No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Alice Borchardt. Yo solo me divierto un poco (No olviden leer la nota al final).

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El sol estaba bajando. El ardiente círculo brillaba más allá de las columnas coronadas de acanto de un templo en ruinas, que cortaban la bola incandescente en franjas de fulgor rojo.

Es casi de noche, pensó la muchacha, y se estremeció bajo el frío aire otoñal que soplaba a través de la ventana sin cristales.

La ventana estaba bien asegurada, tenía un barrote horizontal y otro vertical, encajados en las paredes de piedra de la pequeña habitación. Ella sabía que podía cerrar la ventana. Extender la mano entre los barrotes. Cerrar las pesadas contraventanas, y sellarlas con el cerrojo de hierro. Pero expulsó la idea de su mente con una especie de ciega obstinación. La vista de la libertad, incluso de una libertad inalcanzable, era demasiado dulce para rendirse.

Todavía no, se dijo, sólo un poco más. Todavía no. El aire que ponía carne de gallina en sus brazos era dulce.

Oh, no, más que dulce. Hablaba.

Cada ráfaga caprichosa, cada ligero cambio en la dirección, cada movimiento enviaba imágenes a la parte más profunda de su mente. En alguna parte florecía un arbusto de tomillo. Las diminutas flores azules dejaban su fragancia en el frío aire de la tarde. Aquel delicado aroma se mezclaba con el fuerte olor a granito y mármol húmedo.

Éstos y muchos otros destacaban contra el tapiz de olores creado por las flores y el verdor que cubrían los palacios y templos en ruinas del antiguo imperio. El vasto y sin reposo espíritu de todo aquello, el mayor de todos los imperios, parecía haber llegado por fin al descanso bajo la suave mano de la gran madre verde.

Isabella no sabía qué había esperado de la antaño orgullosa señora del mundo cuando llegó a Roma. Ciertamente no lo que había encontrado. Los habitantes, descendientes de una raza de conquistadores, vivían como ratas disputándose y contaminando las ruinas de un palacio abandonado. Habiendo vuelto la espalda a las evidencias de grandeza a su alrededor, luchaban encarnizadamente entre ellos por la riqueza que quedaba. De hecho, poco restaba del, una vez, inmenso río de oro que fluía a través de la ciudad eterna. El oro que podía encontrarse ahora doraba las palmas de las autoridades papales y los altares de las numerosas iglesias.

La madre de Isabella, desesperada por salvar —tal y como ella lo veía— el alma de su hija, había empeñado las pocas joyas que conservaba. El dinero había sido suficiente para pagar los sobornos necesarios para obtener una audiencia con el papa y financiar la igualmente cara bendición pontificia. Isabella había entrado ante la imponente presencia, su cuerpo empapado en un sudor provocado por el pánico. Si su afligida madre decía la palabra equivocada al prelado principal de la Iglesia, ella podía encontrarse siendo quemada en la hoguera o apedreada como una bruja.

Pero cuando Isabella se acercó al supremo pontífice, comprendió lo tontos que habían sido sus miedos. El hombre ante ella era una ruina, a punto de sucumbir a la edad y el dolor. Isabella dudó que entendiera mucho de cualquier cosa que se le dijera. Llorando, su madre imploraba la intercesión ante el Todopoderoso del principal ministro de Dios en la Tierra. Cuando la siempre obediente Isabella se arrodilló, besó la zapatilla de seda, y sintió las manos marchitas apretadas contra su pelo, detectó una ráfaga de un olor distinto a los espesos aromas de incienso y perfume griego que saturaban la habitación: el olor mohoso, seco, de la carne envejecida y la descomposición humana.

Dios, era muy fuerte. Está a punto de morir, pensó ella. Podrá hablar por Madre a Dios en persona muy pronto.

Era consciente de que aquella bendición, como todas las demás bendiciones por las que su madre Renee había viajado y malgastado tanto de su riqueza, no haría ningún bien. Aquello era el final. Isabella lo sabía, y estaba asustada. Si el mismo Papa no podía levantar aquella extraña maldición y permitirle vivir como una mujer, ¿a qué poder terrenal podría recurrir? Y más, ¿a qué poder podría volverse su madre?

Renee estaba marchitándose tan rápidamente como el hombre meramente-demasiadohumano que ocupaba el trono de Pedro.

Aunque era una mujer relativamente joven, su madre estaba muy consumida por la sucesión de viajes infructuosos que había realizado con Isabella, y por alguna tristeza secreta que parecía llenar su mente y corazón con un inagotable manantial de pesares.

Isabella mintió.

Su madre creyó.

Y por primera vez en muchos años, Isabella sintió que la pequeña mujer que había viajado hasta tan lejos y soportado tantas cargas estaba en paz. La mentira de su hija llevó a Renee hasta el final.

Tres días después de la audiencia papal, Isabella había ido a despertar a su madre, descubriendo que Renee nunca se despertaría de nuevo. No en este mundo. Isabella estaba sola. Contempló con ojos ávidos cómo el sol se convertía en un semicírculo, desvaneciéndose en un resplandor que recortaba la silueta de los altos cipreses de la Vía Apia, seguida por el crepúsculo del otoño azul profundo.

Entonces, y sólo entonces, se apartó de la ventana y se envolvió en un viejo manto de lana, regresando a su jergón. Aparte del bajo lecho y una pequeña vasija de barro parda con tapa en un rincón, la estancia estaba desnuda.

Isabella se sentó en su cama, con los hombros contra la pared de piedra, las piernas balanceándose en el aire, la cabeza tirada hacia atrás, los ojos cerrados. Aguardaba en silencio que se alzase la luna. El disco de plata ya debía de estar elevándose sobre las siete colinas.

Pronto, muy pronto, su recorrido por el cielo lo llevaría hasta su ventana, donde derramaría un estanque de luz de plata en el suelo. Ignorando la cruz negra de las barras, Isabella podría beber de aquel estanque. Podría respirar, si no la gloria, sí el aire de la libertad.

La puerta a la habitación exterior se cerró de golpe. Condenación. La muchacha en la cama buscó juramentos en su mente. No... maldiciones. Como la muchacha joven que era, nunca le habían permitido pronunciarlos, pero podía pensar las palabras.

Y lo hacía a menudo.

Oh, cómo lo hacía cuando aquellos dos estaban presentes. Había cosas peores que la soledad.

En conjunto, Isabella opinaba que prefería el silencio y el vacío a la presencia de su tío Eleazar o James, su hijo.

—He vuelto a mear sangre esta mañana —se quejaba James—. ¿Acaso están enfermas todas las rameras de esta ciudad?

Eleazar se rió ruidosamente.

—Todas las que escoges parecen estarlo. Ya te lo advertí: paga un poco más, búscate algo joven y limpio. O por lo menos joven, para que todos los picores y el escozor de unos días después hayan valido la pena. La última a la que pagaste era tan vieja que tenía que hacer su trabajo a la luz de las estrellas. Todo lo que ahorras alquilando coños lo gastas en medicamentos para la entrepierna.

—Tienes razón —dijo James irritado—. Parece que siempre la tienes.

—Estoy harto de intentar instruirte —suspiró Eleazar—. La próxima vez, no te emborraches del todo y échale una mirada a la puta con buena luz.

—Cristo, qué frío hace aquí —protestó James.

Un segundo después, Isabella le oyó gritar escaleras abajo al propietario para que les llevase un brasero con el que calentar el cuarto.

—No servirá de nada, muchacho —le dijo Eleazar—. Ella ha dejado la ventana abierta de nuevo.

—No entiendo cómo puedes soportarlo —refunfuñó James—. Me pone los pelos de punta.

Eleazar se rió de nuevo.

—No hay nada de lo que preocuparse. Esos tablones tienen un grosor de una pulgada. No puede salir.

—¿Ha... salido, alguna vez?— Había un tono de miedo en la pregunta de James.

—Oh, una o dos veces, creo, cuando era más joven. Mucho más joven, antes de que yo me hiciese cargo de todo. Renee era demasiado blanda. Esa hermana mía era una mujer estupenda, siempre hacía lo que se le ordenaba... pero débil, muchacho, muy débil. Basta con ver cómo lloró por aquel primer marido suyo cuando su matrimonio... acabó tan abruptamente.

—¿Se divorció de él?

—Ah, sí —respondió Eleazar, aparentemente intranquilo—. Más exactamente, ella se divorció porque nosotros le dijimos que lo hiciera. No tuvo ninguna opción al respecto. Incluso entonces, todos podían ver que la madre de Aro estaba convirtiéndose en un poder considerable en la corte. Había muchos pretendientes bien dotados que aspiraban a la mano de Renee. El segundo matrimonio fue mucho mejor y nos hizo ricos a todos.

—Ahora todo se ha perdido —dijo James con amargura—. Entre tú y Renee, seremos afortunados si queda un miserable cobre en nuestras arcas. Querías estar hombro con hombro entre todos los grandes magnates del reino franco. Y para conseguirlo, descubriste que tus propios hombros tenían que ser cubiertos con terciopelo y brocado. Y... oh, sí, ellos querían ser agasajados. Peores que una horda de buitres, cayeron sobre tu casa devorando cuanto hubiese a la vista. Y como los buitres cuando el cadáver ha quedado limpio y mondo, se marcharon en una nube de hedor y nunca se les ha visto de nuevo. Y si dejaron algo, Renee le puso las manos encima, derrochándolo en reliquias, santuarios, bendiciones y peregrinaciones, intentando levantar la maldición de esa desdichada mocosa suya. Me has aconsejado que me busque algo más joven. Quizá sea una buena idea hacerle una visita a mi prima... de día, por supuesto, y... —James gritó—. ¡Padre, me haces daño!

La respuesta de Eleazar fue un gruñido de furia.

—Toca a esa chica y haré que ambos nos ahorremos un montón de problemas, porque te cortaré el rabo y las pelotas. Serás el eunuco más liso de aquí a Constantinopla, te lo juro. Ella es el único recurso que nos queda y debe casarse. ¿Me has oído?

James aulló de nuevo.

—¡Sí, sí, sí! Me estás rompiendo el brazo. Oh, Dios. ¡Para!

Eleazar debió de soltarle, porque los gritos de James cesaron. Cuando el joven habló de nuevo, lo hizo gimoteando.

—¿Y quién iba a querer casarse con esa... cosa?

Eleazar se rió.

—Ahora mismo puedo nombrarte a una docena que matarían por desposarla. La más real sangre franca corre por sus venas. Tanto su padre como su madre eran primos del mismísimo gran rey.

—Y esos mismos que matarían por casarse con ella os atravesarían a los dos con una espada en el momento en que averiguasen lo que es.

—No consigo entender que un hijo como tú sea fruto de mis ingles —gruñó Eleazar—. Pero tu madre era una pequeña imbécil sin cerebro. Quizá hayas salido a ella.

A pesar de la sádica dureza de la voz de su padre, James no mordió el cebo. La mayoría de las personas que rodeaban a Eleazar aprendían rápidamente a temerle, y James no era ninguna excepción.

—Te gustaba bastante la vida que llevábamos cuando teníamos dinero —siguió hablando Eleazar—. Conque buitres, ¿eh? ¡Apártate que me tiznas, dijo la sartén al cazo! Te pasabas la noche jodiendo y el día comiendo, y bebías con los más elevados de entre ellos. Ahora, deja las cosas que no entiendes a los que son mayores y mejores que tú. ¡Cállate! Y haz que traigan algo de comida y vino... mucho vino. Quiero mi cena, y quiero olvidarme de lo que hay detrás de la puerta en el cuarto de al lado.

—Ha sido un error traerla aquí—dijo James. Su voz sonaba aguda y nerviosa—. Está peor que nunca.

—¡Cristo Jesús! ¡Dios! —rugió Eleazar—. Hasta el animal más estúpido tiene el sentido suficiente para hacer lo que se le manda. ¡Eres un zoquete con menos seso que una piedra! Cierra la boca y consigue el vino por lo menos. ¡Dios mío, me estoy muriendo de sed!

Casarme, pensó ella con indiferencia.

¿Cómo podría casarse? No creía que siquiera una serpiente como Eleazar fuese capaz de maquinar algo tan peligroso. O de tener éxito si lo intentaba. Su madre había conservado algunas tierras en territorio franco, unas pocas villas empobrecidas. Producían el dinero justo para alimentar y vestir a los tres. Pero nada de lo que había heredado bastaba para llamar la atención de cualquiera de los grandes magnates del reino franco.

En cuanto a su relación con Aro, un rey que ya empezaba a ser llamado el grande, era una conexión bastante remota con su madre. La estimada señora, Elizabeth, ni siquiera había reconocido nunca la existencia de Isabella. De hecho, una de las cosas que hicieron ser apreciada a Elizabeth por el Rey Cayo el Breve era que la seguía una tribu entera de parientes. Ellos se acercaron a la corte listos para esgrimir sus espadas por la Iglesia y el rey, por no mencionar la ocasional carreta cargada de botín que no conseguía llegar a la tesorería del monarca.

Isabella estaba perdida en la muchedumbre. Ella no tenía nada que ofrecer. Era pobre, una mujer, y no hermosa. No pensaba que hubiese muchos aspirantes a su mano. Pero si Eleazar lograba encontrar a algún desdichado ingenuo al que estafar, ella no tenía ninguna duda de que la subastaría sin el menor escrúpulo y la dejaría abandonada a su destino. Simplemente, no creía que su tío encontrase a nadie. Además, Eleazar tenía, como solía decirse, una garganta caliente y una verga fría. Quería refrescar la una y calentar la otra con tanta frecuencia como fuese posible, y para ello necesitaba todo el poco dinero que generaban sus propiedades. Él la vendería, ciertamente, aunque no barata. Pero quedaba por ver si conseguiría su precio. Por el momento, a ella no le preocupaba mucho que lo lograse o no.

Cuando la bendición papal demostró ser infructuosa, el hilo de esperanza que la había arrastrado a través de los Alpes y la había sostenido en el difícil viaje a Roma... se rompió. La muerte de Renee fue el golpe definitivo. Ella había sido la única protección de Isabella frente a un mundo que la destruiría al momento sólo si llegara a sospechar su secreto... y contra los peores excesos de la codicia de Eleazar. Había sido su única confidente y compañera. Isabella no tenía ningún otro amigo, ningún otro amor.

Ahora estaba abandonada y completamente sola.

Con los ojos secos, Isabella siguió el cuerpo de su madre hasta la tumba. Estaba abrumada por una desesperación tan negra que parecía convertir aquel día luminoso en amarga noche. Una débil sombra color plata aparecía ahora contra la negrura del suelo.

No queda más que la luz de la luna, pensó Isabella. Bébela, ahógate en ella. Ella nunca me lo reprochará. No volveré a ver sus lágrimas ni a sufrir por ellas. Sea de mí lo que sea, estoy sola.

Se puso en pie, quitándose su vestido y su muda, y se volvió hacia el fulgor de plata. El aire que entraba por la ventana era gélido, pero el placer no existiría sin el agudo mordisco del dolor, incluso la breve llamarada del orgasmo es demasiado intensa para ser del todo agradable. La fría caricia era seducción, el rápido toque cruel que precede al placer.

Isabella avanzó valientemente, sabiendo que en un momento tendría calor.

Desnuda, entró en la luz de plata. La loba se alzó en su lugar.

Isabella era grande para ser una loba, tenía el mismo peso que en su forma de muchacha, más de cien libras. Era mucho más fuerte que en su estado humano: esbelta, rápida, y poderosa. Su pelaje era liso y espeso, y tenía un brillo de plata, como si atrapase la luz de la luna en sus pelos. El corazón de la loba esta henchido de alegría y gratitud. Isabella no lo hubiese admitido nunca en su estado humano, pero amaba a la loba y, con bendición papal o sin ella, nunca permitiría que se fuese. Desde el fondo de su corazón, se recreó en el cambio.

A veces, mientras se encontraba en su estado humano, se preguntaba quién era más sabia, ella o la loba.

La loba sabía. Haciéndose más hermosa y fuerte año tras año, la loba esperaba a que Isabella estuviese lista para recibir su enseñanza y comprenderla. La loba de plata se alzó sobre sus patas traseras y, poniendo las zarpas delanteras en el alféizar de la ventana, se asomó fuera. No veía sólo con los ojos como aquellos humanos mutilados, sino también con las sensibles orejas y hocico.

El mundo que veían los humanos era como una pintura al fresco, tan carente de dimensiones como algo pintado sobre una pared. Para ser creída por la loba, una cosa debía tener no sólo imagen, sino olor, textura y sabor.

Ah Dios... qué hermoso.

El mundo estaba lleno de maravillas. La lluvia debía de haber llegado por la tarde. La loba podía oler la húmeda tierra negra bajo el verdor, así como el barro removido por los cascos de los caballos en una senda cercana. La mujer no lo había notado, se había pasado el día sumida en un ensueño de tristeza. Por ello se ganó una breve llamarada de desprecio de la loba. Pero la loba era una criatura demasiado del presente para morar en lo que ya era el pasado.

Ella agradecía cada momento. Y aquel era uno estupendo. Normalmente, en Roma el olor del hombre predominaba sobre todo lo demás. Los efluvios de transpiración rancia, las cloacas desembocando en el Tíber, el hedor del excremento humano que, incluso en comparación con el de otros animales, es absolutamente vil... Todos llenaban el aire y se apretaban a su alrededor.

Recubriéndolos estaba la omnipresente evidencia mohosa de las moradas humanas: leña, madera húmeda y piedra. Pero no aquella noche. El cortante viento soplaba desde los campos abiertos más allá de la ciudad, oliendo a hierba seca y a la dulzura de las plantas salvajes que crecen en las laderas cerca del mar. A veces, el fragante aliento de la Campania llevaba los limpios olores de corral de cerdos y ganado, y débilmente, el provocador almizcle del ciervo.

La noche estaba viva y llena de movimiento.

Los gatos que tenían sus hogares entre las ruinas cantaban sus antiguas canciones de enojo y pasión entre los monumentos olvidados. Aquí y allí, la forma furtiva de un perro vagabundo se encontraba con su mirada; de vez en cuando, incluso detectaba algún furtivo movimiento humano. Ladrones y salteadores frecuentaban el distrito, listos para desvalijar a los incautos. Sus orejas se extendieron hacia delante y atraparon en sus redes lo que sus ojos no podían ver: el amortiguado batir de las alas de una lechuza, los altos y agudos chillidos de los murciélagos girando, cerniéndose y comiendo insectos en el frío aire nocturno. Las prisas y susurros de los cazadores y los cazados, silenciosos hasta el final. El agónico lamento de muerte de un pájaro, sorprendido durmiendo en el nido por un gato merodeador, rasgó el aire. Le siguió el chillido abruptamente interrumpido de un conejo en las garras de un búho.

Aquellas percepciones y muchas otras eran entretejidas por sus sentidos de loba en un rico tapiz de infinita variedad y deleite eterno. La loba de plata dejó caer sus zarpas al suelo con un suave, casi inaudible lamento de añoranza.

Después, sus labios se retiraron de sus dientes en un gruñido al oír las voces en la otra habitación. James y Eleazar estaban comiendo. El estómago de la loba retumbó famélico ante el olor de la carne asada.

Estaba hambrienta y tenía sed, ansiaba agua limpia y comida.

La mujer advirtió a su lado nocturno que refrenase sus deseos. No conseguiría nada.

La loba contestó. Ambas se habían ido.

La mujer de su prisión, la loba de su jaula. La loba estaba junto a un límpido lago montañés. La plata de la luna llena brillaba en el agua. Alrededor del lago, las negras siluetas de los árboles se recortaban contra el blanco resplandor de la nieve eterna en las montañas.

El recuerdo se desvaneció.

Mujer y loba se encontraron contemplando la puerta cerrada. Ambas entendían que estaban encerradas. Isabella había pasado la mayor parte de su vida tras puertas cerradas con llave. Había aprendido mucho tiempo atrás la dolorosa inutilidad de atacar el roble y el hierro. Ignoraba aquello que no podía cambiar y esperaba a que llegase su momento.

Estaban hablando de ella.

—¿Has oído eso? —preguntó James asustado.

Su oído era mejor que el de Eleazar. Debía de haber oído el suave lamento de protesta.

—No —masculló Eleazar a través de un bocado de comida—. Yo no he oído nada, y tú tampoco. Sólo lo has imaginado. Es muy raro que haga ruido. Eso es algo por lo que podemos estar agradecidos; por lo menos no se pasa las noches aullando como haría un verdadero lobo.

—No debimos traerla a Roma —gimió James.

—¿Vas a empezar otra vez con eso? —Eleazar suspiró fatigadamente.

—Es verdad —contestó James con ebria insistencia—. Los fundadores de esta ciudad fueron amamantados por una loba. Antiguamente se hacían llamar los hijos de la loba. Desde que oí aquella historia he pensado mucho en ella. Una loba de verdad no podría criar niños humanos, pero una criatura como ella...

Eleazar se rió con aspereza.

—Un cuento de hadas inventado por alguna furcia para explicar una carnada de mocosos bastardos. No sería la primera ni será la última en hilar una loca historia para encubrir su propio... libertinaje.

—Nunca escuchas nada —dijo James en tono petulante—. Se ha puesto peor desde que vinimos aquí. Incluso mientras su propia madre estaba muriendo, ella...

Los labios de la loba de plata se retiraron sobre sus dientes, que brillaron a la luz de la luna como cuchillos de marfil. Las palabras de James se clavaron incluso en su corazón lupino. Vana la ira abrasadora. Vana la breve, triste rebelión. La puerta se alzaba entre ella y sus atormentadores; la ventana con barrotes entre la magnífica criatura y la libertad. Empezó a andar como haría cualquier bestia enjaulada, obedeciendo la orden sin palabras: mantente fuerte, mantente sana, mantente alerta.

No temas, tu momento llegará.

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¡Hola, hola!

Uff de verdad que estoy muy emocionada de por fin traerles este primer cap de la historia, ya tengo varios caps listos, pero quiero ver cuál es su recibimiento jajaja y al fin pude actualizar en una hora decente! Estoy orgullosa de mi misma jajajajaja

En fin, no olviden lavarse las manos y quedarse en casa :3 saben que nos esforzamos por hacer el encierro más llevadero :3 de ser posible actualizaré otra de mis historias hoy mismo, pero será más tarde jajaja

Las actualizaciones se irán dando conforme vea que fluyan los comentarios y las alertas jeje :3 así que no olviden dejar un comentario!

¡Nos leemos pronto!