*Historia original de Suzanne Collins, yo solo he adaptado la tercera entrega*
Cuando me despierto veo que no estoy atada a la cama. ¡Por fin! Esta es la buena, ¡voy a poder levantarme al fin! Pero algo va mal y es que no tengo ni idea de lo que me ha pasado. Me esfuerzo en recordar y rápidamente me vienen imágenes a la cabeza: un disparo de flecha a la cúpula, el cielo se cae, dolor, el grito de Peeta… un momento, ¿dónde está Peeta? Analizo la sala y veo a Beetee durmiendo a mi izquierda pero no hay rastro de Peeta. Me pongo muy nerviosa, ¿dónde diablos lo han metido? Cojo una jeringuilla, me sorprendo de que el capitolio haya sido tan imprudente como para dejarme eso al alcance. Nos han secuestrado, los juegos no han terminado todavía. Sé que es lo que tengo que hacer. No hay alternativa. No hubo esperanza en ningún momento.
- Tranquilo Beetee, vendré a matarte cuando encuentre a Peeta, te lo prometo.
Salgo de la habitación llevando solo el batín de hospital, el cual no se me cierra bien por detrás de modo que siento el frío recorriéndome la espalda. Abro un par de puertas hasta que doy con él. Suspiro con un alivio infinito al encontrarlo.
- Peeta… –susurro acercándome a su cama. Le han curado bastante bien, es como si nunca hubiera estado herido. Me siento en la cama junto a él y le acaricio la cara– Peeta nos han cogido, solo tenemos una forma de ser libres, lo sabes –y siento cómo se me forma un nudo en el estómago con solo imaginarme lo que tengo que hacer–. Lo sabías cuando aceptaste las bayas por primera vez. Esto será lo mismo. Te seguiré en el mismo instante en el que te vayas… –siento la quemazón de las lágrimas en mis ojos. Estaba siendo compasiva como cuando maté al último tributo que quedaba en la arena en los primeros juegos, cuando los mutos le estaban torturando. Pero mi mano vacila. Se trata de Peeta, es muy difícil arrebatarle la vida aun cuando lo hacía por él. Me aparto las lágrimas y justo cuando alzo el brazo alguien me grita per detrás.
- ¿QUÉ HACES? –estaba decidida, nada me hubiera parado si no fuera porque esa voz me resultó extrañamente familiar. Me giré al instante.
- ¿Hay…mitch? –él rápidamente se me tira encima y me inmoviliza el brazo, quitándome la jeringuilla. Yo forcejeo por ella pero él me gana, no he recuperado aún la fuerza.
- Estás completamente loca, ¿se puede saber en qué estabas pensando? –me empieza a gritar, yo no entiendo nada– ¿Así le proteges estúpida zoquete? Maldita sea ¿te atreves a burlarte de todos nuestros esfuerzos? –y seguía y seguía.
- ¿Qué? –es lo único que pude decir. Haymitch se pasa una mano por la cara.
- ¡Os hemos salvado pedazo de estúpida! –mi cabeza va a mil por hora. ¿Quién me ha salvado? ¿Él? Miro a mi alrededor, me cuesta entenderlo por lo que Haymitch suspira– Desde el distrito 13 se ha montado una rebelión, ahora vamos hacia allá. Tú y Peeta estáis a salvo con los rebeldes –entonces los acontecimientos me golpean fuertemente, no puede ser real. Me tapo la boca con ambas manos al darme cuenta de lo que he estado a punto de hacer– ¿Lo entiendes ahora princesa? Casi te cargas a tu amado.
- ¡Creí que estábamos en el Capitolio! –le grité– ¡No quería que se ensañaran con nosotros ni que nos torturaran! –entonces Haymitch asintió levemente, había entendido mi forma de actuar, pero claro, también se había horrorizado por lo que hubiera podido pasar.
- Suerte que siempre tengo un ojo encima de ti –entonces me enfadé.
- Maldita sea, ¿y por qué nadie me informa? ¡He estado a punto de hacer algo irreparable! ¿Cómo esperabas que diera por hecho que tú estabas detrás de todo esto? ¡Ni en un millón de años me lo hubiera imaginado! –me temblaban las manos, entonces Haymitch me sonrió con cariño.
- Por una vez que hago bien mi trabajo de mentor… –intento tranquilizarme pero me cuesta. Antes de que pueda replicarle siento que algo se mueve a mi lado. Peeta se ha despertado con tantos gritos.
- ¡Peeta! –no puedo ocultar la emoción y me hecho a sus brazos a llorar. Peeta no entiende bien lo que está pasando pero me rodea con el brazo que no tiene inmovilizado por los cables.
- Katnis… –y me acaricia la espalda para calmarme.
- Estoy contento de verte con vida chico –dice Haymitch haciendo énfasis en lo de vida.
- Oh, cállate –le espeto temblando.
- ¿Qué está pasando? –Peeta está aturdido y busca con la mirada que alguien le dé una explicación.
- Nada, aquí nuestra amiga había venido a matarte –anda que ha tardado en contarle mi pequeño secreto. Siento que Peeta se ríe, no creyendo esa historia. En ese mismo momento siento como si alguien me estuviera apretando con fuerza el corazón dentro de un puño, asfixiándolo.
- Creía que el Capitolio nos iba a torturar –sigo llorando, entonces me separo para verle a los ojos y le acaricio la mejilla–, lo siento, lo siento, lo siento muchísimo de veras –entonces levanta las cejas, entendiendo por fin que le ha ido de poco, cosa que hace que me sienta mucho peor al acto. Pero entonces pasa algo que no me espero, él me sonríe y me toca la mejilla, devolviéndome el gesto.
- No pasa nada, gracias por haberte preocupado por mí –entonces oímos a Haymitch lanzar un suspiro.
- Oh, claro, cómo no. Había olvidado que todo lo que ella hace te parece bien –no puedo evitar reír, cosa mala entre tanto llanto, ya que provoca que me ahogue. Me siento en el borde de la cama e intento centrarme en respirar. Peeta me acaricia la espalda preocupado.
- Eres… imbécil… –digo cuando por fin he parado de toser. Haymitch se ríe sonoramente.
- A pesar de todo, estoy muy contento de veros tan animados. Os dejo, cuando estéis más tranquilos venid a verme –y se da la vuelta para irse pero le detengo.
- Haymitch espera… –me pongo en pie sin saber muy bien qué hago– Gracias –él sonríe y asiente complacido.
- Si, Haymitch, gracias. Eres el mejor –añade Peeta.
- Pocos son los mentores que sacan a sus dos tributos de la arena con un aerodeslizador, recordadlo para el futuro –nos guiña el ojo y se va.
Cuando la puerta de cristal se cierra me doy cuenta de que ahora estoy sola con un Peeta consciente. Me giro hacia él y me encuentro con sus ojos mirándome de una forma cariñosa que hace que me duela aún más el pecho. Me siento otra vez en el borde de la cama y nos cogemos de las manos.
- No me puedo creer que estemos aquí –dice él emocionado–. No contaba con volver a verte… –y se le quiebra la voz.
- Shhh, estoy bien, estamos juntos –le digo con voz suave, dibujándole circulitos con el pulgar en su mano, conteniendo a la vez la emoción que él mismo me está transmitiendo.
- No, no lo entiendes Katniss –entonces se sienta un poco mejor para quedar a mi altura–. Se suponía que no iba a poder estar contigo… –y se le ponen los ojos rojos, con las primeras lágrimas asomándole. No puedo aguantarlo más y le doy un escueto beso en los labios. Nos quedamos con las frentes pegadas.
- No vas a deshacerte de mí tan fácilmente –siento que las lágrimas descienden por sus mejillas. No puedo contenerme y empiezo a llorar también. Es curioso pero, incluso después de todo lo que hemos vivido, esta es la primera vez que lloramos al unísono.
Supongo que se debe a la liberación del estrés, de las preocupaciones y del miedo. Aún hay muchas cosas que no entiendo y sé que no nos hemos librado de Snow, pero estamos juntos, sanos y salvos y en un aerodeslizador con Haymitch. No sé qué nos depara el futuro si es que tenemos alguno, pero solo sé que este mismo presente es un gran alivio. Un descanso, como en el recreo del colegio en que un timbre te concede unos minutos para hacer una pausa de tus obligaciones.
Acabo tumbándome a su lado en la cama, abrazados como siempre hacemos cuando nos sentimos inseguros. Primero hablamos poco, gozando de la tranquilidad que el otro nos ofrece, deleitándonos con el latir del corazón del otro que produce un sonido tan delicioso y preciado que relaja el alma. Pero poco a poco, mientras empezamos a hablar, nos inundan las dudas. ¿A parte de nosotros y Beetee, a quién más han rescatado? ¿Por qué vamos al 13 y no al 12? ¿Qué les ha pasado a nuestras familias? Hay una pregunta que me da miedo hacerle a Peeta, pero que necesito hacer.
- Tú lo sabías, ¿verdad?
- ¿El qué? –arrugo la nariz, cómo si no fuera obvio a lo que me refiero.
- Sabías que Haymitch iba a sacarnos, que había una alianza con el 13 –el silencio de Peeta me lo confirma. Entonces me mosqueo y me levanto de su lado. Él inmediatamente se sienta, como un imán, siguiendo la estela de calor que deja mi cuerpo. Le miro directamente a los ojos.
- No sabía lo que se traía entre manos pero sabía que haría lo posible para sacarte. Me pidió encarecidamente que no te dijera nada –suspiro con desaprobación.
- ¿Por qué? ¿Para tenerme sufriendo durante todos los juegos? No se me ocurre otro motivo –y me levanto porque sé que él no me puede seguir pero aun así Peeta se quita lo que tiene en el brazo y se levanta para venir mi lado. Me siento mal de nuevo.
- Finnick, Johanna y Beetee lo sabían, pero yo nunca hablé con ellos al respecto. Todo el tema lo llevaba Haymitch…
- ¿Por qué? –insistí.
- Porque había riesgos –dijo acercándose aún más a mí–. Era primordial que sobrevivieras –sabía que había algo que no me decía, me lo olía. Él debía creer lo que Haymitch le había dicho sobre sacarme a mí con vida, pero a mí me prometió que lo sacaría a él. Al final cumplió con ambas partes pero seguía habiendo algo que no me daba buena espina.
- ¿Eres completamente sincero? –él asintió.
- Entiendo que te quieren como cara de la rebelión en el 13 Katniss. Nunca supe mucho más al respecto pero entre ellos que te querían viva y el Capitolio, no tuve demasiados problemas en escoger bando.
- Nunca podré agradecerles suficiente por haber logrado este milagro, pero no nos confiemos de esta gente porque no las tengo todas conmigo –sí, desconfiaba. Snow también me quería viva para la gira y para poder asistir al Vasallaje. La pregunta era hasta cuándo querían mantenernos con vida.
- ¿Vamos a ver qué descubrimos? –dijo señalando la puerta y me dedicó una sonrisa.
No pude evitar darle un beso de recompensa por el buen humor con que se estaba tomando las cosas. Fue un beso escueto como el anterior, con no más significado que si se lo hubiera dado en la mejilla. Él lo sabía. Era una pequeña muestra de afecto, muy rara vez ofrecida y sin ninguna otra connotación. Me sonrió y con la mano me indicó la puerta.
Fue poner un pie en el pasillo que un escalofrío me recorrió de arriba a bajo. Y fue cuando me di cuenta que seguíamos vestidos con esas estúpidas batas. Acordamos buscar algo de ropa y encontrarnos en el pasillo.
