Disclaimer: no gano ni un sol con esto, lo cual es una verdadera lástima.


Cuando cerró los ojos, las lágrimas se deslizaron por sus mejillas. Sansa se las secó, sin importarle si ensuciaba sus guantes blancos con el colorete. No era justo. Se mordió el labio, temblando de frío, de enfado y de tristeza; de nuevo las lágrimas asomaron a sus ojos. Solo dejó de sollozar cuando escuchó el sonido de unos zapatos de tacón.

—¡Sansa! —Daenerys Targaryen apareció envuelta en una gruesa capa de piel. Su expresión se suavizó—. Sansa…

—Por favor… déjame sola —pidió en un hilo de voz. Lo que menos quería era que ella la viera así: se sentía demasiado humillada.

—Joffrey Baratheon fue un idiota. —Las mejillas se le encendieron de pura indignación, y Sansa se preguntó por qué a la campeona de Durmstrang le importaría tanto el que su cita la despreciara en el mismo baile por Margaery Tyrell.

Sansa suspiró; era mejor no pensar en ello.

—Ya no importa. —Se frotó los brazos y desvió la mirada. Qué ridícula se sentía… ¿qué pensarían sus padres?, ¿cómo se lo explicaría a sus hermanos? Se acordó de las cartas que había escrito, ebria de la emoción. ¿Por qué no se moderó?

—¿Quieres regresar?

Sansa negó.

—Tú deberías volver. Seguro han advertido tu ausencia.

—No me importa. —Daenerys se sentó a su costado, y Sansa se sorprendió cuando le colocó la capa sobre sus hombros, brindándole una calidez tan reconfortante como el aroma a limón que desprendía. A ella también le gustaba el olor a limón…

La luna iluminaba su cabello de nieve, tan diferente al suyo. Se relamió los labios.

—¿Por qué? —se atrevió a preguntar.

—Porque quiero. —La miró directo a los ojos, causando que unas manchas rojas aparecieran sobre sus altos pómulos Tully.

Sansa reconoció la hermosura de sus ojos de amatista.

—G-gracias… —musitó; solo podía sentir en esos momentos. Entonces dijo de pronto—: ¡Acércate a mí…!, debes… debes sentir frío…

El rostro de Dany se iluminó.

—Cualquier… pasión absurda que sintiera por él… ha terminado… —declaró Sansa, y a Dany le gustó el tinte poético de sus palabras. La espesa capa cubría ambos cuerpos. Apoyó la mejilla sobre su fino hombro y cerró los ojos, aspirando su delicioso aroma. Sansa Stark, con su cabello de fuego y su sensibilidad, la había puesto bajo un hechizo, avivando su calor, desatando una tormenta.

Dany recordó las ponzoñosas palabras de su hermano, y se dijo que tal vez, alguien sí se atrevería a amar a un dragón.