ADVERTENCIA INICIAL: Hola a todos. Este fic no es más que la reedición revisada y corregida de "Regresa a mí", el fanfic que publiqué entre julio de 2010 y mayo de 2011 en Fanfiction. El motivo de esta revisión responde, por un lado, a que voy a publicar este fic en otras plataformas por primera vez, y ya que voy a hacerlo, me gustaría mejorarlo todo lo que pueda, en la medida de mis posibilidades; y por otro, al deseo que tengo desde hace ya mucho tiempo, de revisar todos mis antiguos fics publicados, ya que considero que los once años que llevo escribiendo y publicando fanfics me han servido para mejorar bastante tanto mi ortografía, mi gramática, como mi estilo de escritura, por supuesto, sin llegar a ser profesional. He decidido publicar un nuevo fic, en vez de editar el que publiqué en un primer momento, porque el fic original incluye muchos comentarios que yo añadí en la época en que lo publiqué, y porque recibió muchos reviews que, de algún modo, se verían traicionados por la actualización de aquel escrito, que todas esos amables lectores no comentaron. El relato va a incluir más capítulos que el inicial, simplemente porque he decidido reducir la longitud de los capítulos iniciales, dividiendo la mayoría en dos capítulos, con el fin de facilitar su lectura. Si algún lector, de los antiguos o nuevo, desea acompañarme con este relato y dejarme algún comentario, se lo agradeceré en el alma. Y si no, simplemente yo, por mi propia necesidad de superación personal, ofrezco esta reedición como una nueva posibilidad de lectura. Pasen y lean.
Capítulo 1: Su mundo patas arriba.
Sola, en la que había sido su habitación en La Madriguera durante la mayor parte de su vida, Ginny acariciaba distraídamente su pequeño amuleto: una snitch dorada, la primera que atrapó como buscadora profesional en el equipo Holyhead Harpies. Adoraba y odiaba aquella pequeña bola por igual, porque le había dado muchas alegrías, pero muy a su pesar le recordaba a él, siempre a él, el buscador más apuesto y prometedor que había conocido, por quien durante mucho tiempo se pelearon los mejores equipos de la liga británica e irlandesa sin ningún resultado, ya que él tenía muy claro su futuro como auror. Sentada sobre la cama y con la mirada perdida en el pasado, hizo girar la pelotita alada entre sus manos y en un arrebato de frustración quiso lanzarla bien lejos de sí. Deseó no haberla atrapado jamás, anheló con todas sus fuerzas no haberla cambiado por él, por el hombre de su vida, por aquel al que jamás dejaría de amar pero que había perdido para siempre por culpa de su propia inmadurez: Harry James Potter.
Dos años atrás, cuando el entrenador de las Holyhead Harpies se presentó en La Madriguera para llenar su joven cabeza de promesas de gloria, con la intención de reclutarla como parte del equipo, ella llegó a creer que el mundo entero caería rendido bajo sus pies, que haría grandes cosas… Sonrió amargamente al recordarlo, porque sí hizo grandes cosas. Pero la cosa más grande que hizo, y que le dolería mientras viviera, fue perderlo a él.
Una vez más, rememorar la última conversación que mantuvo con Harry llenó su alma de dolor.
"Aquella fatídica noche, Harry y Ginny habían cenado en Godric´s Hollow, en la casa de los padres de Harry, que él había reconstruido a gusto de ambos para que se convirtiese en su hogar cuando se casasen, y que por el momento ocupaba solo. La pareja se hallaba sentada en un sofá, ella sobre él, quien la tenía abrazada con adoración.
—Quédate a dormir, princesa —Harry susurró al oído de Ginny, seductor, mientras acariciaba con mimo su largo y sedoso pelo pelirrojo.
—Esta noche no, Harry. He tenido un día muy duro de entrenamientos y estoy rendida – ella negó categóricamente, apoyando su cabeza en su pecho para serenar sus nervios agotados.
—¿Y cuándo, entonces? —quiso saber, con un deje de amargura y enfado en la voz.
—Ya sé que últimamente casi no nos vemos pero…
—¿Que casi no nos vemos? —El joven y apuesto auror hizo que Ginny lo mirase, mientras él la observaba con el reproche reflejado en sus duros ojos verdes—. ¡Eso sería vernos algo! ¡Simplemente no nos vemos, Ginny! ¿Cuándo fue la última vez que quedaste conmigo?
—Hace más de un mes, lo sé… Pero te prometo que pronto esto cambiará —se defendió con voz cansada.
Él la levantó en brazos y la dejó sentada en el sofá, mientras se ponía en pie y comenzaba a caminar por la estancia con ademán nervioso. Ginny lo observaba preocupada, esperando que se calmase y regresase a su lado. Pero Harry no se calmó, o quizá lo hizo demasiado, pues al sentarse junto a ella sus palabras fueron demoledoras.
—Llevas repitiéndome esa frase una y otra vez durante este último año. No cambiará, tú lo sabes. Y yo ya no me siento capaz de soportar esta situación durante más tiempo.
La decisión que había en aquella mirada melancólica hizo que el corazón de Ginny bombeara con desesperación.
—¿Qué quieres decir con eso?—se atrevió a preguntar, apenas en un susurro.
—Que no voy a darte a elegir entre el quidditch profesional o yo, Ginny, porque es injusto para ti y porque sé quien saldrá perdiendo si lo hago. Pero yo no puedo más. Será mejor que dejemos de ser novios —sentenció él, manteniendo su mirada con firmeza.
—¿Acaso te has vuelto loco? —Ginny lo observó atónita, sin dar crédito a lo que acababa de escuchar—. ¡Yo te quiero con toda mi alma! ¡Eres el hombre de mi vida! ¿Además, tú abandonarías tu trabajo como auror por mí? ¡No lo harías! ¡Confiésalo!
—Probablemente no —negó él serenamente—, pero nada en este mundo impediría que cada noche yo regresase a nuestra casa, a ese hogar con el que tú y yo tanto hemos soñado desde que nos hicimos novios, para compartir mis mejores horas contigo. Si a día de hoy todavía no nos hemos casado y no hemos fundado una familia, tan sólo es porque tú no has querido, por tu maldito trabajo que te separa de mi lado durante meses enteros, viajando de aquí para allá constantemente para jugar un partido tras otro, que te retiene en inacabables entrenamientos que te devuelven a mí siempre agotada, o que te arrebata de mis brazos para conceder miles de entrevistas a las que yo no puedo ni quiero acompañarte.
—Harry…
Ella sintió cómo todo su mundo hacía aguas, cómo el sofá y el mismo suelo desaparecían bajo sus pies, y fijó su mirada en él, aterrorizada.
—No sé lo que esperas tú de mí, Ginny —continuó, implacable—. Pero yo no soy un pelele en tus manos, ni en las de nadie —aseguró, ya sin ocultar el enfado que llevaba tiempo reprimiendo —. Tan sólo deseo una familia normal, una esposa que anhele tanto como yo que la estreche entre mis brazos cada noche, con un trabajo que la haga sentirse realizada pero que no la aparte de mi lado día sí y día también; que desee tener hijos conmigo, en vez de miles de fans rendidos a sus pies. ¿Eres tú esa mujer?—preguntó de forma mordaz, taladrándola con la mirada.
—Harry, yo te quiero a ti — ella respondió, con voz queda, lo único en lo que su mente se sentía capaz de pensar, ahogada por el miedo y el agotamiento.
—Dime, Ginny. ¿Lo eres? —él insistió, traspasándola hasta lo más hondo de su alma con su profunda mirada del más puro color esmeralda.
—Yo… —¡Merlín! ¡No podía reaccionar! ¡No era capaz de creer lo que estaba sucediendo!
—Tu silencio es más elocuente que mil palabras. Espero que algún día yo mismo pueda perdonarme por lo que estoy haciendo, porque jamás dejaré de amarte. Pero prefiero alejarme de ti para siempre a vivir esta mentira. Será mejor que te vayas.
Él se levantó del sofá y caminó hacia el otro lado del cuarto, bien lejos de ella, para dejar que su mirada se perdiese a través de la ventana, que ahora mostraba tan sólo negrura, como su propio corazón.
—No, Harry, te lo suplico… —No se atrevió a seguirle aunque, de todos modos, sus piernas no se lo habrían permitido. Sentía que, si se ponía en pie, caería al suelo sin poder evitarlo.
—Ojalá yo tuviera derecho a suplicarte que dejes de hacer aquello que te hace feliz…— deseó él, lleno de dolor, dedicándole una última mirada melancólica—. Adiós, Ginny. Te deseo, de todo corazón, que sigas triunfando.
El amor de su vida salió del cuarto con paso firme y decidido, abandonándola en la más absoluta y desgarradora desesperación. Lo que a ella parecieron siglos después, aunque realmente tan sólo fueron escasos minutos, cerró tras de sí, sin retorno, la puerta del único hogar al que su corazón y su alma siempre sentirían pertenecer".
Ginny comenzó a llorar de nuevo como aquella noche, como había estado haciendo a solas todas las noches de su vida durante el año que hacía que Harry y ella se habían separado. No sabía si lo había perdonado, tan sólo que no podía evitar llorar por él noche tras noche. ¿Él la habría olvidado? «Seguramente». Pensar aquello le dolió más que nada en el mundo.
«¡Qué gran ironía!», se lamentó para sus adentros. El primer día de su nueva vida, esa vida que a él tanto le habría hecho feliz, y ya no lo tenía a su lado para compartirlo. ¿Se enteraría de que por fin ella había cambiado? Indudablemente. Ron y Hermione se encargarían de hacérselo saber. ¿Pero ese hecho variaría algo las cosas? Indudablemente, no. Comprender un año tarde, que él tenía razón, no le proporcionó una perspectiva demasiado halagüeña.
Además, no podía olvidar que él la había abandonado. Él había tenido razón al hacerlo, sí; pero se había marchado, sin más, la había abandonado.
Sabía perfectamente qué le diría su hermano Ron al respecto: «¿Quién abandonó primero a quién: él a ti, o tú a él?». Su propia familia al completo lo adoraba, absolutamente toda. Sus padres y sus hermanos se habían comportado de un modo cariñoso y comprensivo con ella; pero en el fondo sabía que, si hubiesen tenido que señalar un culpable de lo sucedido, sin duda sus dedos la habrían apuntado de forma unánime. Su corazón le gritó con fuerza que habrían tenido razón al hacerlo, pero también le recordó, una vez más, que Harry no había luchado por ella, que la había dejado para no volver.
Se enjugó las lágrimas con rabia y salió de aquel pequeño cuarto que ya casi nunca utilizaba, pues vivía en su propio piso desde que el quidditch le había comenzado a proporcionar una gran cantidad de dinero para gastar. Bajó las escaleras de forma distraída, viéndolo a él en cada peldaño, en cada recodo, deseando cruzárselo como había hecho a menudo cuando eran adolescentes, cuando él fijaba su mirada en ella intentando disimular todo lo que sentía por dentro porque sabía que ella salía con Dean Thomas. O después, cuando ya derrotado Voldemort, él le robaba besos a escondidas al encontrarse con ella, intentando no ser descubierto por sus sobreprotectores hermanos, siempre dispuestos a fastidiarlo. En aquella casa, ella había sido inmensamente feliz con él. Por eso casi no la visitaba; prefería que sus padres fuesen a visitarla a ella en su apartamento. Pero aquel día todos tenían que celebrar la noticia de su nuevo trabajo en El Profeta como corresponsal deportivo, y la fiesta resultaría más familiar si se hacia en La Madriguera, más íntima.
Así que había ido a visitar a sus padres a primera hora, antes de presentarse, novata, ante su nuevo jefe; para dejarlo todo dispuesto para la fiesta que se celebraría por la noche. Y también para recibir el fuerte y cálido abrazo familiar que tanto necesitaba, cargado de ánimo y de apoyo. Tenía los nervios a flor de piel.
Pero algo la detuvo en los últimos peldaños. La voz familiar de su hermano Ron casi gritaba de forma emocionada, mientras su prometida, Hermione, intentaba que no escandalizase demasiado.
«Harry James Potter, el gran Salvador, nombrado Director del Departamento de Defensa Mágica y Jefe del Cuartel General de Aurores», escuchó la pelirroja justo antes de sentir cómo su estómago subía a su garganta y sus pulmones hiperventilaban a causa de su corazón desbocado. Se vio obligada a dejarse caer sentada en el escalón más próximo a ella, sin poder evitar que un ruido sordo alertase de su presencia a todos los demás.
«¡Por Merlín, Ginny! ¿Estás bien?», oyó la voz de su hermano George, mientras sentía cómo la alzaba en brazos y la llevaba hasta el sofá más cercano, depositándola en él.
Inmediatamente se vio rodeada por sus padres, por George, Hermione y Ron —quien todavía llevaba la edición diaria de El Profeta entre sus manos—, que la observaban con semblante preocupado. Intentó mostrarse tranquila para que ellos no notasen su turbación.
—No es nada. Sólo he resbalado y he caído, nada más —aseguró, intentando imprimir a sus palabras la firmeza necesaria para no hacerlos preocupar.
Se dio cuenta de cómo Ron y Hermione compartían una mirada significativa y fingió no haberlo notado.
—¿Pero no te has hecho daño al caer? —su padre insistió—. Te llevaré a San Mungo para que te revisen. Puedo avisar en el trabajo de que llegaré un poco tarde.
—No, papá, en serio —negó con la cabeza para apoyar su afirmación—. Además, no quiero llegar tarde en mi primer día de trabajo.
—Está bien. Pero yo te acompañaré hasta allí. Estoy seguro de que Harry lo comprenderá — Ron afirmó, mientras Hermione le daba un fuerte codazo sin poder disimular.
—Yo la acompañaré, Ron —Hermione le ordenó, mientras tomaba a su cuñada por un brazo, llevándosela hacia la chimenea—. Tú vete a trabajar, y no te preocupes —. Le dedicó una mirada severa de advertencia para frenar su incipiente réplica.
—De verdad, puedo ir sola —Ginny objetó sin demasiada convicción. La verdad es que necesitaba la compañía de su amiga, su apoyo, para terminar de tranquilizarse.
—Tonterías – su madre zanjó el tema, tajante—. Hermione te acompañará. Ella hoy tiene el día libre y no le supondrá problema alguno hacerlo.
—Claro que no —la aludida asintió, agradecida por la ayuda de la Sra. Weasley—. Vamos, Ginny. Tomaremos un café por el camino.
Las dos chicas usaron los polvos flu frente a la chimenea y se marcharon, dejando a todos los habitantes de La Madriguera muy preocupados.
