Para quienes no me conocen: Hola, buenos días, soy Be. Todo fandom que toco perece (?). Un gusto :).
Y bueno, nada, volví con lo que precisamente no quería volver: hurt/comfort. Tengo que culpar a la cuarentena por esto, porque si tuviera cosas que hacer no se si hubiera llegado tan rápido a escribir esta historia. Que, cabe aclarar, salió de una idea del plot de So Many Words Never Said. ¿Viste cuando haces un fanfic de tu fanfic? Bueno, algo así.
Va a doler, porque si no duele no sirve, gente. ¡No sirve!
Elsa nunca pensó que la muerte pudiera sentirse tan irreal, tan vacía y tan lógica a la vez.
Se había despedido la tarde de un viernes, deseándoles buena suerte en su viaje y prometiendo que pasaría un fin de semana tranquilo en casa entre libros y películas, como de costumbre.
Pero luego vino la tarde del sábado a tirar los planes por la borda, y cuando quiso dar cuenta ya estaba corriendo de un lado a la vez que contestaba llamadas y pretendía saber cómo manejar este tipo de situaciones sin importar la nula experiencia.
Y por la noche del jueves los miró pálidos e inertes, enfundados en su vestimenta favorita, como dormidos. Pero ningún pecho se expandía o contraía, y el ambiente estaba húmedo de tragedia y lágrimas por doquier.
Elsa había llorado, también. ¿Cómo podría no hacerlo? Había llorado por una hora entera, entre abrazos dados tanto por seres queridos como por familiares tan lejanos que eran completos extraños, pero que de igual forma sentían la necesidad de dar más condolencias de las necesarias. Incluso cuando creyó que no lo hacía, alguien siempre le hizo saber que aún había lágrimas cayendo por sus mejillas, sin importar el ritmo.
No era algo que Elsa hiciera, llorar de esta forma. Nunca se lo permitió.
Sin embargo siempre había una primera vez para todo, ¿no?
Supuso que en eso estaba incluido tomar la primer pausa de la noche, sentarse en uno de los bancos del jardín de la funeraria y ver un par de niños jugar de la forma más silenciosa que un niño podía. No es como si a Elsa le molestara, ver despreocupación e inocencia ir de acá para allá con hombros de algodón. Era agradable y refrescante, tal como el aire nocturno que le llenaba los pulmones. Le ayudaba a pensar, a procesar todo lo sucedido. No había podido darse tal lujo durante el día, teniendo que mantener la cabeza en frío por el bien de los trámites con los que ella misma se ofreció a ayudar.
Ahora, con el reloj tan cerca de las once de la noche, no había forma de ocultar la luna ni sus emociones.
Sus padres estaban muertos.
Elsa lo sabía bien. Se había quedado en medio de la sala con un torbellino de sensaciones, ojos sobre figuras inmóviles mientras alguien le abrazaba por los hombros. Había llorado, llorado durante una hora entera. ¿Cómo podría no hacerlo?
Aunque, ¿por qué llorar? ¿Por cuál razón específica? Ese era el mayor problema, el motivo, el verdadero motivo.
¿El dolor de que ya no estén? ¿De llegar a un hogar vacío el lunes y terminar hecha un mar desesperación el medio de la sala de estar? Sí, era el dolor. En su mayoría, supuso. Porque los quería y ellos la querían a ella y siempre trataron de hacer lo que creyeron mejor. O así iba la frase por lo general, al menos. Era ida y vuelta. Yo te importo. Tú nos importas. Hacemos lo correcto. Todo está bien como está. Sin quejas.
Nada de quejas, no, ninguna. Pero entonces, ¿que pasa con el enojo? Qué pasa con el dolor y el enojo y la culpa ante la más mínima chispa de júbilo por la simple idea de la libertad y la confusión, porque así no es como se deberían sentir los cierres, por más que fuera con la muerte pero de todas formas no se sentía como tal entonces como-
¿Cómo podía ser esto un cierre? Al mismo tiempo, ¿cómo podía no serlo?
Fue lo fácil, fue la salida más fácil.
Ahora no era el mejor momento para analizar estas cosas (en realidad nunca lo era ni lo sería), porque estaba segura el solo pensarlo era hasta irrespetuoso. Elsa siquiera debería estar sintiendo nada remotamente similar ni en el fantasma de su estructura. Si lo hacía, lo mejor era ocultarlo y pretender que no era real, por el bien del mundo a su alrededor.
Si no está ahí, entonces no existe.
¿Había prueba alguna? No, en lo absoluto. Por ende nada es real, por que Elsa siempre fue buena ocultando cosas. Aún lo era y no pensaba dejar de serlo.
Por lo que se quedó ahí, frente contra las rodillas. Solo Elsa y su pequeño mundo donde todo está bien y es una bonita, feliz marioneta viviendo una bonita, perfecta vida en su escenario de cartapesta.
Los malos hábitos son difíciles de matar, sobre todo cuando no se pone el más mínimo esfuerzo en lograrlo.
Las cosas se quedaron así, por un rato. Con el sonido de charlas por lo bajo y niños siendo sermoneados por elevar la voz al punto de gritar mientras jugaban a la mancha. El sonido tranquilizador de hombros de algodón y su terrible problema de terminar con un empacho por comer demasiadas golosinas. El sonido de pasos sordos acercándose para enterrar a Elsa en un mundo de sombras incluso más profundo todavía.
Tomaron asiento con la misma precaución y nada de contacto físico. Únicamente su presencia. Era una sensación rara pero certera, igual que cuando se está solo por la noche y se sabe que hay alguien detrás. Darse la vuelta significa voltear a ver la realidad catastrófica de una mente imaginativa o a memorias restringidas.
Aún así, Elsa volteó la cabeza, espiando con un solo ojo por curiosidad mórbida, tan lento como su respiración se lo permitía, para corroborar si era su imaginación desbordada, un fantasma, o alguien real. Y una vez que estuvo segura su vista no la engañaba, levantó la cabeza tan rápido como se lo permitió el aire en los pulmones.
Anna estaba ahí, sentada a su lado.
Bastaba un segundo para reconocerla, sin importan los años.
Había crecido desde la última vez que se vieron, como todo mundo (y más aún los hermanos menores) luego de tres años. Elsa probablemente también había crecido, si es que el análisis visual sobre sus facciones daba indicio alguno, aunque el cambio de doce a quince era mucho más drástico que de quince a dieciocho.
Sin embargo este no era momento para hablar de cambios, ni de sus vidas cotidianas o de intentar recuperar tiempo perdido. Tampoco para disculparse por actitudes pasadas o brindar explicaciones. Se trataba sino del aquí y ahora, y la necesidad inmediata de encontrar consuelo.
Elsa vio los labios de Anna temblar, cada vez que intentaba articular palabra. Pero no era necesario utilizar palabras, no cuando ella sabía leer bien el lenguaje corporal y su hermana excelente para llevar los pesares en el rostro. Así que apenas Elsa hizo el gesto de extender el brazo, Anna se le avanlanzó con fuerza corporal total, y una ola nueva de lágrimas.
Elsa le abrazó por los hombros, apoyando la cabeza sobre su cabello cobrizo, ojos cerraros al punto que dolían.
Deseaba por decir algo, lo que fuere.
Lo siento, más que nada, lo siento tanto.
Lamento tu pérdida. Lamento nuestra pérdida.
Lo lamentaba con toda la honestidad del mundo, y a la vez no, por la culpa ante la más mínima chispa de júbilo en las partes escondidas de su alma. Las partes de las que no tenía pruebas y, por lo tanto, no existían. Tenía que ser perfecta, la pequeña marioneta perfecta y triste con su triste vida de cartapesta.
Y ahí estaba, bañada en dolor, angustia y culpa por sentimientos inexistentes. Abrazando a su hermana mientras le empapaba su única prenda negra, de quien se obligó a alejarse y con quien no había tenido contacto en los últimos tres años.
A pesar de todo, este era el mejor de los finales.
Porque sus padres estaban muertos.
Era mejor así.
