Mi nombre no os importa. Yo solo soy un alma más en este baile llamado vida.
Mi edad ya no la recuerdo. No sirve para nada mas para saber cuán cerca de la muerte vas.
Localidad desconocida. ¿Para qué sirve un lugar si siempre tendrás el mar?
Entoces os preguntaréis que hago escribiendo esto. Pues hoy he venido, antes de que el reloj de arena deje caer su último grano, a contaros una historia. ¿Verdad o mentira? ¿Acaso importa?
Miro el reloj de mi muñeca y me digo: "Ya es la hora. Tienes que contarlo o todo se perderá en dónde empezó, en las olas que bañan las costas."
Cuando la gente lo miraba todos retrocedían. Los rumores bailaban de boca en boca por el pueblo de pescadores, pues ¿quién no temería al horrendo capitán que se había llevado tantas vidas?
Tormenta. Así lo describían. Muchos contaban que cuando el cielo bramaba el capitán reía y atacaba a cualquier enemigo que estuviera a la vista, pero ¿acaso, de repente, los rumores dejaban de ser mentiras?, ¿o eran verdades mal dichas?
En cualquier caso el capitán era imponente, pelo rubio desaliñado, unos ojos de un azul tan electrizante como la caída de un rayo y una cicatriz en el labio que nadie sabía a ciencia cierta como la había logrado. Unos afirmaban que había sido en una pelea, otros, que una vez lo torturaron y ese era el recuerdo. Rumores. Nunca sonreía, o eso se creía. Más rumores, más historias que lo rodeaban y lo tapaban, cubriéndolo como si llevara un velo que no permitiera verle bien. Como una sombra que, simplemente, estaba maldita.
El capitán había sido niño, aunque muchos lo dudaban, y sabía lo que era luchar por el pan de cada día. Había perdido vidas que todavía en sus pesadillas reinaban: su padre, su madre, su familia, su hermana... Él los había visto caer y no había podido hacer nada. Solo sentarse y llorar, como el niño pequeño que era, por última vez.
Pero lo importante, en todo caso, fue lo que pasó esa mañana en la que el pueblo abandonaba. Los rumores, esta vez más ansiosos, se extendían como la pólvora, ¿cómo era posible? ¿Qué había sido eso que tanto los había alarmado o costernado... o ambas?
Sirenas. De eso todo el pueblo hablaba. Cada cual las describía de diferente forma: unos decían que eran bellas, tan hermosas que te hipnotizaban, con voces irreales para que los barcos naufragaran; otros afirmaban que eran monstruosas, seres horripilantes con todo el cuerpo cubierto de escamas y branquias.
Rumores. A fin de cuentas solo eran rumores.
Volviendo al capitán. Este se encontraba en su barco, la estatua del dios Zeus como mascarón de proa y con todas las velas izadas. No se sabe con exactitud qué fue lo que pasó, pero de un momento a otro el barco había naufragado. Eso nunca había pasado, pero siempre hay una primera vez para todo, ¿no?
Algunos supervivientes afirmaron haber visto a las sirenas, pero, como no, no les creyeron. ¿Cómo era posible que esos seres existieran y nadie más los viera? Solo eran mentiras, bulos, estratagemas para ganar popularidad, como lo llames. Pero, si era así, ¿por qué el capitán, que había sobrevivido, no lo negó? Más rumores inundaron las costas.
El capitán se retiró. Ya no iba a navegar y eso, en cierto modo, los alarmó a todos, ¿por qué haría semejante estupidez? Bueno, ¿no se dice que uno por amor lo dejaría todo?
Años más tarde de su muerte, se encontró un viejo diario que describía a un ser de profundos ojos verdes, de pelo más negro que la brea y de deslumbrante sonrisa. También decía que el joven era único, que todo él brillaba cuando la luz del sol entraba en el mar y lo rodeaba, que el capitán moriría antes de dañarlo y que se alejaría si era necesario. Al parecer no lo fue. En el diario se leía tales frases como:
«Nunca creí que el amor fuera para mí. Es más, no debería serlo. La mismísima Afrodita había jurado que ningún ser sobre la faz de la tierra querría a este horrible capitán, a este hombre que tantas vidas había segado como si de trigo se trataran, a este monstruo que solo era un arma sin sentimientos, solo un arma sin corazón. Lo cierto es que tuvo razón, nadie en la tierra me amó o amará. Nadie estaba tan loca o loco como para hacerlo. No. Pero no tuvo en cuenta el mar. El lugar dónde me refugié. El lugar que me forjó. El lugar que me dio amor. El que me lo presentó con su sonrisa más brillante que las blancas perlas, con sus ojos, tan hermosos como diez mil esmeraldas, con su corazón tan grande que, aún conociendo todos esos rumores, me juró que me amaría, porque se había enamorado y no pararía hasta demostrar cual dulce podría ser su capitán.»
Tras esas revelaciones muchos pensaron que el pobre hombre se volvió loco, otros que había algo que no se sabía todavía. Piratas y pueblerinos juraron que las noches de tormenta si se asomaban a la orilla podían ver a dos hombres que los vigilaban desde la protección de las olas y que, cuando algún desafortunado, en el mar se adentraba, un hombre de pelo negro como la noche y ojos verdes como la hierba lo seducía y a los pobres desgraciados, pues no solo fue uno, que caían en sus redes entretejidas se les perdía de vista.
Otros, afirmaban que, cuando en el océano se adentraban, el viejo barco hundido del capitán se alzaba frente a ellos. ¿Cómo sabían que era el suyo? Pues fácil, en el mascarón de proa la figura de Zeus que, aunque llena de algas seguía dando terror, se elevaba con cierto brillo dorado y suaves murmullos, provenientes de la antigua tripulación, los incitaba a saltar y nadar hacía él.
¿Verdad o mentira?
¿Fraude o realidad?
Por mi parte ya no hay nada más que mencionar.
