¡YAHOI! Bien, no era mi plan original, pero los que ya me conocéis sabéis que suelo, a menudo, saltarme mis planes originales a la torera. Y, en este caso, ¿qué fue? Venid y sentaos, que os voy a contar una historia:

Hallábame yo el otro día, revisando unas cosas y entrando en fb de vez en cuando, aburrida y, de repente, sin venir a cuento, me acordé de una bonita imagen NaruHina donde un Naruto niño medio zorro conocía a una Hinata niña humana y, en el cuadro siguiente, aparecían de mayores durmiendo juntos, con ropas tradicionales, en una cabaña de madera. Había leído un par de historias ese día con esa misma temática más o menos y, oh, maravilla, mi mente rescató una antigua idea que llevaba años encerrada en un cajón y que muchas veces había querido desarrollar pero nunca se me ocurría nada lo bastante bueno. Hasta, sin quererlo, se te van formando las palabras correctas, llegando poco a poco a tu agotada mente.

¿Os ha pasado? ¿Habéis tenido alguna vez esa sensación de "Ahora sí, ha llegado el momento: hazlo"? Porque eso me pasó a mí con esta historia. Y no pude resistirme.

Así, también os traigo algo y os tengo contentos en lo que avanzo con alguna de las cosillas que os estoy preparando xD.

Disclaimer: Naruto y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto.

¡Espero que os guste!


1


El invierno había llegado, y no era solo por la nívea y fría capa que lo recubría todo: desde los campos hasta las cimas de las montañas más altas. Se llevó las manos delante de la cara y sopló, para intentar calentarlas con su aliento. El viento aullaba lastimero entre los árboles del bosque. Era hora de que encontrase un refugio para la noche, para la tormenta que se acercaba. Con las orejas y las colas tiesas, bajó de la rama en la que se había refugiado, huyendo de los depredadores más rápidos y fuertes que ansiaban devorarlo.

Sus pies se hundieron con suavidad en la nieve y un escalofrío lo recorrió. A pesar de que él apenas sentía el ambiente helado, gracias a su calor natural, llevaba demasiado tiempo hambriento y cansado, por lo que sus poderes se estaban agotando rápidamente. Lamentó en lo profundo de su alma no ser ya un zorro adulto, como su padre, al que nada ni nadie asustaba.

Pensar en su progenitor trajo un dolor y un retortijón a sus vacías tripas que casi lo hacen vomitar lo poco que aún conservaba en el estómago. ¿Cuánto hacía ya de la pérdida? ¿Cincuenta años? ¿Cien? No lo recordaba, Dios de los cielos, ¡no lo recordaba! ¡¿Cómo no podía recordarlo?! Lágrimas de rabia y furia cayeron por sus mejillas. Intentó traer a su mente los rostros de sus padres, pero fue incapaz. Tan solo podía evocar la sonrisa amable y los cálidos ojos azules de su padre y el largo y vibrante cabello rojo de su madre. Ni siquiera era capaz de recordar el aspecto de ambos en sus formas zorrunas, cuando cazaban o cuando debían huir, si es que cometían la imprudencia o la temeridad de acercarse demasiado a una población humana.

El sonido de un gruñido y del sordo andar de unas patas sobre la nieve puso a todo su cuerpo tieso. El vello se le erizó, sus colas se levantaron y las orejas se le pusieron rígidas, atentas a cualquier sonido. Maldijo por haberse abstraído en sus pensamientos y echó a correr, rezando para que el rumor de sus pies sobre el frío suelo del bosque no delatara su presencia. Se puso a favor del viento, impidiendo así que este llevara su olor al que lo perseguía.

Con el corazón latiendo deprisa en su pecho, llegó a la cresta de una colina. Entrecerró los ojos, buscando en la lejanía un lugar donde esconderse. Tal vez incluso cerca de un río. Podría hacer un agujero, fabricarse una caña con una rama y un pelo de sus colas. Como cebo algún insecto despistado. No sabía si había peces por esa zona, nunca había llegado tan al norte antes. Había pasado las últimas décadas manteniéndose en el área en la que había vivido con sus padres. Pero la llegada prematura del invierno y de la aparición de depredadores ansiosos de una buena comida lo había obligado a huir cada vez más lejos. Había esperado que no lo siguieran hasta allí. Aquellos parajes eran difíciles de sortear y más aún de vivir en ellos. Pero él era listo, era rápido y era fuerte. Su madre siempre se lo repetía cuando lo lavaba, aún en contra de su criterio, que no entendía por qué debía bañarse todos los días si total al día siguiente por la mañana ya iba a volver a estar sucio.

Las lágrimas regresaron, nublándole la visión. Se las restregó con ira contenida y bajó corriendo por la ladera de la colina, hacia la linde del bosque. Un poco más allá había una aldea humana. Estaba casi seguro de que su perseguidor animal no se atrevería a acercarse a los límites del bosque. Todos los seres que habitaban aquellas tierras les temían a los humanos mucho más que a las plagas, a las enfermedades o al hambre. Eran criaturas crueles por naturaleza, despiadadas y carentes de compasión. Era por ellos que sus padres habían muerto, era por ellos que él había perdido su hogar, era por ellos que ahora no tenía… nada.

Ni a nadie.

La rabia casi hizo que se transformara, pero se obligó a mantenerse firme y a respirar hondo. No podía perder los estribos. Ya no era un niño aun cuando, en los términos de su especie, sí lo era. No sería hasta dentro de una década más que se volvería un hombre, alguien tan alto, fuerte y poderoso como lo había sido su padre. Alguien que podría defenderse por fin y dejar de huir y esconderse. Pero para eso aún debía entrenarse más, crecer más.

Las lecciones aprendidas de sus padres era lo único que no había olvidado. Seguían grabadas a fuego en su memoria.

Divisó el final del bosque y se detuvo derrapando sobre la nieve. Se dio la vuelta y esperó, con las garras listas y todo el cuerpo tenso, el pelo y el pelaje de sus colas y de sus orejas completamente erizado. Durante unos minutos no se oyó ningún sonido, más allá del ulular de un búho y del gemido del viento al rozar las hojas y las ramas de los árboles que lo rodeaban.

Pero entonces un aullido de triunfo sonó y el pánico intentó abrirse paso en su pequeño cuerpo. Se obligó a darse la vuelta y a respirar hondo, echando a correr nuevamente. Su perseguidor era incansable, pero él era más testarudo. No había sobrevividos los últimos cincuenta años para morir ahora a manos de algún animalucho enclenque que seguramente se movía más por la desesperación del hambre que por la fuerza de su cuerpo.

Llegó al borde mismo del bosque y vaciló. No quería abandonar la protección de la espesura, pero tampoco quería convertirse en comida. Asintió para sí mismo y dio un paso fuera, hacia el valle que se extendía ante él. La aldea humana estaba aún lejos. Era curioso: los humanos sentían miedo del bosque, pero tampoco querían estar muy lejos del mismo. Seguramente porque codiciaban los tesoros que este albergaba: madera, presas, hierbas curativas… Algunas veces, las menos, había visto a una hembra humana, siempre la misma, traspasar los límites del bosque para buscar hierbas y alimento.

Claro que él no se había acercado, pero la curiosidad a veces le podía, así que la había observado, bien escondido entre el follaje de los árboles y los arbustos. También había visto algún que otro humano derribar los árboles más próximos a la aldea, para hacerse con madera, seguramente. Aquellas acciones lo llenaban de resentimiento. El bosque no era propiedad de los humanos y estos actuaban como si lo fuera, como si no les importara dañarlo y dejar sin casa a todas las criaturas que habitaban en él.

Era por ellos que él lo había perdido todo. Fue por culpa de una partida de caza de humanos que su padre había muerto, intentando proteger el último bastión seguro que le quedaba a su familia. Luego, los humanos habían ido a buscarlos a él y a su madre, envalentonados por la reciente victoria ante el gigantesco zorro que los había enfrentado con la esperanza de amedrentarlos lo suficiente como para que nunca jamás volvieran a internarse en su bosque.

Su padre nunca hubiera dañado intencionadamente a alguien más débil que él. Era honorable y amable. Su madre, por el contario, embargada por la pena de haber perdido a su compañero, había hecho gala de toda su fuerza y agresividad, llevándose por delante a unos cuantos humanos. Él había conseguido escapar. No había querido hacerlo, había querido luchar a su lado, protegerla como su padre hubiese querido que hiciese, pero ella le había hecho prometer que huiría. Y él siempre cumplía sus promesas. Siempre.

Salió de sus recuerdos cuando un olor peculiar, aunque delicioso, llegó a sus fosas nasales. Casi sin pensarlo, lo siguió, incapaz de ignorar el hambre que acechaba en sus tripas, las cuales rugían audiblemente. Con cautela, poco a poco, sin hacer ni el más mínimo ruido, se aproximó adonde el olor parecía ser más fuerte. Se detuvo cuando se percató de que el mencionado aroma venía del pueblo de los humanos.

Dudó. Se había vuelto más rápido y hábil en aquellas últimas décadas, y fuerte, también. Lo sabía. Pero el temor a los humanos estaba bien arraigado en su interior. Sin embargo, su estómago rugió nuevamente, y decidió que bien valía la pena correr el riesgo si podía hacerse con algo de comida cocinada como Dios manda.

Avanzó paso a paso, amparado por la oscuridad de la noche y agradeciendo, por primera vez aquella luna, el ruido ensordecedor del viento. Ello le favorecería para hacerse con algunas de esas viandas que olían tan deliciosamente.

Siguió el olor de la comida por entre las primeras casas. De algunas también salían aromas tentadores, pero no tanto como aquel primero que captó. Así los ignoró y prosiguió con su búsqueda, dando esquinazo a los guardias humanos que patrullaban entre las casas, a veces saltando sobre los tejados de manera silenciosa y a veces escabulléndose rápido como un rayo. Se rio para sí cuando se dio cuenta de que se había vuelto tan bueno como para que ni siquiera lo escuchasen o se percatasen de su presencia.

Al fin, llegó a la fuente de aquel delicioso olor: una casa más grande que las demás, rodeada por una alta muralla y custodiada por guardias en cada entrada. Resopló, fastidiado por tener que tomarse tantas molestias para colarse en una simple casa humana. Pero la recompensa lo valdría, se dijo. Tenía que valerlo.

Esperó hasta que los guardias estuvieran distraídos y pasó entre ellos tan rápido que ellos apenas se percataron. Murmuraron entre ellos, pero los dos parecieron llegar a la conclusión de que debía de haber sido una ráfaga de viento, nada más. Sonrió, triunfante y se dispuso a seguir el olor que lo había atraído hasta allí.

Trepó hasta el tejado y se asomó al interior. Con confusión, vio a varios humanos colocando bandejas ante cojines. Inspiró hondo y sus ojos se abrieron ¡de ahí venía el olor! ¡De esas bandejas! Si pudiera hacerse con una… Esperó hasta que la habitación se despejó y entonces se dejó caer, sin hacer ruido.

Con el corazón latiéndole a toda prisa en el pecho, se coló dentro y agarró una de las bandejas. Pesaba más de lo que pensaba y tendría que trepar por el muro con cuidado para salir, no podía correr tan rápido con ese peso en las manos. Pero también necesitaría las manos… Se miró su viejo y desgastado yukata y asintió. Dejó la bandeja un momento en el suelo blando con cuidado y se desnudó. Hizo una especie de hatillo en el que ató fuertemente la bandeja y luego lo anudó a su cuerpo a su vez.

Escuchó ruidos fuera y se le pusieron las orejas y las colas tiesas. Echó a correr, sin importarle ya si hacía o no ruido. Si conseguía ser rápido no lo alcanzarían, no podrían. Salió al cuidado jardín y se apresuró a trepar por el muro. Sin embargo, no pudo evitar echar un vistazo atrás, mientras se sostenía en cuclillas sobre lo alto de la pared, para ver si alguien lo había visto.

Y sí, efectivamente: sus ojos azules toparon con dos lunas, que lo miraban, abiertas a más no poder en un rostro quizás demasiado pequeño, redondo y sonrosado para tales ojos. Porque eran ojos, se dijo, ojos bonitos que reflejaban la luz plateada de la que había sido su única compañera en sus miles de noches solitarias.

Molesto por el tirón que sintió en el estómago―seguramente producto del hambre―y también por lo incoherente de sus pensamientos, se dio la vuelta y saltó, huyendo lo más deprisa posible con su botín a cuestas, lamentando no poder volver a colarse en la aldea.

Uno le había visto, y seguramente alertaría a los demás de que un niño zorro andaba rondando los alrededores.

Pero por esa noche podría comer en condiciones y dormirse con la tripa bien llena. Por una noche, el hambre no haría que le doliese la tripa ni le impediría dormir.

Sonrió. Una noche de felicidad era lo único que había pedido a los dioses durante años.


Muchas, muchas lunas después, volvía a tener hambre. Mucha hambre. Tras aquella única noche probando la más deliciosas de las comidas, no había vuelto a aventurarse más allá del bosque. Era peligroso. Aquel humano―que ahora recordaba era muy pequeño y muy frágil, o al menos eso le había parecido―sin duda habría dado la voz de alarma. Así que había decidido perfeccionar sus dotes de cazador, de pescador y de recolector de bayas. También, con mucho esfuerzo, había podido construirse un refugio, al otro lado del bosque, en un pequeño valle protegido entre montañas. El río corría cerca, por lo que tenía agua limpia y pesca siempre que lo necesitara. Y también había encontrado unas aguas termales, dentro de una de las cuevas que había en la montaña.

Había tenido que luchar en varias ocasiones para proteger su territorio, pero, y a pesar de las heridas sufridas, él había salido vencedor en cada encuentro, por lo que ahora ya ningún depredador se animaba a intentar convertirlo en su cena.

Había conseguido hacerse allí un hogar: no más huir y esconderse, no más lloriquear y compadecerse, no más lamentos. Era un orgulloso zorro con grandes poderes y habilidades. Estaba seguro de que, si sus padres pudieran verlo ahora, se sentirían tremendamente complacidos y orgullosos de su hijo. Sí, estaba seguro.

Pero ahora tenía hambre. El frío y la nieve habían vuelto una vez más. El río se había congelado y, aunque pudiera agujerear el hielo duro, casi no había peces. Las presas terrestres habían escaseado también en los últimos tiempos y casi no le quedaban provisiones de fruta y bayas. Y no estaba el tiempo como para pasearse por ahí recolectando.

Suspiró. Tendría que hacer una nueva incursión en la aldea de los humanos. Además, sus ropas habían empezado a quedarle pequeñas, por lo que iba a necesitar pronto unas nuevas. Una pequeña sonrisa asomó a sus labios: estaba creciendo. ¡Al fin estaba creciendo!

Sonriente, agitó sus colas mientras salía de su pequeña cabaña y se adentraba en el bosque, con la seguridad de quién se sabe a salvo. Atravesó la espesura hacia el otro extremo, a paso rápido y ligero, saltando de vez en cuando de rama en rama en vez de ir andando tranquilamente por el suelo, solo por el placer de hacerlo y de no sentir sus músculos agarrotados. Le gustaba hacer ejercicio.

Se agazapó en la rama de un árbol y esperó a que la oscuridad de la noche cubriera el cielo. Era más seguro de esa manera. Todavía no era muy bueno creando ilusiones, a pesar de que practicaba todos los días, siguiendo las instrucciones dadas por su padre años, muchos años atrás.

Sacudió la cabeza. No quería pensar en su único fracaso. Era nimio en comparación con todo lo que había logrado. Él solo. Sí, solo, sin ayuda de nadie. Era digno de elogio.

Cuando la luna estaba alta en el cielo, en su forma de arco sonriente, bajó del árbol y se encaminó hacia la aldea de los humanos, amparándose en las sombras. Esta vez no se dirigió hacia la casa grande, sino hacia el almacén en el que, había descubierto hacía poco, aquellos seres almacenaban su comida, seguramente para las frías nieves del invierno.

Sí, no era tonto: había estudiado de lejos el pueblo, absorbiendo toda la información que lograba reunir. Así que hacia allí se encaminó, sigilosamente. En vez de burlar a los guardias de la puerta, consiguió retorcer su cuerpo y colarse por un pequeño ventanuco. Encontró sacos de grano y de harina. Arrugó la nariz, aquello no le servía. Él no sabía cocinar, más que la carne que cazaba. Y eso cuando no se transformaba y la comía cruda, si es que la pereza se le echaba encima.

Suspiró y trepó nuevamente para salir por de nuevo por el ventanuco. Una vez en tierra firme meditó lo que hacer. No tenía más remedio que volver a colarse en la casa grande. Era la única con un tamaño lo suficientemente grande como para que nadie se percatara si deambulaba por sus largos pasillos. Se había dado cuenta de que las otras casas eran demasiado pequeñas y abarrotadas como para poder colarse sin que sus ocupantes se percataran. En algunas, incluso, dormían todos juntos, en el mismo cuarto. Como habían hecho él y sus padres antes de…

Sacudió la cabeza furiosamente, negándose a que los recuerdos lo paralizaran. Ya no era un niño.

Con paso cauteloso, se dirigió entonces a la casa grande. Esta vez, en vez de hacer alarde de sus habilidades delante de los guardias de la entrada principal, trepó por la parte trasera del muro y saltó directamente al tejado de la casa. Su desarrollado oído captó retazos de conversaciones y de movimiento, de gente que iba de aquí para allá.

Siguiendo su recuerdo de la última vez, se arrastró sobre el techo hasta llegar a la misma habitación de aquella ocasión. Se asomó, estudiando el interior: varios humanos vestidos con yukatas se movían de un lado a otro, cargando algunas de esas bandejas de comida. Tragó saliva, conteniéndose de entrar por la fuerza para llevarse una.

Esperó, con paciencia. Cuando todas las bandejas estuvieron colocadas delante de sus respectivos cojines, los humanos salieron, a toda prisa, como si estuvieran huyendo de algo. No dándole importancia, se descolgó y se dejó caer, atento a cualquier ruido o murmullo.

Retazos de una conversación le llegó por el pasillo mientras se hacía con una de las bandejas y la ponía sobre una maltrecha red hecha con lianas. No era perfecta, pero la había hecho él solito, con sus propias manos. Había venido preparado.

Justo cuando iba a volver a trepar por el muro, la puerta se abrió y él se volvió, tenso, inclinándose y gruñendo, en advertencia.

El pequeño ser humano que apareció ante su vista dio un salto y se tapó la boca, ahogando así un chillido tras sus pequeñas y blancas manos. Él retrocedió, evaluando a su enemigo. Dos ojos plateados lo miraban, atónitos, estupefactos… pero no con miedo.

Sus orbes azules se estrecharon, reconociendo al instante aquellos dos ojos que en su última visita también lo habían vislumbrado. La criatura al fin reaccionó. Se giró con rapidez y cerró la puerta con un golpe seco. Él siguió retrocediendo, listo para atacar si fuera necesario.

Pero el humano, lejos de querer hacerle daño, se quedó dónde estaba, observándolo, con curiosidad y con algo muy parecido al anhelo. Sus desconfiados ojos no lo perdieron de vista. La criatura humana vaciló. Eso le causó un extraño placer. Era de esperar. Aquel humano era pequeño y delicado. Le pareció que había crecido desde la última vez que se vieran, pero no estaba seguro. Los humanos eran efímeros, vivían poco y morían mucho, tal vez era por eso que se reproducían con rapidez, para evitar desaparecer de la faz de la tierra.

―Ho-hola. ―Gruñó ante la débil vocecita, en advertencia―. N-no voy a hacerte daño―volvió a decir el humano.

Él bufó, como remarcándole lo ridículo de su afirmación. Era imposible que una cosita tan pequeña y frágil como esa le hiciera algún rasguño.

La criatura volvió a vacilar, como debatiéndose entre decir algo o no. Finalmente debió amarse de valor, porque levantó la vista y lo miró, directamente, con algo muy parecido a la esperanza y al anhelo en sus bonitos ojos perlas.

―T-tú… ¿ta-también estás solo?―La pregunta lo golpeó, como si aquel ser lo hubiese atacado con sus manos.

Rugió y enseñó sus garras y sus colmillos.

―¡Aléjate de mí, humano!―Le lanzó un zarpazo y, sabiendo que con su grito habría alertado a los demás humanos de aquella casa, alcanzó lo alto del muro con un salto y se perdió en la noche, dejando a una confusa y triste niña atrás.

―¡Hinata-sama, Hinata-sama!―Pronto se vio rodeada de criados, temerosos y dispuestos a protegerla de cualquier cosa que quisiera dañarla.

No porque ella les importara, no porque la quisieran o fuera importante o preciada para ellos. No.

Simplemente porque era la hija del hombre más importante de aquellas tierras. Simplemente porque con su cuerpo y con su rostro podría traer la prosperidad y la riqueza a su padre y a su familia. A su apellido.

Sintió las lágrimas acumularse en sus ojos. No era más que mercancía intercambiable. Lo único que querían de ella era su vientre. Su padre había sido crudamente sincero al respecto. Desde que había tenido su primer sangrado, ya era elegible para el matrimonio.

Ese siempre había su deber, su única misión en la vida.

Pero había descubierto que ella no era la única que estaba sola en el mundo. Años atrás, había encontrado a un solitario niño zorro en aquella misma habitación, llevándose una de las bandejas de comida que tan diligentemente los criados habían preparado para ella y para su familia. Un niño zorro cuyos ojos azules escondían la misma soledad y desesperación que ella.

Había bastado solo un vistazo para darse cuenta. Y la esperanza la llenó. ¿Había encontrado un amigo? ¿Alguien con quién hablar y compartir las mismas penas que la asediaban a ella?

Pero él se había marchado, otra vez. Después de tantas y tantas lunas de rezar, de suplicar a los dioses poder encontrárselo una vez más, él volvía a marcharse.

En su mente todavía infantil no concebía que aquel ser tan extraordinario no pudiese haber ido allí por ella. Estaba segura de que su madre se lo había enviado, porque el pequeño niño zorro había aparecido pocas lunas después de que su madre partiera de este mundo, tras dar a luz a una segunda niña

Hinata había llorado y suplicado, rogándole a su madre y a los dioses que se la devolvieran. Que no quería estar sola. Que nadie más la iba a amar y a cuidar como su madre lo había hecho.

Y en vez de eso Hinata se había topado, tras finalizar el período de duelo, con aquel intrigante y hermoso niño zorro.

Sus mejillas se sonrojaron al recordar que, esta segunda vez, tal como la primera, lo había visto desnudo. ¿Tal vez no tenía ropas para vestirse? Frunció el ceño, ajena al alboroto que los criados seguían haciendo a su alrededor.

Quizás… ¿ella podría remediar eso? Sí, se dijo. Le haría ropa nueva. Sabía coser y no se le daba mal. Le cosería un yukata nuevo. Un kimono le llevaría más tiempo, pero un yukata sería fácil.

Sonrió, una pequeña sonrisa que fue una victoria sobre la tristeza y la desesperación que la ahogaba cada día un poco más.

Se haría amiga de aquel niño, decidió. Sería su última buena acción antes de que su padre la vendiera a alguno de los terratenientes que ya estaban acechando, dispuestos a pedir su mano para llevársela lejos y poner su semilla en su joven vientre.

Qué vida más triste la de las niñas, pensó mientras dejaba que una criada la acomodase sobre el cojín ante una de las bandejas de comida.

La felicidad y la alegría les estaban prohibidas. Absolutamente prohibidas.


Con su botín a cuestas, corrió lo más deprisa que sus piernas le daban, con el corazón latiendo fuertemente, rugiéndole en los oídos. No se detuvo hasta que se vio a salvo, en su humilde morada. Una vez en el interior de la cabaña atrancó la puerta y se dejó caer en el suelo de madera, jadeando. Se descolgó la bandeja de comida y la puso frente a él.

Por eso, por eso era que se había arriesgado, por una buena comida, por poder dormir una noche con la tripa bien llena. Se lo merecía. Puede que no tuviera nada ni a nadie, pero hasta un marginado como él se merecía una buena cena de vez en cuando.

Abrió la caja bellamente lacada y se le hizo la boca agua al ver tales viandas: arroz, pescado seco aderezado con especias, carne―¿cuánto hacía que no comía carne en condiciones?―, verduras―hizo una mueca al verlas.

Suspiró. Un puñado de plantas comestibles no iba a mermar su buen humor. Dio las gracias por la comida, tal y como sus padres le habían enseñado y procedió a llenar la barriga.

Satisfecho, se dio unos golpecitos en la panza cuando terminó. Luego se acurrucó en el rincón que había destinado para dormir. Relajó el cuerpo y reguló su respiración. Pronto en vez de un muchacho con oreja y colas de zorro yacía en la cabaña un zorro de verdad, más grande que uno normal. Era mejor para él descansar en su forma sobrenatural. El pelaje grueso lo aislaba del frío y lo mantenía caliente cuando dormía. Ni el viento más gélido podía atravesar su piel y colarse en sus huesos.

Se acurrucó con la cabeza sobre las patas y descansó las colas a su alrededor, aprovechando así más de su calor corporal. Cerró los ojos e, inmediatamente, el recuerdo de los ojos de aquella criatura humana, abiertos, sorprendidos… pero no asustados.

Se dio cuenta en ese momento: el pequeño humano no se había asustado al verlo, no había intentado atacarlo ni… ni había dado la voz de alarma. Y sus ojos eran… bonitos. Blanco perla, casi plateados, como la luna llena que a él y a sus padres les gustaba contemplar en las noches despejadas, contando las estrellas hasta que él caía dormido.

Y luego aquella pregunta, aquel tono teñido de desesperación, la desolación en su redondo y sonrosado rostro.

«¿T-tú también estás solo?»

Apretó los dientes ante el recuerdo. Le molestaba. Él estaba solo, sí, pero el humano no. El humano estaba rodeado de gente. El humano tenía otros humanos que se preocupaban por él. Los había visto. Muchos humanos. Era ridículo que el pequeño ser se sintiera solo cuando tenía a tantos humanos a su alrededor.

No, no tenía sentido.

Ningún sentido.

Durmió toda la noche y gran parte de la mañana. Se despertó con el sol ya brillando intensamente en el cielo azul. Hacía una mañana fría pero despejada. Se desperezó con un gran bostezo y adoptó de nuevo su forma bípeda. Era más fácil moverse sin llamar la atención yendo a dos patas que a cuatro. Ocupaba menos, también, y era más difícil verlo o darle si es que querían atacarlo.

Tenía que buscarse el desayuno y el almuerzo. Pescó en el río para comer algo fresco y cocinado y luego se internó en el bosque, en busca de bayas, hierbas comestibles y fruta. Tuvo que adentrarse en el bosque más de lo que le gustaría. Las frutas más deliciosas crecían en los árboles de los extremos de la espesura. Trepó y saltó de árbol en árbol, silbando, sintiéndose a gusto en aquellas tierras por primera vez en muchas lunas. Había logrado construirse un hogar, los habitantes lo temían y lo respetaban por igual; se había ganado un lugar en aquel sitio.

Estaba estirando el brazo para agarrar unas manzanas de aspecto delicioso cuando un susurro, como de ropas, llegó a sus oídos. Curioso, se mantuvo en equilibrio, apoyándose contra el tronco y afianzando los pies en la gruesa rama sobre la que estaba. Escrutó la linde del bosque, buscando el origen de aquel sonido. Pasos, como de pies pequeños pero rápidos. Apartó algunas de las ramas para tener mejor visibilidad.

Se sorprendió sobremanera, abriendo los ojos a más no poder, al ver a la pequeña criatura que corría hacia los árboles, sin asomo de duda. Su aguda vista captó que llevaba un paquete cuidadosamente envuelto en las manos. La curiosidad pudo más y siguió cada uno de los movimientos rápidos y nerviosos de la criatura humana.

Vio cómo se arrodillaba y dejaba su carga con sumo cuidado al lado del tronco seco de un árbol. Miró un momento hacia el bosque antes de levantarse y echar a correr de regreso a la aldea humana. Sin poder aguantarse, bajó al suelo de un ágil salto y se acercó al misterioso paquete, preguntándose que sería. Se quedó a unos cuantos pasos y olfateó, desilusionándose en cuánto se percató de que no era comida.

Bufó, diciéndose que había sido una pérdida de tiempo fijarse en el pequeño humano. Dio vuelta, dispuesto a marcharse, sin embargo, una vez más, la curiosidad pudo con él. Reacio, se giró y se agachó delante del dichoso paquete, gruñendo y bufando. Alargó una mano y abrió el nudo de tela que mantenía escondido lo que quiera que el humano había dejado allí, sin duda olvidado. Estúpidos humanos descuidados.

La tela cayó, revelando el contenido del paquete, y sus ojos se abrieron enormemente al ver un cuadrado doblado de tela perfecto. Extrañado, se acercó un poco más. Olió, pero ningún olor extraño o desconocido vino del paquete. Se acercó otro poco y se atrevió a tocar. Era suave, tela de buena calidad. Le recordó el kimono amarillo que solía vestir su madre, en contraste con su bonito y largo cabello pelirrojo.

Se hizo con el cuadrado de tela y lo sacudió, para extenderlo. Un pedazo de tela más pequeño cayó sobre su regazo y lo recogió con la otra mano. Parecía un… ¿obi? Devolvió la vista a la tela de color naranja y le dio la vuelta. ¿Un yukata? Pero era uno demasiado grande, demasiado amplio para el pequeño cuerpo del humano que lo había dejado allí. Era casi para alguien… ¿de su tamaño?

Sacudió la cabeza. No, era imposible. Su anhelo y sus esperanzas le estaban jugando una mala pasada. Que el humano no hubiese mandado a otros humanos tras él ni hubiese intentado atacarlo no significaba que quisiese ser amable con él. No tenía sentido. Los humanos tenían miedo de las criaturas sobrenaturales como él, los atacaban, los hostigaban, los despreciaban. Su padre le contaba historias de la Antigüedad, donde las cosas eran bien distintas, donde los humanos, lejos de atacarlos y temerles, los respetaban y los adoraban, casi como a dioses.

Echó un vistazo al camino que discurría en dirección a la aldea humana, casi como si esperara ver al humano de regreso, presuroso para recuperar su olvidada carga. Apretó los dientes y el agarre que mantenía sobre aquel yukata. Lo apretó contra su pecho y se internó en el bosque a toda prisa, negándose a devolver aquella ropa. Él necesitaba ropajes nuevos y no era culpa suya que la criatura humana hubiese sido tan estúpida de abandonar allí aquel yukata.

El humano podía conseguir otro. Él tenía más necesidad. No era robar si se lo encontraba tirado por ahí, ¿verdad?

Sonriendo por haber conseguido hacerse con la ropa que tanto le hacía falta, regresó a su cabaña, para proceder a cambiarse. Su viejo yukata ya comenzaba a apretarle y a resultarle incómodo. Se puso el nuevo, atándose el obi como buenamente pudo, ya que no veía detrás de su espalda. Se miró y dio una vuelta. Le iba como un guante, casi como si ese yukata hubiese sido hecho exclusivamente para él.

Rio por lo ridículo de su pensamiento.

Tal vez la soledad ya estaba empezando a afectarlo.

Solo tal vez.


Hinata observó con resignación como los criados retiraban las bandejas lacradas con comida en completo silencio. A su lado, su hermana Hanabi movía las manos, ansiosa. Sonrió. Hanabi siempre había sido más inquieta que ella y que Neji, el primo de ambas y único heredero de las tierras Hyūga.

Frente a ella, su padre reposaba tranquilamente, con su rictus serio y pétreo de siempre. Neji aguardaba, también en silencio, a que los criados terminaran de recoger los restos del almuerzo.

Hinata esperó a que las dispensaran. Sabía que su padre tenía un montón de cartas por leer y contestar, mientras que Neji, seguramente, iría a inspeccionar a los hombres y los campos. Eso la dejaría sola con su hermanita. Hanabi querría que jugara con ella, pero ya tenía un plan preparado: diría que quería pasar una tarde tranquila y alguna de las criadas se ocuparía de mantener distraída a Hanabi. Nadie osaría molestarla, seguros de que nunca jamás saldría de los dominios de la casa principal. Hinata siempre había sido sumisa, complaciente, dulce, tierna y amable. Demasiado, según su padre. Pero, hasta el momento, nunca había podido corregir aquellas fallas en su carácter.

Cuando el último de los criados desapareció del salón, Hinata esperó a que su padre hablase:

―Podéis retiraros. ―Hinata y Hanabi hicieron sendas reverencias, la segunda más torpe y apresurada que la primera. Neji se limitó a cabecear respetuosamente.

Esperó a que los hombres salieran primero y luego salió ella junto con Hanabi, el susurro de sus largos y costosos kimonos rompiendo el denso silencio que las rodeaba.

―¡Nee-sama, vamos a jugar!―Hinata suspiró. Odiaba no poder complacer a su hermanita, pero de verdad que tenía algo importante que hacer. Muy importante para ella.

―Lo siento, Hanabi, pero no me encuentro muy bien. Preferiría quedarme a bordar en mi cuarto.

Hanabi abrió la boca, sin duda dispuesta a protestar, pero como arte de magia apareció una criada en el pasillo que agarró firmemente la pequeña mano de la niña.

―Su hermana tiene deberes importantes que atender, Hanabi-sama. Venga conmigo. Yo jugaré con usted. ―Hanabi miró una última vez hacia atrás, hacia su hermana mayor, antes de desaparecer tras una esquina.

Hinata soltó el aire que estaba reteniendo y, tratando de que no se le notara la ansiedad en el rostro, se metió en su cuarto, cerrando suavemente la puerta tras ella.

Presurosa, se deshizo de su estorboso y pesado kimono y movió una de los cuadrados del tatami del suelo, revelando un escondite secreto, de donde sacó un sencillo yukata en color gris oscuro, el mismo color que los criados. Se vistió y se calzó con unas sandalias sencillas, hechas de junco. Luego, salió al jardín sigilosamente, evitando las zonas donde sería más probable que la pillaran.

Consiguió colarse en la cocina, donde abundantes sirvientes iban y venían de un lado a otro, vaciando los restos de comida, lavando los cacharros y preparando ya la que iba a ser la cena de aquella noche para el señor y la familia. Nadie reparó en ella. Siempre se le había dado bien pasar desapercibida.

Silenciosamente, sin llamar la atención, se hizo con una de las bandejas que ella, Hanabi, Neji y su padre habían utilizado y se dirigió hacia la zona donde sabía se vaciaban las sobras. Sin embargo, sacó de dentro de su manga una tela y guardó en ella los trozos más grandes de pan y de carne. Repitió la operación, dándose cuenta de que, como estaba ella vaciando las bandejas, otros criados habían decidido ocuparse de otros deberes más importantes. Aquello le dio la oportunidad de hacerse con más comida, incluso con un par de los pastelillos que permanecían sobre la mesa de la cocina, envolviéndolos cuidadosamente en un paño.

Se aseguró de que nadie la miraba y salió a paso tranquilo de la cocina, con el corazón latiendo deprisa y apretando contra su pecho su preciado botín. Se encaminó hacia la parte trasera del jardín, hacia el muro, donde había una trampilla secreta que llevaba a un túnel que pasaba por debajo. La había descubierto siendo una niña pequeña y, aunque su madre, la única a la que le había confiado su secreto, le había prohibido utilizarla, Hinata solía saltarse aquella prohibición más de una vez, antes incluso de que Hana Hyūga muriera.

Se arrastró unos minutos en la oscuridad para salir al otro lado, al campo verde que se extendía ante ella. Salió, se sacudió con una mano las ropas llenas de tierra y luego echó a correr hacia el pueblo. Vestida y sucia como una campesina cualquiera, nadie reparó en su persona. Ninguno de los habitantes de la aldea hubiese supuesto jamás que la primogénita de su señor anduviese por ahí corriendo con aquellas pintas.

Corrió como si le fuera la vida en ello, sabiendo que apenas tenía unas horas para regresar a su habitación en la casa grande, asearse y mostrarse perfectamente arreglada y limpia para la cena. Pero antes debía hacer algo. Algo sumamente importante para ella.

Jadeante, llegó a la linde del bosque, con el hatillo de comida entre sus brazos. Se detuvo a coger aire y se acercó al tronco seco donde había dejado el día anterior el yukata que había arreglado para el niño zorro. Sonrió al ver que el paquete no estaba. Se agachó para dejar la comida en el mismo lugar pero, cuando estaba a punto de hacerlo, vaciló. Allí había animales, peligrosos. ¿Qué tal si uno de ellos venía y se hacía con lo que ella había traído para el niño zorro?

Tragando saliva, se incorporó y miró hacia los altos y espesos árboles que bordeaban el bosque. Respiró hondo y cuadró los hombros, dispuesta a todo. Deseaba más que nada en el mundo hacerse amiga de aquel misterioso niño zorro. Ella lo había visto, había visto la soledad y la desesperación velando sus hermosos ojos azules, la misma soledad y la misma desesperación que la iban destrozando a ella un poco más con cada día que pasaba.

Pasito a pasito se internó en el bosque. Este estaba extrañamente silencioso. Aquello la animó y le dio confianza. Quizás las criaturas malvadas solo aparecían de noche, tal y como relataban los cuentos y las leyendas. Anduvo durante varios minutos.

―¿Hola?―llamó, en voz baja―. ¿E-estás ahí? S-soy yo… l-la niña… ―Escuchó un susurro de hojas a su espalda y se tensó.

Se dio la vuelta, pero allí no había nadie. Se giró, para volver a su camino, no queriendo alejarse mucho para no perder de vista la salida. Ella no tenía ni idea de orientarse en un bosque.

Dio dos pasos más y, de pronto, chocó contra un cuerpo más alto que ella. Chilló cuando dio contra el suelo, apretando con fuerza la comida que llevaba. Un gruñido llamó su atención y se obligó a abrir los ojos y a enfocar la mirada, descubriendo con alivio al niño zorro de la noche anterior.

Se sentó, despacio, viendo que él parecía estar tenso y preparado para echarse sobre ella a la mínima provocación, al mínimo gesto brusco por su parte.

―Ho-hola… ―Esperó a que le devolviera el saludo, pero él no lo hizo; forzó una sonrisa, sabiéndose la receptora de la mirada hostil en el rostro del niño zorro―. M-me llamo Hinata… ―Él siguió sin contestar. Un poco molesta por su falta de educación, decidió ser un poco más directa―. ¿T-tú, cómo te llamas?―El niño zorro ladeó la cabeza, con el ceño fruncido; en ese momento Hinata se percató de que el niño tenía la vista clavada en el hatillo que ella cargaba. Seguramente se había dado cuenta de que había traído comida con ella. Reprimiendo una sonrisa triunfal, Hinata se arrodilló en el suelo y abrió el hatillo que protegía las viandas―. L-lo he traído para ti, ¿qui-quieres un poco?

Naruto tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no salivar ante la vista de la deliciosa comida. No se fiaba. Aquel humano podía haber envenenado la comida, o podía estar aguardando a que él estuviera distraído llenando la tripa para acabar con él. Los humanos eran así: traicioneros, engañosos, mentirosos por naturaleza.

Sin embargo, algo le decía que aquella criatura que estaba ante él no era así. El hechizo de sus ojos perlas lo atraía, lo llamaba. Apretó la mandíbula, confundido por las sensaciones y los sentimientos que aquella criatura humana despertaba en él.

―E-está bueno―volvió a decir el humano―. Ten. ―Con mano temblorosa, Hinata le tendió un pedazo de carne. Naruto la olfateó antes de arrebatársela y alejarse un poco para comérselo. Se lo metió entero en la boca y no pudo evitar cerrar los ojos y gemir al sentir el exquisito sabor explotar en su boca.

Miró con anhelo para el humano y lo escuchó reír bajito. Sonriente, Hinata le volvió a tender otro trozo de carne que él se apresuró a coger para engullirlo como el anterior. Repitieron la operación hasta que la comida se acabó. Solo entonces Naruto se permitió acercarse. La comida no estaba envenenada y el humano no había intentado atacarlo a traición.

Con la curiosidad ahora plasmada en su rostro, Naruto se acercó al humano y se dejó caer a su lado, aunque a una distancia prudencial.

―Naruto. ―Hinata dio un respingo al oírlo hablar por primera vez. Tenía una voz grave, tal y como se suponía en un niño, pero también más seria de lo que se suponía en un infante―. Mi nombre es Naruto. ―Hinata le sonrió, con los ojos brillantes―. ¿Por qué me ayudas? ¿No me odias, acaso?―Hinata pestañeó.

―¿P-por qué debería odiarte?―Avergonzado, Naruto apartó la mirada y clavó sus garras en la tierra.

―Porque todos los humanos nos odian―musitó, agitando sus colas de lado a lado con irritación y enfado.

Hinata bajó la cabeza. Ella lo sabía. Sabía que los humanos que creían en la existencia de los seres sobrenaturales como Naruto los odiaban y los temían, asustados por sus poderes y sus habilidades sobrehumanas. Suspiró y, armándose de valor, clavó la vista en Naruto.

―Y-yo no te odio―dijo, en un susurro―. E-es más… m-me gustaría… me gustaría ser tu amiga, s-si tú quieres… ―Naruto ladeó la cabeza, curioso una vez más.

―¿Por qué? ¿No tienes amigos entre los de tu especie? Sois muchos… ―Hinata pudo percibir que aquello le dolía.

Apretó los labios y los puños.

―No, ya te lo dije: yo también… estoy sola. ―Naruto bufó.

―Vives en una casa grande llena de otros humanos… ―Hinata negó.

―N-no son mis amigos. Son… los sirvientes y los hombres de mi padre, trabajan allí, pero no… no son mis amigos. ―Naruto frunció el ceño, como si le costara comprender su explicación.

―¿Y tu familia?

―So-solo Hanabi… mi padre… y mi primo… e-ellos no… no se preocupan por mí. ―Naruto alzó las cejas.

―Son tu familia… ¿y no te cuidan? ¿No te quieren?―Hinata sintió que las lágrimas anegaban sus ojos y negó.

―N-no. No me creen digna de acaparar su tiempo y su cariño. Las niñas no… no importamos. Solo somos herramientas. ―Naruto saltó y se apartó de ella, repentinamente espantado. Hinata lo miró, confusa por su reacción, por sus ojos azules abiertos como platos y su boca formando una perfecta o―. ¿Na-Naruto-kun?―Una calidez indescriptible lo llenó al escuchar su nombre pronunciado de esa manera tan cálida, tan cariñosa.

Sacudió la cabeza y la apuntó con un dedo acusador, sus colas encrespadas.

―¡¿Eres una niña?!―Hinata asintió, confundida por su agitación.

―¿E-eso es malo?―Su expresión decayó y Naruto sintió el impulso de abrazarla y consolarla.

Apretó los puños para evitar tocarla, pero se acercó lo suficiente, agachándose frente a ella y buscando su mirada plateada. Agitó sus colas de un lado a otro, buscando las palabras adecuadas para borrar aquella tristeza de su bonita cara.

―¡No, no es malo! E-es solo que… nunca había conocido a una. ―Hinata levantó la cabeza y pestañeó.

―¿A una? ¿Qui-quieres decir… a una niña humana?

―A una niña, en general. Siempre fuimos papá, mamá y yo. Nadie más. Solo ellos y yo. ―Su susurro apenas audible le dijo a Hinata mucho más que cualquier historia que pudiera haberle contado.

Sus padres no estaban. Se habían ido. Justo como su madre.

Sin saber muy bien lo que hacía, le agarró una de sus manos entre las suyas. Naruto se sobresaltó pero enseguida se relajó, sentándose frente a ella y sintiendo el calor de la pequeña niña humana filtrarse en su piel, hasta su misma alma, estremeciéndolo.

―Y-ya no estás solo. ―Y Naruto supo, en ese momento, que aquella era una verdad como un templo: ya no estaba solo. De alguna manera, sabía que Hinata siempre estaría con él, y que ella nunca lo abandonaría.

Nunca.

Apretó la mano que lo sostenía y le sonrío, ampliamente, haciendo que el corazón de Hinata se acelerase y sus pálidas mejillas se sonrojasen.

―Tú tampoco, Hinata. Ya no estarás sola―le dijo, con convicción.

Porque era cierto. Ahora ninguno volvería a sentir el peso de la soledad ahogándolos.

Porque ahora se tenían el uno al otro.

Aunque ninguno sabía, de momento, todo lo que eso significaría en un futuro no muy lejano.

Fin 1


Ains, si es que me los como. En cualquier versión son monos monísimos y perfectos el uno para el otro, ¿a que sí? xD.

Bueno, pongámonos serios, que tengo varias cositas que deciros:

1. Será un fic cortito, de no más cuatro o cinco capítulos.

2. Me he hecho un facebook solo y exclusivamente para mis cosas de ficker, para hacer anuncios y compartir imágenes y demás. Si alguien está interesado puede encontrarme como Vicky Bruxi Bandín.

3. POR FAVOR, ID A VOTAD EN LA ENCUESTA QUE ESTÁ EN MI PERFIL. HASTA AHORA SOLO SE HAN PASADO DOS PERSONAS. SI DE AQUÍ A UNA SEMANA NO VOTA NADIE MÁS HARÉ LO QUE A MÍ ME SALGA DE LAS NARICES Y ME VALDRÁ MIERDA QUE OS QUEJÉIS, PORQUE ES MUY FRUSTRANTE QUE UNA SERVIDORA HAGA COSAS Y FOMENTE LA PARTICIPACIÓN Y LA INTERACCIÓN Y LOS LECTORES NO RESPONDAN.

Ains, que a gusto que me he quedao xD.

¿Me dejáis un review? Porque, ya sabéis:

Un review equivale a una sonrisa.

*A favor de la campaña con voz y voto. Porque dar a favoritos y follow y no dejar review es como manosearme una teta y salir corriendo.

Lectores sí.

Acosadores no.

Gracias.

¡Nos leemos!

Ja ne.

bruxi.