Notas: Antes de empezar quiero agradecer a toda persona que va a leer esta historia sin sentido jjjjj. Esto lo pensé hace tiempo porque en serio necesitaba con toda mi alma poder escribir algo así, eso no significa que actualice a- mentira...
Disfruten trocitos.
Disclaimer: Haikyuu y sus personajes no me pertenecen, son propiedad del queridísimo maestro Furudate.
Introducción
Nunca sé cómo empezar a escribir.
Hoy estoy aquí, un día de verano no tan radiante y que se confunde con el entrante otoño, ordenando las ideas en mi cabeza. Es difícil, lo sé, porque no tengo manía de escritor, y mucho menos tengo alguna que otra experiencia más allá de unos que otros proyectos escolares. Pues sólo soy eso, un amateur en el ámbito, creo que ni siquiera sería considerado siquiera llegar a ese puesto.
Amateur o no, quizá lo sea también en la vida misma, en la rutina. Salgo días de por medio a trotar para no perder la poca estabilidad de atleta, mi dieta no contiene demasiados carbohidratos ni carnes rojas y me gusta dormir pasada la medianoche. Ahora son las tres de la madrugada y hay algo que no me deja dormir, lo resumo a ese algo porque en realidad son una infinidad de infinidades que no me da el cuero para enlistar, de hecho, antes de empezar a pensar me volvería loco de remate, si es que ya no lo soy. Y aseguro con la poca cordura que ando recuperando, que antes estaba aún peor.
Soy una de esas personas que no encuentra consuelo en ningún lado, sonará miserable pero así es como me siento, puro y palabra. Soy como un alma perdida en busca de algo que jamás encontrará. Algunos dicen que me veo triste y otros dicen que me veo bastante recuperado, siempre suelo atinar al "sí" cuando me lo comentan porque nadie se equivoca ante mi aspecto, que está afuera y todo el mundo puede verlo independientemente de cómo me sienta. Porque eso somos las personas dentro de una sociedad, una construcción de lo que los demás ven de uno, de ahí nacen varios refranes que me da flojera citar.
Hay veces que no estoy triste, que mi mente se dispersa e intenta ahogar ese sentimiento con actividades que me duran poco o nada. Y cuando algo se acumula por mucho tiempo, estalla. Me veo a mí mismo cayendo en una fosa y trato de no colapsar por completo, trato de aferrarme a alguna pared y continuar de pie, ya que el destino mismo o el Altísimo han decidido dejarme en vida sobre la tierra un poco más. Un poco suena minúsculo, como si hablara sobre segundos, pero en realidad me enfoco en años que se me pronostican vacíos, años que aún debo trazar.
El otro día, también a altas horas de la noche, entré en una especie de limbo y, con lágrimas a más no poder, tomé el teléfono y llamé a un amigo mío que conozco hace tiempo, pero éramos más unos rivales frustrados que cualquier relación sana. Contestó al tercer pitido, tiene sólo dos años más que yo, pero con la papa del sueño atorada en la boca su voz sonó similar a la de un vejestorio.
-¿Son casi las cuatro de la mañana? -Ni idea por qué su comentario sonó como pregunta. No recuerdo tanto la conversación, sólo se me viene a la cabeza mi cara toda congestionada y las palabras entrecortadas con sollozos. Me sentí igual a un edificio derrumbado, un terremoto, una avalancha… ¡Como todo desastre colosal! Y él hizo todo lo posible para calmarme porque, por razones obvias, en esas condiciones no podía solucionar nada.
A esta altura sigo sin poder solucionar nada.
Oikawa Tooru, así se llama mi amigo-rival-enemigo-y otra vez amigo, no soy de clasificar a las personas pero algo en mi interior me dice que debo hacerlo con él. En fin, Tooru (quien se me ha pegado llamarlo por el nombre y no más por el apellido por cuestiones que seguro explicaré luego, supongo) se quedó como por hora y media escuchándome sollozar, llegó tarde al trabajo ese día y mientras el cielo pasaba de azul a naranja decidió invitarme a una cafetería, la misma donde yo solía recurrir religiosamente todas las semanas desde mi llegada a Tokio. El lugar era de esos donde la decoración es muy hogareña, con cuadros pintados a mano colgados por la pared y macetas únicamente con plantas, no flores. Con Tooru nos acomodamos en los sofás de cuerina color abedul, uno frente al otro, él agarró una servilleta y pasó por encima de la mesa de madera ya un poco agrietada por el paso de los años, quitando así todo rastro de humedad. Agosto es un mes muy húmedo, caluroso pero asquerosamente húmedo.
-Tienes la nariz roja- comentó mientras doblaba la servilleta de papel en cuatro partes iguales. Yo me rasqué la oreja para no tocar justamente mi nariz, el olor a perfumes cítricos empeoraban mi comezón. Se me aguaban los ojos y tuve que entrecerrarlos un poco porque molestaban, y no sólo a mí -No pongas esa cara que me das pena y eso es lo último que quiero que pase.
Asentí despacio y, en eso, llegó una mesera junto a nosotros. Era joven, quizá sea una colegiala con un trabajo de medio tiempo, vestía una falda campana negra hasta las rodillas y una camisa color crema, llevaba una libreta demasiado pequeña para mis manos pero perfecta para ella, y sus labios rosados se movían elegantemente para pronunciar las palabras. Tooru estaba embelesado y se dirigió a ella con una voz de cereza dulce, muy dulce, al almíbar con miel. Pidió un café cortado con leche para él (porque Tooru es capaz de bajarse un litro de café a cualquier hora del día) y un té de canela para mí, la mesera anotó los pedidos y se despidió con una sonrisa para ambos. Ay pequeña, quisiera poder devolverte la sonrisa pero hay algo tirando de mi alma que me impide hacerlo. Tooru no podía leer mentes y aunque le cuesta tratar con las personas fuera de la cancha, él lo supo.
-No tienes que forzarte si no puedes.
Asentí nuevamente y nos quedamos en silencio utilizando nuestros celulares, yo estaba navegando distraídamente en una red social que tenía abandonada y Tooru, por los bufidos que le costaba tanto reprimir, concluí de que estaba discutiendo con alguien por chat. Algo me llamó la atención en mi pantalla, era un encabezado que dictaba: "Las personas tenemos un círculo de almas que nos acompañarán para siempre" y debajo tenía una imagen adjunta que no recuerdo si era de una persona o algo aferrado a lo fantástico, como la luz atravesando un cúmulo de nubes. No, eso sería demasiado religioso.
Entré a leer de qué trataba, era un hilo de tweets que explicaban la dicha teoría que las almas están unidas por otras y forman parte de un enorme círculo que transciende en el tiempo. Se me vino a la mente una de las películas que vi de niño, se llamaba "El amor que trasciende en el tiempo" y se ubicaba en dos épocas: el Japón feudal y el actual; fue lo primero que relacioné, luego recordé el mito de las almas gemelas y se me encogió el corazón. El hilo terminaba con el link de descarga de un libro cuyo autor era un psiquiatra que su nombre fue mencionado varias veces en mi lectura pero pronto lo olvidé. Descargué el pdf del libro y leí en voz baja el título:
-Muchas vidas, muchos maestros.
Tooru levantó la vista de su teléfono unos segundos para mirarme y luego regresó a su discusión silenciosa.
-Es un buen libro- comentó casi sin interés -Lo leí hace bastante tiempo pero creo que depende de cada uno si debe creer o no lo que hay escrito allí.
No me dio tiempo para procesar lo dicho, mi mente estaba en otra parte, arriba por ejemplo, en el infinito, donde deseaba estar. En eso llegaron nuestros pedidos,el sabor picante de la canela por mi paladar me trajeron recuerdos que agrietaron aún más mi corazón. Y cuando ya iba por la mitad de la taza mis manos empezaron a fallar, la porcelana tambaleó cuando lo dejé sobre la mesa y ya no me pude contener. Tooru cambió asiento para sentarse a mi lado, me recargó en su hombro y no le molestó que mis lágrimas le mancharan la camisa.
-No te contengas, por favor, no lo hagas.
Por más que me pidiese por favor (palabras que casi nunca utiliza y menos conmigo) quise callar mi llanto, ocultar mi tristeza. Sólo lloré en silencio, como el agua de llovizna que cae silenciosamente por el cristal de un ventanal, me hice la comparación porque afuera justo empezó a llover. Tooru pagó la cuenta, ninguno de los dos acabó sus bebidas, tampoco ninguno estaba dispuesto a pensar que la mitad del dinero literalmente se fue a la basura. Yo ahora lo menciono porque una parte de mí quiere hacer cuenta de todo lo que le debo a Tooru, aunque él nunca me reclamó nada. No entiendo por qué me duele cuando no me reclama nada.
Tooru abrió un paraguas transparente que yo no me fijé que traía, pues en algún momento de su vida se volvió precavido (o mejor dicho, paranoico-obsesivo) y cuando ve una sola nube gris ya se prepara hasta incluso para un diluvio. Hizo un movimiento extraño para cargar con el paraguas con una mano y sujetarme con la otra mano sin que nadie se moje, nos encaminó hasta su auto estacionado, me hizo sentar en los asientos traseros y él se ubicó en el asiento del piloto.
Me picaban los ojos, me chorreaba la nariz, era incapaz de contener las lágrimas. Tooru me entregó unas servilletas de papel con el estampado de alguna pizzería, las usé para sacarme unos cuantos mocos de una sonada, en otro momento me parecería asqueroso pero yo en otra cosa no alcanzaba a pensar.
-No puedo, no puedo- ni yo entendía lo que decía en mis sollozos descontrolados -No quiero continuar, no puedo.
Empecé a hipar cuando Tooru me tomó de ambas manos, a mi me chillaba la voz atorada en la garganta, él puso una cara de dolor que no supe descifrar, y de pronto creí que volvería a tener doce años y que estaría frente al derrumbe de la persona que más admiraba. Me sentí impotente por el simple hecho de que Tooru se veía impotente, una culpa rara me invadía y yo quería eliminar de mi existencia todos los males que me acechan, pero uno con el corazón roto no puede remediar sus problemas, sus sentires. Y mi única calma momentánea era llorar, llorar y desahogarme para poder continuar normalmente unos días más antes de volver a caer en la realidad y continuar llorando. No había cura, no podía curarme y lo sabía más que nadie.
Me tranquilicé al cabo de unos minutos, justo cuando la lluvia menguó y el crepúsculo desapareció para dejar el cielo de un color violeta oscuro. En ningún momento Tooru me soltó las manos, él dejó escapar una corta risa que me descolocó.
-Eres como ver un reflejo mío de mis peores épocas- mencionó con una sonrisa vaga, me sorprendí porque yo tuve ese mismo pensamiento minutos atrás, me imaginé a Tooru rasguñando el suelo después de cada derrota. Pero en el ahora, también me lo imagino volviéndose a colocar de pie. -En momentos como este, cuando te sientes incapaz hasta para seguir respirando, te frustras y lloras hasta secarte. En cambio, yo solía desgastar mis músculos y reventar los espejos de casa. ¿Te imaginas los años de mala suerte que me habrá caído? Será por eso que estoy aquí limpiándote los mocos en vez de estar tomando una caipiriña en un crucero por el Atlántico.
Aunque sus palabras sonaron un poco venenosas, eran dirigidas con el fin de subirme el humor. Quise reírme pero las ganas se quedaron en mi pecho y de ahí no se fueron.
-Perdón. No sé qué más puedo hacer- repetí, una y otra vez. No sé, no sé, nunca lo sabré. Me rendí recostándome por el respaldo de los asientos. Tooru soltó mis manos.
-Está bien, es normal. Y no me pidas perdón o te mando a volar del auto.
-Es que…
Tooru hizo un largo shhhh y arrancó el motor del auto pero no lo puso en marcha, dejó sus manos en el volante y yo me volví a rascar una oreja con nerviosismo. Quería irme a casa pero sabía con certeza que nadie me dejaría solo en estas deplorables condiciones, y Miwa no estaba en Tokio. Tooru revisó su teléfono y un globo de chat saltó a la vista, no alcancé a leer lo que decía porque no tengo vista de halcón y con los ojos hinchados la letra me parece hecha para que lo lean las hormigas, Tooru puso de nuevo esa cara fea que era igual a la de una uva pasa o una aceituna podrida. En vez de leer el chat entró a buscar un contacto y lo llamó, a pesar de no estar en altavoz la voz del otro lado de la línea resaltó enérgicamente con un "¡¿Dónde estás?! ¡Dijiste que vendrías directo después del trabajo, te perdiste el nuevo episodio…!" que poco a poco fue perdiendo volumen.
-Voy pronto a casa, sucedió algo… sí, sí, estoy con él- dijo mirándome de reojo -Va a quedarse a cenar y a dormir y a desayunar… ¿No será molestia? Sabes que me cae mal.
Bueno, Tooru fue desplazado de la lista de relaciones sanas para regresar a su puesto como rival o lo que sea. Me incliné para acostarme completamente ya que estaba agotado de todas las formas posibles. Vi como Tooru sonrió, no me fijé en qué momento terminó la llamada.
-Has regresado, estás arrugando la cara de nuevo- asumió con un tintineo en su voz que usaba para burlarse de los demás, tintineo que duró justo eso, como una sola campanada hueca que hace eco en un pueblo desolado -Prefiero que mantengas esa cara pero qué se le puede hacer.
Durante el trayecto me quedé dormido, bueno, no realmente; estaba entre el sueño y la vigilia, en ese espacio-tiempo en que no sabes si lo que ves es producto de tu imaginación o la realidad. Abrí un poco los ojos y observé el parabrisas repleto por puntos rojos brillantes, eran lógicamente gotas de lluvia reflejando las luces traseras de otros coches pero mi yo no pensante asumió que era algo mágico como luciérnagas rojas o purpurina que se impregnaba en mis ojos, lejano a la realidad; lejos, muy lejos. Desvié la mirada hacia un punto, hacia el piloto, y lo vi a él. Él estaba allí. Con su gesto suave y sus párpados encapuchados ocultos bajo un flequillo desastroso.
Quería hablarle, decirle algo, decirle muchas cosas hasta que se me acabasen las palabras. Pero cuando parpadeé me di cuenta que en realidad no hay luciérnagas rojas, que afuera llovía de nuevo y que era Tooru quien conducía. En su mejilla me fijé el reflejo similar a lo que cubría todo el parabrisas del auto, vi las lágrimas cayendo en silencio que brillaban con fulgor ante las luces rojas. Me pareció tan fantástico, como un cuadro del fovismo. Me asombré ante las realidades que se mezclan y me hacen ver algo que no sé si de verdad está allí.
Me hice del dormido para que Tooru no descubra que lo vi llorar, me sentí un poco mal al pillarlo en esas condiciones. Me di cuenta que cuando las personas se quiebran, se rompen, hay otras que intentan volver a repararlas juntando las piezas y se cortan en el proceso, se hieren, les duele. A Tooru le duele mi dolor, le desespera mi desesperación, y tampoco sabe qué hacer cuando yo me quedo sin opciones en la vida.
En momentos como este nadie sabe cómo continuar.
Perdí el hilo de lo que ocurrió después, seguramente llegamos al departamento compartido de Tooru, también cenamos en conjunto. La persona que residía allí junto con Tooru es mi ex compañero de equipo de la preparatoria, Sugawara Koushi, quien siempre tiene las puertas abiertas para mí (con o sin aprobación de Tooru, le vale un comino) y sabe preparar un pastelón de papas que con imaginarlo ya te haces agua en la boca. Esa noche no cenamos pastelón de papas, es lo último que recordaré antes de sumirme en el sueño nuevamente.
Me doy tantas vueltas en un perímetro reducido, ya ni sé para dónde voy, quiero decir una cosa y me pierdo entre palabra y palabra hasta tener un cúmulo que me pesa en la parte del frente de la cabeza. Y por un dolor de cabeza me levanté esa madrugada, no concilié el sueño por más ruedos que me diese en el futón que me prestó Sugawara. Prendí mi celular y traté de revisar algunas que otras cosas que tenía por allí, mis archivos descargados por ejemplo, donde guardo las pocas fotografías que recuperé de la nube, el resto se perdió junto con mi antiguo teléfono.
Ya no me quedaban lágrimas cuando me detenía a ver cada fotografía, detallé los gestos de su persona, las sonrisas, las expresiones serias cuando no estaba mirando la cámara, los rostros graciosos que solíamos poner cuando nos quitábamos una selfie. Me mordí el labio para no reírme cuando encontré una foto suya que le había quitado justo en el momento en que se llevó una papa frita con kétchup a la boca, y pensé embobado: «te extraño demasiado».
Revisé un poco más y caí con el archivo que había descargado unas horas atrás, lo abrí y lo leí detenidamente. En un parpadeo me consumí casi cincuenta páginas y ya era de mañana, lo que me trajo a la realidad es la voz de Sugawara, quien se despertó al son de su alarma que por alguna razón sonaba a domingo, pero ese día era sábado.
-¿Dormiste algo?- Me encogí de hombros bajo la frazada ante su pregunta. Sí dormí, no lo suficiente pero lo hice. No desvié la mirada de mi lectura, Suga se rascó la coronilla del pelo y bostezó cuando se enderezó en su cama -¿Qué haces?
-Leo.
-¿Y es interesante?
-Algo así- me oculté aún más en la calidez del futón, como si por un segundo quisiese desaparecer. ¿Pero cuándo fue que me volví un caparazón andante? Se me viene ahora mismo a la cabeza la actitud del armador este de Nekoma, lo digo así porque soy malísimo con los nombres, tal cual soy horrible al tratar de continuarle un hilo a lo que cuento. -Relata muchas cosas de una forma clara, no es de esos libros que debes leer y releer mil veces para entender- qué ironía.
-Entonces te gustan las cosas sencillas- no supe porqué llegó a esa conclusión, ninguno se movió de su cama -¿Te gusta leer?
-No exactamente.
-¿Y escribir?
-No lo he probado.
-Te ves triste- una vez más no tuve ni pizca de idea de cómo Sugawara llegaba a conclusiones tan rápidas que hasta eran capaces hasta de asaltarme -¿No pensaste… en cómo sacar esa tristeza de ti?
-Intenté ir a la psicóloga-«pero la odio» pensé tentándome a decirlo en voz alta. La psicóloga, alias "la robot" para mí, es una dama sin sentimientos que sólo desea borrar una parte de mi memoria sin curar la verdadera herida que me está matando lentamente, incluso se me volvía agria la lengua al mencionarla con su "nombre profesional" -y no funcionó.
-Sí, pero digo, por otros medios. ¿Sabes? No todos pueden expresar lo que tienen en su interior hablando,- citó lento y somnoliento, tanto que aburría, y no quería que eso sucediese. Quise instarlo a continuar, así que me lo quedé mirando fijamente, él no lo pilló y se revolvió en su cama hasta poder levantarse -tú tienes mucho en tu interior, tienes muchas cosas por decir ¿cierto? Y por eso lloras. Lloras porque es una forma de liberarte, pero las personas no entienden cuando lloras y eso acaba frustrándote. Como un círculo vicioso. Y a veces pienso: diablos, quiero ayudarte; sin embargo, no puedo entenderte, y por eso no sé cómo extenderte una mano o decirte algo más allá de lo que todos te dicen siempre.
-Suga…
-¿Quieres panqueques de banana o de arándano? -Me cortó cuando se bajó del colchón y estiró las extremidades. Di por cerrado el tema anterior, Sugawara a veces es difícil de entender.
-De banana.
-Qué suerte, porque creo que ya no nos quedan arándanos, no pienso bajarme al market antes de las nueve.
Así concluyó nuestra conversación esa mañana, lo que sucedió el resto del día fue algo de poca importancia, muy regido a la rutina. El domingo me sacaron a pasear en el coche de Sugawara y terminamos comiendo crepas dulces en una tienda que da la vista al mar, caminamos descalzos por la playa y Tooru mandó comer arena a Sugawara cuando éste le tiró una concha por la cabeza y se le atoró en el pelo. Yo digo que es culpa de Tooru por tener el pelo tan escandaloso, no se lo corta hace meses y tiene que atárselo por la mitad porque si se recoge la cabellera entera las gomas se le salen volando.
El resto de la semana me pasé leyendo el libro en cada hueco que tenía en la agenda, en las idas y vueltas en tren, en el baño, mientras comía, antes de dormir. Cada vez que terminaba un capítulo se me venían las palabras de Sugawara a la cabeza, eran como un constante eco que cuando no le prestaba atención se mantenía leve y luego, cuando menos me lo esperaba, resonaba a toda su disposición.
Y así, y asá, terminé el libro al cerrar la semana. Como ese viernes daba veinticinco prendí una vela sobre un platito y lo coloqué en una de las estanterías que tenía en la sala, justo entre un cuadro con una foto de nosotros dos y su disco favorito, que fue un regalo de mi parte.
Mantuve el departamento entero en silencio por unas horas, yo sólo me dediqué a pensar en infinidades y a picar papelitos porque pronto sería el cumpleaños de Yachi, y Yamaguchi, aún con su manía de capitán, nos metió a todos en una misma bolsa para realizarle una fiesta sorpresa. Y aunque faltase más de una semana yo ya me quería anticipar con mis mandados. Antes que se hiciera tarde lo visité, le llevé flores, globos y la marca de su cerveza favorita. Vi llegar a algunos antiguos amigos que residen actualmente en Tokio, junto con ellos su hermano, que justo coincidieron con mi visita; nos sentamos en el césped a beber cervezas antes que los guardias nos viesen. Uno de los chicos trajo distintos tipos de cupcakes y nos quedamos comiendo y conversando hasta que atardeció. Pregunté por los padres, su hermano me dijo que estuvo comunicándose con ellos y como el día cayó entresemana sería difícil venir hasta Tokio, que quizás vinieran mañana. Entre todos acordamos volver a venir junto con ellos también.
Conversamos un poco más mientras recorríamos las calles hasta llegar a la parada de buses, y luego cada uno tomó su propio camino a casa.
Esto soy, un alma que va recorriendo un barrio en Tokio, un alma al cual las luces neones le pintan el cuerpo; al cual la brisa, que encuentra libertad propia a la noche, le refriega todos los vellos; al cual se le dio la cualidad de continuar de pie en la tierra… pero no sabe qué hacer.
No sabe nada.
No sé, no lo sé.
Miro al cielo sin estrellas y me pregunto:
Si estuvieras a mi lado, ¿vería la vida de otra forma?
Estoy perdido, me imagino yo, porque no hago nada más que ir de hito a hito cuestionándome si la vida es lo suficientemente buena para continuar estando aquí, porque sé muy bien que tengo que cruzar el trazo final si te quiero volver a ver. No sé cómo sacarme ese sentimiento de encima, no sé cómo abrir nuevamente los ojos para poder seguir marcando mis propios pasos, no sé cómo debo hacer para decirle al mundo que tengo una herida abierta y que debo remediarla antes de que me consuma por completo.
No sé cómo desligarme de los malos recuerdos y mirar de nuevo al frente, sabiendo que mi alma entera se rige a lo vivido, a lo experimentado. Que mi alma entera aún se rige a ti.
Y recuerdo nuevamente las palabras de Sugawara.
"No todos pueden expresar lo que tienen en su interior hablando, tú tienes mucho en tu interior, tienes muchas cosas por decir"
Tomo el álbum de la estantería y rezo para que la vieja radio que me dejó mi madre funcionara, y lo hizo. Sonó el primer tema, mi corazón dio un vuelco y casi se me escapa por los oídos por los bullicios que hacía, subí el volumen y me valió pepino que el piso retumbara siendo que estaba en un edificio de apartamentos. Canté a todo pulmón las músicas que me sabía de memoria, tarareé con la misma intensidad las que me costaba recordar las letras, me paseé por todo mi piso dándome vueltas hasta marearme y caer en el sillón. Culpé al alcohol de hace unas horas, a la euforia del estilo de música, al hecho de saber que estoy ahogándome en una soledad que no me pertenece.
No apagué la radio, dejé que el álbum se reproduzca en bucle por toda la noche, cuando Miwa llegó a casa no me lo replicó. Abrí mi laptop en mi cama, cerré todas las ventanas que tenía abiertas porque no me interesaba otra cosa más que hacer clic en el ícono del Word. Cuando lo hice arrojé la computadora en mi cama y me largué a bañar un buen rato, cuando volví seguía encendida y con la hoja en blanco esperando pacientemente a llenarse.
Y es donde empiezo aquí y ahora con una frase que me describe de pies a cabeza:
"Nunca sé cómo empezar a escribir"
Soy un cero iniciativa en cuanto a lo reflexivo, a tener que construir cosas con base en los sentires, en lo abstracto o en lo subjetivo. Quizás todas las personas comunes sin aires de historiador pasan por mi mismo umbral de lo ordinario, los comunes nos comemos la cabeza buscando inspiración en cosas que pensamos que se nos da por el simple hecho del pensamiento y la creencia colectiva. Y de nuevo, me voy por esas corrientes que se ramifican del río principal, acabando en cualquier lugar, descubriendo muchas cosas también.
Inicio de nuevo. Mi verdadera pregunta debería ser "¿Por qué escribo?", pero acabé haciéndome esta:
¿Para quién escribo?
Es una respuesta que seguramente hallaré cuando termine de redactar, en cambio, no sé ni siquiera si terminaré de hacerlo algún día, porque lo que voy a contar no tiene un fin. No porque no sea yo quien quiera marcarlo, sino porque debe ser así.
Y mi vida está llena de preguntas como la vida de todos los que pisamos la tierra, incluso creo que cuando toquemos el cielo seguirá habiendo dudas que nos permitirán una vez más renacer en el mundo mortal para hallar respuestas, y es así como los humanos nos conocemos. Como si el destino leyera sobre nuestras vidas de pies a cabeza y nos juntara en las situaciones menos esperadas pero, si se analiza bien, parecen muy bien calculadas.
Estoy aquí y ahora, vivo, sintiendo, respirando. Con las yemas de los dedos doliéndome por presionar las teclas sin parar.
Seguramente empezaré esta historia de pies a cabeza o de cabeza a los codos, o de las rodillas a los pies y luego al cuello y a las rodillas otra vez. Caótico. Justo el sinónimo que se liga a la persona de quien les voy a hablar, quien seguramente muchos conocen pero no lo descubrieron como él quiso siempre que lo hicieran, porque él fue una persona más allá de sus grandes premios sobre voleibol y cuchicheos de sus seguidores.
Mi nombre es Kageyama Tobio, y hoy voy a contar esta historia.
Tu historia.
