¡Hola, bebés!
Regreso de entre las sombras con unas pequeñas entregas que hice para una página, la cual me dio la autorización para añadir este material a esta cuenta.
Se trata nada más ni nada menos que de siete historias de cada uno de los miembros de HEAVENSxLectora,reader, o como la llamen en su barrio. Cada una con un contexto distinto de la relación que pueda existir con los chicos. Espero le sguste.
Este primer textito está dedicado a mi Eiji, pure angel, Ootori.
Gracias por leer y comentar.
Cuando habla el corazón
No supiste cómo es que el tiempo había avanzado tan rápido, ni cómo es que tus herramientas de trabajo habían conspirado en tu contra para ocultarse justo el día en que necesitabas que todo saliera perfecto; pero ahí estabas, corriendo como una loca por el subterráneo para llegar a tiempo al teatro. Sería una descortesía llegar tarde y más después de que el menor de los Ootori se atreviera a guardarse la pena y pedirte salir con él. Recordabas su carita de vergüenza y se disculpó al menos unas seis veces contigo, si es que te parecía una falta de respeto que intentara llevar las cosas a un ámbito más personal y alejado de sus labores cotidianas: él un idol e hijo de tu empleador, y tú una de las maquillistas dedicadas a trabajar para la imagen de HEAVENS.
Revisaste tu atuendo y apariencia en uno de los escaparates de la calle antes de aproximarte al teatro. A medida que te aproximabas sentías que los nervios e inseguridad iban en aumento, pero bastó ver a Eiji ahí de pie a la entrada para olvidarte un poco de todo ello. Su figurita delineada por el traje en color gris y engalanada por la camisa de tono azuloso te hizo pensar que, si había una forma de describir al príncipe de azul de tus sueños de niña, ese definitivamente era Eiji. Notaste como revisó su reloj con cierta angustia, por lo que aceleraste el paso y con un suave hondeo de tu diestra le hiciste ver que habías llegado a la cita como quedaron.
— ¡Hola! — te saludó con un timbre alegre y te ayudó a subir el último escalón tendiendo su mano como el caballero que siempre supiste que era — Temí que no vinieras. Siento mucho lo repentino de la cita.
— Soy yo la que se disculpa, Ootori san — te disculpaste enseguida y con la formalidad que solías tratarlo en el trabajo — tuve unos pequeños percances, es todo. — y vino a tu memoria todas las peripecias que tuviste que sortear para estar ahí. Por momentos odiabas ser tan desordenada.
— Te ves muy linda hoy — hizo halago el muchacho al notar el delicado vestido color lavanda y lo que fue tu mejor intento de hacerle bucles a tu cabello para que no te vieras tan común y menos acudiendo a algo tan sofisticado para ti como el teatro. Te querías morir de amor ahí mismo de verle la expresión tan encantadora y a la vez con un tantito de rubor en las mejillas. ¿Podía ser más adorable?
— ¡Ah! Sí, usted se ve también muy bien hoy — dijiste y te empezaste a reír de nervios mientras sentías que las piernas se te reblandecían como gelatinas expuestas al sol, en tanto tu cerebro te recriminaba internamente decir semejante frase en lugar de algo más serio y menos "me muero de los nervios de salir contigo, nótalo por favor". Eiji se llevó la siniestra a la nuca con un poco de pena. Entendía que siguieras tratándolo con toda formalidad y tampoco esperaba presionarte para que eso cambiara, si lo hacía, sería con el tiempo. Como cría en dulcería volteaste a todos lados y observaste a los asistentes. Tanto glamour te puso todavía más nerviosa, ¿qué hacía una chica cualquiera en una situación tipo Pretty Woman? Un gesto incómodo se te hizo notorio en el rostro.
— Yamato me dijo que a las chicas no les gusta el teatro y que muy posiblemente te aburrirías — confesó Eiji al ver tu cara — Si no te sientes cómoda, podemos…
Lo siguiente que vino no supiste si salió de tu mente, de tu corazón o de todo junto y bien revuelto como omellette matutino, sólo embulló de tu boca como si no decirlo fuera de vida o muerte:
¡No! Sí estoy segura de que quiero estar contigo, dijiste lo suficientemente alto como para hacer que unas cuantas personas, entre ellas dos mujeres que pasaban junto a ustedes, los miraran con sorpresa. El mismo Eiji se quedó de una pieza cuando te oyó decir eso y le sujetaste ambas manos con las tuyas. Bueno, hasta de las formalidades te olvidaste. Segundos más tarde la ola de calor te subió hasta la cabeza. Habías abierto tu corazón de un golpe. Muchas veces le habías confesado a tus compañeras lo mucho que te gustaba ese lindo muchachito de sonrisa noble y formas tan educadas. Estar ahí era un sueño, uno real.
— Yo también quiero estar contigo — te respondió el chico con una sonrisa digna de un ángel y, por primera vez, sus brazos te envolvieron tierna y cálidamente, sellando aquella confesión.
FIN
