"El pensar en él llena toda mi vida. Si el mundo desapareciera y él se salvará, yo seguiría viviendo, pero si desapareciera él y lo demás continuara igual, yo no podría vivir"
Cumbres Borrascosas - Emily Brontë.
El sol se alzaba perezoso sobre el horizonte de Hannah, Missouri, cubriéndolo todo de resplandor dorado, levantando la niebla de las planicies bañadas de rocío.
La señora Kanata tomó un sorbo de su taza humeante de té de manzanilla y suspiró profundo. Estaba de pie en el medio de su amplia cocina, repleta de los platillos que estuvieron preparando la noche anterior.
"Día perfecto para una boda" murmuró para sí misma, mientras las comisuras arrugadas de sus ojos se arrugaban aún más a causa de una sonrisa. Hoy era la boda de su hija mayor, Paige. Sí bien no tenían relación de sangre, en los 5 años que las tuvo a cargo a ella y a su hermana pequeña, Rose, habían sido años extraordinarios.
Presintiendo los cambios que se avecinaban, incluso antes que Paige anunciara su compromiso con aquel guapo muchacho de la familia Dallow; Maz tomó la decisión de adoptar a otra niña. Era excelente con los presentimientos. De hecho, en Hannah era sabido que siempre podías contar con la sabiduría de la señora Kanata para consultar que te deparaba el futuro. Así fue como adoptó un caso problemático del otro lado del país. Cualquiera le hubiera dicho que era una locura, y lo hicieron. La trabajadora social le advirtió que era una "pequeña escapista"; el padre de su hogar de tránsito rio sardónicamente y le deseó suerte, alegando que la necesitaría. Hasta su viejo amigo Han se rascó la cabeza y le preguntó por qué, si quería adoptar, acogía a una adolescente y no a un bebé. Al final sus instintos estuvieron en lo correcto.
Hace dos meses había recogido bajo el cielo brutal de Arizona a una niña desgarbada y pecosa de 15 años. Había visto a Rey en fotos y había leído su carpeta una decena de veces, pero nada se comparó con la sensación de rectitud que se depositó en sus entrañas, apenas la niña se sentó en el asiento de copiloto y cerró la puerta.
"No puedo estar lejos mucho tiempo ¿Sabes?" le había dicho al cabo de un largo rato.
No lo dijo en voz alta, igual Maz intuyó que tenía que ver con que Rey se aferraba testarudamente a la idea de su familia biológica.
"Mi niña, no voy a obligarte a estar donde no quieras. Debes al menos conocer Hannah, y si quieres regresar, podrás hacerlo cuando plazcas."
"¿Como unas vacaciones?" se mordió el interior de la mejilla, dubitativa.
"¡Eso! Además, Rose muere de ganas de conocerte. Tiene tu edad y estoy segura que se llevarán de maravilla."
"Y podré regresar..."
"Yo misma te compraré el boleto si eso es lo que quieres."
La muchacha se sumió en silencio contemplativo que Maz le otorgó sin problemas. Deducía, por las miradas furtivas que recibía de vez en cuando, que estaba decidiendo si era digna de confianza.
No hubo necesidad de comprar el boleto. Hace ya dos meses que Rey estaba en casa y era como si llevara toda la vida ahí. Había encajado con su pequeña peculiar familia con la facilidad de quien está hambriento de amor. Ella y Rose se adoraron apenas se vieron. Era tan brillante y despierta que pronto el pueblo entero no podía más que gritar en saludo "¡Rey!" al verla pasar volando en la bicicleta que ella misma había reparado. Era como ver un plantín reseco ser trasplantado y comenzar a florecer de manera exuberante. Sin embargo, Maz ya había visto en su manito llena de callos una línea de amor atravesada por la muerte. Fue tan fuerte el presagio que debió soltarla al instante. A veces, cuando la veía en momentos aleatorios; momentos en que su sonrisa enceguecedora se volvía de plástico o sus ojos se quedaban clavados en algún invisible lejano, se preocupaba por la niña.
Apuró lo último que quedaba en su taza de té y examinó las hojas al fondo. Las líneas onduladas le indicaron que el futuro próximo les deparaba cambio rotundo. Se acomodó las enormes gafas redondas sobre el puente de la nariz y meneó la cabeza.
"Dime algo que no sepa" desafió sarcásticamente al universo. Era hora de subir a levantar a las niñas.
El suave chirrido de la puerta le advirtió a Rey que Maz venía a despertarla. No hacía falta; ya llevaba tiempo despierta. Estaba sentada en el alfeizar de la ventana, observando embelesada como el cielo cambiaba de colores. No había manera que este fuese el mismo sol que el de Arizona. Aquí era un amigable gigante que abrazaba los pastizales amarillos y dibujaba sombras bailarinas con el musgo español de los árboles. En Arizona parecía querer aplastarte contra la tierra seca igual que Plutt, su antiguo guardián, aplastaba hormigas con el mugriento pulgar.
"Oh- Buen día ¿Dormiste bien?"
Ella asintió con una sonrisa somnolienta.
"Que bueno, abajo hay galletas recién salidas del horno."
Se retiró sin esperar contestación. Sabía que Rey no necesitaba que le inviten dos veces a comer. Eso era lo bueno de su nueva tutora, se molestaba en aprenderse sus mañas. Parecía algo insignificante pero su experiencia en el sistema de casas de tránsito no había sido jamás tan... agradable, se atrevía a decir. Buscó el neceser y fue a ducharse. Todo era agradable en Hannah. El clima, la gente, la enorme habitación para ella sola, que jamás hubiese soñado tener, la vieja casa rural pintada de blanco. Sobre todo, la gente de la casa. Las hermanas Tico y la señora Kanata le demostraron más cariño en semanas que lo que había recibido en toda su vida ¿Entonces por qué la traidora vocecilla en su cabeza le decía que no era suficiente como para quedarse? Deseaba que lo fuese, se sentía una mal agradecida de que no lo fuese. Pero sus entrañas se removían con algo similar a hambre cuando pensaba en pertenecer en verdad a algún lugar, a alguien. Esos debían ser sus padres. Solo con ellos estaría completa. Por eso debía regresar, tarde o temprano.
La mañana se pasó en un torbellino de preparativos; gente que entraba con platillos y salía cargando decoración al patio trasero. Aquel día de septiembre parecía cantar con la promesa de un matrimonio feliz para Paige. Rey se sintió abrumada por la nostálgica felicidad que inundó la habitación donde estaban las damas de honor y varias otras mujeres, cuando la novia se giró para verse en el espejo. Sus ojos se llenaron de lágrimas y también lo hicieron los de su hermana menor.
Rose se animó a poner en palabras lo que colgaba del aire.
"Ojalá mamá estuviera aquí para verte." Pasó el brazo por la cintura encorsetada de la joven "No pararía de decirte que ganó, por conseguir que te vistas como una dama."
La novia emitió una risa mezclada con sollozo "Yo le contestaría que no se haga ideas. Es solo por esta ocasión... Ay Rosie, los extraño tanto."
Al menos los tuvieron, pensó Rey en un rincón oscuro de su mente. Se sacudió la idea y decidió escapar sigilosamente. Estar entre tanto amor filial, tantos recuerdos de años compartidos y promesas del porvenir, la ponían ansiosa.
No se dio cuenta que un sudor nervioso le había empapado el cuello hasta que cerró la puerta de la habitación y el aire fresco del pasillo le devolvió algo de paz. Caminando a la escalera, se acomodó los mechones que se habían escapado del intrincado peinado de tres moños que había decidido usar para la ocasión. Maz le había dejado elegir el vestido y ella había decidido por uno sencillo; de gasa beige suelta que llegaba justo encima de las rodillas. La parte superior ajustada, con pliegues rectos que iban desde los hombros a la cintura, dándole estructura.
Al pie de la escalera se encontró con Leia atravesando el hall de entrada.
"¡Vaya, pareces una muñequita!" comentó la elegante señora, abriendo los brazos.
Rey la saludó aceptando el abrazo. Leia era, en gran parte, responsable de que todavía no se hubiera ido. Ella y su marido eran la pareja perfecta. Tenían peleas graciosas, se leían el pensamiento, eran buenos con todo el mundo... Han viajaba demasiado, casi nunca estaba en el pueblo, pero aparte de eso, sí que eran perfectos. Antes de conocerlos, la fantasía de recuperar a sus padres era abstracta. Ahora tenía una forma bastante parecida a los Organa – Solo.
"Tú también vas muy guapa. Ojalá algún día tenga tu estilo." De momento se sentía como la mona vestida de seda. Y para empeorar las cosas, Paige la había incitado a comprarse tacones. No eran ni por asomo tan altos como los de las otras chicas que se había cruzado, pero ella apenas podía caminar. Si no fuese porque había gastado dinero, ya los habría desechado en favor de unas zapatillas de lona.
"Tonterías, naciste para esto" le tomó la barbilla y la hizo pararse un poco más derecha "Tienes un cuello muy aristocrático, como una princesa."
Rey lanzó un bufido y se cubrió la boca avergonzada, pero sin poder dejar de reír.
"Ríete de esta vieja, pero tengo razón." Sus amables ojos castaños destellaron con picardía.
"No hagas caso a nada de lo que te diga, Rey." Apareció un hombre trajeado, vestigios de cabello arenizo entre las canas abundantes. "Te llevará por el mal camino. Necesita que haya una boda para poder vernos" le reprochó a la mujer bajita, colocando el brazo sobre sus hombros.
"Dile a tu jefe" Leia señaló al cielo "que te de días libres y puedes visitarme cuando quieras."
Luke emitió una carcajada seca.
"Dice la que no sale del ayuntamiento hasta que el conserje no la saca a patadas."
La mujer le dio un golpe ofendido en el pecho.
Le extrañó que tuvieran tanta confianza.
"Reverendo Skywalker" sonrío Rey quemando neuronas, tratando de recordar si alguna vez los había visto juntos "Leia solo estaba levantando mi ego un poco."
"La vanidad es un pecado, niña" la retó con falsa solemnidad.
"¡Eres el coqueto más grande que conozco, Luke Skywalker! ¿No dice algo respecto a ser hipócrita tu librito?"
Sí, definitivamente se conocían. No debería extrañarle, al fin y al cabo, era un pueblo pequeño. La curiosidad le ganó.
"No sabía que se conocían."
"¿En serio? Uh" Luke se pasó la mano por la barba.
"Tenemos la desgracia de ser hermanos" explicó Leia "No, no en la fe. En sangre y útero."
Eso la tomó por sorpresa. Ni siquiera tenían el mismo apellido, se imaginó que había toda una historia detrás de eso.
"Mellizos" agregó Luke plantando un beso rápido en la sien de su hermana antes de retomar camino.
Después de quedarse charlando un rato con ella, las interrumpió alguien que requería a Leia. Naturalmente, pues era la mujer más importante de la cuidad después de la alcaldesa.
Rey enfiló hacia donde estaba Luke. El respeto innato que despertaban ambos hermanos y el deseo de caerles bien cobraba nuevo sentido. La autoridad debía correrles por las venas.
El patio ya estaba listo, los invitados estaban llegando. Filas de sillas plegables adornadas con flores silvestres y guirlandas de focos de filamento colgando sobre estas, además del arco de flores de ensueño debajo del cual Luke preparaba su biblia. Más allá, estaban las mesas largas con manteles blancos meciéndose con la brisa.
"¿Preparas algo diferente para cada ceremonia?" preguntó Rey sentándose en la primera silla del lado del pasillo.
"Sí. Cada pareja es especial y tiene su propia historia. Dios tiene algo distinto para cada uno. Dos personas que se encuentran y eligen amarse para toda la vida es algo milagroso, Rey."
No se consideraba una creyente, había pasado demasiadas noches sufriendo sola, sin obtener respuestas como para poder darse ese lujo. Sin embargo, los sermones del Reverendo eran muy distintos a toda la religiosería que había escuchado antes. Eran una mezcla bizarra de cinismo y esperanza. Le resultaban poderosos.
"Pensaba que el amor era algo que sucedía" comentó arrugando el entrecejo.
"Al principio, sí." Encontró el pasaje que buscaba y colocó el marcador en las hojas "Eventualmente se disipa y debes elegir a esa persona a pesar de cómo te sientes."
"Suena bastante miserable" masculló poco impresionada. Luke la oyó y rio.
"Lo es. Pero mira a mi hermana y Han, se arrancan la cabeza y siguen estando juntos."
"¿Estás diciendo que ellos son miserables?"
Pareció considerarlo un segundo antes de hablar de nuevo.
"Me expresé mal. Lo que quise decir..." La observó con esos ojos color cielo que aparentaban poseer sabiduría milenaria "Es que ese amor, como el que nos trae aquí, hoy, es miseria de la buena."
Rey se limitó a mantenerle la mirada, aunque en verdad seguía sin entender bien de lo que hablaba ¿Qué clase de masoquista podía elegir su propio sufrimiento? Decidió cambiar de tema.
"Como un parto, supongo" coincidió para no quedar mal.
Él pareció satisfecho y regresó la mirada a su libro.
"Hablando de eso. Es una lástima que los Solo no tuvieran hijos, sería genial tener a alguien como tú y Leia de familia" se le escapó y se golpeó mentalmente por exponerse así. Luke se tensó de repente. La sensación de haberla cagado se acrecentó.
"Si tienen" corrigió instintivamente "Quiero decir-"
Lo que sea que iba a decir no llegó a salir de su boca, porque Maz llegó apresurando sus piernas cortitas para tomarlo del saco y susurrarle indicaciones al oído. Seguro tenía que ver con que ya todos estaban listos para comenzar. Luke todavía se notaba un poco aturdido cuando Rey le dedicó una fugaz sonrisa y dejó el asiento libre para la familia del novio.
Acomodada en los últimos asientos, presenció la ceremonia sin prestar atención. Estaba más distraída con el hecho de que no solo que el reverendo y Leia eran hermanos, sino que esta última tenía hijos ¿Cómo serían ellos? ¿Iban a la misma escuela? Las clases recién habían comenzado, quizás no los había cruzado todavía. Más tarde, con la fiesta en pleno apogeo, cansada de revolver en su mente las revelaciones de más temprano; sus pensamientos fueron a la lúgubre frase que el Reverendo había dicho.
Paige y Finch pasaron al centro de la pista, para dar inicio a su primer baile. Mientras se mecían enredados en un abrazo perfecto, ambos jóvenes, ambos hermosos, ambos tan felices; Rey se preguntó en qué volado del vestido de seda, o en qué bolsillo de la chaqueta azul marina, escondían aquella miseria de la que Luke le había hablado.
Se preguntó si llegaría algún día a entenderlo.
La música suave cesó y ritmos más alegres llenaron pronto la pista de personas alegres. Algunos ya estaban pasados de copas. Rey bailó con Rose bastante rato y se estaba divirtiendo, pero Beaumont Kin, un compañero de clase, no dejaba de perseguirla. Ella se limitaba a tomar a Rose del brazo y arrastrarla a otra punta de la fiesta.
La grasienta cabeza rubia de Beaumont desapareció de vista y Rey suspiró aliviada. No duró mucho. Surgió justo en frente de ellas como un ninja, con un amigo bastante más guapo que él, que rápidamente emparejó con Rose; el muy desgraciado. Había quedado sola.
"Necesito un vaso de agua." Intentó zafarse.
"Te acompaño."
Rey rechinó los dientes y enfiló hacia la barra. No es que Beau fuese mal chico, sencillamente no entendía el concepto del espacio personal. Coqueteaba con ella desde el primer día de clases y todas sus compañeras insistían con que le diera una oportunidad.
"¿Como sabes que no te gusta? Nos dijiste que nunca te gustó alguien antes. Esta es tu oportunidad." Intentó razonar con ella durante un almuerzo Kaydel, una chica que normalmente le caía bien. Aunque en ese momento quisiera mandarla a callar.
Solo sabía que una tarde, mientras la acompañaba a casa, él había intentado tomarle la mano y le hizo desear untarla en gasolina y prenderle fuego. Ella la arrebató al instante y le dijo que no. Se ve que Beau tenía fallas de comprensión. Los hombres eran seres irrelevantes en el mejor de los casos, o francamente desagradables. Por experiencia, sabía que era mejor mantenerlos a distancia prudencial.
"Puedo buscar mi propia agua" sentenció Rey cuando llegaron al amontonamiento de la mesa de tragos.
Una vez más, el jovencito hizo alarde de su falta de comprensión.
"Permíteme" dijo guiñando un ojo "Tú espera aquí."
Antes prefería que le cayera un rayo. No bien se volteó, Rey echó a correr en dirección opuesta, hacía los árboles al borde del patio, escapando de él, escapando de la fiesta, escapando de todos.
Estaba harta de que todo el mundo pidiera cosas de ella. Sí, incluso estaba harta de la felicidad de Paige y su perfecto novio. Mañana mismo volvería a Arizona. Al menos allí las pretensiones egoístas de los demás no se ocultaban bajo una sonrisa falsa de amabilidad sureña.
Lo hacía todo mal, no tenía sentido seguir intentando.
No quería ni mirar atrás. Solo apartaba las ramas colgantes de los sauces y se adentraba más y más en la oscuridad de la flora salvaje. El terreno se tornó irregular bajo sus pies, los tacones se le hundían en la tierra húmeda. Aun así, se rehusaba a aminorar la marcha. De pronto, una raíz maligna se aferró a su tobillo inestable, emitió un chillido y se desplomó, rodando cuesta abajo, a un barroso claro.
Cuando el mundo dejó de girar, Rey se levantó apoyando las palmas en el musgo.
"¡Mierda!" maldijo al verse los brazos cubiertos de negra mugre. Su bello peinado prácticamente deshecho en pegajosos mechones que caían sobre sus hombros. Furiosa con la situación y con el maldito Beau, se arrancó los zapatos y los arrojó entre la maleza. Quedó sentada respirando pesadamente. Enterró el rostro en las manos, apoyando los codos en las rodillas huesudas.
"¿Es esto una retorcida versión de cenicienta?" pronunció una profunda voz aterciopelada, enviando una descarga eléctrica por su espalda. Levantó la mirada con un respingo.
La visión delante de ella era tan etérea que frunció el entrecejo desconcertada. Aún más desconcertante fue la manera en la que sus pulmones dejaron de funcionar y su corazón hizo pausa antes de comenzar a galopar violento.
Entre las largas ramas suaves de los sauces, apartándolas con una mano, y en la otra, sosteniendo en alto el zapato que acababa de arrojar, estaba un chico. Más bien un espectro, o un ángel. Abundante cabello azabache enmarcaba un rostro pálido salpicado de lunares, su nariz remarcable en perfecta armonía con el resto de su ser. Labios generosos suavizaban la intensidad oscura de sus ojos filosos. Y vaya que era alto. Vestía pantalones formales y una camisa blanca medio salida del pantalón. Debía ser invitado de la boda ¿Cómo no lo había visto antes?
Elevó una ceja ante la falta de respuesta.
"Yo no- ¿Cenicien- ¿Quién demonios eres tú?" Balbuceó mientras empleaba hasta la última gota de voluntad en acomodar su cara en algo que no fuese tan auto evidente. Se conformó con fulminarlo con la mirada.
"Ben, un gusto" dijo con voz monótona, aunque la miraba con una expresión que no alcanzaba a descifrar "¿Y tú eres?"
"Rey" se aclaró la garganta "La nueva hija de Maz."
Él descarado exhaló una risa, torciendo la comisura de esos labios pecaminosos en una sonrisa burlona.
"¿Siempre te presentas anunciando a tu tutor legal de momento?"
Aquel muchacho podría ser... guapo. Cielos, no podía creer que estuviese pensando en él de esa manera. Mas era un pedante. No todos tenían el lujo de tener siempre al mismo tutor.
"¿Y tú siempre te escondes en las sombras como un monstruo de cuentos?"
Su sonrisa ahora se extendió al resto de su cara, despertando terminales nerviosas que Rey ni siquiera sabía que tenía. Cada segundo que pasaba, lo odiaba más.
"Solo cuando sé que algún zapato mágico aparecerá volando por los aires" sacudió el hallazgo en su mano, recordándole como habían llegado a esta situación.
La muchacha suspiró, disipando los enojos del día. El sol se estaba poniendo y un viento fresco le recordó que debía regresar.
"Estaba teniendo algo así como una crisis" confiesa a pesar suyo, encerrando la última palabra en comillas aéreas.
"Te entiendo, las muchedumbres tampoco son lo mío." Desapareció entre las ramas mientras seguía hablando "Pero ve a decirle eso a mi madre, me arrastra a todos lados." Regresó al claro con el otro zapato en mano. Atravesó los metros que los separaban y quedó a un paso de distancia, extendiendo los tacones que habían sido color crema.
"Gracias" exhaló apartando la mirada. Le subió sangre a las mejillas. Los tomó por las delicadas correas. Comenzó a ponerse en pie, sacudiéndose las rodillas en vano. Más por lo auto consciente que de repente se sentía, que por verdadera intención de liberarse de algo de la mugre que la cubría. "Tuviste una buena idea, viniendo a escond- ¡Auch!" Cuando apoyó el peso sobre el tobillo, este se venció como una ramita quebrada. Se hubiera precipitado a las piedras musgosas si no fuese porque unos largos brazos firmes la sostuvieron por la cintura y el codo.
Los ojos de Rey se dispararon al rostro de su salvador; estaba torcido en una vulnerable expresión preocupada. De nuevo, su corazón hizo una pirueta dolorosa bajo sus costillas.
El joven la ayudó a enderezarse con cuidado, pero la soltó apenas la notó estable. Dio un paso atrás y rodó la mandíbula angular de una manera que delataba incomodidad.
"Puedo caminar." se apresuró a asegurar Rey, levantando la barbilla, aunque sabía que cualquier imagen de entereza que deseara proyectar, sería transparente.
"Apuesto que sí." dijo recuperando la máscara petulante. "Arrojaste ese zapato unos buenos cincuenta metros. Fuerza no te falta ¿No pensaste en probarte para los Stormtroopers?"
"Si claro, porque aceptan mujeres en el equipo." Respondió con una risa sofocada.
Se encogió de hombros, lo que resaltó lo amplio de su espalda. Rey tragó intentando deshacerse de la sensación seca de su garganta.
"Deberían."
Rey procurando caminar sola, resoplando, aunque el tobillo enviaba punzadas que llegaban hasta su cabeza. La pendiente era una maraña de raíces y piedras resbalosas. Eran 5 metros, pero bien podían ser mil kilómetros.
"Estoy seguro de que puedes llegar por tu cuenta." comentó como quien no quiere la cosa "Pero como ves, no puedo dejarte atrás en un bosque que claramente no conoces, ni puedo demorarme toda la noche en llegar a mi casa."
Cerró los ojos con fuerza y aceptó lo inevitable.
"Está bien." masculló reticente.
El chico, con las manos en los bolsillos y postura despreocupada, arrugó el ceño en melodramática confusión.
"¿Qué está bien?"
Chispas de furia saltaron detrás de los parpados de Rey.
"Puedes ayudarme." dijo con voz grave.
"¡Oh ayudarte!" rio fingiendo asombro y colocándose una mano en el pecho "¿Pensaste que estaba ofreciéndome? No, no..." una sonrisa criminal tomó forma en su rostro hipnotizante. "Ahora, podría considerarlo, si me lo pides." Dio un paso hacia ella y completó con voz aterciopelada "Amablemente."
Las rodillas se le aflojaron por algo que nada tenía que ver con el tobillo lastimado. Apartó la vista bruscamente. Las chispas se habían transformado en una hoguera de desprecio.
"Imbécil" gruñó al tiempo que comenzó a subir testarudamente, apoyando las manos y el trasero, estilo cangrejo. Se debía ver ridícula, pero prefería eso antes que ceder ante este demonio.
"¿Con esa boquita besas a mamá Maz?" vociferó desde la distancia.
"¡Con esta boquita te digo que te vayas a la mierda!" gritó entre jadeos por el esfuerzo.
Estalló en una risa varonil y descarada que le provocó cosquillas en la boca del estómago.
Estaba tan enfurecida que le saltaron lágrimas a los ojos. Detestaba al idiota y aún más a sí misma, por tener estas reacciones tan bizarras e inoportunas. Como si su cuerpo se hubiese divorciado de su cerebro.
El chico notó la humedad en sus ojos. La petulancia volvió a desaparecer, reemplazada por pánico. Se apresuró colina arriba, hasta su lado.
"Yo- mira, no quise- solo estaba haciendo el tonto" se arrodilló y de nuevo rodó la mandíbula en ese gesto nervioso "Deja que te ayude, por favor." pronunció con voz firme y ojos suplicantes.
"Bien." accedió al cabo de unos segundos, como si tuviera otra opción.
Ella pasó el brazo por sus hombros y él le rodeó la cintura con el brazo. Era mucho más grande que ella, sentía que podía desaparecer en su costado. Llegaron a la cima con facilidad.
"¿Puedo?" preguntó con cautela, haciendo señas dando a entender lo que quería hacer.
Rey asintió como si fuese lo peor del mundo, aunque el cosquilleo en su estómago se había vuelto una explosión de mariposas.
Afirmo el brazo en su cintura, se inclinó y aseguró sus piernas justo arriba de las rodillas. Tenía la mano helada. La levantó en el aire como si no pesara nada. Ella no quitó el brazo de su cómodo lugar encima de sus hombros.
Caminaron, más bien él camino, en silencio varios minutos. Rey estaba segura que hasta los animalitos escondidos en los troncos debían escuchar el ruido ensordecedor de sus latidos. Cada centímetro de sus cuerpos que se tocaba, le carcomía centímetro a centímetro la cordura. Ni hablar de la peculiar mezcla de aroma a tinta china mezclada con aromas silvestres que emanaba su piel. En cualquier momento cometería una locura y enterraría el rostro en su cuello solo para inhalar como una adicta.
Contrólate, mujer. Se reprendió decapitando las fantasías que se le venían a la mente.
"Con razón te escondes en los bosques en vez de socializar, no tienes habilidad natural para ello" señaló Rey, orgullosa de que su voz sonara tan desinteresada.
"Eso es ponerlo ligeramente." Se liberó algo de la tensión al escucharla "Como mencioné, odio las muchedumbres. ¿Y tú? ¿Cuál es tu excusa?"
"No lo sé... en realidad es que no soporto no estar a la altura de lo que piden de mí. Me estaba sofocando" admitió con sorprendente facilidad.
"Mándalos al infierno." Pareció ofenderse en su nombre.
"¿Estás loco? A diferencia tuya, a mí sí me importa lo que piensen de mí."
"No te importó recién conmigo."
"Corrección: me importa lo que las personas decentes piensen de mí."
La observó con una expresión entretenida.
"Yo no soy decente." No era una pregunta.
"No. Eres bastante malo, de hecho." afirmó casualmente.
"Te equivocas" afirmó traspasándola con los ojos. Los apartó y algo en su tono, que pretendía ser en broma, dejó entrever cual cortina rasgada, una vena de autodesprecio. "Soy peor."
Iba a exigirle que se explicara.
"Llegamos a destino, señora."
Habían arribado al borde del patio. Solo quedaban un par de familiares rezagados sentados conversando en medio del caos de sillas y mesas en proceso de ser guardadas. Ya era bien entrada la noche, los bichos de luz habían comenzado a dibujar patrones en las sombras.
La depositó con delicadeza sobre el césped. Rey no pudo aplastar la decepción al fondo de su pecho.
"Bueno, gracias. Si no fuese porque eres un antisocial, habría quedado atascada allá hasta la mañana."
"No es nada" metió las manos en los bolsillos y dio unos pasos marcha atrás, dedicándole una última mirada, brillante como el firmamento. "Nos vemos por ahí, Rey, la nueva hija de Maz."
La manera en la que dijo su nombre, la hizo querer grabarlo y escucharlo en bucle como su canción favorita.
"Nos vemos, Ben." pronunciarlo depositó una extraña calma en su alma. Como sí llevara toda la vida aprendiendo a hablar, existiendo, soportando, para este momento.
Ben pausó un segundo, dejando que el sonido de su nombre se instalase en el aire entre ellos, antes de voltearse y perderse en la curva del camino de tierra que salía de la propiedad de Maz, rumbo a la calle.
Rey se quedó un largo rato parada sin pensar, dejando que las emociones desconocidas diesen vueltas por su cuerpo como torrenciales remolinos de hojas en otoño. Cuando al fin se decidió a entrar, Maz profirió un grito de alivio y le cuestionó, consternada, qué le había sucedido. Ella se limitó a decir que, caminando por el bosque, se tropezó pero que estaba en perfecto estado, más allá del tobillo. La revisaron, le dieron un analgésico y se fue derecho a la habitación. Ya casi era medianoche.
Paró en la puerta de Rose para brindarle una breve descripción de su escape de Beau. Lo tomó con demasiado humor, para el gusto de Rey, y rio todo el relato. Evitó mencionar a Ben, no quería explicar algo que todavía no entendía. Se dio un agradecido baño y se hundió bajo los cobertores.
En la penumbra acogedora de la habitación, sintió una necesidad tonta e inocente. Así que lo hizo.
"Buenas noches, Ben." disfrutó una vez más del delicioso escalofrío que le producía pronunciar su nombre en voz alta.
Las líneas de la conciencia se estaban difuminando y su mente estaba perdiéndose en el sueño cuando creyó escuchar en un susurro.
"Buenas noches, Rey."
