Buenas gente, ahora que estoy más libre os traigo este fic de Sejuani x Ashe que espero que disfrutéis casi tanto como yo he disfrutado escribiéndolo. Irá rápido porque tengo ya casi todo escrito y me queda sólo terminarlo, un brochecillo de oro. Además tengo en el tintero otro fic de estas dos, otros dos de Caitlyn x Vi y uno de Leona x Diana. Vamos, que no os va a dar tiempo a aburriros.

Reviews, comentarios, PM, todo es bien recibido. Espero que os guste de verdad. Un saludo, invocadores. ^^


La gente concurría las calles de la ciudad sagrada de Rakelstake, celebrando el solsticio de verano como si se fuera a acabar el mundo. Los niños corrían por las calles ya oscuras, llenas de hogueras donde la gente compartía el alimento con gente venida de todos los lugares de Freljord.

Una semana de fiesta era lo que duraban las festividades de verano allí, una fiesta que siempre le había gustado, aunque ahora la veía desde otra perspectiva. Apenas podía pasar desapercibida entre la multitud que se apartaba de su lado y la miraba con desconfianza conforme se acercaba a la gran estructura que era el centro de la fiesta aquella noche, el palacio de la Reina de Freljord.

El gigantesco Drüvask que montaba olisqueaba el aire atento a cualquier cosa que pudiera encontrar en el suelo para llevarse a la boca mientras el olor a alcohol se apoderaba de las fosas nasales de los dos viajeros. Sejuani, montando a Bristle con la mirada perdida entre la multitud, intentó ignorar las miradas de la gente mientras su montura la conducía hacia el centro de la ciudad.

Era la primera aparición que hacía desde hacía meses y sabía que la gente de Rakelstake todavía no se fiaba de ella, pero era solo el principio de una paz forzada entre los dos bandos que habían luchado por asegurar el control de Freljord entero.

No tenía ninguna guardia ni escolta, viajaba con una mochila con prendas suficientes para su estancia y poco más que la armadura que llevaba encima, sus armas y el yelmo tan característico del que siempre hacía gala, con el cuerno roto en uno de los laterales.

Bajó de su montura, la cual se dedicó a caminar hacia los establos, bien enseñado y a buscar el espacio más grande para dormir. No le importaba siquiera que le quitara las bridas y la montura, así podrían salir más rápido por la mañana.

Miró el imponente palacio delante de ella y suspiró, notando las miradas desconfiadas de la gente, que paraban de festejar mirándola con detenimiento, como si pensaran que les iba a atacar en cualquier momento. Se dirigió hacia los grandes portones de la estructura, deteniéndose antes de entrar.

Lo primero que oyó antes de cruzar el umbral fueron las risas de los guerreros de Freljord y el choque de los vasos entre sí. La celebración había empezado antes ahí antes que en el resto de la ciudad, en el gran salón de ceremonias de la tribu de Avarosa.

No estaba nerviosa por tener que vérselas con personas a las que posiblemente hubiera derrotado en batalla, personas que la odiaban por diferentes motivos, ni siquiera de tener que cruzar el umbral y encontrarse con enemigos y amigos por igual. No, lo que verdaderamente mantenía su nerviosismo a flor de piel era el tener que verla a ella.

Una sensación entre malestar y pesar la invadió, sabiendo que allí no estaba su lugar y que no le apetecía nada tener que aparecer delante de tanta gente que la iba a juzgar en el momento en el que cruzara la mirada con ella. Sin embargo, no había ninguna otra ciudad cerca o pueblo donde descansar que le pillara de paso hacia el sur y sabía que ella se negaría a dejar que durmiera en otro sitio que no fuera el palacio.

Ella.

La reina de Freljord.

La razón por la que su tribu la consideraba débil, la razón por la que ella se consideraba débil. La guerra civil por reinar en el norte había acabado con la tribu de Sejuani mermada y con pocos recursos naturales con los que subsistir y poder reagruparse de nuevo. Así que no tuvo más remedio que ceder el trono a la que antes había sido su mejor amiga y la razón por la cual se sentía como un fracaso ante todo el mundo.

Se quitó el yelmo, cogió aire y entró intentando no llamar la atención de la gente que estaba sentada en las mesas de madera dispuestas por toda la sala para acoger a todo el mundo. Pero fue una tarea imposible. No había nadie en todo Freljord con los rasgos únicos de los que hacía gala Sejuani. Jamás podría pasar desapercibida.

La joven guerrera era alta, tanto como los guerreros hombres de las tribus. Tenía el pelo de color plateado, un rasgo atípico entre los Freljordianos. Se había hecho un par de trenzas en el pelo para que no le molestaran a la hora de cabalgar o de llevar puesto el yelmo, así que toda su cara estaba al descubierto y era imposible no fijarse en dos cosas que la hacían distinta a los demás.

Uno de esos rasgos era una cicatriz que le cruzaba el puente de la nariz de lado a lado, un corte perfecto de una batalla que ganó con orgullo. El otro, eran sus ojos. Esos ojos de un azul irreal, un azul mágico que hacían que todo el mundo supiera por qué Sejuani era temida. Era una de las pocas personas en la historia que había conseguido invocar y usar el Hielo Puro de la tormenta en batalla.

Intentó moverse por uno de los laterales de la sala, dirigiéndose hacia las habitaciones pero antes de que pudiera dar más de dos pasos hacia su objetivo, un hombre sonriente la abordó con un abrazo que la dejó sin respiración. El hombre rubio con barba trenzada la dejó en el sitio y le dio una palmada en la espalda.

– ¡Sejuani! Qué agradable sorpresa tenerte entre nosotros – le dijo el hombre dándole un vaso para que brindara con él –. Toma, bebe.

–A tu salud, Olaf – le dijo ella respondiendo a la invitación de su amigo y aliado. Habían combatido juntos contra la tribu de Avarosa en el pasado codo con codo, además de ser una de las personas de confianza de la guerrera. Fue una de las pocas personas que aceptaron la propuesta de que Ashe fuera reina después de perder varias batallas contra ella y sus aliados.

–Dime, ¿qué tal ha sido el viaje? – preguntó ahogando un eructo.

–Cansado, aunque Bristle ha cumplido trayéndome sana y salva por los caminos del bosque. ¿Cuándo has llegado tú?

–Yo llevo dos días bebiendo a costa de nuestra reina y gorroneando su comida hasta que termine el solsticio de verano. No pensaba que vendrías este año. – dijo soltando una risita, sabiendo lo difícil que era para Sejuani volver a Avarosa.

–No pensaba venir, pero tengo negocios que atender en el sur y me pillaba de paso. Sé que la reina no iba a dejar a un líder de tribu sin alojamiento siendo solsticio.

–Llevas razón, lo cual me recuerda que tenemos que brindar de nuevo – le dijo llenando de nuevo su vaso. –. La velada está resultando de lo más tranquila para lo que somos nosotros, aunque calculo que dentro de poco habrá espectáculo ya que Gragas está bebiendo más que ninguno.

–No aprende, ¿verdad? – le dijo ella bromeando y esbozando una sonrisa.

–Ya sabes cómo son estos contrabandistas. Y más si son de alcohol. – dijo riéndose.

–¿Qué noticias tienes del reino?

–Bueno, ya sabes el comercio que hacen ellos – dijo él bebiendo de su vaso–, Tryndamere no tiene mano con los piratas, le dan mil vueltas, pero creo que han cerrado varios tratos con las tierras del sur, así que de momento no les va mal. Los puertos crecen, la vida mejora.

–Las tierras están plagadas de criaturas nuevas que no hemos visto antes y me preocupa.

– Ya sabes que yo lucharé contra todo lo que se te ponga por delante. Así que eso no lo tienes que hablar conmigo – le dijo echando más bebida a su vaso –, sino con ella.

Señaló entre la gente hacia el final de la sala, donde se encontraban los dos tronos tallados de madera de Avarosa. En ellos se encontraban sentados Tryndamere y Ashe hablando con varias personas alegremente que se habían acercado al trono.

Sejuani se quedó mirando hacia donde se encontraba ella, la reina de Freljord, la hermosa Arquera de Hielo del norte. Llevaba puesto un vestido azul que no le favorecía nada, bastante más ancho de lo normal. Su cabello plateado, de un tono similar al suyo caía en cascada sobre sus hombros. Llevaba puesta la corona de oro de la nobleza y varios abalorios en las muñecas, además del anillo con el que mostraba al mundo que estaba casada con el bárbaro que había a su izquierda.

Sus ojos azules, igual de irreales que los de Sejuani, miraban a sus invitados con los que estaba hablando, aunque de vez en cuando se distraía de la conversación y acababa mirando a la gente que había en el salón. Así fue como su mirada se cruzó con los ojos azules de la Ira Invernal.

La joven guerrera se despidió de su amigo y volvió a mirar a la reina, la cual la seguía con la mirada. Se ausentó por uno de los pasillos que llevaban al resto de las cámaras del castillo para encontrar alguna donde pasar la noche y que no hubiera mucha gente dentro ya. Esperaba que poca gente hubiera notado su presencia abandonando el salón.

Caminaba por los hermosos pasillos de roca negra y piedra tallada de los antepasados Freljordianos intentando recordar mejores momentos entre aquellas paredes. Momentos que ahora se tornaban agridulces en su memoria.

Se dirigió a la que hubiera sido su habitación de invitados en el pasado y cuando abrió la puerta se sorprendió al ver que nada había cambiado. Incluso las muescas en la cama de madera creadas por el lanzamiento de sus cuchillos de práctica seguían ahí. Acarició el travesaño con nostalgia cuando oyó a alguien detrás de ella, parado en el umbral de la puerta.

No necesitaba girarse para saber quién era. Empezó a quitarse la armadura, tirándola al suelo hasta que se quedó con la ropa que llevaba debajo, mucho más cómoda para estar allí. Pasado un rato en silencio, al final habló:

–Tan paciente como siempre – le dijo la joven guerrera yendo hacia la ventana, dándole la espalda todavía.

–Tú también lo eres – dijo una voz clara y cristalina como el agua. Un escalofrío recorrió la espalda de Sejuani.

La persona cerró la puerta detrás de ella, quedándose a una distancia prudencial de la guerrera al ver que no parecía rechazar la conversación.

–¿No deberíais estar en el salón del trono junto a vuestro marido, majestad? – preguntó Sejuani girándose para ver las hermosas facciones de la reina del norte.

–No me llames majestad – le dijo ella ladeando la cabeza, mirando los rasgos de su amiga sin hacer caso del tono que estaba usando con ella –. He venido a ver cómo estabas.

–Recuperada del todo, gracias por vuestra preocupación – le dijo con sorna acercándose a ella y quedándose a un metro prudencial.

–La habitación sigue tal como la dejaste – le dijo cambiando de tema y mirando alrededor suyo con más alegría en la mirada –, puedes quedarte en ella el tiempo que necesites, estoy segura de que disfrutarás de las fiestas del solsticio lo que resta de semana.

–Mañana marcho al sur. – dijo con voz queda cansada de mantener la fachada de que todo estaba bien. La mirada de Ashe cambió.

–¿Tan pronto? – preguntó la reina intentando no sonar demasiado triste. Miró los ojos azules de Sejuani.

Siempre se había sentido pequeña a su lado, no solo porque fuera más alta y corpulenta que ella, sino por cómo la miraba. Hacía que sus piernas temblaran y flojearan, además de sentir en el estómago una presión que la consumía cada vez que la veía y la tenía cerca de ella.

–Tengo negocios que atender. Tampoco quiero importunaros.

–Sabes que no…

–No digas nada, Ashe, por favor – le dijo cambiando el tono, sonando más triste de lo que pretendía en un primer momento. Se acercó a ella –. Sabes que no podemos volver a cambiar el pasado. Todo lo que ha ocurrido… nos ha cambiado. Ya no tenemos veinte años.

–Sejuani… – empezó a decir Ashe tristemente. Se acercó a ella con cautela y cuando vio que la mujer no se movía, la abrazó lentamente, hundiendo la cara en su cuello, respirando su aroma y sintiendo el calor que desprendía.

–¿Llevas ese vestido tan feo para ocultar que estás embarazada? – preguntó de pronto en apenas un susurro, temerosa de la respuesta. Ashe notó el deje de tristeza y ansiedad que había en su voz.

–No – dijo contestando contra su cuello –, simplemente es feo.

–Supongo que no será por falta de ganas de tu rey – le dijo intentando sonar distraída, pero sabiendo que había ira en sus palabras –. No se habló de otra cosa después de tu casamiento.

–Sigo manteniendo nuestra promesa, Sejuani – le dijo simplemente separándose de ella y mirando sus ojos, intentando no caer en su hechizo.

Sejuani se quedó en silencio apartando la mirada de la joven arquera, sabiendo que si seguían más tiempo juntas lo iba a lamentar. Sabía que en el fondo había sido siempre una persona débil, sobre todo cuando se trataba de Ashe. Bajó la mirada hacia sus manos, cogiendo las delicadas palmas de la monarca entre las suyas y acariciando sus dedos después.

Ashe cerró los ojos disfrutando del tacto de las manos secas de Sejuani hasta que la guerrera se detuvo en uno de sus dedos. Acarició el anillo que mostraba al mundo que estaba casada y paró el contacto, molesta por el simple hecho de que ese metal tocara la piel de Ashe.

Sejuani suspiró intranquila intentando no enfadarse, apoyando su frente contra la de Ashe, notando calma en el momento en el que hizo ese gesto. La joven arquera cogió su mano izquierda y entrelazó los dedos.

–¿Por qué estás aquí? – le preguntó apenas en un susurro, cerrando los ojos y disfrutando del momento, sabiendo que lo que había ocurrido meses antes la atormentaba.

–Sej…– intentó decir, pero los labios de la guerrera la interrumpieron. La besó con pasión, sin ser brusca, haciendo que Ashe retrocediera hasta quedar atrapada entre la puerta de la habitación y el cuerpo de Sejuani.

Le devolvió el beso con la misma pasión que sentía dentro, alzando sus manos para acariciar el pelo de la joven, sin dejar espacio entre ellas. Ashe le mordió el labio haciendo que se separara de ella para coger aire, las dos mirándose fijamente a los ojos.

–Siempre he odiado cuánto te deseo. – dijo Sejuani en un susurro, apoyando su mano en la madera y la otra en la cintura de Ashe, evitando que se moviera. Sabía que lo que estaba haciendo no era lo correcto, que debía dejarla marchar, pero el simple hecho de estar tan cerca de ella la volvía loca.

–Siempre me ha gustado eso de ti. – le dijo ella ante toda respuesta, llevándose las manos a la espalda, cayendo en el hechizo que las envolvía.

Se desató el vestido y lo dejó caer delante de la mirada lasciva y sedienta de Sejuani. La guerrera apenas pudo contenerse al ver los pechos redondos de Ashe, su nívea piel blanca, sin una marca, ni una herida, mientras el vestido caía hacia el suelo.

Ashe llevó sus manos a la camisa de lino que llevaba Sejuani y la levantó por encima de su cabeza, tirándola al suelo y desabrochando sus pantalones de cuero mientras mantenían la mirada la una de la otra.

El silencio de la habitación les hacía estar en guardia, cualquiera podría venir a buscar a la reina en cualquier momento, pero las risas y el jolgorio del salón se oían lejos de allí. Ashe desvendó los pechos de Sejuani una vez hubo desatado el pantalón, lentamente, disfrutando de lo suave que tenía la piel a pesar de todas las heridas de guerra que llevaba encima.

Una vez quedó desnuda, se quedaron las dos contemplando sus cuerpos, notando las ganas que tenían de estar juntas, como la primera vez que se vieron. La atracción que sentían la una por la otra las quemaba cada vez que estaban cerca, como si de una maldición o de un hechizo se tratara.

Sejuani acarició la cara de Ashe, haciendo que ésta cerrara los ojos y se dejara llevar por el tacto de su compañera, ese tacto que tanto había anhelado. Sejuani la besó lentamente, disfrutando de cada recoveco de su boca conforme exploraba con sus besos las reacciones de Ashe, como si fuera la primera vez que lo hacía.

La Arquera adoraba cómo la besaba. Cuando terminaron de besarse, la agarró de la mano y la llevó a la cama, tumbándose de espaldas para poder ver el cuerpo fibrado, esbelto y marcado de Sejuani. La condujo para que se tumbara encima de ella, entre sus piernas, notando el calor de su piel contra ella, haciendo que la excitación aumentara.

Sejuani volvió a besarla lentamente mientras con su mano derecha recorría la piel del cuerpo de Ashe de arriba abajo, disfrutando de su tacto, de sus recovecos, de las reacciones de la joven. A cada gemido que soltaba la monarca, Sejuani profundizaba el beso haciendo que la sensación de ardor de Ashe aumentara.

No necesitaban palabras para saber lo que pensaba la una de la otra, la mirada de Ashe se delataba cada vez que se separaban a tomar aire y miraba los ojos azules de Sejuani, su compañera, su rival, su amante.

Notó cómo la mano de la guerrera se cansaba de explorar y de hacerla sufrir y se dirigía hacia su centro de placer. Apretó la palma de la mano contra su entrepierna haciendo que comenzara a mover las caderas involuntariamente contra ella, provocando media sonrisa en la cara de Sejuani.

Después de unos segundos oyendo los gemidos de Ashe, decidió empezar a mover los dedos sobre su clítoris, haciendo que subieran de volumen y que la reina se tapara la boca para no llamar la atención.

Sejuani observaba el movimiento del cuerpo de la joven debajo de ella, extasiada y excitada ante la imagen de Ashe moviéndose tan sensual, hermosa y perfecta. Encontró la entrada de su núcleo de placer e introdujo un dedo arrancando un sollozo de la joven, quien apretó los hombros de la guerrera para que moviera el dedo más rápido dentro de ella.

Sejuani agachó la cabeza para besar su cuello, procurando no dejarle ninguna marca y bajó más para poder atrapar uno de los pezones de la joven entre sus labios.

Esto hizo que llegara antes al clímax, quedándose relajada después de toda la tensión acumulada durante el tiempo que habían estado juntas. Sejuani se quedó encima de ella mirándola con adoración, sabiendo que, a pesar de todo, adoraba estos intercambios con ella.

Se tumbó encima de ella dándole calor, mientras la reina acariciaba su nuca y la parte alta de su espalda, notando el movimiento de sus manos hacia su trasero. Sejuani siempre se reía cuando Ashe intentaba hacer eso, pero le dejaba. Se incorporó mirándola fijamente, dando acceso a las manos de la arquera para que apretara sus glúteos y acariciara sus piernas, manteniendo viva la llama que sentía dentro de ella.

Apretó una de sus piernas contra su entrepierna, haciendo que un gemido ahogado saliera de sus labios. Comenzó a moverse contra ella, dejando toda su pierna húmeda debido a la excitación de que la que hacía gala.

Pasado un rato hizo que cambiara de postura, poniendo las rodillas a ambos lados de su cabeza, teniendo acceso perfecto a su interior, el cual empezó a lamer lentamente, haciendo que Sejuani gimiera más profundamente. La lengua suave de la arquera recorría sus partes íntimas haciendo que ola tras ola de placer la recorriera, acumulando tensión para llegar al orgasmo que tanto deseaba.

Aumentó el ritmo conforme aumentaron los gemidos de su compañera, haciendo que, tras unos minutos de esfuerzo, Sejuani cayera colapsando a su lado tras alcanzar el tan anhelado clímax.

Se quedaron las dos mirándose fijamente, intentando recuperar el aire tras el esfuerzo. Sejuani sonrió por primera vez desde que llegó, acariciando un mechón de pelo de Ashe, quien la abrazó en la cama intentando guardar en la memoria el olor de su compañera, el sabor de sus labios y los sonidos de la noche.

–He de marcharme – dijo Ashe pasado un rato. Sejuani se incorporó a la vez que ella en la cama, quedando en el borde, mirando cómo se vestía lentamente.

–Se estarán preguntando dónde estás – le dijo ella simplemente sin poder apartar la mirada de su reina –. Si alguna vez nos pillan las dos estaremos perdidas.

–No lo harán – le dijo ella simplemente –. Y si lo hacen tendrán que aceptarlo, al fin y al cabo, soy su reina.

Sejuani no dijo nada ante esas palabras. No era la primera vez que Ashe sonaba autoritaria delante de alguien, pero se le hacía muy raro pensar en la arquera como una líder fuerte y sin escrúpulos. Alguien como la guerrera.

–Mañana en cuanto salga el sol, me iré – le dijo ella avisándola.

–¿Volverás? – preguntó intentando que no sonara tan ansiosa como estaba.

–No lo creo – le dijo ella levantándose para ayudarla a atarse el vestido.

Después de unos minutos dejando la vestimenta de la reina impoluta, así como su cabello y sus abalorios, miró a Sejuani por última vez. La figura de la guerrera desnuda era algo que quería recordar por siempre, tan bella contra la luz de la luna que se colaba por la ventana, tan hermosa como el primer día que la vio. Se acercó a ella para besarla por última vez, un beso lento y delicado, algo que pudiera saborear en sus sueños.

Agarró el pomo de la puerta para salir y se detuvo, quería decirle lo que sentía, quería decirle que se quedara con ella, pero sabía que no podía hacerlo. Se quedó unos segundos en silencio hasta que dijo su nombre.

–Sejuani, yo… – intentó decirle, pero las palabras no encontraban su voz.

–Vete, Ashe – le dijo simplemente acercándose a ella y dándole un beso en la mejilla, agarrando el pomo de la puerta y abriéndola para que saliera de la habitación.

La reina asintió y se marchó sin hacer ningún ruido. Sejuani apoyó la frente en la puerta y suspiró molesta. Se dio un ligero cabezazo contra la madera antes de volver a la cama a dormir.

–Yo también te quiero, Ashe – dijo en un susurro a la habitación mientras el sueño la encontraba y se apoderaba de ella.