Strength- 強さ
Rojo.
Lo que él recordaría siempre, tras años sobreviviendo como shinobi, tras tener hijos y nietos. Cuando le pregunten en esas noches con licor en mano y en cuerpo, en esas patrullas aburridas y relajadas, en las que el tiempo pasa lento y los novatos preguntan ¿Cómo fue?
Rojo, respondería él. Con la mirada lejana y el cuerpo cansado y doloroso, con la mente atormentada por aquellos horrores. Aquellos monstruos.
Jamás ha habido un clan, una ciudad como la de la Isla Escondida en el Océano. Custodiada por la furia del mar, por los remolinos y sus olas gigantes.
Todo era rojo. Desde el color de sus cabellos Uzumaki, hasta la sangre que decoraba sus espadas y su fūinjutsu, las ruinas en llamas reflejadas en sus ojos furiosos.
Gritos de civiles y niños, gritos de terror que recorrían toda la isla ante las atrocidades que ellos cometían.
Con la aparente superioridad de casi diez shinobi contra un solo shinobi de la isla comenzaron la batalla. Fuimos ingenuos, diría en un tono resignado, incrédulo, aún tras los años pasados, ante poder de los guerreros de la isla.
Los shinobi de Uzushio les plantaron cara de la manera más feroz y aterradora que jamás se haya visto. Aún con su ciudad arrasada, su hogar destruido y sus hermanos y hermanas descansando en las aguas rojas del mar, lucharon.
Recordaría siempre la mirada de una figura envuelta en humo y sellos, con la sangre recorriéndole los brazos y la cara, pelo largo y sucio al viento. Una mujer joven, con el pequeño cuerpo de un infante en un brazo y su doble espada en el otro. Le rodeaban más de media docena de enemigos.
Tras dejar el niño en el suelo con delicadeza y una mirada de infinito dolor y resignación, se erigió toda su poderosa altura y les enseñó a sus enemigos una sonrisa sangrienta.
Cumplieron su misión y la mataron.
A un precio.
Solo él salió vivo de la carnicería, esquivando su espada y perdiendo un brazo. Jamás olvidaría el horror de la muchacha. Su fuerza y poder acabaron con uno tras otro, sin hacer caso de heridas o ataques. Su fūinjutsu desmembró a cuatro personas en una explosión de fuego azul y agua hirviendo. Su doble espada se deslizaba por el aire con movimientos imparables, rasgando y sesgando cabezas con la velocidad de los remolinos del océano.
Cuando por fin la hirieron de gravedad, cuando vinieron refuerzos y rodearon a la chica y la superaban veinte a uno. Cuando la fatiga le consumía el cuerpo y la sangre le tapaba la vista, levantó su arma una última vez. Su brazo tembloroso y firme se alzó sobre su cabeza y les miró a los ojos con una energía que veía del espíritu:
¡Por Uzushio!
La voz llena de furia y orgullo ancestral, el dolor y la pérdida de su hogar y sus camaradas. La voz se elevó en un grito de guerra que recorrió toda la isla, armando las almas de los últimos en pie, preparando sus mentes para resistir. Se le unieron más ecos y gritos por el fin de su tierra y sus aguas.
Lucharemos, decían las voces.
Lucharemos hasta la muerte.
Los sellos del brazo se iluminaron en un escarlata brillante, activándose por primera y última vez, mientras la chica engullía en su grito y su mirada los shinobi que se intentaban (Cómo se atreven a destruir mi hogar, a matar a mi pueblo) plantarle cara.
Lo último que recuerda es la luz rojiza y la explosión de poder que emanó de la Uzumaki, los gritos de pánico y dolor y muerte que siguieron.
El silencio seguiría a su relato, los ojos atentos de sus nietos y sus compañeros novatos de guardia, abiertos por el miedo.
La admiración compartida por el recuerdo de esa batalla, ese pueblo. Las historias sobre la fuerza y corazón de los habitantes de Uzushio serían recordadas por generaciones.
Rojo, respondería él. Cansado y retirado, sin un brazo desde aquella pesadilla.
La furia de un Uzumaki es roja.
