CAPITULO 1
En ese sueño me pareció que el cielo se oscurecía en el este y que se oía un trueno creciente pero en el oeste se demoraba una luz pálida y de esa luz salía una voz remota y clara gritando:
[...]El Daño de Isildur despertará y se presentará el Mediano.
Creí que en Ithilien encontraría, durante un corto periodo de tiempo, algo de reposo. Dejé Osgiliath, crucé el rio y llegué a nuestro santuario en Henneth Annûn justo antes del atardecer, como había esperado, y mientras caminaba dentro de la cámara de roca el sol poniente rompía la ventana-cortina en brillantes joyas. Mi compañía me dio una cálida bienvenida, como si hubiese regresado de un largo viaje y partimos el pan juntos como si la Sombra hubiese desaparecido finalmente. Mucho me alegre al saber que los Valar los habían protegido a todos en las semanas que había estado fuera, porque ciertamente la sombras habían comenzado a hacerse largas en Ithilien. Mi trabajo ahora consistía en la segura retirada de mis hombres al oeste del Anduin y antes de eso teníamos más sangre que derramar.
Entonces, dentro de aquella pequeña paz, llego un doble problema. Más allá de toda creencia y salido de mis sueños caminaba el Mediano. Un gran temor se apoderó de mí a contemplarlo. Si aquel sueño se había hecho realidad ¿Qué pasaba con aquellos que profetizaban la ruina de Gondor? Y así, al fin, supe el significado del poema sobre el Daño de Isildur.
¿Qué me estaba siendo ofrecido, en aquel breve pero interminable momento de tentación? Un estremecimiento asaltó mis pensamientos y entonces vi una visión de Ithilien, no creciendo salvaje, sino convertido un jardín de nuevo, con hermosas flores de muchos tonos, el hogar una vez más de todos aquellos expulsados de sus tierra. Pasando el camino hacia el rio, vi altas torres alzándose delante de mí, y entonces cabalgue a lo largo de una amplia avenida con hileras de hermosos edificios construidos con piedra blanca y plata. Así llegué hasta el Anduin y crucé un magnifico puente, un monumento apropiado para mi hermano. Aquello era Osgiliath, reconstruida de nuevo, una ciudad de gracia y sabiduría. Allí toda la majestad de Númenor había sido restaurada y mejorada por la sabiduría de Gondor, de aquellos últimos años de la antigua raza de Westernesse.
Llegue cabalgando a ritmo lento a través del Pelennor y toda la gente de Gondor desde Minas Tirith hasta Dol Amroth, desde Anorien hasta Poros se había reunido para saludarme. Me dirigí hacia las puertas de la ciudad, Minas Anor de nuevo, y allí estaba mi padre y en su cara ¡había tal mirada! De orgullo, honor y amor. Una mirada que había contemplado a menudo, pero desde un lateral porque no iba dirigida a mí, sino a mi hermano
Que fantásticas visiones eran aquellas. Todo lo que había deseado. Y aún así, había soñado mucho durante mi vida y me parecía que, mientras me maravillaba, aquellas visiones que eran de una cualidad diferente, más claras pero también más ásperas, como si una luz fría brillase sobre ellas. Ithilien era pálido, Osgiliath más frio que sus ruinas y la cara sonriente de mi padre tenía un tono enfermizo. Que diferentes eran, incluso, del más terrorífico sueño de Númenor o el último dulce sueño con mi hermano tras su muerte
Y entonces pude probar el agudo sabor salado del mar en Dol Amroth y ahuyentó el dañino sabor de los engaños. Pensé en mi tío, al que siempre había amado y admirado como gentil y caballeroso. Recordé los largos paseos que habíamos dado juntos, el y yo, a lo largo de los altos caminos costeros. Yo hablaba de lo que había estado leyendo o pensando y él, a cambio, me contaba los recuerdos de su amada hermana, mi madre y de cómo había amado tiernamente a su hijo pequeño.
Así fue como volví en mí, pero no como hermano de Boromir, siempre ansioso por demostrar que era un igual en combate, ni tampoco como hijo de Denethor, esforzándose por probar más allá de toda duda su lealtad; sino como Faramir de Gondor, que había tratado con esfuerzo e incertidumbre conducirse a si mismo sabiamente durante toda su vida, y que averiguaba ahora que la elección correcta no era gloria en la guerra, ni obediencia a un orgulloso amo, sino lo que parecía ser la elección de un idiota.
Me vino a la mente que, incluso si aquello era lo que parecía, todavía sería capaz de enfrentarme a la muerte con honor, sabiendo que había sido sincero y no me había avergonzado a mi mismo con falsedades. Cómo me lamenté, porque adivinaba lo que Boromir había visto en su momento: armas y batallas, y ejércitos y alianzas y su propio triunfo en Mordor, y yo sabía que se había visto a sí mismo como rey de Gondor. Mi pobre hermano.
¿Y que había de mi segunda preocupación? Vi que el momento había llegado al fin, como había temido que llegaría durante toda mi vida; la elección entre deber e integridad. Soy tuyo para lo que ordenes, sire. ¿Cuántas veces le había dicho eso? Siempre había creído que decía la verdad y ahora me daba cuenta de que no era el caso. En esto no era suyo para lo que ordenase y él lo sabía desde hacía mucho tiempo y me había despreciado por decir lo contrario. Nunca debería haberle dado aquella promesa tan a la ligera porque había hecho de mi mismo un mentiroso ante mi padre y señor. Aquellos fueron los pensamientos que me atormentaban mucho antes de que cabalgase por el Pelennor y el terror alado violase mi cordura.
