Notas de la autora que a nadie le interesa, pero son necesarias para evitar cualquier confusión: la historia se ubica en el capítulo 123 del manga. ¡CONTIENE SPOILERS! Si no estás al día con el manga, como recomendación, ve a leerlo y luego regresa, je, je. Me tomé cierta licencia creativa, no esperen fidelidad absoluta a los hechos ocurridos en el manga oficial, escrito por Hajime Isayama, al cual le debo todos sus derechos / créditos. Advertencia: FRAGMENTOS DE CONTENIDO SEXUAL Y / O SENSIBLE para ciertas personas, leer bajo su propia responsabilidad.
«—Eres... familia».
Qué imbécil. Se consideró una absoluta tonta. Tonta, tonta, tonta y mil veces tonta. Años esperando nada, y cuando tuvo todo, no supo sacarle el provecho correspondiente. Ella solo salió a buscarlo con fin de sermonearlo por andar fuera de noche y sin protección. Después de todo, estaban en tierras enemigas, y aunque nadie tenía la más mínima sospecha que el joven titán de Eldia y sus compatriotas se hallaban aquí, era extremadamente peligroso. O por lo menos, así era a ojos Mikasa.
Y de repente, tomándola por sorpresa, él la bombardea con preguntas para las que no estaba preparada. Necesita más tiempo para pensar en las infinitas respuestas. Quería seleccionar la más apropiada y conveniente posible. Pero no. La vida, el tiempo y Eren, no lo quisieron así.
Si alguien le hubiera dicho, años atrás, que Eren daría el primer paso para que ella pudiera declarársele una vez por todas, se reiría en su cara. Ahora que eso realmente sucedió, el mundo se ríe de ella.
Antes de permitir recomponer sus palabras, o por lo menos intentarlo, un hombresucho de habla foránea, apareció ofreciéndoles una bebida humeante y bermeja. No más de un minuto después, sus compañeros también corrieron a su encuentro.
Frustrada y odiándose a sí misma, se sentó en el suelo de la tienda, en medio de Eren y Armin.
Mirándolo con toda devoción, pudo percatarse de cuánto ha madurado con el pasar del tiempo. Sobrevivió a los constantes altos y bajos que la vida le impuso. Distó tanto del ideal que ella tenía de Eren, que duras penas puede reconocerlo. Se volvió alguien fuerte, decidido, capaz de creer en sí mismo y confiar en sus propias decisiones. Sabía que se había enamorado de su pequeño Eren para siempre, pero también sabía que él no sería siempre su pequeño Eren.
En otras palabras, el término para siempre solo se aplica a sus recuerdos, al pequeño Eren reflejado eternamente en su sangre. Su metamorfosis lo hizo un hombre desconocido, pero perfectamente reconocible para Mikasa.
«¿Quizá mi idealización utópica de un Eren, que jamás existió realmente, se desmorona cada vez más y más? Dentro de mí, el paño mojado color vino que rodea todo mi cráneo, asfixiándome, deja una fuga entre mi ojo izquierdo. Es pequeña Casi imperceptible. Pero la ajustadísima selva roja se movió, y de ahí advierte un destello tan ínfimo y doloroso, que prefiero cerrar mis ojos en prevención».
El susodicho, al sentir la intensa y perdida mirada de su amiga puesta en él, sacudió la mano simulando un saludo para espabilarla. No viendo ningún tipo de reacción, ni corto ni perezoso, llenó una lata con birra y se la extendió.
—Mikasa, prueba esto.
Luego de varios parpadeos, tomó la bebida de las manos de Eren y la condujo a su boca, acabándola de un solo trago. Lo hizo antes de pensar en querer hacerlo.
Arrepintiéndose por su brusquedad, tosió mientras se prensaba el pecho con las manos. Eren se arrodilló a su lado y frotó su espalda, circularmente, en forma de auxilio—. Oye, ¿estás bien? No tenías que tomarla así.
Carraspeó un poco más y tomó aire apropiadamente—. Lo siento.
Con un suspiro de resignación, el joven «adulto» volvió a sentarse en su lugar. Rascó su cuero cabelludo y llevó su propia lata hacia la comisura de sus labios—. Bien
Como una salvación para su vergonzosa escena, Armin irrumpió en su espacio personal, la rodeó por el cuello y le dio fuertes palabras de aliento.
—¡Vamos, Mi-Mikasa! ¡La noche apenas comienza, divirtámonos!
Definitivamente, Armin estaba ebrio de pies a cabeza. Aunque también acertó en algo: la noche no expone interés en culminar. Bueno... ¿Y qué de malo podría ocurrir?
De rodillas, chupaba su duro y enhiesto falo como un dulce helado. A pesar de su limitado conocimiento en el área sexual, se sentía altanera por la reacción que causaba en el chico. Él se desesperó y comenzó a tirar fuertemente de sus nigérrimas greñas para moverla a su antojo, como si de una muñeca de trapo se tratara. Como un títere.
Siendo su primera felación, se corrió demasiado pronto para su pesar. Mikasa tragó ese extraño y desagradable moco blanquecino, más por cortesía que por gusto.
«Así es como suelen comenzar las cosas las cosas, ¿no?»
Dos horas antes, estaban bebiendo y bebiendo sin parar, como becerros recién nacidos, alrededor de una muchedumbre que se formó quién sabe en qué momento. El ambiente dio un giro drástico para Mikasa luego de que decidiera divertirse por una vez en su vida.
Armin gritaba incoherencias, muy eufóricamente, a dos hombres que no entienden su idioma; Eren pasó todo el rato sentado en su mismo lugar, mascando unas plantas extrañas y con los ojos perdidos y más brillantes que nunca antes; Sasha, en su estado de embriaguez absoluta, se subió a la mesa y meneó sus caderas al son de un instrumento de viento que desprendía un ruido agradable, intentando un baile sibarítico, pero que resultó en uno muy cómico; Connie y Jean se durmieron minutos antes de que la mejor parte de la noche comenzara.
La densidad del ambiente gracias a la nicotina en exceso, sumado a la gran muchedumbre y el oprobio de observar a su compañera haciendo el ridículo, obligó a Mikasa a tomarse un respiro.
Salió de la tienda con gran esfuerzo por su propio cuerpo tambaleante, sin reparar en que alguien la seguía con su destellante azulino.
Finalmente, aire fresco y puro. Nunca lo necesitó tanto.
—Oye, ¿qué haces aquí?
La voz ajena alertó sus sentidos, girando su cabeza rápidamente para toparse con su mejor amigo. Pero ¿cuál exactamente?
Sopló caliente por la nariz y cerró los ojos—. Nada en especial. Sólo respirar, como cualquier ser humano lo haría.
El joven «niño» se acercó a ella. Sus alturas eran muy distintas y más notorias con el paso del tiempo—. Hace frío aquí fuera —dijo mientras se abrazaba a sí mismo.
—Sí... Un poco, sí.
Su cabeza se inclinó hacia arriba, vislumbraba la noche estrellada, que ya no era tan lóbrega ni tan estrellada.
A su percepción, las luces habían cambiado. Realmente eran azules, pero ella se convencía de lo contrario. Sus pupilas entorpecidas vieron muchos colores, que no eran, pero que deseaba ver. Como las esmeraldas superpuestas en los ojos de su acompañante nocturno. Lo deseaba desde el fondo de su alma, incluso con cada centímetro de su completa anatomía física.
Como un caleidoscopio, sus ónix podrían deformar los tonos y formas en escala a su antojo. Sin embargo, su psiquis confundida, y atrofiada, colocó las imágenes superpuestas. Una encima de la otra, transparentemente. Capas y capas de recuerdos formando una película en sus ojos de vidrio.
Sus ojos, como la muerte, viajaron en la extensión del retrato que ella quería ver, sin preguntar antes ni ser autoconsciente de la magnitud del enjambre.
Entonces, el reflejo de la luz (ya era de día), y su pupila desgastada (podía ver treinta metros más allá), dio un efecto magnífico entre el puente del concepto formado por su mente y la realidad, ahora una realidad alternada.
El joven «niño ya casi adulto» se puso de espaldas, enfocándose en el horizonte, sin percatarse del cambio de percepciones al que está siendo sometido involuntariamente. Abrió los brazos y sintió su primer amanecer al otro lado del océano, golpeándolo con una ráfaga de viento cálido, al cual no está acostumbrado.
Ella puede ver su melena agitarse, en contraste al sol creciente y perdiéndose entre él, porque no hay líneas divisorias entre el oro y el oro.
Por su lado, sigue siendo de noche, una noche programada por su subconsciente. Ve una distorsión porque eso es lo que quiere, y lo desea tanto que movió su propia montaña.
Su cabello marrón reflejaba el auténtico oro entre los destellos del sol y la luna.
Él gira su cabeza de lado, mostrando su perfil «ya demasiado adulto»—. ¿No crees que es hermoso? El amarillo vivo del amanecer...
-Sí. Es ... realmente hermosa.
Se gira completamente y sonríe para ella. Parpadeando varias veces, el portador desaparece. Estaba su salvador, el magnífico niño de nueve años, quien la liberó de la glutinosa miseria. Ella aún miraba hacia abajo. Él cargaba un pequeño cuerpo debilucho, que ella de niña lo imaginaba tan masculino. Temblaba por el frío, pero no se abrazaba a sí mismo ni tampoco le sonreía.
Aun así, los latidos de su corazón se aceleraron peligrosamente para su salud cardíaca. Nunca en años se sintió tan exquisitamente dominada, nunca se sintió así por un reflejo. Su mente era cruel, y antes de aprobar y adaptarse al cambio, el niño sufrió su propia transición. Y ciertamente creció para llegar a ser como un árbol plantado al lado de corrientes de agua, que da su propio fruto en su estación, cuyo follaje no se marchita, y todo lo que toque se convertirá en triunfo. Porque él es espléndido, en todas sus facetas, sin importar qué.
Su cuerpo se tambaleaba por cada pequeña brisa, su mente seguía en un trance especial y su pulso se acelera continuamente. Volvió a parpadear varias veces más, haciendo girar su propio caleidoscopio ocular una y otra vez. El chico estaba ansioso a este punto. Ella traga saliva pesadamente. El nudo en su garganta era importante. Fue estresante la tensión.
Sin saber qué más hacer, ella avanzó decidida a sellar una conexión con el segundo reflejo.
Sus comisuras se unieron torpe y duramente. Ambos labios estaban resecos, a pesar de ello, era agradable. Él se sorprendió por un momento. Luego de unos segundos, correspondió y la besó como a una amante, con esa misma gracia y delicadeza.
El mundo y todo lo demás parecía desaparecer, sólo se enfocaban ellos.
Ella se separó de su fantástico primer beso y se alejó de la cercanía del calor.
—Quiero irme, ¿me acompañas?
Confundido, pero confiado, la siguió sin chistar de vuelta a la mansión Azumabito, al cuarto en el que fue hospedada.
Agotado por su reciente orgasmo, se echó en el gigante lecho de su amiga, envolviendo sus dedos alrededor de su nuca. Miraba distraídamente el alto techo. Era tan alto que se perdió en su extensión.
—Fue... Estuvo bien, supongo. —Palabras torpes.
—Es mi turno... —susurró, aún de rodillas y con el rostro enrojecido e inclinado hacia abajo.
Creyó haber escuchado mal—. ¿Dijiste algo?
Ella se irguió y caminó lentamente hacia la cama. Su altura se alzaba en todo su esplendor. Temeroso, se sentó en su mismo lugar. Sus palmas ahora apoyadas en la suave manta y la cabeza hacia arriba.
En contraste con el hogar a leña que estaba a espaldas, la apreció como un súbdito a su reina. Aunque ella no era una reina y él no era un súbdito. Ambos eran compatriotas.
—Yo también quiero correrme. —Esta vez habló fuerte y claro.
Se quitó la camisa y la dejó caer lentamente al frío suelo. Sus cerezas ya estaban erguidas y se distinguían a través de las cintas de tela blanca que protegían sus senos.
Él siguió la dirección de la camisa que ahora nadaba sin ninguna forma, encharcada a sus pies. Con los ojos muy abiertos, todavía sentado en la cama, miró la prenda caída. Su vista no se desvió en ningún momento.
Mikasa se volteó frente al fuego que se alzaba con vigor. Observaba las llamas danzar a su propio ritmo, consumiendo poco a poca la leña. De espaldas a su amante nocturno, deslizó su larga falda, fusionándola con la camisa que nadaba sin forma en el suelo.
Pudo ser el alcohol pululando en la sangre del joven «niño». Puedo haber sido el fuego calentándolo como si él mismo fuera un trozo de leña consumiéndose. Mikasa solo sabía que, si volteaba, el joven «niño» sería el que prestara su garganta hacia arriba, desde una sumisión absoluta y paradójica, mientras ella, en toda su altura, se queda estática y con los pies separados.
Su rostro seguiría insondable, tranquilo y disimulado de la vergüenza y decoro. Vergüenza porque su señor no era el joven niño ni el joven adulto, sino el salvador magnífico de nueve años.
«El recipiente original de arcilla, que simbolizaba el cuerpo del niño de nueve años, fue de las manos de un poseedor a otro poseedor y así sucesivamente por los siglos de los siglos. Cada uno lo moldeó y estiró, deformó y rehízo, el recipiente original de arcilla, de acuerdo a sus propias etapas y vivencias adquiridas. Cambió drásticamente entre una línea temporal y otra. El recipiente original cambió su forma, pero logró conservar su esencia, la arcilla. Esa esencia que el niño magnífico dejó, es lo que Mikasa persigue y protege con su propia sangre y vida. Si él se rompiera, no habrá otro igual, ni podría volver a moldearlo y deformarlo de acuerdo a su propietario».
Antes de darse cuenta de la posición en la que se encontraba obligada (no estaba obligada), intentaba ignorar lo que el instinto biológico le dictaba que hiciera. Nunca se volteó. Pudo haber sido por miedo. O simplemente nunca se le ocurrió que podía girarse, ni quería hacerlo. O pudo ser porque pensó en lo que iba a suceder si lo hacía.
Ya estaba preparada para ser tocada en contra de su voluntad (no hay manera de que esté siendo forzada), aunque las manos de él no habían abandonado su lugar original, en la gran cama con manta suave y color bordó.
No hubo movimiento, y las ideas enmarañadas y llenas de posibilidades fueron eso, solo ideas. Nunca vino nada ni podrá venir. Porque esa idea no estaba codificada en la sangre del joven «niño».
Él, por su parte, desvió sus ojos del montón de ropa sin forma y luego se puso en la base de su cráneo. Su nuca limpia, sin rastro de vellos nigérrimos como los de un cuervo.
El hogar a leña se apaga paulatinamente. El fuego tenue iluminaba poco la habitación y las enormes cortinas, también negras como el pelo de un cuervo, no ayudaban a los tonos fríos del amplio cuarto.
—Mikasa, ¿tienes idea de cómo te ves ahora?
No volteó su rostro de perfil—. ¿Cómo podría saberlo? ¿Cómo me ves?
Dejó caer sus párpados y la oscuridad lo abrumó. Contuvo un suspiro—. No te estoy viendo, pero lo imagino. De todos modos, ¿de qué estás hablando? ¿Quieres degradarte? ¿Piensas que haría eso contigo? No te equivoques, Mikasa. Eres todo menos una amante para mí. Espero que eso quede fijo.
Finalmente, se volteó, volviendo a mirarlo desde un ángulo superior. Frunció las cejas—. ¿Hay algo malo en mí? ¿Esto no es normal?
Nuevamente se echó en la cama, esta vez extendiendo sus brazos noventa grados desde su tronco. Aún con los párpados cerrados e inmóviles, sonrió sardónicamente—. No hay algo malo en ti. Pero dime una cosa... ¿Quién soy para ti ahora mismo?
La mente de Mikasa marcó una división fuertemente: una parte quería volver a la realidad y contestar sin el enfoque distorsionado. Y la otra, ansiaba seguir el cuento perfecto, pulido por los tonos, formas y sonidos de sus propios deseos egoístas.
—Son dos... -susurró eso para sí misma—. ¿Qué debo responder? ¿Me dirás lo que debo decir? Lo correcto y...
Con cada palabra de Mikasa, él curvaba aún más sus labios sardónicamente. Apoyó su peso en sus codos, obteniendo un mejor panorama de la mujer frente a la fogata casi extinta, pero más ardiente que nunca. Sintió el decoro ajeno. Ella ya estaba consciente de su propia desnudez—. ¿Por qué iba a hacerlo? Piensa un poco por ti misma. Deberías poder hacerlo por tu cuenta, ¿no?
—Yo quiero estar... quiero... Eren.
Él soltó el suspiro acumulado. Levantó los párpados pesados, revelando las esmeraldas que ella amaba. Dejó el apoyo de sus codos. Ahora acostado, colocó nuevamente ambas manos alrededor de su cabeza, juntando sus dedos—. Puedes hacer lo que quieras. No me opondré. En mi opinión, esto no es lo mejor para ti, pero si aún así eliges hacerlo, no te detendré. Adelante. Tú decides.
—¿Estás seguro de esto? —dijo Mikasa.
—No sé —dijo Eren.
Vio su rostro y cambió. Ya no era el alcohólico. El niño magnífico la estaba esperando sobre un lecho de vino y algodón. Y en un momento deseó estar más cerca de él, más cerca que nunca.
Avanzó sobre sus propios pies desnudos (ella estaba completamente desnuda). Mikasa ya estaba arriba del niño magnífico, con su inmoral desnudez, montándolo por la cintura. Él seguía vestido.
Lo besó como siempre quiso. Ella aplastaba su pequeño cuerpo con su propio gran peso. Puso su palma contorneando el angelical rostro que tenía en frente.
—Eres mi mayor tesoro —aseveró ella.
—Entonces, ¿tienes miedo de dejarme libre? —dijo él, apesadumbrado.
Ella alejó su palma de la mejilla ajena. Estaba fría, tan fría que congelaba sus células, su mano se puso dura, igual al cuerpo tieso debajo de ella misma. Ya no sonreía—. Sólo quiero protegerte. Si eres tú, no tendría que ser doloroso ni indeseable. Lucharía para siempre.
—No hay nada de mí que llegue a ser amable con el ganado —dijo esas palabras con voz automatizda, como si ya las hubiera utilizado antes en su cotidianidad—. Esto no se trata solo de mí ni de nadie externo, ni de tu linaje sanguíneo, ni de la muerte prematura de la muñeca titiritera que vivía en las montañas. Esto va más allá de cualquier unión o costumbre. Se trata de ti y de nuestra libertad.
La habitación dio trece vueltas para Mikasa y la migraña la sacudió fuerte, tan fuerte, que lloró y berreó como una recién nacida, aunque sus labios no se despegaron y ningún grito se filtró de ellos. Cuando dejó de llorar y berrear (no estaba llorando ni berreando por fuera), él ya había cambiado por última vez en esta noche. Era de día y el joven adulto se moldeó en el recipiente que ella tomó prestado, sin permiso, para él.
El fuego se apagó.
Eren no se había movido. Ambos estaban desnudos y ambos también se sonrojaron. Sintió la lubricación natural de Mikasa. Caliente, demasiado caliente. Todo se calentó a pesar del frío de la habitación y el apagón del hogar a leña.
—Si vas a hacer algo, hazlo —le advirtió, ya cansado de la ralentización del gran cúmulo de placer.
Sin deshacerse totalmente de la vergüenza, posicionó su centro empapado sobre el pene enhiesto del titán cambiante y empujó hacia abajo con todas sus fuerzas, que no eran pocas.
Sintió que el corazón se le escapaba por la boca cuando sus paredes eran separadas por primera vez. Él se mordía los labios para retener los gemidos de éxtasis. Un placer insoportable lo abrumó. Juró orinarse luego de golpear el cuello uterino de Mikasa.
Ella todavía no se había movido. Sus manos agarraban fuertemente la frazada bordó, perfectamente extendida por toda la cama gigante. Pensó que eso le ayudaría a lidiar con el dolor.
Apenas comandó las palabras para que salieran por su boca—. Mikasa... Muévete un poco... —Quitó las manos de su nuca y rápidamente las arrastró por las piernas lechosas que aprisionaban su tronco, frotó sus muslos y subió a sus caderas. Ella no podía respirar.
Sin esperar a que su compañera se aliste, apretó el agarre de sus manos y la subió y bajó a su antojo, como una recién nacida muerta al nacer.
Empujaba más y más. Más profundo. Perforaba sus entrañas. Hundía sus dedos en el relleno blando de la recién nacida sin vida. Pensó que estaba muerta. Ella pensó que iba a morir.
Él no escuchaba a Mikasa chillar como una recién nacida cada vez que su vagina era separada una y otra vez, milímetro a milímetro. Entonces cansó de la inmovilidad del títere, sacó completamente su largura, empapada con sangre y una mezcla de aguas y no vírgenes, y la puso boca abajo sobre la cama gigante. Levantó sus caderas y se introdujo nuevamente en ese punto máximo de placer.
Mikasa dejó escapar un grito indecoroso. Sentía que su cabeza iba a estallar. Con mucho esfuerzo logró captar las vacilantes palabras de Eren—. Eres perfecta para esto.
No pudo responder. Todo lo que intentaba decir, resultaba incomprensible—. Yo- yo... yo no soy...
Lloró y se estremeció cuando él comenzó a acelerar y chocar en su punto dulce, violentamente. Sus entrañas apretaron aún más fuerte su largo miembro. Si él continuaba así, definitivamente se volvería loca por el placer. Tuvo miedo cuando sintió su vista nublarse y un cosquilleo indescriptible corrió por su pelvis. Todo su estómago se contrajo y liberó esa carga que tanto la presionaba. Fluidos viscosos chorreaban por sus muslos, manchando la elegante manta. Y antes de darse cuenta, se había había dormida.
Una vez que él también terminó, llenando su útero con su espeso esperma, cayó rendido sobre el cuerpo caliente y ultrajado de su mejor amiga. La abrazó un momento, cansado y jadeando en busca de oxígeno.
Extendió la manta para calentar un poco sus cuerpos y lentamente fue quedando dormido. No sin antes mirar a su compañera de noche y pensar qué sucedería en consecuencia a su reciente acto... Al final de todo, él no podría amarla y ella no quería ser amada por él.
Hay momentos que marcan un punto en nuestro camino personal y cada decisión, correcta o no, tiene una consecuencia. Ese conjunto de consecuencias determina nuestra dirección hacia la gloria o desdicha.
Mikasa se despertó de su profunda fase de sueño. Su cabeza no paraba de dar vueltas y un dolor punzante en su parte baja la alertó. Intentó incorporarse, pero su cuerpo no respondió. Suspiró cansadamente y se frotó los ojos, quitándose las lagañas. Hacía mucho frío para su gusto. El fuego estaba apagado, el cuarto era muy oscuro, excepto por el mínimo destello de luz que se filtraba por las grandes cortinas.
Acomodándose a su entorno, reconoció que estaba desnuda. Giró su rostro buscando a su acompañante y lo vio durmiendo profundamente como el joven niño que es. Sonrió débilmente y estiró su mano para acariciar su sedoso cabello rubio. Como el oro. Como el sol.
Su vista se volvió borrosa y lágrimas corrió de sus cuencas. No quería imaginarse la terrible consecuencia que tendría que afrontar en unas horas.
A raíz de un cúmulo de decisiones y sacrificios insatisfactorios para ella misma, decidió crear su propia realidad abstracta y completamente degradada. Se encasilló en su propio mundo de ficción, haciendo de lo real no otra cosa que la proyección de sus propios anhelos, arrastrando a una buena persona para ella.
Aunque, ¿algo de esto importa siquiera?
«De todos modos, no era feliz, ni tampoco lo había sido nunca desde la muerte de Mikasa Ackerman. Cada sonrisa era seguida por un doloroso suspiro, cada alegría por una maldición y su única motivación para luchar se aleja más y más, porque él es un ser libre que ama la metamorfosis».
Ella no era feliz, ni tampoco lo sería nunca más, porque finalmente aceptó su rendición y dejó de luchar y atacar su propio espíritu.
Eren no volvería a ser su niño magnífico ni ella volvería a ser la niña de la cabaña.
Notas de la autora que a nadie le interesa, pero son necesarias para evitar cualquier confusión: seguramente ahora mismo te estarás preguntando qué mierda acabas de leer, pues intentaré explicar un poco mis ideas. Si te interesa saber qué pasó, pero quieres saltarte mis comentarios personales, ve a donde está este (#).
Para los interesados y/o curiosos, aquí les dejo mi aporte y pensamientos finales:
Luego de leer el chap. 123, escribí un borrador que se estacionó (junto con mis historias jamás publicadas) por más de tres meses. Y no fue por nada en especial, simplemente soy realmente perezosa y me cuesta demasiado sentarme a leer y editar lo que yo mismo escribo, ja, ja. El caso es que deseaba mucho escribir algo canonverse, aunque no suelo hacerlo más por miedo a echar a perder la magnífica historia y personajes creados oficialmente. Odio cuando tengo que romperme la cabeza revisando si lo hice bien o si el personaje está demasiado salido. Es por eso que demoré tantos meses con esta vaina. No quisiera que el lector llegue hasta el final y se decepcione. Yo también soy lectora y sé lo que es ese sentimiento al final de todo.
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Quise hacer una representación del Ackerbond, pero sin que sea demasiado exagerado. Creo (espero no) que abusé de las metáforas aquí. Metáforas que pueden entender, o no.
Por ejemplo, intento plasmar el apego desmesurado de esta Mikasa hacia el Eren de nueve años, o sea, la perpetuación de su salvación en forma de niño de nueve años, y el miedo y la desesperación de verlo crecer, teniendo que aceptar los constantes cambios que este sufre. Porque los humanos, por lógica, SIEMPRE estamos y estaremos en constante cambio o evolución, es parte de nosotros, gracias a que vivimos día a día, a que tenemos el poder de la razón y nuestro libertinaje a la hora de tomar decisiones o poseer determinados ideales. Esa es la metamorfosis de este Eren.
En un momento, a pesar de que Mikasa estaba ebria, estaba consciente de que no era Eren con quien estaba a punto de fornicar, es más, le habría importado muy poco quién hubiera sido la otra persona, porque ella estaba decidida a hacer trabajar su mente para su propia conveniencia. Es decir, exigió a sus ojos ver lo que deseaba ver, mas no lo que en realidad estaba pasando. Ella quería ver la noche porque se arrepentía de sus torpes palabra, y noche vio. Ella quería ver a Eren en lugar de su mejor amigo Armin, y a Eren vio (lo vio y deformó de acuerdo a sus sentimientos del momento. Pudo tuvo todas sus facetas). Todo por su propio egoísmo. Borró su entorno y se concentró en su mayor anhelo.
Armin menos aún se escapa, pues él, a pesar de estar también ebrio, tuvo un ápice de juicio y pudo ver a través de la confusión que sufría Mikasa, mas tampoco le importó demasiado y continuó con su desenfreno biológico y sentimental.
También, seguramente notaron, que hago mucho énfasis en los dos tipos de jóvenes: niño y adulto, y en el Niño Magnífico. Esto es porque Armin representa y conserva la inocencia misma de un niño, pero él no es un niño, entonces de ahí el oxímoron de Joven Niño. En cambio, cuando era Eren quien estaba siendo citado o visto por los ojos de Mikasa, el término era cambiado por Joven Adulto, pues Eren ya había evolucionado lo suficiente como para perder su propia inocencia. El Niño Magnífico era el espejismo de Eren en su edad dorada, según Mikasa.
Puse una que otra referencia de libros famosos, y de mis favoritos (incluyendo un pasaje bíblico). Espero que hayan podido captar al menos una.
Antes de olvidarme, podrían llegar a pensar que el título no tiene nada que ver con el contexto, pero sucede que no sabía qué poner, entonces revisé una y otra vez partes específicas y decidí este, porque hay una oración que habla sobre Eren mascando opio, droga narcótica que se obtiene de plantas herbáceas, es muy conocida por ser La Planta de la Felicidad.
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Lo más probable es que me haya desviado de las verdaderas ideas o principios de los protagonistas, pero tuve que tomarme ciertas libertades para que la historia girara como yo quise. Realmente nunca tendré la vara tan absoluta cuando se trata de un fanfic. Sólo busco entretenerlos por unos minutos, y si lo conseguí, me doy muy por satisfecha.
Cordiales saludos. :)
