Hola. Años han pasados desde que publiqué algo por acá y decir a verdad esto es medio tramposo porque ya es una historia publicada. Solo quise corregirla. Como ya dije no he estado muy conectada a los fics, pero sí con muchas ganas de corregir esas historias de antaño.

Este fanfic lo he publicado originalmente el 15/10/2014 en amor yaoi, nunca lo traje a esta plataforma. Quiero comenzar de cero y familiarizarme nuevamente con la escritura. Los que han tenido la oportunidad de leerlo o leer alguna de mis historias sabrá la manera en que escribo. Este fic es uno de mis favoritos de esos viejitos y feos que tengo, realmente quiero corregirlo.

Tengo tiempo, como la mayoría de las personas en el mundo experimentado por esta pandemia que nos azota, estoy en aislamiento obligatorio (no tengo la enfermedad, solo es prevención) Hago home office, pero tengo tiempo libre que utilizo para escribir. Les agradezco desde ya si se pasan por acá. Los quiero. y por favor, cuídense.

Los personajes no me pertenecen. Son propiedad de Masami Kurumada.


La Guerra concluyó. La victoria era suya; de todos. De la humanidad. Athena eleva su báculo sellando así el alma inmortal del Dios del Inframundo.

Hades descansará desde ese momento dentro de su espada.

La bruma creada por los escombros de su Templo se esparce por los Campo Elíseos convirtiendo el paraíso idílico en algo más parecido a lo que en él se vivió; algo más terrenal, solo dura unos minutos, cuando el polvo se disipa, deja ver a una exhausta Saori de rodillas. Su mente y alma resuenan mutuamente agradecidas. «Ganamos» repite nuevamente. Saben las guerras que la victoria se la lleva el suelo. Saben que en el campo volverá a crecer vegetación. Que las flores nacerán alimentadas de sangre, mas sin embargo, le darán gracias al sol. Y que a pesar de las ruinas y desolación, la divinidad retomara su labor. Los Campos Elíseos volverán a resplandecer de serenidad. La música hará danzar a sus ninfas nuevamente y Perséfone, bella y adorada entre ellas, tomará el lugar de su esposo para gobernar. Después de todo la muerte es algo que no se puede evitar, los humanos seguirán pereciendo, quizá no por guerras, pero las enfermedades y el tiempo en un cuerpo de carne, los hará sucumbir. Ella deberá elevar su voz hacia las nuevas generaciones de espectros y guiarlos hacia un renacer. Athena tiene fe que desde ahora el Inframundo no será una pérdida de fe para aquellas almas que transiten en él.

Saori regresa a la Tierra que poco a poco volvía a su cauce habitual. Los humanos ajenos a la cruenta batalla, miraron al cielo mas un suspiro aliviado los acompañó. El Santuario la aguardaba, camina por sus ruinas junto a los Santos de Bronce, aquellos cuyo valor acompañó su victoria. Seiya, débil por las heridas, camina con ayuda de Shiryu, era realmente reconfortante verlo de pie, recuperado de la herida hecha por la espada de Hades gracias a su sangre. En el Santuario aguardan los pocos Caballeros que aún seguían con vida, felices de ver a su Diosa sana y salva.

Saori observa desde el Coliseo al Santuario que se elevaba ante sus ojos; destruido y desolado. Una lágrima recorre su rostro, aprieta con fuerza su báculo y regresa su vista a sus Santos sobrevivientes.

Demasiadas vidas se perdieron, demasiadas. Todos jóvenes, todos fuertes y valientes.

—Ellos regresarán… —murmura.

Athena subió al Olimpo a reclamar lo que le habían arrebatado; la vida de sus Santos de Oro y Plata.

Los de segundo rango en jerarquía regresaron cerca del mes cumplido, del periodo posguerra. Argol y compañía juraron lealtad y fidelidad, encaminándose a la tarea de reconstrucción de todo el territorio que comprendía los alrededores del Santuario, donde ellos vivían.

Hyoga, Seiya y los demás Bronceados estaban ansiosos por saber sí los héroes en la pasada batalla—así lo pensaban—revivirían.

El deseo de todos se cumplió. Pasado poco más de cuatro meses Athena volvió a descender a su Santuario, y catorce luces volvieron a brillar. Una por cada Templo, salvo en Géminis que brillaron dos y la última en la cámara del Patriarca.

El Santuario volvía a vivir.


Casi cuatro años han transcurrido de aquel día y después de volver a pasar por algunas etapas de adaptación y remordimientos, la vida en el Santuario pasó a ser tal cual lo era antes de toda Guerra. Salvo por algunas diferencias, esas que no tienen que ver con batallas y Armaduras, sino más bien, con sentimientos y deseos.

Hubo una boda, fue algo inaudito y harta celebrada ya que era la primera que se efectuaba dentro del Santuario. Afrodita y DeathMask dieron el sí ante Shion y Athena, comenzando con una nueva etapa en sus vidas que cambiaría radicalmente unos meses más tarde cuando desde el cielo una extraña luz brilló brevemente y el llanto de un niño se sintió en la quietud de la noche. Afrodita, que realizaba sus tareas de vigilancia, lo halló. El niño, rubio de ojos rubíes, había sido abandonado en una canasta cerca del Santuario. Afrodita supo inmediatamente que había llegado para convertirse en su heredero, el sueco junto a Death no dudaron en adoptarlo. Y el pequeño Filippo se convirtió la adoración de toda la Orden, Diosa incluida.

Las amistades se volvieron más férreas y Shura, incentivado por las acciones de sus dos amigos más cercanos, no tardó en hacerle saber a Marín sus sentimientos, la Amazona gustosa correspondió, formando una de las parejas más estables, de las recientes.

Quien la tuvo un tanto difícil fue Aioros, el amor que guardaba desde siempre a su mejor amigo y verdugo, no había desaparecido ni disminuido, pero el geminiano le esquivaba todavía avergonzado por sus acciones. Había otro obstáculo por el cual Saga no se permitía ceder; él ya contaba con casi veintinueve años y el joven arquero había muerto a los catorce. Saga lo amaba ¡vaya que sí! Su corazón ardía y lloraba por volverlo a abrazar, pero era un niño y no podía hacerle algo así, demasiado había sufrido Aioros por su culpa. Fue el mismísimo Zeus quien intervino ante ellos, confesando que a Aioros se le había adelantado su reloj biológico para contar con la edad correspondiente, o sea, veintiocho años. Lamentablemente se había perdido un gran periodo de su vida, pero al de Sagitario no le importaba y Saga suspiró aliviado esa mañana cuando lo besó.

Y entre todos, hubo alguien que se adelantó a lo que todos daban por hecho. Sorprendiendo a los demás, por ser él, quien se declarase.

Camus de Acuario volvió a su vida de Santo por algún tiempo, teniendo las amistades de siempre y el respeto de todos. Pero él quería ser más que Camus de Acuario, el mago de los hielos y maestro de Hyoga e Isaak. Camus quería ser mucho más… o quería dejar de ser.

Su mejor amigo, compañero de armas, hermano y por quien albergaba sentimientos más allá de todos esos. Fue Camus quien tragándose orgullo y frialdad, se plantó frente al imponente Escorpión y le declaró su amor. Milo no tuvo más que mostrarle su enorme sonrisa y un arrebatado beso, no había nada entre el cielo y el infierno que el griego adorara más. Él lo amaba desde que lo había visto por primera vez.

Y todo aquello sucedió durante los primeros años de paz.


Inalterable en la inmensidad. Fuera del tiempo, el Santuario y aquellas aldeas que pululaban a su alrededor siempre conservaron su misticismo, aquella presencia arcaica que lo distinguía del resto del moderno mundo. No es que les faltaran comodidades, ni tampoco les sobraba. ¡Claro que tenían electricidad! Incluso y por insistencia de los más jóvenes, habían incorporado aquello de la televisión satelital e internet. Por fuera podría mantener su fachada, pero por dentro el Santuario poco a poco se modernizaba y se adaptaba a la época de paz.

Camus no era muy interesado por esas cosas. Si miraba esporádicamente la televisión, en especial cuando daban algún documental que le interesaba o alguna de las películas que gustaban de mirar con Milo. Tampoco usaba mucho el internet, pero debía consentir que era muy útil a la hora de comunicarse con sus ya adultos alumnos. Nunca, jamás admitirá que para él, siempre serán sus pequeños niños. Por lo que el día que Milo le entregó el aparato rectangular de color negro, se lo devolvió ¿Para que necesitaba él un celular?

Milo insistió, describiendo con su característico ímpetu los beneficios de tener un celular, de lo cómodo y útil y claro, de lo barato que lo consiguió— ¡es un precio de dos por uno Camus, no podemos desaprovecharlo!—Tenía un punto, debió aceptar. Y el hecho de que los mantendría comunicados cuando alguno partiera a una misión terminó por convencerlo. No iba a ser tan ingrato, después de todo siempre terminaba aceptando las ocurrencias «inofensivas» de su pareja—la mayoría por hartazgo—. Camus amaba la dicha de tener la habilidad de comunicarse a través del cosmos, siempre a la vieja usanza, pero que remedio.

Todo venía perfecto…


Aprieta los parpados y un quejido se escapa de sus labios resecos—y una mierda—Milo se había despertado con una cruda que no daba crédito. Con un poco de esfuerzo se incorpora de su cama con un malestar en todo su cuerpo, uno incluso más grande que cualquiera que haya experimentado. La noche anterior había salido con Kanon a un bar donde se dedicaron a beber hasta altas horas. Estúpidas competencias de machos. Últimamente esas salidas se hacían muy constantes, Camus no era el típico novio controlador y desconfiado pero la frecuencia con que Milo prefería a Kanon por sobre él estaba comenzando a molestarlo en demasía. Y Milo no era ningún tonto, se daba cuenta de ello, por lo que para evitar la pelea prefirió dormir en su Templo solo. Milo espera unos minutos hasta que el malestar disminuye solo entonces se da ánimos para tomar una ducha fría, planeando vestirse rápido para dirigirse al Templo de su novio y sorprenderlo con el desayuno.

Llega sin muchos contratiempos a la casa de Acuario, dirigiéndose directamente a la cocina de Camus listo a preparar un suculento desayuno para los dos, sabía que Camus no tardaría en despertar. A pesar de ser domingo, el pelirrojo no era de dormir hasta tarde, quería comenzar bien el día, quizá disculparse por sus reiterados desplantes y hacerle el amor. Siempre hacerle el amor.

Dentro de la habitación y con el aroma de Milo inundando su estancia, Camus se niega a entrar en pánico. A creer que sus sentimientos podrían aprisionarlo dentro de una burbuja a punto de estallar. Él no era así.

Menuda mentira.

Se encuentra sentado al borde de su cama. Hacía unos minutos que había despertado debido al sonido de su celular que avisaba la entrada de un mensaje. Pensando que era, o su novio o alguno de sus alumnos, tomó el aparato y leyó. Camus sabe que el tiempo no se iba a detener, pero la sensación era la contraria. Escapa de toda lógica, porque para él el tiempo estaba suspendido en una incertidumbre amarga—cálmate, respira e intenta procesar lo que leíste. Debe tratarse de un error ¿no? Debe serlo…—toma unas bocanadas de aire y cierra sus ojos por un instante.

Observa el mensaje nuevamente;

«Milo, disfruté mucho volver a verte anoche ¡ya te había extrañado encanto! espero se vuelva a repetir. Llámame, volveremos a pasarla bien ;) Un beso Selena»

Al francés no le cupieron dudas; su pareja lo había engañado pero, ¿por qué ese mensaje había llegado a su celular? Una sonrisa desganada acompaña a una lágrima que difícilmente puede evitar. Tanto su número como el de Milo eran lo que se llama gemelos comparten los mismos dígitos salvo por el último. Realmente absurdo e irónico. Y que patética la situación, Milo le había entregado a su amante el número de su pareja. Le apretó el pecho, Camus vuelve a buscar calma en su respiración pero siente como en su interior los pedazos de su fortaleza, aquella que ha construido al lado del griego, caen una a una dentro de un agujero que le revuelve el estómago. Necesita llorar, quiere hacerlo pero antes, y con más ahínco, necesita de Milo una explicación.

Se dirige a la cocina, con el alma en un hilo.

Los cabellos rubios, un tanto oscurecidos por la humedad de la ducha, fue lo primero que observa. Camus sabe que perderá ante su pareja, porque es el único que conoce realmente su blando cascaron. Y así lo comprueba cuando los ojos azules y bellísimos de Milo lo observan con ese brillo característico. Se siente desvanecer. Milo amaga una sonrisa.

— ¿Te divertiste anoche?— dice descompuesto.

— ¡Claro! Es una pena que no hayas querido venir con nosotros—decide ignorar la extraña mirada del francés y camina los pasos que los separan. Camus siente que hay un abismo y su cuerpo entero se tensa cuando los fornidos brazos le rodean la cintura— ¿Cómo despertaste? Yo me sentía solo y vine a darte una sorpresita, te preparé el desayuno—y aquella sonrisa endemoniada aparece iluminando su rostro cuando intenta besarlo. Camus siente a sus ojos arder pero en vez de llorar frunce el ceño sin corresponder del todo el beso. Una arcada nauseabunda le baila en el estómago.

— ¿Dónde fuiste anoche?—sabe que suena desesperado mientras lo observa con el rostro pálido y descompuesto. Milo lo nota y algo dentro de él también comienza a descomponerlo.

—Al bar de siempre ¿Sucede algo? Estas más pálido de lo normal, tienes el semblante enfermo—una risa soez casi inaudible se escapa de los labios del francés.

—Me siento enfermo…—confiesa mientras las fuerzas lo abandonan al perder el equilibrio. No cae al suelo y se percata de que Milo no lo ha soltado aún. El rostro del griego se torna preocupado mientras intenta ayudarlo a sentare pero Camus se lo impide.

— ¿Camus que tienes?—le pregunta aterrado—llamaré al médico.

—No, no es necesario. No necesito un médico Milo, solo quiero una respuesta.

—No me gusta que hables así Camus, ¿dime ahora qué sucede?—Milo frunce el ceño al tiempo que la primera lágrima se escurre de los imposibles ojos azules del francés. Ambos quedan varados en una inquietud pasmosa al instante en que de los labios de Camus sale la pregunta;

— ¿Quién es Selena?—dice al fin, con la poca voluntad que le queda.

Silencio.

—Milo…

—No lo sé, Camus ¿Por qué preguntas?—observa al hombre harto conocido, sin embargo siente que aquel sujeto no es su Milo. Un hombre extraño, capaz de mirarle a los ojos y mentirle y lo sabe porque el color ha escapado de su piel.

—Te haré una sola pregunta Milo, y da por seguro que de tu respuesta depende nuestro futuro. Tú no puedes mentirme.

—Camus…

— ¿Me engañas con otra persona?

Ya no hubo más palabras. El Templo de Acuario se sumió en penumbras, dudas y certezas mudas, ya que el silencio es lo más sensato cuando las palabras solo buscan devastar. Camus había muerto, había experimentado el rigor de los enemigos, el sabor de la derrota. La tortura de la deshonra. Había crecido junto a un maestro que no le demostró más que severidad e indiferencia. Conocía el amor gracias a sus padres, a sus compañeros. Alumnos. Diosa… Milo. Mas sin embargo, siempre imperó en él la frialdad de saberse estoico ante las emociones que doblegan al común de la gente. Nunca pensó que podía doler tanto.

—Camus, yo…

Milo no supo que decir. Observó los ojos de Camus. Ese azul profundo tan oscuro y sereno como la más limpia de las noches. El francés, permanecía de pie a unos pasos de distancia, sus brazos caían pesados a sus costados, el flequillo le daba un aspecto por primera vez sombrío, pero aquel rostro se mantenía imperturbable, tal vez, sus cejas, sus bellas y bífidas cejas un tanto encorvadas.

—Sabes dónde queda la salida…—dice. Quiere huir pero su cuerpo permanece inerte donde está negándose a moverse, amenazando con desplomarse a cada segundo.

—Camus, yo…

—Siempre has tenido una respuesta para todo, siempre has sabido qué decirme para hacerme sentir bien y ahora cuando más lo necesito ¿no puedes? dime que la tienes—Milo sintió que aquellas palabras le atravesaban el pecho. No dijo nada—Puedes irte Milo, tal vez los años desgastaron nuestra relación sin darme cuenta—su voz sonaba derrotada, sumamente triste.—No obstante pensé que la confianza que había entre ambos era infinita, tanto como para poder plantear estas dudas—Camus sonríe y llora al mismo momento que de su garganta se escapa un quejido atorado—dime por favor que es mentira, te creeré.

Milo niega sin poder hablar, cerrando sus ojos repletos de lágrimas.

—Sal de mi Templo.

Iba a perder. Camus aprieta sus puños humillado, sabiendo que no había batalla cuando su derrota ya está marcada. El dolor es tal que le quema por dentro. Y vuelve a saborear la amarga revelación de que a pesar de las muchas batallas, de los años y experiencias vividas, no conocía a Milo. En lo absoluto. Malditas lágrimas, maldita debilidad.

Lloró como nunca en su vida se lo permitió.

Milo retrocede un paso. Siente como cada célula de su ser cae tal si fueran escombros, todo conocimiento de lo que lo rodeaba se revuelve en un batiburrillo de desazón y culpa, mientras el llanto de Camus lo golpea como si miles de cuchillos le atravesaran el cuerpo ¿Qué había hecho?

El mundo sigue su cauce. El Santuario no es ajeno a ello, todavía ignorantes de la tormenta cernida sobre el onceavo Templo. Es domingo, aquellos Santos que no cumplían sus obligaciones de patrullaje podían disfrutar de una mañana tranquila. Una mañana de descanso. Descanso que se vio alterado por el fuerte y turbado cosmos de Camus.

Aioria se encontraba en su Templo con su hermano y Saga. La pareja había ido a desayunar con el León, cuando sintieron el estallido.

— ¡Camus!— Aioria se incorpora de su asiento alarmado— ¿Qué habrá sucedido?

—Conociéndolo, seguramente estará congelando a Milo, regresó muy ebrio, por lo que me dijo Kanon—Saga mira serio en dirección a su Templo. Kanon suele ser un dolor de cabeza, Aioros lo observa y luego a su hermano.

—No, algo sucedió—insiste—su cosmos se siente raro, como perturbado, como…

—Triste—Aioros termina la frase un tanto inquieto.

—Debemos ir, comprobar que se encuentre bien—Aioria ya estaba de camino a la salida de su Templo pero fue detenido por el gemelo.

— ¡Espera Aioria! Si es algún tipo de problema entre la pareja, no podemos intervenir. Camus sabe muy bien lo que hace o debe hacer.

—Saga, conozco a Camus y algo malo le ha sucedido, no voy a esperar a que algo grave le pase—no dijo más al tiempo que sale disparado hacia la onceava casa.

—La verdad que me preocupa Camus, es muy raro sentirlo así de desestabilizado— Aioros observa por donde se había marchado su hermano.

—A mí me preocupa más tu hermano, ese amor terminará por enfermarlo a él también—los ojos del arquero se posan en su pareja, su rostro se ensombrece algo triste. Saga tiene razón.

Aioria se encuentra corriendo en las escaleras entre Capricornio y Acuario, cuando ve descender al de Escorpio.

— ¡Milo!—llama—Milo que bueno que te encuentro, sentí el cosmos de Camus elevarse, ¿él se encuentra bien? ¿Qué sucedió? —Aioria recién ahí puede ver el rostro desfigurado por el llanto de su compañero, sintiendo su preocupación aumentar en su interior— ¿Qué sucedió?

—Muchas noches habrás soñado con esto…

Milo no dice más, pasa sin mirarlo a su lado ignorando las mil y una preguntas del castaño, Aioria desesperado, no espera una respuesta, sabe que es absurdo y corre hacia el Templo de Acuario. Algo le dice que lo que había imaginado, estaba en lo cierto.

—Kanon, eres un hijo de puta…—exclama rabiando de cólera. Aunque sabe que el verdadero culpable es Milo.

Toma una bocanada de aire cuando llega a las puertas del onceavo Templo, el aura que emana se siente tétrica y helada. Vuelve a respirar hondo antes de adentrarse, debe verlo. Lo primero que hace es buscarlo en la cocina pero ésta se encuentra vacía. La ansiedad le pica las manos mientras apresura sus pasos hasta la habitación del francés. Duda, siente que invade y falta el respeto a la privacidad que Camus resguarda con celo, pero la angustia puede más cuando en la recamara tampoco lo halla. Solo hay un lugar más dónde puede estar; la biblioteca.

Golpea la puerta, silencio. Toca unas cuantas veces más pero siempre recibe el mismo silencio. Aioria siente que está al borde de la desesperación y abre la puerta de un movimiento brusco. Hace frio adentro y la oscuridad le obliga a acostumbrar su vista mientras sus ojos recorren la estancia en busca de su amigo. El corazón se le estruje al reconocer la figura de Camus sentado en el sillón. Aioria avanza con cautela, comprobando que Camus le permite la entrada, llega hasta él.

—Camus—aguarda un segundo pero el pelirrojo no efectúa movimiento alguno—¿Te encuentras bien?—silencio—Me preocupé cuando sentí tu cosmos, quería asegurarme que te hallaras bien, no quiero entrometerme pero, ¿qué sucedió? Encontré a Milo de camino, no quiso decirme.

—Aioria…—escucha su nombre pero la voz le parece tan extraña que por un momento piensa que es otra persona y no Camus—la confianza entre Santos es tan valiosa como el devoción hacia Athena y yo, acabo de perderla—el ateniense enarca una de sus cejas incapaz de comprender muy bien lo que Camus dice. Lo siente moverse y queda de piedra cuando descubre las lágrimas limpias que manchan su rostro. Aioria solo lo ha visto llorar una vez, ante Athena.—es patético, pero quiero dejar de fingir que no duele, el engaño siempre duele.

El castaño siente como todo su cuerpo se tensa y sus esmeraldas se oscurecen por la furia contenida—Quiero pensar que me levantaré y que fue un sueño… No creo haberme merecido tal trato.

Aquella declaración tan impropia de Camus le explota en el alma casi deseando salir corriendo para arrastrar a Milo hasta el infierno.

— ¡Claro que no! Milo es una basura ¡Y Kanon también por arrastrarlo a esa vida de mierda que lleva!—Grita con todo el veneno encima sin pensar muy bien sus palabras. Camus frunce el ceño algo sorprendido por tal reacción.

—Kanon no es el problema—rebate—Milo es adulto y completamente responsable de sus actos… Me siento sucio—Aioria no da crédito a lo que oye y su rabia incrementa.

— ¡No digas eso! Milo nunca te mereció, ese ingrato, nunca valoró lo maravilloso que eres Camus, no deberías llorar por él.

—Lloro por mí—dice cansado—por lo ingenuo y estúpido que fui—la voz se le quiebra—nunca pensé que…

Y calla porque el nudo es enorme. El corazón de Aioria también se quiebra. Mata la distancia abrasándolo con todo lo que en su interior siente. Camus se lo permite, y también enreda sus brazos en el castaño. Se siente destruido y muy cansado para aparentar sobriedad.


— ¿Estás seguro de esto Milo? Esa misión te alejará por lo menos dos años del Santuario.

—Si Patriarca, creo que es lo que necesito, nadie aquí me extrañará, y yo necesito alejarme.

—Pensaba mandar a varios Santos de Plata para que les tome menos tiempo, pero si es tu voluntad…

—Así es, y creo más… Dos años es muy poco…


Aioria se encuentra sentado en las escalinatas de su Templo. Había pasado la noche al lado de Camus, el francés no se había movido de la biblioteca y aunque no lloró más, tampoco dio señales de querer incorporarse. Le había preparado algo de comer, insistiendo en alguna conversación banal que llevara la mente de Camus lejos de esos pensamientos funestos que le rodeaban pero el francés solo se limitó a beber un té y guardar silencio. Cuando los primeros rayos de sol comenzaron a salir y el castaño comprobó que su amigo por fin dormía, lo cargo hasta su habitación, lo arropó y le dejó un beso en la frente antes de volver a su Templo, necesitaba descansar y calmar la cólera que sentía hacia Milo.

Era pasado el mediodía, quiere ir hacia el Templo de Acuario, hablar con Camus, comprobar que se hallara mejor pero prefiere dejarle un rato más descansando, no había dormido en toda la noche.

Aioria aprieta los puños con rabia al imaginar la supuesta traición de Milo. ¿En qué momento el Escorpión se volvió tan desinteresado por los sentimientos de su pareja? Para el ateniense solo hay una explicación, solo un nombre; Kanon.

El gemelo menor llevaba una viva desenfrenada, no respetaba a nada ni a nadie, no le importaban los sentimientos de los demás, mucho menos de aquellas a quienes enamoró y engañó, destrozándoles el corazón. Kanon solo buscaba pasar el rato, divertirse y tener sexo con una extraña cada día. Y aunque ese comportamiento le molestara, no podía decir nada. Si quería arruinar su vida allá él pero, ¿por qué arrastrar a Milo? El rubio había tenido sus encuentros y salidas de adolescente, se había pasado por varias camas, pero Aioria pensó que después de obtener el amor de Camus, por quien había estado enamorado desde siempre, esas actitudes quedarían atrás.

Camus… El único hombre que se había mantenido puro de entre todos. Todo por el amor que guardaba al Escorpión, todo por respetar sus propios sentimientos, sin imaginarse que él, Aioria, se desvivía por obtener ese amor, que le profesaba en secreto, que lo amaba como no amaría a nadie, y que si le diera la oportunidad, jamás le faltaría el respeto.

Si, Aioria de Leo estaba enamorado, sumamente enamorado de Camus, pocos lo sabían abiertamente, todos lo sospechaban. Incluso Milo, que no era para nada tonto, se daba cuenta de la mirada enamorada del castaño, de la forma en que se refería a Camus, de la manera en que siempre estaba atento a que necesitara algo, de las cosas más insignificantes, como llevarle algún presente del lugar en donde había hecho alguna misión. Todos esos detalles que saltaban a la vista y se caían de evidentes, pero que Camus ignoraba completamente.

— ¿Te encuentras bien?—la voz de Saga lo saca de sus cavilaciones.

—Quiero ir a ver a Camus, pero creo que lo mejor es dejarlo solo, ya bastante humillado se siente.

—Vengo de su Templo, no quiso que lo viera… Aioria ¿Qué sucedió?

—No creo que sea yo, quien deba hablar de sus problemas, no me corresponde—dice suspirando. Saga se acomoda a su lado permaneciendo en silencio por un rato.

—Milo se va de misión esta tarde—dice de repente.

— ¿Qué?

—Una misión que lo alejará por dos años del Santuario—Aioria gira su rostro estupefacto—¿Es ese el motivo?—se atreve a preguntar.

— ¡Cobarde!—grita sin darle una respuesta certera. Aioria aprieta sus puños con rabia ante la mirada confundida de Saga— ¡Eres un cobarde Milo! Huyes para no enfrentar la mierda que provocaste, eres peor de lo que alguna vez pude pensar… Te desconozco completamente—Dice al aire saliendo disparado escaleras arriba.

Saga se queda atónito ante todo lo que oye, y siendo perspicaz como era, comienza a entender la raíz del problema… Internamente comparte las palabras de su cuñado.

No le toma más de unos minutos llegar al octavo Templo, hecho una fiera.

— ¡Milo!—grita. No le importa el escandalo ni mucho menos saber que a Camus no le agradaría su actitud. No le importa, solo desea tener una excusa para golpearlo. Momentos después el rubio aparece molesto por la forma de gritar.

— ¿Qué quieres? ¿Por qué gritas?—dice de mala manera. Aioria entrecierra sus ojos, calmando un poco su cosmos.

—Así que es verdad, te marchas…

—Y eso a ti que te importa, lárgate Aioria, no estoy de ánimos para discutir contigo.

—Eres una rata cobarde.

— ¿Qué dijiste?—pregunta colérico.

—Lo que oíste, destruiste la confianza de Camus, lo humillaste y ahora te vas sin que te importe más nada.

—Vuelvo a repetírtelo ¡No es asunto tuyo!

—No vales la pena… no vales nada.

Aioria sale del Templo dejando a un destruido Milo en medio del salón. Corre hasta la casa de Camus, necesita verlo. Pero cuando llega a Sagitario su hermano lo detiene.

— ¡Déjame Aioros! Debo ir con Camus.

— ¡Basta hermano! Te estas tomando muy personal un asunto en el que nada tienes que ver—dice preocupado.

—Camus es mi amigo.

—Sí, pero tú haces esto por el amor que le tienes, y lo sabes—Aioria inclina su cabeza—Camus necesita de ti como amigo en estos momentos, no dejes que tu amor te nuble.

—Lo sé… Solo quiero estar con él…

—Apóyalo—y lo deja ir.


Sobre la mesa de noche se encuentra una foto enmarcada. Fue Saga quien la había tomado, hace muchos años ya. En ella estaban Milo y él de pequeño, quizá unos seis años, estaban felices y abrazados. Aquella había sido la primera foto que tenían juntos y la guardaba con especial cariño. Luego hubo miles más, de cada etapa, pero siempre juntos. Algunas en Siberia, la mayoría en el Santuario, otras en parques y lugares visitados.

¿Cuándo fue que su camino dejó de ser el mismo?

Había aventado el teléfono sobre la pared cuando volvió a releer el mensaje. El aparato se estrelló, haciéndose añicos por la fuerza del impacto. Añicos, así siente a su corazón. Camus respira hondo y limpia una lágrima rebelde. No quiere y sobre todo no debe llorar más, no por algo tan burdo, no por alguien quien no lo respetó.

Y sabe, sin embargo, que es tan solo una farsa de su orgullo herido, porque quiere llorar como desquiciado y recriminarle todo, señalarlo con el dedo y dejar que se pudriera en la vergüenza. La misma que siente en carne propia, supurando por cada poro ¿Cómo saldría y miraría a los demás? No quería ver la lástima, la burla en sus ojos.

Milo le había arruinado la existencia. Así como alguna vez la hizo brillar con intensidad.

— ¿Camus?—oye a alguien llamarlo desde el salón. Es Aioria.

Eleva apenas su cosmos para indicarle que se encuentra en su habitación. El griego llega titubeando y camina lento hasta sentarse justo a su lado. Observa los restos de lo que piensa era su celular, pero no dice nada. También observa la foto que sostiene en sus manos.

El silencio impera por un largo tiempo, hasta que escucha un suspiro.

—Va a ser difícil dejar ir todas estas cosas… son muchos recuerdos.

—No te quedes con lo peor de los recuerdos Camus, esa foto no tiene nada que ver con lo que ocurrió, ahí eran niños, eran amigos… debes guardar los mejores recuerdos de lo que vivieron juntos, así podrás seguir adelante.

—Gracias—dice de repente, mirándolo a los ojos. Aioria se remueve apenado por esa mirada.

— ¿Por qué me agradeces?

—Por estar aquí conmigo. Por comprenderme y no observarme con lástima, eres un buen amigo Aioria—sonríe. Hay algo en sus palabras que lo conmueve inmensamente. Tal vez el hecho de que Camus jamás ha sido así de abierto con él.

—Para eso estamos los amigos Camus—pasa un brazo por sus hombros para animarlo, pero el animado fue él, cuando Camus recarga su cabeza sobre su hombro—vamos déjame prepararte algo de comer, no quiero verte más delgado.

Camus suelta una risita queda. Lo ama. Aioria se pierde en ese sonido que encanta a su corazón. Quiere estar con él para ayudarlo y que vuelva a ser esa persona altruista que el mundo conoce. Sabe que lo logrará, es el Santo de Acuario después de todo.


Milo observa su bolso. No lleva más que lo esencial, algunas prendas. Una foto. Estar afuera por más de dos años no será fácil, pero es el castigo que se impuso. Eso y el bien merecido desprecio que ganaría de todos sus compañeros, Aioria fue el primero, conoce sus razones pero no por ello dejan de ser menos destructivas. Observa el portarretrato vacío en su mesa de luz, las lágrimas no tardan en aparecer.

Milo se arroja en su cama incapaz de permanecer en pie, el dolor en su pecho es insoportable, siente la necesidad de desgarrárselo para aliviar el sufrimiento, pero solo conseguiría avivarlo. Comienza a golpear sus muslos mientras grita. Quiere sacarse esa sensación de culpa, se siente fétido. Se deja caer en la cama sintiéndose desfallecer cuando el aroma de Camus, el que conserva su almohada, lo abraza. Es un miserable y lo sabe.

Vuele a repetirse una y mil veces ¿Qué ha hecho?

Si, si lo había engañado, se había acostado con otra mujer, a quien vagamente recordaba. Había bebido demasiado, había sido desconsiderado y egoísta. No pensó en las consecuencias o en todo lo que estaba destruyendo.

Camus lo odia. Camus que le entregó todo lo que era, la pureza de su cuerpo, lo sincero de su amor, las sonrisas que solo a él le pertenecían. Lo ha perdido todo, y no encontrará consuelo en las lágrimas.

Sabe que Camus jamás lo perdonará, por lo que ha tomado la drástica decisión de abandonar todo. Dos años tal vez servirán para cerrar la herida, no la suya. La mancha la llevará marcada de por vida.

—Perdóname Camus… Te amaré siempre—dice al aire.

Se coloca su caja de Pandora al hombro, y toma el bolso. Se escabulle para que nadie lo vea, sintiendo en su cabeza el resonar de las palabras de Aioria «Eres una rata cobarde» Cuanta razón tiene, piensa. Se aleja del Santuario sin mirar atrás, y parte hacia los confines del mundo.

La misión era exterminar a todos los renegados que aún se dispersaban por el mundo, guerreros que no pudieron obtener la Armadura y que peleaban como bandidos, causando terror. Para él, un Santo de Oro, no generaban mucho inconveniente, pero como éstos sujetos saben sentir el cosmos, debe viajar en avión, trenes, barcos. De ahí es que le llevará tanto tiempo… descargar su frustración con esos infelices le hará bien. Tal vez y con ayuda de los Dioses volverá sintiéndose mejor, para tratar de recuperar el amor de Camus.


La tasa se estrella contra el suelo, esparciendo el té que antes bebía, su mirada se torna brumosa.

— ¿Se machó?

—Discúlpame Camus, pensé que lo sabías—dice apenado Aioria.

Camus no dice más nada, impactado por la cobardía de quien alguna vez lo amó sin barreras. Milo se había ido, se había marchado de su lado para siempre. No le importaron sus sentimientos, no le importó saber cómo se encontraba.

Camus con todo y dolor, aun lo ama y hubiera dado cualquier cosa con tal de verlo parado frente a su casa y pedirle perdón. Hubiera dado cualquier cosa con tal de escucharlo decirle que aún lo amaba ¡Lo habría perdonado! Es que su corazón se habría quebrado ante el heleno y arrojado a sus brazos ¡Lo ama! Lo quiere a su lado para hablar y solucionar algo que tal vez era una nimiedad.

Pero no, se marchó sin siquiera despedirse, sin hablarle, sin mirarlo… sin amarlo

Camus de Acuario jura sobre su nombre que borrará a Milo de su corazón.


No había Soul of Gold en aquel momento, así que Camus no era el traicionero xD

Gracias por leer.