No vestía siempre de negro, simplemente se ponía lo que su instinto le dictaba día a día y a veces incluso optaba por el rojo o el blanco, simple, elegante. No podría ser La Muerte con otras ropas.
Nadie sabía cómo había logrado ocupar el puesto luego de milenios habiendo un sujeto de capucha y guadaña en el lugar, sin embargo, él miraba con sus ojos verdes y sonrisa apuesta, siempre teniendo métodos más eficaces y sutiles al momento de enviar un alma al otro mundo, afortunadamente, no tenía que hacerse cargo del sitio al que se irían, para eso estaban los subalternos del reino de los cielos y de las tinieblas.
Siempre hay alguien que puede morir. El punto es que nadie sabía cuándo eso sucedería y cómo actuaba La Muerte. Aunque, jamás aparecía en las noticias como sospechoso, porque siempre era visto solamente por la persona que pasaría al otro mundo en algunos minutos más.
A veces, rodeaba sus cuellos con una mano y resultaban ahogados con comida, en ocasiones ponía una mano en su pecho y les daba un infarto. Aunque la mayoría de las veces se ponía a bailar con ellos estando borrachos y resultaban ser atropellados en medio de la calle, sin que nadie supiera cómo había llegado esa persona al sector, simplemente apareciendo.
La Muerte no se jactaba de sus proezas, sin embargo, tenía que reconocer que se sentía solo y extrañaba un cuerpo cálido al que abrazar por más tiempo, rodearse del olor a sexo y lo mundano de comer o dormir hasta estar satisfecho. Eso era parte de su vida anterior, cuando vivía y su corazón no era tan frío como para quedar atrapado en ese punto donde no suplicó ni pidió perdón al momento de partir, a veces creía que su alma lo había abandonado antes de morir. Quizás así era, quizás murió en vida y La Muerte tardó en ir por él, por eso la reemplazó.
Sin embargo, no esperaba encontrarse con esa persona cuando se apareció esa madrugada de invierno en medio de la azotea de un edificio en el centro de Nueva York. Una ciudad de luz, pero su gente era demasiado triste y miserable. No le agradaba ir ahí, pero si en vida lo soportó, nada le haría siendo La Muerte, pero se equivocó.
Frente a él se encontraba Kurt Hummel discutiendo a gritos con Blaine, quien se veía ebrio y molesto. El castaño estaba asustado y al filo de la cornisa, todo fue visto en cámara lenta y cuando el ojiazul perdió el equilibrio y cayó al vacío fue que reaccionó, lo sujetó como pudo de una de sus manos y lo ayudó a colgar del edificio. No tenía idea de cómo lo logró, porque no podía interferir en ese tipo de cosas. Si Kurt debía morir, él solo tenía que guiarlo, en ningún caso salvarlo.
Y estaba seguro de que el castaño lo vio. Por la cara de impacto que tenía y el susurro de su nombre en sus labios. Sebastián Smythe, chico irreverente, que causaba más problemas que soluciones y que había muerto una noche de invierno en medio de Navidad, cuando se quedó solo en su departamento, sin calefacción y llorando por la soledad de haber perdido a sus padres y no tener a nadie que lo confortara.
Y desde ese momento los ojos azules lo analizaron. Se veía apuesto y elegante en ese traje rojo oscuro y con esa sonrisa socarrona en los labios. Aunque su mente procesó algo más, Sebastián había muerto hace 5 años, estaba seguro de eso, porque fue él quien lo encontró congelado en el sillón. Entonces, se sintió responsable porque empezaban a ser amigos y él lo dejó solo en Navidad, aunque un par de meses después se enteró de que los padres del castaño habían muerto ese mismo día.
-Ni remotamente parecido-dijo leyendo por un momento los pensamientos de Kurt-no soy un ángel precisamente-de un solo movimiento lo puso de vuelta en la azotea y giró a ver al moreno.
-Imposible que estés vivo- dijo Blaine caminando a él y tocando por menos de un segundo parte de su camisa.
-Tu tampoco-murmuró al momento que devolvía el toque en el pecho de Anderson, quien cayó al suelo al momento siguiente.
-¡Qué le hiciste!-gritó Kurt corriendo hasta su ex novio, sin embargo, Sebastián no estaba allí. Se encontraba completamente solo.
Amonestado. Eso había sido lo que el ángel del limbo se encargó de gritar al momento que se hizo intangible y se desentendió de Kurt.
-No sabía que estábamos en la escuela.
-Los vivos no pueden ni deben verte. Mucho menos puedes ayudarlos-fue un espectro el que rozó su cuello con una guadaña y noto que aparecía un pequeño rayo de luz.
-Termina el trabajo. Sin tarea a medias-dijo el castaño exponiendo su cuello abiertamente y luego vio a la vieja muerte. No corrió ni sintió miedo, sólo dejo que terminara el trabajo.
Y sin saber cómo se hundió en una oscuridad absoluta, donde escuchaba que alguien lo llamaba y él solo creía entender que le hablaban.
Sebastián.
Se oía como un susurro. Pero no lo era. Kurt le gritaba desesperado, porque estaba frío como el hielo y su cuerpo apenas se movía.
-¿Qué?- murmuro mirándolo extrañado.
-Hace -12° y tu estas sin calefacción ¡Podrías haber muerto!-decía desesperado.
-¿Cómo entraste?-susurró viendo su aliento en el aire y sintiéndose completamente desorientado.
-Me diste una llave el otro día-dijo buscando algo con que calentar el lugar.
-No hay gas para la cocina ni para la estufa, solo tengo la ropa-dijo rememorando la noticia que le habían dado de la policía. Sus padres habían fallecido esa mañana y él no quería nada.
-¡Eres un irresponsable! Podrías haber muerto y yo…-trató de seguir Kurt, pero notó que Sebastián seguía sentado y miraba el piso, al parecer lloraba en silencio-Seb…-susurró suave e intentando acercarse.
-Ándate Kurt, estás mejor lejos de aquí, no soy alguien a quien quieras tener cerca-susurró poniéndose de pie y sintiendo dolor en sus piernas por el esfuerzo, al parecer el frío si lo estaba calando.
-Qué te pasó, ayer hablamos y me dijiste que estarías con tus padres hoy, qué pasó con eso-dijo mirándolo extrañado, ese no era el Sebastián que conocía.
-¿Por qué viniste si sabías eso?-susurró abrazándose al momento que se volvía a sentar.
-Porque quería desayunar contigo, te traje tu café favorito y algunos dulces para comer, quería…-pero bajó la mirada, al parecer se estaba equivocando con todo eso.
-Kurt-susurró mirándolo de nuevo, el ojiazul se acercó con el vaso de café y se lo dio, sorbió un poco y sintió como el líquido caliente pasaba por su cuerpo, pero no le daba el calor necesario, lo dejó encima de la mesita de vidrio delante de ellos.
-Cuéntame, qué pasó-susurró atrayendo la bolsa frente a ellos y sorbiendo de su café, eso mientras había tomado el cubrecamas de la habitación del castaño, porque realmente morirían de frío en ese sitio, pero sentía que lo que Sebastián le diría era demasiado importante como para moverse a otro sitio.
-Me llamaron en la mañana, mis padres murieron en un accidente de tránsito, venían para acá a pasar las fiestas conmigo. Mi hermano viajará esta tarde y veremos…-sintió el abrazo de Kurt y se permitió abrazarlo, llorar en su pecho y fundirse ambos en ese cubrecamas, sintió el calor del cuerpo del ojiazul y no quería salir de allí, quería permanecer por siempre en ese sitio.
No se dijeron nada en casi media hora, solo se escuchaba el llanto del ojiverde y su respiración agitada. Kurt solo acariciaba su cabello y lo mantenía pegado a su cuerpo. Nunca había pasado por algo como eso, pero sabía de una madre muerta y un padre enfermo, quizás eso no bastaría para ayudarlo, pero estaría ahí para él.
No tenía idea de cuánto tiempo había pasado, pero estaba seguro que los cafés estaban fríos y que ellos terminarían congelados de mantenerse en ese lugar. Por eso movió un poco a Sebastián cuando dejó de llorar, estaba dormitando en su pecho. Susurraba su nombre.
No tuvo corazón para despertarlo.
Tomó su teléfono y llamó un vehículo desde una aplicación, esperó a que llegara y cuando eso ocurrió, buscó el abrigo del castaño, su teléfono y billetera. Tomó su bolso y salieron del departamento. Sebastián se dejó guiar, no estaba completamente despierto, solo obedecía a lo que le decía.
No pasó más de una hora cuando llegaron al hogar de Kurt, al otro lado de la ciudad, un departamento más pequeño que el de Sebastián, pero con calefacción y luz. Ahí estarían bien.
-Mi hermano debería llegar a las seis-susurró cuando se sentó en el sillón del castaño.
-Bien, estaremos atentos, prepararé el almuerzo y luego…
-Perdóname Kurt-dijo bajando la mirada-sé que no querrías pasar un día como hoy conmigo, lamento…
-Hey-dijo acercándose y tomando sus manos-estoy donde tengo que estar. Debes estar tranquilo, hoy mi padre venía a pasar Navidad para acá, pero le diré que…
-No lo hagas, quédate con él-dijo presionando sus manos-te agradezco todo lo que estás haciendo-dijo poniéndose de pie y caminando a la salida.
-No te vayas-alcanzó a decir antes de que la puerta se cerrará.
Lo último que escuchó fue la bocina de un auto y un golpe sordo.
Todo regresaba al inicio.
