Empezaba a acrecer la oscuridad típica de las noches invernales de Oslo, el transporte llevaba rodando desde hacía unos minutos desde el puerto de la capital, ya no tan neurálgico como siempre lo era cuando era de día, aquel hombre cabeceaba suavemente en aquel taxi casi luchando por lo imposible, el cansancio que no había sentido al estar fuera del país estaba llevándolo suavemente a una sensación de arrepentimiento que pudo haber evitado claramente si hubiera pasado otra noche en Reikiavik.
El barrio Grünerløkka, en dónde su hogar estaba situado a penas se veía de lo oscuro que estaba, aquella zona repleta de atractivo para todos aquellos que decían llamarse "hípsters" estaban oscurecidas por una ciudad dormida, como él mismo en ese instante, de nuevo luchaba por intentar calmar una profunda sensación de adormilamiento en su hogar, bajando de aquel transporte no sin antes pagar, caminando pocos kilómetros para llegar a su hogar, exhausto, como si de una reunión de trabajo se hubiera tratado; no obstante esto estaba alejado de todo pensamiento, su cabeza cansada llena de arrepentimiento solo pensaba constantemente el "qué hubiera pasado sí…", claramente el ser humano es obstinado, sea o no sea inmortal; como siempre pensamos las cosas sin meditación necesaria, hacemos las cosas como si fuera lo último que haremos en la vida y luego arrepentidos nos halamos los cabellos y decimos en un tono reprochable "¿por qué fui tan tonto e hice esto?"; claramente seres contradictorios.
Este era de esos típicos casos obvios y claros, aquel hombre noruego solo se arrepentía de haber pensado en el afán de volver a sus tierras, arrepentido de no haberse despertado en el silencio de las mañanas apenas perceptibles de Reikiavik, el sonido de lanchas a motor de pescadores a través de la ventana o simplemente del egocéntrico canto del frailecillo de su hermano menor rogando por atención y jurando a todo el mundo que es el ser más genial y maravilloso del mundo, realmente prefería escuchar todo esto que el bullicio de una ciudad con un mediano tamaño como era Oslo, de solo pensarlo le causaba un terrible dolor de cabeza.
—Realmente la próxima vez debo despertar en Reikiavik y no aquí. — Decía para sí mismo el noruego al estar tendido en la cama mirando hacia el blanquecino techo que resguardaba su habitación, no quería ni ver televisión ni revisar los mensajes recientes, simplemente quería descansar y pensar que, su hermano menor estaría bien, en un mundo despiadado, especialmente en un año tan terrible como aquel que estaba pasando.
¿Qué más hubiera querido él como hermano mayor si no hubiera pedido ser separado de su hermano menor?, Emil por mucho que haya tomado el primer apellido patronímico islandés que habrá encontrado fue y será el vínculo más real y humano que lo hizo pensar que los dioses más que darles poderes en la tierra desde épocas milenarias, en lo que resultaba ser simple y reciente dio la tarea de aprender a humanizarse, pensar en aquel chico que además de aprender de Noruega y de Dinamarca como países; además de aprender miles de culturas, tuvo que ser criado por Lukas Bondevik y Mathias Køhler como humanos; por mucho que le doliera y por mucho que haya un lío idiomático y cultural realista en el joven islandés. Noruega tuvo que ser ese alguien, ese humano único que debe ese brote de vida necesario en 2008, en aquel frívolo puerto de Reikiavik.
A pesar de todo Lukas no hubiera querido que Emil creciera tan rápidamente como humano, quería que se quedara tan pequeño como aquellos años de la época vikinga que cuidaba de su bienestar, solo los dioses en su tierra eran testigos de cómo el islandés con juventud de 13-14 años humanos, dependiendo de la colonia danesa todavía, ya tomaba su camino por los fiordos y pescaba por los fríos parajes islandeses y montañas inhóspitas en invierno o el pastorear corderos por las montañas en primavera mientras sus esfuerzos eran una búsqueda de soñar con ser un humano normal y corriente, o por otra parte escuchar repetidas veces conversaciones sobre su territorio y sobre lo que era o tenía que hacer; era indiscutible ese hecho que cada uno tenía su punto de vista de las cosas, ambos racionales en sus puntos de vista que decían claramente ser racionales; aunque nada en el mundo ha de estar escrito.
En aquellos viajes de ese tipo, el avión era el medio de transporte menos usado por su persona, prefería el uso de barcos, como siempre lo ha hecho, el viaje en altamar le traía una clara nostalgia, épocas doradas que realmente era imposible que volvieran puesto que el devolver el tiempo, era imposible en todo sentido de la palabra, aunque después de todo, podría decirse que es un sueño frustrado que tenía en mente, pero más que ello era el recordar ver las tierras islandesas cuando no tenían nombre y apenas llegaban colonos, cambiando ahora la escena a un puerto en dónde la soledad prevalecía; era sábado, se podría decir que era claramente extraño el hecho de que no habían personas allí, el noruego no hizo conclusiones adelantadas, y en realidad no le gustaba hacerlas, dado que podría llegar a tener una visión errada de las cosas, lo suyo en gran parte era mirar todo con cabeza fría, en efecto, sabía que allí pasaba algo, puesto que sabía de la crisis económica de aquel país decadente que apenas había surgido como una república.
La extrañeza de tanta soledad podría tener mil y un razones para explicarse como excusas de que era una hora tardía para salir a la mar, pero si algo caracteriza un pueblo pequeño y un país pequeño en general era la existente sinceridad explicada en actos como protestas y críticas por algo que físicamente no era culpa del islandés, quien luchaba con su mismo pueblo como si fuera una ironía de la vida por algo que nunca quiso, lo menos que quería una nación era arrepentirse de dañar a su pueblo, y menos estando cansado de todo un trajín, de un ir y venir incierto en el que no sabes cuándo pasará, porque aunque suene mal, el islandés igual siente miedo.
Emil Steilsson siendo tan joven creía no tener valentía, ser solo un simple desgraciado como aquel protagonista en aquel reciente libro, para ese entonces claro está, llamado, "Himnaríki og helvíti", "Entre cielo y tierra", que, cuando tenía tiempo, recordaba leer páginas de su fuerte y existencial poesía que recordaba que los espíritus que él avergonzado creía podrían cuestionar la muerte, nunca olvidaría como el muchacho, perdió a su único amigo por un poema en una helada en altamar, solo por olvidar su chaqueta. Podría claramente compararse con este personaje, porque ahora lentamente perdía la fe que tenía su pueblo, como si fuera su única amiga y compañía, queriendo escapar de la muchedumbre, corriendo a un paso medianamente rápido, como si quisiera huir de su inevitable destino de trabajo, creer que ser policía iba a ser fácil antes de llegar a ese entonces, era la mayor mentira que sus labios pronunciaron años atrás; recordando como le decía a su jefe de aquel humano trabajo que si se ausentaba, era por su realidad no tan humana e inmortal, aquel tecleo rápido mintiendo sobre trabajo como país era su escudo para seguir corriendo par de kilómetros hasta el puerto de Reikiavik, moribundo en sus ojos ahora.
La cabeza del islandés daba miles de vueltas, su respiración no se había normalizado debido a los jadeos que soltaba en un intento de calmarse, casi como si quisiera esconderse entre todos esos barcos a la orilla y no salir de allí, aunque fuera obligado a hacerlo, desesperante situación, desesperante humanidad que acrecía en él.
Aquella escena podría haber sido pasada por desapercibida si no fuera por la reciente llegada del noruego que intentaba buscar aquel hogar de su hermano, recordando en su cabeza la dirección del hogar, pero sin recordar su ubicación, aunque claramente, Lukas no era la persona más idónea para la lectura de mapas, su desorientación era clara.
Apartó la mirada de su ineficaz intento de ubicarse para ver al frente; reconociendo en su punto de vista un rostro conocido, aquellos ojos amatistas podrían no brillar, pero podrían reconocerse claramente por su diferencia con otros habitantes del país; viendo como aquel joven a lo lejos tomaba una tanda de maldiciones y reproches constantes, mirando al cielo como si fuera alguien a caer de allí y solucionar todos sus problemas.
El noruego no sabía ni el porqué estaba su hermano menor allí, ni el porqué de aquella desesperada mirada cansada y desganada en todo sentido de la palabra, pero sus cuestionamientos nunca empezarían sin hablar con su hermano, el cual llamó manteniendo su monótono tono de voz que normalmente era bajo, alzándolo un poco para llamar la atención de aquel joven ahora desaliñado y cansado.
—¡Emil!, ¡estoy aquí desde hace un rato Emil! — Aquel llamado podría haber sido escuchado por miles de personas, puesto que muy apenas se había aplacado aquella protesta que suponía que iba a estar en la primera plana de la televisión local, pero nadie más que la indefensa mirada de susodicho era puesta en el noruego.
El islandés nunca había detallado el puerto al llegar en busca de paz y tranquilidad, un regalo que los dioses le habían dado a su pueblo durante muchos años y a su persona igual al vivir en lo que consideraba ser, el territorio sagrado para ellos, y que ahora era turbada por culpa de un error que llevó a todo un país a una crisis; este apenas había visto los barcos, no había detallado la bandera de ninguna de ellas y menos la noruega, todavía ondeante en el barco en el que el noruego se transportaba, todo debido por aquella brisa del lugar.
Aquella mirada fue dirigida al rubio que lo miraba con una preocupación que solo los más allegados a él podrían notarle en sus ojos, levantándose el islandés de dónde estaba y caminando con leve parsimonia por el lugar hacia llegar a mostrar su indefensa mirada y actitud frente a la mirada claramente inquisitiva del mayor, que analizaba cada pequeño e importante detalle que tomaba diferencia en aquellos momentos, como aquella vacía mirada, aquellas suaves ojeras, el cabello oculto en un gorro, apenas notándose unos suaves mechones un poco más cenizos y un sin fin de detalles que denotaban que Emil tenía una juventud turbada por la desgracia de un pueblo claramente inconforme con todo lo relacionado con las desgracias, recordando como sus jefes juraban que el pueblo islandés olvidaría todo o que eran tan fuertes que nada los turbaría, ni siquiera una "pequeñez" como esta.
El islandés al llegar al frente de su hermano mayor esperaba a ver la reacción de este, luego de haberlo saludado sin palabra alguna, solo con la mano, casi esperando con paciencia una avalancha de preguntas que le iban a llenar la cabeza como fría nieve en invierno, escuchando como lo esperaba una primera pregunta.
—¿Está todo bien?, ¿Sabías que ya estaba aquí?… no avisé en absoluto de mi llegada a estas tierras. — Comentaba manteniendo una mirada inquisitiva hacia aquel joven de cabellos platinados, que respondió poco después moviendo la cabeza en una clara señal de negación.
—No sabía que venías de visita a Islandia, realmente, solo pasaba por aquí, viendo la inexistencia misma de los turistas y la soledad del mar.— Más que una afirmación realmente aquello sonaba poco convincente y mentiroso en todo sentido de la palabra, intentando cambiar el tema rápidamente como si fuera el método de defensa más eficaz que tenía en aquellos momentos, como si tuviera que ocultarle a lo poco que tenía de familia, la existencia de lo que era el mayor de sus males, defendiéndose con palabras poco analizadas que más que nada sonaban groseras; disculpándose por esto.
—Sonaré grosero, pero, ¿qué te trae por aquí Lukas?, debo demasiado dinero para pedirle ayuda al parlamento noruego en estos momentos. —
Si algo nota el noruego fácilmente es la mentira, y más cuando es un método claramente ineficaz de defensa como era en aquellos momentos, pero entendía este el cansancio del menor en todo sentido de la palabra, la inexistencia misma de la paz, por ende nunca iba a criticar ni regañar a su hermano por ahora ser golpeado por una cruel realidad que ahora era más palpable que otra cosa; más que gritar solo intentó mostrar una fachada sincera y una pregunta que podía desmoronar una mentira en un solo paso.
—Bueno, realmente me preocupo por ti, el hecho de que en Noruega mis jefes no quieran meterse en asuntos como estos, no signifique que humanamente no pueda preocuparme. — El noruego alzó los hombros en un momento al comentar aquellas palabras, soltando un suspiro del cual salió un aire blanquecino por la leve sensación de frío del lugar, tomando aire de nuevo siguió con la pregunta. —Veo que vienes de paso, ¿ibas para algún lado Emil? — Preguntaba el noruego manteniendo una sensación de intranquilidad que a simple vista era complicada de analizar en su mirada, todo esto al ver la expresión cambiante de su hermano con una mentira desmoronada a simple vista y con facilidad, tanto como lo había odiado siempre, aunque el noruego agregó de último momento unas palabras más.
—Por cierto, supongo que no hay problema alguno que pueda quedarme en tu casa por el tiempo que dure la visita. —
El noruego hubiera querido pronunciar esas palabras toda su vida al islandés, hubiera querido pedirle un día más allí como lo hizo justo al llegar, pero recordaba entre un sueño inconstante que el error ya estaba hecho y que miraba la oscuridad de la ciudad por una ventana, realmente todo lo que aquellos días pasaba por la cabeza de su hermano no podía olvidarlo y menos cuando vívidamente tenía todas esas conversaciones grabadas en su mente, pero más que maldecirse a él como humano, nunca en la vida olvidaría que sus obligaciones como país tuvieron que ver en su decisión de irse.
El islandés muy en el fondo había sentido claras ganas y conformidad ante el hecho de querer tener al noruego en su hogar, obviamente en aquellos momentos su reacción más negativa era por aquel hecho de no tener que más dar, el sentir que no era suficiente para pagar por la mínima sensación de desasosiego de quien fue casi que la primera persona en criarlo como humano y educarlo en una tradición conservada en su país cuando podría haberla olvidado como eran los Dioses del Norte, por supuesto podría el islandés ser la persona menos idónea para admitir que su hermano mayor era y será uno de los que más le debe, pero si algo admitía era el ser orgulloso y creerse un adulto, cuando tenía una infantil alma que tuvo que ser forjada por una adultez prematura en cuanto a trabajo, simplemente sentía que ocultar que podría gritar a los cuatro vientos que tenía un hermano mayor era algo bueno y que aliviaría su alma, una premisa obviamente falsa en aquellos momentos.
—Mi hogar no es la gran cosa, pero, creo que no sería problema alguno el hecho de ofrecerte asilo en mi casa, aunque seguiría preguntando mil y una veces porque quieres ayudarme si no tengo nada más que ofrecerte. — El islandés casi que intentaba alargar la conversación sin ganas de responder porque el puerto de Reikiavik era el único lugar dónde sentía que se iban sus penas, mucho se habla de que el mar se lleva todo lo que ve, hasta las penas y desgracias; aunque claramente turbado este pensamiento al escuchar nuevamente la voz del noruego.
—No me has respondido a una pregunta, ¿ibas para algún otro lado?, tal vez si tenías que hacer un recado podría acompañarte. — El islandés por desgracia caía rendido ante las palabras del noruego como si fueran las únicas que lo llevaban a decir todo lo que su cabeza intentaba mantener.
Aclaró el más joven su garganta, siendo otra persona buscaría una excusa aún más convincente, pero ahora estaba entre la espada y la pared; Emil nunca ha querido poner en sus labios palabras contra su pueblo, tenían derecho de protestar, pero aquel sábado había sido una desgracia desde la hora en que le habían comunicado que debía volver a calmar la cólera de un pueblo que no estaba conforme con pagar los platos rotos de la ineficiencia de un gobierno, y una mayor desgracia desde que escapó del lugar de trabajo como cobarde, hablando con una sinceridad que sonaba con una voz carrasposa y triste, casi que intentando mantener estabilidad.
—Soy incapaz de mantener a un pueblo colérico en estos instantes. — Comenzó con fuerza. —En 1940 pude calmar a un pueblo inconforme que los ingleses vinieran como Pedro por su casa por este lugar, años más tarde, aunque inconformes aceptaban que soldados americanos estuvieran aquí, y ahora solo me veo como un hombre pusilánime que escapa de gritos de cansancio que quiero gritar con ellos, para luego culparme en el parlamento que la televisión local solo me busca para cuestionar mis trabajos, tanto el humano, como el hecho de ser país. —Tomó aire caminando un poco como si de un discurso se tratase. — No quería decírtelo por la reacción que tomes ante esto, puesto que sé que puedes hacer estragos, pero simplemente me dejo llevar por esa parte humana más que por la consciencia de ser inmortal, temiendo hasta de aquellos que conozco como la palma de mi mano.
Al terminar aquellas palabras, el noruego aunque estaba conforme con aquella respuesta, su molestia era creciente, sabía que la realidad golpeaba a su hermano menor como si tuviera la culpa de su existencia, aquella ira sentida intentaba ser reprimida ante el hecho de que no era mentira la elección de palabras de su hermano ante su magia, tan elemental pero causante de estragos, como si de la reina de las nieves se tratase; intentando calmar el transformar Reikiavik en un paisaje de muerte por congelamiento; solo sintiendo como el frío tomaba posesión de ambas naciones que intentaban hablar.
El noruego simplemente negaba con la cabeza calmando sus impulsos, sentía que cambiar el tema sería lo ideal para ambos, como si fuera lo único que harían siempre y por lo único que soñaba hacer.
—Solo me calmo por no convertir esta ciudad en un caos, pero creo entender porque ocultabas todo esto, disculpa por eso, aunque creo que no tienes por qué pagar tú los platos rotos de esto. — Intentaba normalizar el noruego.
—Tenemos que pagar los platos rotos por nuestra simple existencia, sí, puedo ser un humano, pero olvidan la existencia de este para buscarte como excusa tu inmortalidad. — intentaba exponer el islandés ahora menos intranquilo, más sensible, con lágrimas que llevaba horas y horas intentando que no salieran, intentando no mostrar debilidad en absoluto, sintiendo lo que en años no sentía, la calidez de un abrazo.
La última vez que Emil había sentido aquello era recién su independencia cuando el estadounidense le dio la bienvenida al nuevo mundo como si estuviera orgulloso de hacerlo justo cuando pronto terminaba la guerra, y ahora lo sentía cuando mostraba la parte más sensible de su persona cuando todo se salía de las manos y cuando todos querían estar en su contra, separándose luego de minutos que parecían ser eternos, claro está que ambos eran los que menos correspondían al gusto del contacto físico, pero podrían hacer como si fuera inexistente esto.
—En vez de hablar del tema, deberíamos ir a tu casa, sería lo más consciente que podríamos hacer. — Comentaba el noruego intentando calmar las aguas, y calmándose a sí mismo, notando aquel recordatorio entre el asfalto, aquella escarcha que se mostraba casi como si dijera "aquí fue dónde Lukas Bondevik casi pierde los estribos culpa de la impotencia que sentía al ver a su hermano menor siendo ultrajado por humanos que no entendían el porqué de las cosas".
El islandés claro está que prefería asentir y caminar en búsqueda de su hogar, ya sr encargaría luego de solucionar el tema de su trabajo, por mucho que le soltaran una reprimenda por ello. En esos momentos solo quería que la calma prevaleciera entre ambos, preguntando en su mente que tan fácil podría ser tener aquella paciencia que el noruego tenía siempre y más para guardar sus poderes.
Su caminata era tan parsimoniosa como cuando apenas vio la mirada de Lukas posarse sobre su cuerpo cansado, claro está que ante el hecho de no tener ningún medio de transporte, puesto que había confiado en la poca rapidez de sus piernas para andar tenía que proteger de algún daño al noruego; el hecho de que lo vieran con un extranjero podría dar la sospecha más negativa que podría existir, y más debido al hecho que nunca habló de tener hermanos a la hora de trabajar; a decir verdad Emil era alguien bastante reservado para hablar de su vida personal; puesto que tendría que explayarse demasiado, ya tenía mucho con que los humanos supieran de la realidad de su ser.
Claramente Emil se trató como si fuera un simple miedoso, pero protegió a su hermano camino a casa, justo cercano a aquel puerto dónde un pequeño espacio de escarcha era la muestra obvia de la desesperación del noruego por ver como el islandés infravaloraba todo su trabajo.
Poco tiempo duró la caminata para llegar a aquel hogar, un poco más simple de lo que se esperaría en aquel barrio, un hogar de dos pisos con por lo menos cuatro sofás en la sala de estar y una mesa central decorada con un simple jarrón y justo al lado las escaleras que daban al piso de arriba, dónde estaba la habitación de huéspedes.
—No es el lugar más lujoso que exista en el mundo, pero, es mi pequeño hogar, dónde se supone, descanso de tanto revuelo. — Aunque dijera tales palabras, muy en el fondo el islandés sentía que debía ayudar a su hermano con todo lo relacionado con su llegada, casi que corriendo con las maletas de este como si se lo hubiera pedido, directo al piso de arriba, escuchando al noruego intentando hacer caer en razón a su hermano.
—Emil, no debías hacer eso, no era necesario. — Escuchaba decir al noruego al subir al lugar dónde el islandés tenía la habitación de huéspedes, cama sencillamente decorada con un armario y un cuadro de lo que suponía ser Mr. Puffin, sin contar con aquella ventana con vista al puerto que casi que saludaba a todo aquel que despertara con tal vista, la apreciación del noruego fue interrumpida por el islandés.
—Debía hacerlo, has intentado animarme después de todo. — alzaba los hombros el más joven para pedir que hablaran con más tranquilidad en la sala de estar si eso era lo que querían claramente.
En definitiva ambos debían hablar, aunque claramente lleven bastante tiempo sin hacerlo en una sala de estar en solitario con el ruido del reloj de pared inundando aquella pequeña habitación, pasando el islandés dos tazas de café, como si la intención misma de todo esto fuera amenizar el ambiente, hacer atractivo lo que nunca lo era, esperando a ver quién era la primera persona en dar palabra, o tal vez ambos buscar palabras para olvidar toda conversación del puerto y leer tendidos en una manta como en antaño.
En la juventud de ambos, a veces el tirarse entre mantas con una buena lectura forjaba más el gusto de esta en el menor, haciéndolo a futuro en uno de los países más lectores del mundo, claro está que podrían muchos tacharlos de nerds, extraños o locos a ambos por hacer ese tipo de cosas, pero después de todo ambos no eran los típicos hermanos humanos que discutirían quien juega videojuegos primero o quien hace algo primero, la hermandad en ambos era compleja, agridulce por todos los años ocurridos y claramente inexplicable para mucha gente.
Quien decidió romper aquel silencio claramente fue Emil quien comenzó a hablar luego de darle un suave sorbo a su café.
—Conservo amabilidad con visitas y más sabiendo que somos representantes de países, supongo que viste que estaba teniendo especial cuidado debido a la situación actual. — Al decir aquellas palabras el noruego asintió suavemente, igualmente lo notaba como un acto bastante simple, pero entendible.
—Sí, supongo que debido a todo este revuelo debías hacerlo, y agradezco aquello en realidad. — Solo comentaba con simpleza el noruego.
—Yo creo que ya tenemos mucho con tener a espaldas una nación, cada quien a su manera; por ello intenté hacer lo posible para que no ocurriera nada más. — Entre que hablaba el islandés movía un poco un pie mientras jugueteaba con la taza entre sus manos que daba calor a estas.
—Pues tienes razón, cada quien tiene un peso como nación, aunque en mi opinión, lo que está pasando aquí es producto de una independencia precipitada. —
Aquellas palabras del noruego sonaban insensibles en realidad, pero podrían tener en parte razón, no habían pasado más de 64 años de este evento y aunque Emil fuera ya bastante mayor para tratarlo como un niño, sentía que al independizarse no tuvo por lo menos los pies en la tierra, o bueno, suponía que era porque odiaba ver crecer tan apresuradamente a aquel niño que conoció años atrás, definitivamente su cabeza decía que había demasiados adultos en casa.
Por desgracia la reacción del islandés llegaba a ser totalmente negativa en todo sentido de la palabra, pudo no alzar nunca un arma en absoluto en su vida, pero sabía que había sido un acto que marcó un antes y un después; dejó la taza en la mesa suspirando con clara negación ante aquellas palabras, podría tener en el fondo un mínimo de razón y era claramente justificable, pero en su mente el estrés turbaba todo esto y hacía que la negación fuera inminente.
—¿Precipitada?, nunca lo fue, y nunca lo pensaré así, fue justa y necesaria, fue un acto necesario para un pueblo que todavía estaba siendo subyugado por los daneses, ¿qué hubiera pasado si no me hubiera independizado cuando Dinamarca fue tomado por los Nazis?, creo que más que decirlo deberías pensarlo, además, es claramente la representación de ser un idiota. —
Estaba más que molesto, sabía que la intención nunca fue de regañarlo, pero, ¿acaso el ser cuestionado por tus actos no es algo que está viviendo el islandés?, por supuesto que sí, y no era pocamente cuestionado. El noruego sabía que había hecho una elección de palabras incorrecta, intentando cambiarlas un poco.
— ¿Merece la pena ser un impaciente de por sí?, el esperar a veces ayuda, el buscar tener mejor infraestructura, algo para aferrarte y que no te hiciera terminar como ahora estás. — El noruego alzaba una ceja, sabía que el islandés no estaba consciente de sus palabras como para reprocharle todo lo que dijera, y bueno, al fin y al cabo, tenía parte de la culpa por haber sacado el tema.
Por desgracia el islandés no era la persona más correcta para refutar un argumento, y menos que tenía como hacerlo en absoluto, puesto que si fuera por él, culpaba cada pequeña cosa al danés, pero obviamente no lo haría, puesto que la verdadera culpa de aquello no la tenía él, ni una independencia precipitada, eran los errores humanos, después de todo aquella crisis no solo la estaba viviendo Islandia, que era uno de los más afectados, si no otros países de América y Europa.
Es más, se quedó callado, ante todo, no sabía ni que responder, volviendo a escuchar los consejos del mayor.
—Nunca es tarde para luchar por ti y por tu pueblo, a veces entiendo tu impulsividad y tu actitud, pero más que estar encerrado en una burbuja creyendo imposible todo, sé que lucharás, tanto como me gustaría ayudarte en estos momentos realmente, después de todo, estoy atado de pies y manos. — El noruego por muy insensible que fuera, era más que todo consciente de la situación del islandés y estaba consciente que podía gustar por lo menos de una palabra de aliento en aquellos momentos.
El islandés agradecía por lo menos un poco de aquella seguridad impartida hacia su persona, después de todo, era lo que más necesitaba; terminando luego de interminables horas aquella conversación, tal como soñó el noruego cuando ambos eran más jóvenes, leyendo entre mantas antes de ir a sus respectivas habitaciones y sentir que nada hubiera pasado, hacer como si Emil nunca hubiera crecido en absoluto y siguiera siendo el niño que en el interior pudiera ser.
No había pasado una semana y Lukas había escuchado una discusión del islandés por medio del teléfono, concluyendo que era por aquella escapada que admitió dar hacia el puerto, le pareció curioso que una semana después, supieran de aquello, simplemente terrible, escuchando por detrás de la puerta lo ocurrido, intentando no meterse en esos asuntos; aunque sintiera de nuevo aquella sensación de enojo que había sentido cuando la escarcha estaba en el asfalto, de nuevo sentía la necesidad de mantener la calma, aunque la temperatura del hogar dijera claramente lo contrario.
—Tuve que irme de allí porque tenía cosas que atender, sí, claro está que no debí irme de mi lugar de trabajo sin avisar, pero tuve que atender una visita…—
El islandés en un momento dio un respiro volviendo a tomar un tono claramente molesto, moviendo sus manos como si estuviera explicándole algo al aire.
—Por si no lo recuerdas no soy solo un humano y tengo asuntos que resolver, ¡no son excusas!, iré para allá más tarde, pero si me llaman del parlamento no daré explicación alguna, ¿entendido? —
La conversación no tardaba mucho en terminar, el noruego sintió que el teléfono del islandés fue colgado rápidamente, hablando como podía con el islandés.
—Emil, puedo retirarme de aquí si lo deseas, creo que turbé demasiado la paz de tu hogar. — Admitía con un deje simple de vergüenza el noruego rascándose suavemente el cuello, realmente no era el mejor momento.
—Hablaremos de esto luego, yo me iré en estos momentos, creo que debo ir a cumplir con mis labores. — Suspiró el islandés antes de irse, retirándose de aquel hogar.
Por desgracia, aquel "luego" no existió, por desgracia el jefe del noruego llamaba casi que a gritos a su representante para que volviera a Oslo al día siguiente; solo porque querían seguir ignorando con oídos sordos una situación de tal calibre; naciendo el arrepentimiento del noruego, de un luego inexistente y una nota en la mesa de la sala de estar, escrita como buenamente pudo el noruego, de manera legible, pero de trazos rápidos:
"Lamento haberme ido de aquí sin despedirme, por desgracia mi jefe me llamó y no puedo ignorarlo, tal como tú lo hiciste unas horas atrás en tu trabajo humano, siento haberte molestado.
Lukas Bondevik."
El islandés al llegar a casa no hizo más que leer la nota y dejarla dónde estaba, intentando ocultar que tenía un vago sentimiento de soledad al no ser acompañado por el único que por ahora había sabido de sus problemas y sus desgracias más comunes, de nuevo volvió a la realidad, aunque con una idea más clara de que debía hacer y a quien iba a contarle primero cuando haya superado su crisis.
El noruego sentía una cantidad inmensa de emociones antes de llegar a brazos de Morfeo, pero lo que más recordaría que le había mostrado de nuevo lo que sería ser una nación en una época moderna, y nunca olvidaría aquel "hablamos luego", que tomaba un significado triste, pero que buscaba recordar que tanto debió el noruego valorar el tiempo de las palabras, de aquel joven adulto que nunca dejaría ser su hermano menor.
