Disclaimer: Hetalia le pertenece a Himaruya Hidekaz.
¡Advertencia!: La historia se desarrolla en un universo donde la cantidad de vidas de las 'naciones' se manifiesta como un número en el dorso de una de sus manos. Este número puede aumentarse si consumen una manzana de un árbol solitario. En otras palabras, si comen una manzana con un número cinco, y la nación posee un tres en el dorso, este número cambiará a ocho. Estas naciones son también, en parte, humanos, por lo que a veces poseen moral.
¡Esto es para el reto '¡Pecados Capitales!' del foro Potencias del Eje! Me tocó la envidia, por lo que el personaje principal prácticamente quiere todo lo que le parece interesante.
En este mundo donde todos mataban por una manzana, nacer con un número mayor en el dorso de la mano era el reflejo de vivir un día más.
Sealand es consciente de que es la primera nación que no aparece en ese mundo siendo casi un bebé. Por eso mismo, estúpidamente esperaba la aprobación de los mayores. Si era tan fuerte incluso desde sus primeros pasos en esta vida de hostil, ¿por qué no lo sería aún más cuando alcanzara la adultez? Si es que llegaba a ella, obviamente. ¿No era obvio pensar que sería mejor que todos ellos?
¿No lo era?
En esta tierra hostil, solo en sus primeros días, aprendió a cazar y cocinar su comida, a encender las llamas del fuego cálido y reconfortante y a preparar casas a bases de ramas y hojas. Cuando llegaran las lluvias tendría que cambiar su estrategia. También aprendió a ocultarse y a aprovechar su delgada forma para pasar desapercibido de los mayores que tuvieran cara de malo. Por ser descuidado, había creído inocentemente que serían sus amigos si se presentaba correctamente y casi terminó asesinado. Aceptaba ser más débil que ellos por el momento, porque algún día les ganaría y ellos tendrían que esconderse de él, ¿no?
Mientras está en sus planes de volverse más fuerte, uno de los mayores con no tan cara de malo lo atrapa mientras duerme. Para ese entonces su dorso enmarca un ejemplar siete. El adulto, sin embargo, no le amarra las piernas ni los brazos o aprovecha de que esté inconsciente para quitarle una de sus vidas. Simplemente, se sienta frente a las brasas de su fogata apagada y tira en ella ramas delgada en un intento por mantenerla viva. Al principio, asustado y curioso más de lo que quisiera aceptar, Sealand aprovecha la oscuridad a su favor y finge no haber despertado. Su estrategia parece funcionar.
Estar en la misma posición por tantos minutos, por otro lado, le hace doler los músculos y las articulaciones. Eso, además de que le costaba mantener la respiración lenta y controlada.
—Sé que estás despierto, lo siento si te he molestado —dijo el adulto. Su voz no sonaba como la de un villano, necesariamente.
El miedo se esfuma de golpe con sus palabras y el tono de su voz, tan sereno como el mar. Sealand se levantó lentamente.
—¿Tienes hambre? tengo carne de conejo —ofreció.
El adulto sonrió tan cálidamente que Sealand quiso pedirle que fuera su amigo. Así que existían personas como estas en un mundo como este.
—No quisiera ser una molestia —dijo.
Sonriendo enormemente, Sealand se levantó y abrió la bolsa que ocupaba de almohada. Envuelta en hojas gigantes se hallaba una carne asada de conejo. Se acercó al individuo amigable y se la entregó, sentándose posteriormente a su lado. El adulto abrió los ojos sorprendido por el gesto, pero guardó silencio y le agradeció la comida con una reverencia, luego juntó las manos frente a la cabeza, como si le estuviera rezando a la carne. Sealand encontró el gesto impresionante.
—Me llamo Sealand —dijo después de un rato. Había logrado avivar las llamas.
El adulto terminó de tragar y agachó la cabeza con respeto.
—Mucho gusto, mi nombre es Japón.
Sealand sonrió.
—Qué forma más rara tienes de presentarte —apoyándose sobre sus manos mientras se inclinaba para atrás, topándose inesperadamente con un filo frío que le dio un escalofrío por la diferencia de temperaturas con su cuerpo. Agachó la cabeza para ver con qué se había topado— ¡Asombroso! —exclamó— ¿qué es?
El adulto miró para dónde apuntaba Sealand.
—Oh, es mi catana.
—¡Y tiene un nombre genial! ¿podría yo también tener una?
Japón pareció un poco perturbado por la pregunta. Miró para todos lados como buscando ayuda antes de mirar de nuevo al niño.
—Es muy peligroso aprender a ocuparla —y antes el rostro de tristeza de Sealand, Japón paró abruptamente y se aclaró la garganta con suavidad, casi como si no estuviera del todo de acuerdo consigo mismo—. Aunque podría ayudarte y hacer una, si realmente quieres.
Sealand saltó emocionado en su puesto.
—¡En serio me lo harías! ¡genial! ¡muchas gracias!
¿Puede que avergonzado? Japón silenciosamente volvió a concentrarse en su comida. Era un adulto muy extraño, y aunque Sealand le había visto antes rondado por el árbol al borde del bosque, nunca se atrevió a acercarse por miedo a morir. Sus vidas en ese entonces eran escasas. Para suerte suya, estaba muy equivocado y Japón era un adulto genial.
Se promete a sí mismo que un día sería como él.
...
No pretendía ver la escena de rastros dejada por el asesino. Ni siquiera se suponía que debía estar ahí ese día.
¿No iba a llover?
Dejó caer la comida en la entrada.
Sealand se arrastró al interior de la cueva de Japón siguiendo el diminuto río de sangre. Mientras gatea por la porción más pequeña de la entrada, reza. ¿A quién? no tiene idea, pero por favor, por favor, por favor que esté bien. Que le queden vidas, que incluso si lo encuentra muerto las manzanas con números que ha comido hagan su trabajo y lo devuelvan. Que la sangre no sea suya.
En este mundo donde todos matan por una manzana y donde un niño como él nació bendecido con un crecimiento mayor, la libertad de escapar del dolor era para aquellos que aún peleaban egoístamente por su supervivencia.
Dentro de la pequeña y fría cueva del que alguna vez consideró su amigo, el pequeño Sealand se aferró a la cabeza cercenada de su compañero, con el cabello oscuro pegándose a las manchas de sangre que se habían a su ropa durante el camino. Apretando los dientes, Sealand evitó gritar de dolor e impotencia y dejó que las lágrimas escaparan borroneando su visión.
Esperaba olvidar la primera vez que vio un cero en el dorso de una mano y los vestigios de una catana que nunca se juntarían.
...
En el momento en que Sealand se encuentra atrapado por un adulto, llegan a él los horribles recuerdos de la muerte. El tipo tiene una cara de malo divertida y lleva una ropa blanca tan sucia y rota que Sealand piensa en terminar por romperla para distraerlo y escapar, pero entonces el adulto de cara chistosa lo toma del brazo, cerca del plexo axilar, y detiene cualquier pensamiento. Sealand grita y se mueve desesperadamente, gritando cosas que el tondo de Inglaterra le enseñó y cosas sobre que Japón iba a venir a rescatarlo, a pesar de que sabe que su amigo no volverá nunca más.
Lo que más lo aterra es que tiene un uno en el dorso.
El hombre no tiene una cara de malo suficientemente aterradora cuando lo ve por primera vez, incluso se reía a carcajadas y parecía agradable el momento que pasaba. Consecuentemente. Sealand no esperó que, en cuanto el tipo apenas lo viera, corriera detrás de él y terminara atrapándolo, a pesar de que Sealand era más pequeño y podía ocultarse en cualquier parte de los restos de la catedral. Si salía vivo de esa, supuso que esa persona sería uno de sus futuros rivales.
El adulto tiene el rostro en blanco cuando toma una piedra del suelo y la levanta sobre su cabeza. Segundos después, la baja y arrodilla. Inspecciona el rostro lloroso de Sealand de cerca entornando los ojos. En un intento desesperado, Sealand lo golpea en el rostro con la mano abierta, sorprendido ante la falta de respuesta e inclinándose sobre sí mismo cuando se le acabaron las ideas.
¿Este realmente era su fin?
Era muy poco. Ha vivido muy poco.
El suelo de granito inserta piedrecillas en la piel suave de sus piernas.
—Déjame ir, idiota —solloza entre dientes, con la mirada fija en el piso porque tiene miedo y apenas puede levantar la cabeza—. No quiero morir.
Y para sorpresa suya, el adulto le responde.
—Sé cómo se siente —dice—. Me han matado antes.
—¿Es... muy doloroso?
Porque no lo sabe, porque ha tenido la suerte de morir sin dolor.
Sin una respuesta inmediata, Sealand se atreve a levantar paulatinamente el rostro. La nación lo mira con ojos brillantes, desesperados por encontrar un gramo de esperanza en sus acciones. Sealand por un momento cree que puede entenderle y desea hacerle cambiar de opinión sobre su muerte, pero entonces el adulto recoge otra piedra del suelo, más grande que la anterior, y vuelve a elevarla. Gritando, temblando, suplica de nuevo.
—Puedo ser tu compañero..., o podemos ser amigos. No te he lastimado, así que no me asesines.
Arde.
Duele.
Quiere que Japón esté vivo. Quiere vivir.
—Es improbable —responde el adulto—. Lo siento —musita—. Lo siento —repite, y su voz se rompe.
Sealand tiembla. Con voz baja, temblorosa, le pide una última vez:
—Libérame.
¿Cuántas posibilidades tiene de que un par de palabras se antepongan a la razón de sus existencias? Japón y otros había decido no atacarlo. La mayoría de ellos estaban muertos o locos. ¿Ese era el precio por evitar la realidad? ¿Ese era el precio por dejarlo vivir un día más? Era muy injusto.
Sealand cierra los ojos y espera el golpe de la realidad.
Pero el adulto baja la piedra.
—No puedo —dice soltando el brazo de Sealand y entonces, para mayor sorpresa, el adulto cae arrodillado. Así, derrotado y agachado, el tipo es más bajó que él. La coronilla de pelo rubio apenas le llegaba al pecho. Se ve destrozado y triste y repentinamente caen lágrimas de su rostro joven. Sealand siente que ha visto ese rostro antes.
Así que, aunque la última vez que deseó algo terminó perdiendo a alguien preciado, hace lo único que había deseado de Japón la tarde que lo encontró muerto: lo abraza.
—Gracias.
Las lágrimas del adulto son igual de cálidas que las suyas.
...
Hay algo en el viento, en el suelo, en los rayos de sol. Es diferente, las naciones están siendo diferentes.
Sealand no ha matado ni se ha atrevido a acercarse a los árboles solitarios con las mejores manzanas por miedo, pero ha recibido muchos regalos de adultos y gracias a eso logra aumentar el número en su dorso. Sin embargo, la muerte lo sigue de cerca como cualquier otro y pierde muchas vidas a causa de venenos soporíferos, sofocaciones indoloras y uno que otro adulto con cara de malo que lo atrapa y, por extraño que fuera, evita causarle dolor.
¿No es este mundo extraño?
Los instintos que los atrae a las manzanas son poderosos hasta tal punto que es físicamente doloroso y molesto no comer una por mucho tiempo. Los instintos de supervivencia a través de la muerte de otros no es tan potente, pero existe y es inextinguible.
Sealand puede sobreponerse al primer instinto por largos periodos de tiempo, pero las razones de su creación de sobreponen a su lógica de su lado humano. Así que, una noche húmeda, guarda sus objetos en el morral que a creado con sogas y lo esconde este bajo una roca antes de partir. El árbol solitario más cercano quedaba al borde de un gran lago, y aunque solo daba manzanas uno, era de los raros que daba varias en un solo día, aunque sus manzanas no funcionaban si las comía todas dentro de una semana.
Afortunadamente, los alrededores del árbol solitario están despejados cuando Sealand llega. El lago está tan tranquilo que las ramas y mazanas del árbol se reflejan en la superficie.
El suelo húmedo y enlodazado le impide caminar todo lo rápido que quisiera, y cuando un paso que se enterró profundo entre la tierra estuvo a punto de arrebatarle el zapato, Sealand probó con ir de puntillas, pero no le fue mucho mejor. Resoplando, el muchacho finalmente optó por la lentitud y la prevención. Más tarde tendría que lavar sus ropas a las orillas del río y la cascada, en la seguridad de una roca alta.
Este árbol solitario tiene más dificultades físicas a diferencia de sus iguales que podían encontrarse en la ciudad abandonada o el circo oxidado. Este era más grande, y alcanzar sus dulces manzanas era más complejo debido a que salían en las ramas más altas, y por lo tanto, más delgadas y fáciles de romper. Cuerpos delgados y pequeños como los de Sealand eran perfectos para este tipo de árbol solitario. Obviamente, una vez que lograba alcanzar la primera rama.
Sealand aferra sus delgados dedos a los clavos enterrados en la corteza del tronco y comienza a escalar. Árboles como estos no daban más que manzanas, por lo que Sealand siempre solía imaginarse el color y la forma que tendrían sus hojas si es que alguna vez llegaran a existir. Japón una vez le dijo que él las prefería de un rosado suave.
Sonríe y corta la rama de la que cuelgan dos de las tres manzanas. Para la última tuvo que subir un poco más y ocupar la rama para hacerla caer al suelo lodoso y mohoso. Luego de guardar las dos manzanas en sus bolsillos, emprende la bajada. Todo va tan normal como cualquier otro día.
Hasta que llega al suelo y su cuerpo choca en la caída contra el de un niño.
—¡Lo-lo siento mucho! —grita levantándose.
La nación pequeña se frota el rostro donde le ha pegado más fuerte en el choque.
—Duele —musita con voz temblorosa.
—¡No llores! llamarás la atención de los animales que estén cerca. O peor aún, la de los adultos.
Se arrodilla para atenderlo, pero el niño no parece escuchar o entender sus palabras y sus atenciones, pero de todos modos, llora en silencio. Probablemente esas lágrimas silenciosas eran producto también de este mundo hostil. Sealand había aprendido a su modo a aguantar el dolor. La pequeña nación, por otro lado, ha dejado un rastro enorme de sus huellas en el lodo, porque no ha aprendido a borrarlas aún.
Enterrando como podía sus miedos bajo el suelo húmedo, Sealand procedió a recoger la manzana enterrada en el lodo, limpiarla, y entregársela al pequeño mientras apartaba sus manos de su rostro sucio y lloroso.
Primerizamente asustado y reticente, y luego sorprendido con grandes ojos dorados, la pequeña nación extiende trémulo sus regordetes dedos a la fruta, para luego retroceder, y en un segundo intento arrebatársela a Sealand de las manos bruscamente.
—Gracias —murmura con el rostro gacho.
Sealand sonríe de lado restándole importancia.
—Era lo que venías a buscar, ¿no?
Inmerso en su comida, el niño asiente. El sonido de sus mordiscos erizan el miedo de Sealand, y no puede evitar querer levantarse y salir corriendo. Pero si él se siente aterrado, y esta nación, mucho más pequeña que él, no lo sentía lo suficiente como para salir corriendo cuando lo vio bajar del árbol solitario, quería decir que un bebé era más valiente que él. No lo iba a permitir.
—¿Cómo te llamas?
El niño se detuvo un momento para hablar con la boca llena:
—Tierra del Fuego, pero puedes decirme... —se queda en silencio, pensativo. Pareciera que está a punto de llorar, a lo que Sealand se espanta y pregunta:
—¿Qué pasa?
—Me he olvidado de nuevo del nombre que me dio esa persona.
Sorprendido, aliviado, Sealand deja escapar aire y se ríe entre dientes.
—Pero si me acabas de decir tu nombre —se acerca y aparta tierra del rostro del niño. Sorprendentemente este lo deja sin retraerse—. Me llamo Sealand.
—Qué nombre más raro —exclama el niño tornando a morder la manzana, distraído de lo que fuera que Sealand pudiera hacer. Esa actitud despreocupada es envidiable—. ¿Quién te lo dio?
Es un niño peculiar, no hay duda. Sealand podría sentarse todo el día a hablar con él, incluso podría invitarlo a su hogar si no fuera porque era peligroso.
—Nadie —responde—, siempre supe que así me llamaba.
Tierra del Fuego no desvía la mirada de su manzana cuando despreocupadamente dice:
—Esa es una historia muy triste —muerde de nuevo la fruta roja, rompiendo nuevas zonas de la piel—. ¡Ya sé! Deberías llamarte Peter.
...
Eres muy confiado, le dijo el segundo adulto que no quiso matarlo. Él sí tenía una cara de malo. Aunque supongo que todos los somos a esa edad.
El adulto tenía unos brazos grandes y era muy alto. Llevaba el cabello rubio peinado hacia atrás perfectamente, tanto, que Sealand se preguntó si usaba algún objeto obtenido de las ciudades abandonadas. Como Sealand nunca se había aventurado a ellas porque eran las más peligrosas por la cantidad de escombros y espacios posibles para esconderse y atacar, no sabía cuáles eran las formas diversas de los objetos que los humanos crearon antes de que ellos llegaran, pero ciertamente quería ver uno.
—Alemania da mucho miedo —dice el otro adulto, que no tenía cara de malo. Estaba sentando en el suelo al lado de Sealand.
—Si quieren sobrevivir en ese mundo ni siquiera un reto deberías perturbarlos —exclama Alemania—. Ahora, voy a darles otro ejemplo y ustedes me dicen cómo van a actuar —aclarándose la garganta, prosigue—: Si se encuentran con alguien que es más fuerte que ustedes pero es más lento y tiene menos vidas, cerca del árbol del avión caído, ¿qué hacen?
Italia levanta la mano. Alemania, con sus estatura imponente y su rostro serio, mira fijamente a su compañero desde su posición parado frente a los dos.
—Adelante, Italia.
Huimos, piensa Sealand con cierta diversión antes de que Italia lo dijera y recibiera un reto de Alemania. Cuando llega su turno se sienta recto y levanta la mano con entusiasmo:
—De todos modos es tu turno porque no hay nadie más, no necesitas levantar la mano —le explica Alemania con cierto aire de confusión ante tanto entusiasmo. Sacude la cabeza y prosigue—. ¿Y bien, qué harías?
—¡No tengo la menor idea! —grita. Antes de que Alemania lo retara, Sealand levanta las manos en un ademán apurado para detenerlo. No tiene tanta suerte y se gana un fuerte castigo verbal de Alemania sobre cómo debía planear los ataques al árbol solitario para conseguir las manzanas y cómo debían aprovechar sus ventajas para sobrevivir—. Yo solo quería saber una cosa.
Alemania cruza los brazo sobre el pecho. Lo sospesa por un momento antes de botar un pequeño suspiro derrotado.
—Como sea, ¿qué quieres saber?
Sealand piensa un poco cómo formular la pregunta, pero no se le ocurre ninguna forma menos impactante de explicarse.
—¿Por qué no me han matado?
Y pasa entre todos un silencio de ultratumba. Italia deja los quejidos de lado y su sabrosa masa combinado con algo de color extraño, para mirarlo sorprendido. Alemania guarda silencio y mira sorprendido la pequeña figura de Sealand. El niño podría jurar que nunca esperó ver esa expresión en un rostro de villano. Porque, incluso con un cuerpo fuerte y una mente recta y estratégica, Alemania podía darse un momento para parecer más humano que nación.
Era un pregunta que Sealand había guardado por mucho tiempo. Después de Japón, se encontró con más adultos que, por más que la diferencia de fuerza fuera palpable, ni siquiera pensaron en matarlo. Eso no quitaba que había otros que sí, incluso estuvo a punto de morir de las manos de uno que lo dejó escapar por razones desconocidas, pero eso no quitaba mínimamente los buenos actos de los otros. Si incluso el idiota de Inglaterra una vez se detuvo para darle instrucciones... pero... ¿en este mundo no eran todos tus enemigos, cuando una mayor cantidad de personas significaba disminuir el suministro de manzanas, la única comida que realmente te mantenía con vida? ¿qué había cambiado?
Mientras más personas lo arropaban en su gentileza, Sealand se sentía más confundido.
Como ha muerto dos veces desde que apareció en esa realidad, Sealand reconoce el miedo y la muerte. Sabe lo que es sentir terror y las piernas tambaleantes antes de que alguien le aplastara la cabeza contra una piedra hasta que le partía el cráneo, sabe lo que es ver sus propios órganos salirse de sus cavidades correspondientes y desangrarse lentamente mientras pierde la razón por la falta de oxígeno y el dolor caliente y profundo.
Por el otro lado, estaban estas personas amables. Que le daban de comer, que le regalaban katanas, que le entregaban abrazos y besos en la frente. Que, como Alemania e Italia, le dejaban pasar un rato con ellos.
¿En este mundo tenía permitido sentirse tan feliz por cosas como esas?
Alemania hinca una rodilla en la tierra y posa una gran y áspera mano en el hombro del niño. Sealand no lo mira.
—¿No es lo que querías? —le pregunta suavemente.
—¿Uh?
Confundido, Sealand levanta la mirada en el momento en que un sonriente Feliciano también se le pone en frente. Apunta a su compañero.
—¡Alemania tiene razón! nadie que quisiera morir se acercaría a esta cara tan tenebrosa.
Alemania aleja el brazo de Sealand y mira fastidiado a su compañero.
—¡Italia!
—¡Ah, lo siento! ¡de verdad lo siento!
Sealand los mira iniciar otra pelea verbal unilateral y pide, en lo profundo de su pecho, un poco de envidia de esos dos. Quisiera también tener un buen amigo con el cual ser tan cercano.
Se permite sonreír de lo gracioso que son.
...
En este mundo, existe un lugar llamado Pentróm. Una nación nueva llamada Wy, que sorprendentemente tiene su estatura, le pregunta si quiere ir con ella a ese lugar,porque es peligroso y necesitan crear un grupo para sobrevivir. Ella le regala dos manzanas.
Sealand, encantado, acepta.
