Nota: Harry Potter es creación y propiedad de su autora J.K Rowling. Esta historia es simplemente una prolongación de mi imaginación con fines creativos y de expresión.
-¿Otra vez tú?
-Eso parece.
-Dicen que a partir de ahora las noches serán más frías.
-Y es cierto, ¿no lo notas?
-No.
Y aquello era igualmente cierto. Portaba una camiseta negra, las mangas casi por debajo del hombro, sin llegar a mostrarlo del todo, pero tampoco a cubrirlo. O tal vez es que tuviera unos hombros desproporcionados en comparación a los de ella. Pero, a ella no le extrañaba en absoluto, siempre había sido de huesos pequeños y constitución presumiblemente doblegada.
En los ojos se reflejaba el vacío abismal de las aguas oscuras, o tal vez fuese al revés. No lo distinguía. Una chispa de luz les saludaba desde el pantano, dudaba que proviniera de sus ojos, hacía demasiado tiempo que estaban apagados. Tal vez el eco del cántico de una sirena extraviada.
-¿Y tú, tienes frío?
-Sí.
La mirada de Draco Malfoy se movió del lago a ella, y después de vuelta a las aguas pantanosas. Parecía conflictiva, como si ella hubiese mencionado algo extremadamente irrelevante o inoportuno.
-Pero, está bien. Me gusta el frío.
Él volvió a mirarla, esta vez con más conflicto si cabía.
-El frío me hace sentir presente, aunque tiemble y a veces sea doloroso, aunque se me pongan las manos blancas y los dedos de los pies morados. Me hace sentir que aún estoy aquí.
Su mirada no la abandonó aquella vez y sus labios se fruncieron, evocando un suspiro del que emanó un resquicio de comprensión, de sentirse identificado.
-Deberías volver dentro y abrigarte, Hermione.
-Tú también. —Le acusó ella.
-Ya lo sé. —Respondió él, le parecía demasiado obvio y se contuvo de decirlo.
-¿Y por qué no lo haces?
-¿Por qué no lo haces tú? —Le devolvió la pregunta, ceñudo.
-Porque no quiero.
Se le hizo triste pensar que dijera quiero en vez de puedo. Era lógico pensar que si entraba en el castillo a semejantes horas de la madrugada sería soprendida por Filch, o peor Minerva McGonagall, y la castigarían, o peor aún la expulsarían, y eso era inconcebible para Hermione Granger, aunque él ya no estaba seguro de que a ella le importase a estas alturas.
-Pronto empezará a nevar. —Añadió él, nunca había sido particularmente amante del silencio prolongado.
-Me gusta la nieve. Es suave, cómoda. Puedes moldearla en tus manos a tu antojo y voluntad, y ella no opondrá queja alguna. Puedes comértela y, a no ser que tenga tierra mezclada, sabrá a agua. Se pueden hacer batallas de nieve, antes lo hacíamos mucho.
-Te refieres a Weasley, Potter y tú.
Ella asintió, sin regodearse en los recuerdos.
-También se puede esquiar, deslizarse sobre la nieve como si fuese un manto de sueños, me gusta pensar eso. Mi padre solía decir que la nieve es el sueño imposible de las nubes, mi madre le interrumpía siempre, le contradecía, y cambiaba su versión, para ella la nieve siempre fue el amor imposible de las nubes. –Estableció ella.
Se quitó las zapatillas y los calcetines, permitiendo que la hierba húmeda calase sus extremidades, y Hermione sonrió ante la sensación, como si fuese un drogadicto que recibe la deseada dosis tras un largo día de abstención.
-¿Por qué? —Expresó él, deseando oír el resto de la historia.
-Es muy evidente, pensé que lo descifrarías. Usualmente las nubes descargan agua, pero cuando la temperatura es lo suficientemente baja, se convierte en nieve. Por eso mi padre decía que es un sueño imposible, las nubes no quieren nevar normalmente y cuando lo hacen se apresuran y sufren, porque al ser algo imposible solo podrán hacerlo una o dos veces, y después volverán a llorar como si nada hubiera pasado.
Él valoró su razonamiento, sin quedar del todo satisfecho.
-¿Y tu madre? —Exhaló él, con bruma nocturna. — ¿Por qué creía que eran amantes imposibles?
-Amantes no, amores. —Le corrigió ella.
Él se llevó una mano a la barbilla, su mirada era un puzle estrellado.
-Es lo mismo. —Esbozó él.
-No lo es.
-Para mí sí. —Se encogió de hombros.
-Bueno, cuéntame tú teoría. —Peticionó ella.
-Si te refieres a porqué los amantes y los amores son lo mismo, te lo diré fácilmente. Los amantes se aman, y los amores no son más que amantes ansiando ser amados, a veces pueden ser lo mismo si dos amores platónicos se quieren en el mismo momento y en el mismo lugar, y no tienen que ser platónicos necesariamente, basta con que tengan una leve noción de amor, entonces serán amantes que aman y son amados. Amor y amar son una misma línea argumental. Y si te refieres a los delirios de tu madre, pues, creo que es porque las nubes no aman realmente a los copos de nieve, más bien a las gotas de lluvia que no las dañan al caer, sin embargo, la nieve las perjudica, es un amor más agresivo y nocivo, por eso son amores imposibles, porque no importa lo mucho que la nieve ame las nubes, siempre las herirá, nunca será buena para ellas, y, bueno, las nubes nunca la corresponderán.
Ella valoró sus palabras, en un sensato estado de trance.
-No está mal, es interesante. Pero, andas muy desencaminado. Mi madre decía que las nubes ansían nevar, no son amores imposibles porque no se quieran, sino porque solamente pueden quererse durante unos meses al año y pocas horas al día. —Explicó ella, ante lo que obtuvo un pretencioso bufido.
-Eso es absurdo. —Espetó él e imitó las acciones previas de Hermione, dejándose caer sobre la hierba.
Ella no formuló respuesta, se reclinó también y permaneció a su lado, sin tocarle.
-Hay amantes que nunca llegan a saber lo que es amar. —Comentó él, tras unos instantes de silencio. — ¿No te parece miserable?
-No, creo que es un mal necesario. Los amantes que saben amar solo terminan de dos maneras y ninguna es buena.
-¿Y cuáles serían esos finales? Casarse, tener hijos y construir un hogar, no me parecen malos desenlaces para historias de amor atormentadas. —Contradijo él, aunque nunca se hubiese considerado un idealista del romance.
-Eso solo ocurre en las películas, ni siquiera los autores de novelas son tan ingenuos. Los amantes acaban suicidándose o con el corazón destrozado. Dime, ¿cuál de esas opciones prefieres, cuál te parece buena? —Ella alzó la cabeza sobre su brazo derecho para mirarle.
Su palidez espectral relucía bajo la luna, y por un momento juró que sus labios se curvaron en una sonrisa.
-Me gusta pensar que no voy a suicidarme antes de cumplir los veinte, o de salir de aquí. —Replicó él, tan enigmático como siempre.
Ella continuó mirándole poco convencida, a la par que confundida, buscándole sentidos y raíces a sus últimas confesiones.
-Creo que la nieve es hermosa. —Esta vez fue ella la que sonrió, una extraña combinación entre un prolongamiento de la tristeza y la añoranza en unos labios que habían olvidado como reírse.
-Lo es. —Concordó él, mirándola con fijeza y profundidad.
Y ella no supo si hablaba de la nieve o de algún otro misterioso asunto que se escapaba a su conocimiento.
