo mucho que Yuuri sabe al respecto.
—Bueno... me inspiré.
—¿Te inspiraste?
—Me inspiré.
—¿En qué? ¿En la lucha?
—No, no qué va... bueno sí, pero no precisamente en la lucha... sino en la convicción de Miliano.
—Emiliano —corrige otra vez el director.
—Sí, sí, Emilio, Emiliano, Miliano... Zapata.
—Me sorprende que no le digas "Zapato".
—Eso es grosero, Yuuri.
El japonés se talla el tabique de la nariz, acariciando su puente para después girarse a buscar el estuche de sus lentes de contacto y ponerse de pie para ir a quitárselos.
—Entonces leíste sobre Emiliano Zapata, investigaste y te inspiraste... ¿así va la cosa? ¿Escribiste una composición?
—Una sinfonía en dos movimientos —resuelve Viktor mientras se pone de pie siguiendo a su maestro. Yuuri no puede evitar no asomar su cabeza desde el baño topándose con el que un día fue su alumno y tuerce los labios—. El primer movimiento se llama "Plegaría".
—¿Es un allegro? —pregunta con voz misteriosa el director. Viktor tuerce los labios.
—Sí.
Yuuri suspira volviendo al baño—. ¿Por qué llamaste "Plegaria" a un allegro?
—¿Y por qué no?
El japonés tiene un mil explicaciones sobre porqué, pero entonces se da cuenta que lo más importante es la cuestión de que Viktor Nikiforov era un exiliado de su nación, residiendo en Viena, Austria y escribiendo sobre una revolución de un país en el que había estado solo una vez por un concierto, hablando sobre un hombre del que ni siquiera sabía bien su nombre. Yuuri suspira profundamente, se va a girar para hacerle ver todo lo que hay de mal ahí hasta que choca contra el otro que se mantiene firme en el marco de la puerta del pequeño baño. Yuuri debe de dar varios pasos atrás mientras entrecierra la mirada y a tientas coge sus lentes de la mano de Viktor que se los ofrece. Colocándolos y agradeciendo en voz baja por haberlos limpiados.
—¿Lo vas a ver?
—¿Exactamente a qué viniste, Nikiforov?
—A verte, claro.
Yuuri suspira sentándose en la tapa del inodoro porque Viktor no lo dejará pasar y es su forma favorita de conseguir lo que quiere, infundir presión. Yuuri se cruza de piernas y brazos contrarrestando, porque no cederá tan rápido pues sospecha por donde van las patadas y no quiere terminar embarcado en algo que ni siquiera él mismo comprende. Sus miradas chocan y Yuuri maldice que los ojos azules siguen causando un efecto de shock en él. Viktor es incesante, y aumenta de intensidad porque sabe la suerte que corre su mirada sobre la de su maestro, hasta que Yuuri cede suspirando largamente.
—Déjala antes de que salgas y te prometo que le daré una vista.
—¿Lo prometes o "lo prometes"?
Yuuri bufa y Viktor ríe. El mayor se pone de pie con intenciones de salir pero Viktor sigue sin moverse, el japonés muerde su labio.
—Ándate de aquí —exige el director.
—Maestro Katsuki.
—No me llames así.
—Gracias.
El moreno no responde ni siquiera después de que la puerta del pequeño camerino se cierra, el aroma de la colonia de Viktor sigue presente y suspira pesadamente desplomándose en el sillón de la diminuta salida. Sus ojos se fijan en las flores y su intento por evadir al ruso en su viaje a Viena han sido inútiles. Desvía la mirada hacia el camerino y se siente de pronto todo pequeño sin la presencia atolondrada del compositor.
... o ...
—¿Maestro Nikiforov? —pregunta alguien detrás de Viktor que espera pacientemente a que el valletparking lleve hasta él su auto. No puede evitar no girar su atención hasta la rubia que le sonríe con interés creciente.
—¿Sí?
—Por dios... sabía que es usted. ¿Me permite algunas preguntas? Soy Léonie Huber del portal de la sinfónica nacional —explica ella y Viktor sigue sonriendo con amabilidad.
—Claro, si es rápido porque no tardan en traer mi vehículo —responde con simpleza, y antes tuvo prisa pero ahora está más relajado porque Yuuri ha aceptado leer sus partituras.
—¿Qué le ha parecido la interpretación de esta noche? —pregunta ella, y Viktor pudo haber dicho la belleza y la fuerza de la ejecución de Sayka, la destreza de las cuerdas generales o la persecución, o la dirección, sobre todo la perfecta dirección, pero en su lugar tuerce los labios.
—Ya sé, mejor te doy una exclusiva —dice él y la rubia de pronto está más interesada.
—¡Sería un honor recibir una exclusiva de usted! —contesta emocionada.
—El maestro Yuuri Katsuki dirigirá mi próxima sinfonía, la fecha aún no la decidimos pero será en los próximos meses —explica.
Y tanto Léonie como su fotógrafo se quedan sinceramente anonadados, esa sí que era una noticia, considerando que presuntamente los papeles de divorcio de la pareja homosexual más conocida del medio habían sido metidos a corte por el abogado del director de orquesta, aunque de eso poco o nada se sabía en realidad. Hacía más de un año que no estaban juntos, y aunque no era el estilo de Léonie hablar sobre chismes del medio, porque la música de cámara era demasiada clasista como para dar cabida a rumores de pasillo y corredor, si que escribiría un artículo sobre la repentina aparición de Viktor Nikiforov en la noche del estreno de la temporada de invierno donde el director invitado había sido ni más ni menos que Yuuri Katsuki.
Mismo director que había estado evadiendo Viena desde el mismo tiempo en que Viktor Nikiforov había decidido volver la ciudad en su base, y ahora, de pronto, no sólo le había parecido ver salir a Viktor del camerino de Yuuri, si no que anunciaba una colaboración. Algo que antes, ni cuando estuvieron en pleno apogeo de su apasionado amor, se vio. Desde luego que era una exclusiva, una noticia que haría explotar al medio.
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St. Yukiona.
Quien los ama de corazón, pulmón y páncreas.
