-Las almas gemelas están destinadas a encontrarse.-

Era una cálida mañana de finales de primavera. La luz del sol se colaba entre las cortinas, un olor a fresco inundaba la habitación. Me encontraba desempaquetando mi última maleta, tras esta el traslado quedaría finalizado. Entre tanto, mi compañera de piso, Ema Skye, mantenía una animada charla conmigo.

-Lo sé, no paro de pensar en quién será la mía-decía ansiosa por saber la respuesta de esa incógnita.

-Suena todo a una leyenda inventada, pero pensar que es cierto…-comentó Ema pensativa.

No tenía ningún otro sitio en el que estar, así que me alojaba en casa de Ema. Llevábamos siendo amigas desde hacía mucho tiempo. La primera vez que había viajado a la ciudad, nos encontramos y de ahí comenzó la larga amistad que teníamos.

-Oye, Maya, ¿cuánto tiempo te vas a quedar esta vez?-cambió de tema poniéndose más seria.

Me giré hacia ella, otra vez se estaba preocupando por mí.

-No te preocupes, esta vez vengo para no irme en una buena temporada-me limité a sonreír mientras respondía.

-¿Segura? Porque la última vez…

-Sí, muy MUY segura. Todo ha ido bien, así que de momento no hay de qué preocuparse.

-Buf, menos mal-se tiró en la cama con alivio sintiendo un peso menos encima.

-¡Ajá! Y ahora que estoy aquí tengo que darme prisa.

-¿Vas a buscar a tu alma gemela?-preguntó sabiendo de antemano la respuesta.

-Por supuesto. Puede que esta sea mi última oportunidad de encontrarlo…

Desde que un bebé nacía, llevaba consigo una flecha pintada en su muñeca. Esta flecha te guiaba hasta la persona que sería tu alma gemela. Iba girando y girando, haciendo que pudieses ir en la dirección correcta hacia esa persona tan especial. Cuando lo encontrabas tu muñeca comenzaba a brillar y esa flecha se convertía en un corazón dorado. Todo sonaba a pura fantasía, pero así era en realidad.

Lo mejor de todo era que siempre encontrabas a tu alma gemela, aunque esta estuviese en la otra parte del mundo. Había un cien por cien de posibilidades de dar con él. El destino mismo era el que tergiversaba tu vida para que pudieses toparte con tu media naranja.

Aunque todo no podía ser tan bonito. Todas las cosas tienen sus contras. Y es que en esta sociedad tan idílica en la que tanto Ema como yo vivíamos, la contra de toda esa increíble historia era una y solo una. El único modo de morir era que tu alma gemela te matase. Llegados a estas alturas, uno se podría preguntar: cómo es que no hay un exceso de población. La respuesta se encontraba en el corazón que se pintaba cuando encontrabas a esa persona especial. Este se iba oscureciendo con el paso de tiempo. Cuando se volvía negro significaba que tenías que cometer el pacto de suicidio. Un pacto en el que uno mataba al otro y el que quedaba se terminaba suicidando o bien que ambos se mataban a la vez. Se podría pensar que haciendo caso omiso del color de tu corazón y sin matar al otro podríais vivir juntos para siempre. Pero si bien el destino, era el que hacía que pudieses conocer a tu alma gemela, también iba a hacer que tu vida terminase. Si te negabas a realizar el pacto de suicidio, el destino haría de tu vida la más desdichada posible. Con múltiples accidentes y desgracias que te quitarían las ganas de vivir hasta querer cometer el pacto.

-¿A dónde crees que debería ir?-pregunté pensando en distintos sitios.

-No sé, si es tu alma gemela igual deberías de pensar a dónde querrías ir tú. Puede que allí se encuentre.

-¡Cierto! No se me había ocurrido. Gracias, Ema-cogí mi bolsa y salí pitando de casa a encontrar a mi alma gemela.

-Pero será…-vio como me iba dejándola sola.

Mientras yo salía en busca de mi media naranja, Ema se quedó en casa. Ella estaba estudiando para terminar la carrera, así que no se interesaba demasiado en ese tipo de temas. Primero prefería alcanzar sus objetivos y ya luego se pondría a buscar a su alma gemela, al contrario que yo, que me centraba más en encontrarla.

Horas más tarde, llamé al timbre de casa. Ema me abrió la puerta invitándome a entrar.

-¿Lo has encontrado?

-No…-puse una cara larga.

-¿A dónde has ido?-preguntó.

-Fui a la hamburguesería y luego pasé por varias tiendas en las que vendían cosas del samurái de acero.

-Quizás deberías de probar con sitios algo más normales, como un centro comercial o un parque. Ahí suele haber mucha gente.

-Ya, puede que sí. Aunque si es mi alma gemela, debería de estar puesta en esas cosas-pensaba en voz alta.- La próxima vez levantaré mi mano todo la alto que pueda, para ver si así pilla antes la dirección de mi alma gemela, porque la flecha no se mueve casi nada…

-La flecha no funciona como un GPS. Solo funciona cuando estás cerca sino no te va a servir de nada.

-Ah, pues que palo-me deprimía oírla decir eso.- Así las cosas no van a salir bien…

-Tranquila, te veo bien. Aún tienes tiempo de sobra.

-¡Es verdad! ¡Mañana!-grité levantando el dedo hacia el techo.- Pienso encontrarlo.

Y con esa decisión, me propuse encontrar a mi alma gemela. Al día siguiente continué caminando por la ciudad en la que vivía. Pero nada, allí no había nadie que hiciese que esa flecha fuese un corazón. Sí que era cierto que, a veces, se giraba un poco hacia un lado. Aunque con lo poco que se movía no era posible saber bien en qué zona se encontraba. Así llegó a pasar más de una semana, los días se me iban echando encima y seguía sin dar con esa persona. Aquello no pintaba bien, no tenía todo el tiempo del mundo y mi alma gemela se estaba haciendo de rogar.

En otra parte de la ciudad…

Me levanté de la cama para abrir la ventana, me estaba asando de calor. Me volví a tumbar, el libro que sostenía comenzaba a pesar demasiado. Ser un estudiante en su etapa final, era un engorro. No tenía ganas de seguir leyendo, tantas letras solo conseguían aburrirme. Mi mente estaba tan saturada que no era capaz de memorizar nada más.

-Ay, ya no puedo más-apoyé el libro sobre mi cuerpo.

-Solo llevamos tres horas estudiando-la voz de Miles Edgeworth sonó en la habitación. Parecía molesto por la interrupción que acababa de hacer.

-¿Sólo?-estaba atónito ante sus palabras. Parecía que él tenía más aguante que yo.

-Si sigues así no vas a llegar a mucho en la vida-se volvió a enfrascar en sus libros de texto.

-¡Nick! ¡Edgey!-Larry irrumpió de golpe en la habitación.

-¿Larry?-me giré en su dirección.

-¿Qué quieres?-Edgeworth también se volvió hacia su amigo.

-¡Mirad!-corrió hacia nosotros.

-¿Tu muñeca?-ambos no entendimos bien qué era lo que tenía de especial.

-No, no. Se ha girado. ¡La flecha!

-Felicidades. ¿Puedo seguir estudiando?-Edgeworth fue el primero en hablar.

-¡Venga! Edgey, ¿no te pica la curiosidad de saber quién es tu alma gemela?

-¡Guau!-yo, al contrario que Edgeworth, sí que me interesé en el tema.- Ahora está señalando al sur.

-Lo sé, mi ángel se ha movido. ¡Mi sueño, mi princesa, el amor de mi vida se ha movido! Espero encontrarla pronto…-su entusiasmo lo podía notar a kilómetros de distancia.

-Alma gemela…-murmuré volviéndome a tumbar perdiendo la vista en el techo.- Yo también quiero encontrar a la mía…

-Pues como no empieces a buscarla no vas a obtener nada-ahora fue Edgeworth el que intervino en la conversación.

-Es que no tengo suerte-admití avergonzado.

-¡Venga! Hoy me siento un tipo con suerte-Larry se entusiasmó de sopetón.- Os invito a cenar, vamos a encontrar a nuestras medias naranjas.

Edgeworth, Larry y yo compartíamos un apartamento. Los tres estábamos estudiando, bueno… menos Larry, él se limitaba a vivir la vida y ya si le quedaba tiempo estudiaba un poco. Yo estaba en mi último año de carrera. Mis padres me habían obligado a estudiar administración de empresas para así poder continuar con la empresa familiar. No me sentía para nada motivado a terminar la carrera, no me gustaba. Esperaba que al encontrar a mi alma gemela me abriese los ojos y pudiese conseguir hacer algo que me hiciese sentir bien conmigo mismo, aunque estaba pidiendo demasiado…

Me apetecería hacer lo que quisiese y poder tomar mis propias decisiones, pero no era posible.

Al menos me conformaba con encontrar la persona que pintase un corazón en mi muñeca. Había tratado de buscarla en múltiples ocasiones, pero mi flecha casi nunca se movía. Hasta llegué a pensar que no tenía alma gemela. Últimamente, la flecha se movía más a menudo, aunque no lo suficiente como para poder encontrarla.

Esa noche, los tres salimos en busca de nuestra alma gemela. Para variar, lo único que pillamos fue una buena resaca, bueno menos Edgeworth, claro. Definitivamente, así no iba a conseguir nada productivo, más que matar neuronas.

Nuevamente, no había tenido la suerte de encontrarla. Me pasaba las noches en vela tratando de imaginar cómo sería. Era un misterio al que quería poner fin cuanto antes. Si bien sabía que al final me encontraría con ella, no podía evitar sentir curiosidad, quería encontrarla cuanto antes.