Dos años después del chasquido

Las calles de Nueva York nunca han sido del todo seguras. Ni siquiera estoy siendo la mitad de la población normal. Pero la juventud es testaruda. Arlytte Rymer, nuestra protagonista, no es la excepción.

Saber por qué no debe salir tan tarde no evita que salga por la ventana de su habitación a las calles de Brooklyn. Una vez en el suelo, se pone la capucha de su chamarra y sube el cierre de esa. Lo único que quiere es salir, despejarse. Salirse por los momentos de su realidad y entrar en un mundo de ensueño. O de distracciones, mejor dicho, porque soñar se le antoja desolador.

El tiempo pasa y ella sigue caminando sin rumbo alguno hasta parar al condado de Queens. En realidad ella no vive muy lejos de este, pero aun así es una distancia considerable. Sus pensamientos hacen tanto escándalo, tanto barullo, que no nota cuando un hombre comienza a seguirla al retornar en una calle cerrada. Para él, era obvio que la chica no era de allí. Le parecía una callejera, alguien a quien no extrañarían. Lo que podemos decir que es, en parte, cierto.

A los pocos minutos, es cuando Arlytte nota al otro sujeto, encendiendo sus alarmas y entrando en un pánico silencioso, pero igualmente caótico. Sus pensamientos llenos de problemas macabros haciéndole aún más difícil el concentrarse en buscar una solución. Al fin y al cabo, es solo una niña de trece años.

Desafortunadamente el desconocido, a diferencia de Arlytte, conoce el lugar y rápidamente la arrincona en un callejón. El pánico, que comienza a correr por sus venas, despierta la adrenalina y así se hace carga de sus sentidos. Arlytte comienza a sentir que el ambiente baja rápidamente de temperatura, lo cual la alarma aún más. No puede dejar que eso le suceda allí.

El sujeto registra la distancia entre ellos y la sujeción con la fuerza de los brazos para girarla hacia él. Un quejido venta de la boca de Arlytte antes de escuchar un grito de su atacante. Al girarla se topó de golpe con su rostro azul y sus ojos rojos, asustándolo y ocasionando que la suelte de golpe.

Cuando Arlytte cae al suelo, lleva las manos a este como reflejo, sin tener en cuenta lo que ocasiona con eso; desde su toque, una capa de hielo va cubriendo el suelo hasta pasar por donde el hombre intenta huir.

Al notar el hielo, Arlytte quita las manos del suelo rápidamente e intenta volver a su apariencia humana. Pero ya es muy tarde. El hielo se extiende hasta el inicio del callejón, por donde el hombre intenta huir ocasionalmente que se resbale y golpee su cabeza con un trozo de metal que está allí. Arlytte se levanta y camina con cautela hacia el cuerpo del sujeto. Toca con cautela su cuello, aunque por los nervios no logra ubicar el lugar correcto. Cree que está muerto, pero no es así. Aún no.

Arlytte no es consciente de que mientras más se altera, tiene menos control sobre sus habilidades. Está enfriando poco a poco al sujeto. Para cuándo ella es capaz de reaccionar y salir corriendo de allí, es muy tarde para aquel hombre. Su temperatura es realmente baja y su pulso se desvanece, ahora sí, por completo.


Los reporteros suelen armar toda una campaña con solo dos líneas de información. Tony lo verificó una vez más al leer el periódico de esta mañana.

«¿Nuevo héroe en Queens? »Rezaba aquel titular. Tony admite para sí mismo que una parte de él esperaba algún indicio de Spiderman, pero la realidad le dio una fuerte bofetada.

No había rojiazul, no había telarañas ... no había un joven llamado Peter. Esta vez sé lo que ocurre con algo menos arácnido y más helado. Un callejón de Queens convertido en una pista de hielo donde la policía encontró el cadáver de un hombre con un extenso historial. Su nombre, Maxwell Ferrell. Su historial variaba desde manejar tomado hasta manejar. ¿Cómo era un hombre así seguía en las calles? Justicia americana.

Ferrell sufrió una leve conmoción cerebral, por lo que no era la causa de su muerte. De hecho, no había causa de muerte aparente. Claro que eso no se le comunicó a la prensa.

—Si sabes que este "hombre de las nieves" no va a regresarte al chico, ¿no? —Pregunta su amigo Rhodey, entrando al laboratorio de Tony.

Dicho hombre está inmerso en su reciente obsesión, como la llaman Rhodey, Pepper y Happy, con el chico del hielo.

—Lo sé. Pero me parece que sus poderes son difíciles —miente sin girarse a mirarlo.

Sí, una parte de sí busca al chico invernal como consuelo por su pupilo anterior. Como un reemplazo. Pero eso no va a admitirlo en voz alta.

—Los mismos de un rayo congelador. No es la gran cosa.

—Incluso si serían los de un rayo congelador, sería asombroso que alguien lo haya creado.

—¿Qué es eso?

Tony no se había dado cuenta de que tanto se había acercado a su amigo hasta que había estado a un lado suyo. Los registros de la biopsia de Ferrell y el informe político están distribuidos en la mesa en la que Tony está trabajando. Rhodey selecciona uno de la biopsia para agrandarlo y leerlo.

—¿Hipotermia?

Tony se recarga en el respaldo de la silla giratoria y se gira hacia su amigo.

—Lo estás leyendo, ¿no? Hipotermia —Tony se estira en la silla, disfrutando de la creciente curiosidad de su amigo—. La temperatura exterior rozaba los veinte grados, pero el hombre iba bastante abrigado.

Rhodey se recarga en la mesa, inclinándose hacia Tony.

¿En serio? —Vuelve a preguntar, incrédulo. Tony le regala una de sus clásicas miradas irónicas.

Tony niega con la cabeza, a la vez que se estira. Y, por más que el coronel espera su caída, no sucede.

—Congeló todo un callejón y un hombre de 97 kg. Seguros quiero saber más de él y sus poderes —se encoge de hombros, sentándose bien esta vez—. Quién sabe ... quizás se trata de un mercenario como el rojinegro ese.

—Deadpool —apunta el moreno, pero el otro lo desecha con un gesto desdeñoso.

Tony se gira en su mesa de trabajo para metros de lleno una vez más en su exhaustiva investigación.

—Estoy seguro de que dejó un hilo suelto y yo voy a tirar de este hasta llegar al final.