El mundo murió para mí cuando murió mi madre. Lo supe una semana más tarde, cuando fui a casa de mi pobre madre, viuda, para llevarle comida. Mi maestro me había mantenido especialmente ocupada en el laboratorio esa semana creando un suplemento extra de pócimas antivenenos y yo no supe lo que había ocurrido hasta que era demasiado tarde.
La vivienda de mis padres estaba en el barrio de los artesanos. Mi túnica de aprendiz de legado me brindó pasaje a través de las puertas. Estaban abiertas, pero los guardias apostados ahí tenían potestad para detener a quien se les antojase. De noche se solían cerrar para proteger a los valiosos trabajadores de los guls y otras aberraciones no muertas que a v eces recorrían las calles de noche.
Me encontré la casa de mis padres cerrada y tapiada. El taller en el que había trabajado mi padre, en el anexo, estaba vacío de toda herramienta, y de inmediato supe que algo terrible pasaba. Mi madre había querido que yo heredase sus herramientas cuando él murió y las atesoraba. Un nudo se hizo en mi pecho, pero no mostré emoción alguna en mi rostro. Enderecé mi postura, estiré mi traje de aprendiz de legado y llamé a casa de la vecina. Nadie me abrió, pero yo sabía que estaban dentro. Era normal. Las túnicas negras llamando a una vivienda privada siempre éramos una mala noticia.
Volví a llamar… Y llamé otra vez… Finalmente, me retiré la capucha, escondí el símbolo sagrado de nuestro dios, un acto que se podía considerar blasfemo, y llamé a la mujer de aquella casa por su nombre.
– Cordina, Cordina, soy Erisad, por favor, responde. Traigo comida para mi madre, pero no hay nadie, ¿qué ha pasado?
Cordina me había visto crecer desde pequeña, me había visto unirme como aprendiz a la iglesia de Izrador y había hablado con nosotros sobre cómo esa podía ser mi mejor posibilidad de sobrevivir en aquella ciudad a la sombra de Theros Obsidia, la torre negra. Era de las pocas personas que sabía que yo jamás había tenido fe.
La puerta se abrió un palmo, y el rostro de Cordina asomó al otro lado. Sus cabellos grises recogidos en un triste moño.
– Erisad – … murmuró.
Asentí, me tragué el miedo y la bilis y me puse la ensayada máscara de serenidad. Hablé con suavidad a aquella pobre mujer, sabiendo, de alguna manera en mis adentros, que era la última vez que la veía.
– Cordina, ¿dónde está mi madre?
– Se la llevaron … – murmuró
– ¿Quién se la llevó? ¿A dónde?
– Los legados, se la llevaron para sacrificarla en el templo.
El frío del mundo cayó sobre mí de repente. Mi mente se puso a gritar, un grito sordo de dolor. Permanecí unos instante escuchando aquel grito y luego me oí a mí misma decirle a Cordina: "Muchas gracias por haber sido tan buena con nosotros todos estos años. Toma, quédate la comida".
Me vi a mí misma entregarle el fardo, mis manos morenas cubriendo las pálidas manos de Cordina unos instantes, en un disimulado gesto de cariño y agradecimiento. Luego me vi darme la vuelta y alejarme del miserable barrio que me vio crecer. Dejé atrás la casa de mis padres, con un dolor tan grande que creí que caería muerta en cualquier momento. Ahora estaba completamente sola en el mundo. Mi rostro no mostró un solo atisbo de lo que sentía. El hábito tomó el control y mis pies caminaron de vuelta hacia los aposentos de los aprendices, mientras mi rostro no mostraba un solo ápice del grito que me estaba desgarrando por dentro. No sabía a dónde ir, no sabía qué hacer... Seguí la costumbre, incapaz de razonar.
En ese momento, el dolor no me permitió pensar. La muerte de mi madre solo significaba una cosa: que yo había desempeñado mi papel demasiado bien. Los familiares de los legados y sus aprendices, no solían morir, a menos que hubiese una venganza política de por medio. Pero mi madre no murió por venganza, murió porque nadie reparó en mí. Nadie reparó en la aprendiz de legado silenciosa, aplicada, y lo bastante mediocre aparentemente como para no ser un peligro para nadie, pero sí lo bastante útil con su actitud temerosa y servicial. Hice mi papel demasiado bien, había pasado demasiado desapercibida dentro del nido de las serpientes. Ninguna me había mordido, pero lo único que quería proteger con mi presencia allí había muerto, de la manera más horrible posible, y yo era la única culpable de aquello. Había fallado en mi único cometido.
