Disclaimer: Hetalia Axis Powers es propiedad de Hidekaz Himaruya.
Advertencias: Uso de nombres humanos, UA.
Notas de autora: Me encantó escribir este UA, en serio. Y no odien a Liet por el final, por favor.
Invito cordialmente a quien esté leyendo esto, si les gustó la trama, a adaptarlas a sus propias OTP's. «3


La vida de Toris Laurinaitis, en sencillas palabras, apestaba. Para comenzar a resumirlo, iniciaremos con el hecho de que no era el mejor estudiante del curso, siempre siendo opacado en calificaciones por un inglés, un japonés o un alemán; no es que pudiera quejarse demasiado, porque aún así sus notas le valían un aprobado, pero podían mejorar, definitivamente. Siguiendo con su patética vida, en el plano amoroso no le iba nada bien. La chica que lo tenía enamorado se llamaba Natalya Arlovskaya y no era humanamente posible que pasara más de él de lo que ya lo hacía, rechazándolo cada que tenía oportunidad de hacerlo. No tenía una mala relación con sus padres, pero tampoco estaba con ellos a menudo, debido a los atareados trabajos que estos poseían, imposibilitando el tener tiempo para su único hijo. Y de acuerdo, Toris amaba a sus dos mejores amigos, Raivis Galante y Eduard Von Bock, pero en el fondo de su corazón, albergaba una fuerte sospecha de que si estos tuvieran que elegir a solo uno del trío de amigos, se elegirían mutuamente. La pubertad no le había hecho obtener el más atractivo de los físicos, reduciéndolo a un muchacho escuálido de mejillas regordetas, cabello descuidado y flacucho por donde se le viera. Todas esas cosas hacían que Laurinaitis deseara ser cualquier otra persona menos él mismo.

Precisamente en eso iba pensando, en qué podría hacer para cambiar su triste realidad, al salir de clases y despedirse de sus dos únicos amigos, hasta que notó algo brillante resplandeciendo en la acera. Agachándose, el lituano notó que era una especie de lámpara de aceite con aspecto antiguo, incluso tenía algo de polvo en sus bordes. La limpió un poco (no le agradaba la suciedad) al momento de tomarla entre sus manos y la observó analizándola.

—Me pregunto qué haría esto aquí, en mitad de la calle —se cuestionó a sí mismo el desafortunado estudiante, mirando hacia los lados y notando que la calle estaba desierta a excepción de él. Se le ocurrió llevársela a casa para poder examinarla, limpiarla mejor, y así lo hizo, metiéndosela en la mochila y emprendiendo camino a su hogar. Sabía que sus padres no se encontrarían allí, debían estar en el trabajo a esas horas que él llegaba del colegio.

Y efectivamente el matrimonio Laurinaitis no se hallaba en casa cuando este terminó el recorrido de su escuela a su morada y abrió la puerta, descubriendo el lugar siendo alumbrado por las luces que entraban por las ventanas. Procedió a prender algunas y buscar los ingredientes necesarios para cocinarse algo, se moría de hambre, olvidando por esa razón que tenía la lámpara de aceite en su mochila, que dejó colgada del perchero de la entrada. Se preparó unas simples albóndigas de patatas, plato típico de su país de origen, y llenando su estómago, recordó la abandonada lámpara que aguardaba en el interior de su bolso escolar. ¿Debería decirle a sus amigos del hallazgo que había hecho? Eduard tal vez lo regañaría por recoger cosas que no sabía si tenían dueño, y Raivis querría ver qué contenía ese dichoso objeto. Podrían llamarlo egoísta o no, pero el lituano lo había encontrado, y sería él quien averigüe qué escondía su interior. Lavó el plato que había utilizado con una velocidad impropia de él y se apresuró en llevarse la mochila a su habitación, escaleras arriba.

Usó un trapo húmedo para limpiar el polvo que cubría el aparato, frotándolo sin darse cuenta, y emitiendo un grito ahogado cuanto se dio cuenta de que el objeto comenzó a temblar. Lo soltó, arrojándolo debajo de la cama, y se cubrió patéticamente con el trapo mojado, aunque sabía que de su nula utilidad para esconderse del misterioso objeto. Se formó una gran capa de humo en el cuarto del muchacho, impidiendo que él pudiese ver siquiera algo, pero sí podía oír el sonido de los pies de una persona chocando contra el suelo de su recámara. En cuanto comenzó a disiparse el humo, pudo ver a un chico de contextura pequeña y rostro femenino, con unos ojos verdes que no podían ignorarse. Estaba vestido con ropas extravagantes, también de tonalidades verdosas, haciendo juego con sus ojazos.

—Al fin —lo escuchó decir, tenía una voz que dejaba un eco resonando contra toda superficie. El ser se acomodó las prendas de vestir y, colocándose las manos en las caderas, miró hacia todos lados, buscando seguramente a Toris—. ¿Quién es el humano que frotó mi lámpara mágica y me sacó de mi descanso del siglo? —y frente a los atónitos ojos del castaño, aquel misterioso muchacho se puso a volar, ¡a volar! No tenía alas visibles en su espalda pero estaba levitando en una pose aburrida, todavía buscando con la mirada al estudiante de secundaria.

—Creo que estás... hablando de mí —respondió Laurinaitis saliendo de su escondite y sonrojándose al recibir la mirada del muchacho que lo recorrió de pies a cabeza. Pensando, el lituano calculaba que si aquel ser había emergido de la lámpara de aceite, era una lámpara mágica y por tanto eso lo convertiría en un genio de los deseos, ¿no? No era tan estúpido para no darse cuenta de eso (y aparte, había visto la película de Aladín)—. Me llamo Toris, Toris Laurinaitis, uh —el blondo que aún flotaba en el aire se acercó al castaño y se puso un dedo en los labios, con pose pensativa, todavía estudiándolo—. ¿E-Eres un genio mágico? —se le ocurrió sacarse la duda que rondaba por su cabeza, y aquel cuestionamiento pareció indignar al ser de pelo rubio.

—¡Por supuesto que lo soy, niño tonto! —con una confianza que no parecía propia de alguien que recién acababa de conocerlo, el genio de la lámpara le pegó un zape en la cabeza antes de cruzarse de brazos y resoplar, formando un puchero. Bueno, en defensa del lituano, este jamás había visto a otro genio mágico, y su apariencia no era precisamente la que se esperaba de uno, se imaginaba a los de, eh, ¿especie?, más caricaturescos y... de color azul; al parecer, este ser mágico tenía tendencias a usar vestimentas verdes, ¿sería ese su color favorito?—. Me llamo Feliks Lukasiewicz, mi lámpara fue creada en Polonia y estoy aquí para cumplir cuatro deseos que me pidas, joven y tonto descubridor.

Con algo de inseguridad pero menos temor que antes, Toris se acercó para detallar con la mirada al genio, que se miraba las uñas con expresión de aburrimiento. No sabía si era por su magia, pero lucía un brillo emanando de su piel, al igual que su melena dorada. Pensó en sus poderes, en el alivio que experimentó de saberse el descubridor de esa bendita lámpara mágica, porque ahora por fin su vida daría un giro trascendental y abandonaría las desgracias que día a día debía pasar. ¿Esa magia tendría límites o sus deseos podrían ser pedidos sin restricciones? ¿Cuáles serían las reglas que la lámpara imponía al genio? Se apresuró a salir de sus desvariaciones y observó al ser mágico que estaba curioseando los objetos de su habitación.

—¿Tu magia puede concederme... lo que yo quiera? —porque de ser así, de poder solicitar lo que se le diera en gana, ya sabía más o menos a dónde apuntarían sus cuatro deseos. Por su mente pasó la imagen de una sonriente Natalya Arlovskaya; luego, imaginaciones de él siendo un popular y querido muchacho en su colegio, recibiendo la atención merecida de sus padres, teniendo las mejores calificaciones que un alumno podría pedir. Feliks Lukasiewicz asintió, dejando de levitar al descansar su grácil cuerpo sobre las mantas de la cama del adolescente.

—Mi magia es capaz de todo, aunque debe haber una hora de diferencia entre un deseo y otro, no existe reglamento que diga que no puedo darte una mansión, una pareja para siempre, notas perfectas, lo que sea —con un chasquido de dedos, Feliks volvió a estar a su lado, frunciendo el ceño y puchereando otra vez, apuntándolo con un dedo—. ¡Pídelos sabiamente! No recuerdo qué cosas han pedido las antiguas personas que descubrieron mi lámpara, pero, estoy seguro de que más de uno habrá pedido cosas realmente tontas —aquel detalle en el discurso del genio mágico llamó la atención del lituano.

—¿Quieres decir que no recuerdas absolutamente nada de esas personas? ¿Ni siquiera sus nombres? —el castaño alzó las cejas ante la expresión algo avergonzada que puso su genio mágico, quien se acomodó nerviosamente un mechón rubio de pelo detrás de la oreja, en un intento por no verse tan afectado por la pregunta de su actual amo, aunque fallando drásticamente en el proceso.

—Bueno, sé que he tenido otros descubridores de la lámpara antes... pero no recuerdo nada de ellos. Una vez que me piden su cuarto y último deseo, la lámpara me arrastra de nuevo a su interior hasta que otra persona la frote. Ellos pueden recordarme, pero yo no a ellos, son las reglas de la lámpara —el ser originario de Polonia se encogió de hombros, no pensaba mucho en las condiciones impuestas por su propia magia porque eran muy tristes y deprimirse no era el trabajo de un genio mágico, además, la tristeza no le sentaba bien a su bello rostro—. Tampoco puedes volver a frotarla para invocarme porque no saldré. Si, por ejemplo, alguno de tus amigos la descubre, sí podré salir y quizás tú me veas, pero yo no te recordaré.

Eso sonaba bastante desalentador para la vida solitaria del ser con poderes. El lituano reconoció que lo que experimentaba era lástima mezclada con comprensión, él sabía lo que era sentirse abandonado y olvidado, día a día se sentía de esa clase, pero al menos, sus padres reconocían su existencia y sus dos amigos por igual, no se imaginaba una eternidad sin ningún amigo en quien apoyarse. El castaño, siendo el muchacho sentimental que era, le tendió la mano a su genio mágico con una sonrisa taciturna, haciéndolo preguntarse, ¿qué diablos estaba haciendo ese adolescente humano? ¿Quería... demostrarle su apoyo? Sin poder evitarlo, el ser originario de Polonia se sonrojó. Los humanos siempre eran tan interesantes.

—¡Bueno, bueno, suficientes sentimientos por hoy! Piensa muy bien cuál será tu primer deseo, pero antes, ¡dame algo de comer, no he comido nada en siglos! A propósito, ¿en qué siglo estamos? —el genio tomó al adolescente y lo arrastró escaleras abajo del brazo, su estómago, pese a no realmente necesitar comida humana, rugía de apetito en esos momentos, eso le provocó un poco de ternura al estudiante, quien pensó en qué podría prepararle. Si era originario de Polonia, buscaría algún platillo procedente de esa nación, no le costaba demasiado ser servicial con el ser que haría perfecta su vida. En cuanto sentó al blondo en una silla y él se disponía a cocinar (en cuanto se decidió por borsch, una sopa de verduras que contenía raíces de remolacha), pasaron unos minutos, y la puerta de su casa lo sacó de su tren de pensamientos. ¡Sus padres estaban de regreso! ¿Cómo les explicaría que tenía un habitante mágico en el hogar familiar? El genio debió haber notado la cara de preocupación de su amo, porque le regaló una sonrisa, haciendo un ademán de restarle importancia, chasqueando los dedos segundos antes de que su padre ingresara por la puerta de la cocina—. Tus padres ahora no pueden verme, chico.

Toris suspiró de alivio y fingió perfectamente que todo estaba en orden frente a los señores Laurinaitis. Estos, de tan cansados que estaban, no notaron nada extraño en el comportamiento de su hijo, quien les avisó que se iría a comer su plato con borsch en su cuarto, y allí fue, acompañado por el invisible ser de la lámpara, oyendo las risitas de este por el claro nerviosismo del joven descubridor. Su vida nunca sería la misma tras la llegada de aquel ser mágico, el muchacho lo sabía a la perfección.

A la mañana siguiente, luego de despedirse de sus padres cuando estos desayunaron y se prepararon para ir a trabajar, Toris se quedó a solas con el rubio. No había podido dormir bien la noche anterior a causa de sus alocados pensamientos sobre los cuatro deseos que podría pedir. Quería que el primero fuese algo especial, algo que le garantizara que todo eso estaba pasando en realidad y no era una mera fantasía de su cabeza, algo que le diera la certidumbre que su vida iba a cambiar. El blondo lo observaba, curioso, del mismo modo en que lo había analizado cuando terminó de colocarse su uniforme escolar.

—Estaba pensando en cuál podría ser mi primer deseo —empezó el estudiante, cruzando una pierna encima de otra al estar sentado, mientras el genio devoraba el improvisado desayuno polaco que le había preparado únicamente para él—. Verás, tengo solo dos amigos en la escuela, Raivis y Eduard. No me malinterpretes, ellos son geniales, me apoyan y me demuestran que me quieren, pero —la voz del castaño bajó notablemente—, ¿alguna vez has sentido que no terminas de encajar en el único sitio donde puedes estar? No comprendo muy bien esta sensación, pero es lo que siento. Hay una unión entre ellos de la que no soy partícipe, y no puedo quejarme de ello, porque tengo miedo de que se enojen conmigo —había frustración en la manera en la que el adolescente hablaba y el ser mágico fue testigo de eso, abandonando el plato de comida polaca para prestarle atención. En cuanto el castaño notó que se estaba desahogando de más con el chico de poderes, se ruborizó y carraspeó. Guardaron silencio por unos minutos, hasta que Feliks habló.

—Los humanos se complican demasiado —sentenció, negando con la cabeza y provocando que los mechones rubios giraran graciosamente—. Ellos son tus amigos. No importa si son dos, seis o veinte. Y si te quieren como tú afirmas, no se enojarán contigo por banalidades, podrías arreglar el problema contándoles de lo que sientes y trabajando los tres para encontrar una solución —sugirió el genio. Si había algo que sobrepasaba el marco de la inmortalidad y lo que esta suponía, era la lealtad, el afecto, el amor. Incluso los seres mágicos respetaban esas cosas. Pero, ¿quién era él para aconsejar a un niñato humano? Lo correcto se basaba en cumplir sus deseos—. Imagino que tu deseo tendrá que ver con tener más amigos, ¿verdad? —las mejillas de Laurinaitis volvieron a sonrojarse al verse atrapado, aunque quiso creer que los poderes del inmortal le hacían adivinar sus pensamientos y no a la transparencia de sus emociones.

—Sí —admitió, rascándose la nuca. La visión le pareció raramente adorable al genio—. Quiero ser el chico más popular de toda la escuela, que todo el mundo me reconozca en los pasillos y me salude al verlo, ya no quiero estar oculto en las sombras, ser un don-nadie. ¡Ese es mi primer deseo! —apretó las manos hasta que sus nudillos se pusieron blancos. El blondo suspiró antes de juntar las palmas y cerrar los ojos, concentrándose en dirigir su energía acumulada en cumplir el deseo de su joven descubridor. Una bola de humo los cubrió a ambos hasta que se disipó; el muchacho se palpó el pecho por inercia, buscando alguna diferencia física, pero no había nada diferente allí. De repente, recordó que era día de semana y por tanto debía ir a clases. Aunque de todos modos, ¿qué mejor lugar que el colegio para probar la nueva realidad que su deseo había causado?—. ¡Tenemos que apresurarnos! Debo ir a la escuela. ¿Me acompañarás? —preguntó con ligera ansiedad, asombrando al ser mágico—. No puedo enfrentar todo esto solo, hazte invisible para todos, excepto para mí, y acompáñame, por favor.

—Por supuesto, o sea —el blondo reprimió una sonrisa metiéndose el último bocado de desayuno en la boca y esperó a que el estudiante tuviera su mochila lista antes de partir juntos caminando hacia el colegio del humano. Probablemente no lo admitiría porque el pensamiento era por demás vergonzoso y extraño, pero a Lukasiewicz, los actos del adolescente le enternecían. Aunque llevaba conociéndolo por solo unas cuantas horas, no requería de sus poderes de genio ni serlo en el sentido literal de la palabra para darse cuenta que Laurinaitis necesitaba a alguien a su lado y apoyarse en esa persona, aquello le engendraba el loco objetivo de una vida perfecta en todos los sentidos posibles. Buscaba aprobación en cualquier sitio, y de allí la suscitación de ser el joven más popular de la escuela. En cuanto llegaron, los estragos del primer deseo del humano se hicieron presentes, porque todas las miradas se dirigían a este. Era la primera vez que Toris recibía tanta atención en su vida.

—¡Hey, Toris! Te ves particularmente bien esta mañana, ¿colonia nueva? —aquel era Arthur Kirkland, el presidente estudiantil y compañero de clase del lituano, el británico le dedicó una sonrisa amable y lo invitó a saludar al resto del séquito que se encontraba a su lado, repleto de alumnos increíblemente conocidos con los que Toris no había podido entablar conversación jamás porque estaban, en pocas palabras, a otro nivel académico y social. Alfred F. Jones lo saludó con confianza, Kiku Honda le realizó una respetuosa reverencia, Francis Bonnefoy le rodeó los hombros en un abrazo. El genio observaba todo a metros de distancia, mientras el pelotón de mocosos se llevaban a su joven descubridor. Volteándose a ver a todas las direcciones, se percató de dos pares de ojos confundidos que miraban el camino por donde se había ido el castaño. Eran dos muchachos rubios, uno con gafas y otro considerablemente más pequeños, había una gran posibilidad de que fueran los amigos de los que hablaba Toris. Y tenían las manos unidas, aprovechando el alboroto que el lituano estaba causando en los pasillos escolares y que nadie se detenía a prestarles atención, exceptuando al originario de Polonia. Así que a eso se debía la diferencia de trato entre el dúo (¿o pareja?) y Laurinaitis, no podían emplear el mismo trato con él porque la discrepancia recaía en que ellos se querían amorosamente, no como amigos. Feliks se quedó mirándolos por un rato, pensando una vez más que los humanos podían ser muy lindos, hasta que se decidió a seguir a su amo dentro del colegio.

Toris estaba en buenas manos, al menos, y cuántas que eran. No estaba acostumbrado a que las personas lo saludaran al verlo pasar pero podía adecuarse a la rutina si eso sucedería de ahora en adelante, no era un hábito desagradable. Su compañero inglés estaba junto a él, hablándole sobre las actividades que debía hacer por el consejo estudiantil y preguntándole si quería conocer a los miembros de dicho grupo, emocionando al castaño. Tuvo un fugaz pensamiento de contarles a Raivis y Eduard sobre las buenas nuevas, antes de caer en cuenta de que no se encontraban por ninguna parte, y una sensación punzante de extrañar su presencia se instaló debajo de su caja torácica. Desechó con velocidad el sentimiento molesto concentrándose en el discurso que emitía el muchacho europeo de cejas gruesas. ¿Por qué los estaba extrañando cuando tenía toda esa gente reclamando una conversación con él? Vio que el genio lo seguía de cerca y se alegró internamente por ese motivo.

—Y Francis, ugh, no te acerques demasiado a él, porque es bastante imbécil —la rudeza en la voz del británico de ojos verdes sacó de sus cavilaciones a Laurinaitis, que se quedó callado ante la información que el presidente estudiantil le brindaba venenosamente—. Tampoco te hagas cercano a Ivan, porque tiene severos problemas de control de ira cuando se lo propone. Sinceramente —la sonrisa en la boca del inglés se tornó engreída—, además de mí, hay muy pocos miembros del consejo que valgan la pena. Muchos de ellos son simples idiotas. ¿Qué te sucede, estás enfermo? —preguntó cuando la incomodidad de Toris había incrementado tanto para ser evidente. Este asintió antes de musitar una disculpa y dirigirse hacia los baños masculinos, aprovechando que las clases aún no daban inicio, dejando al británico con sus pobladas cejas alzadas. El ser mágico lo siguió con obediencia, por fortuna, no había ningún otro alumno en el lugar.

—¿Te encuentras bien? —cuestionó Feliks. Otra vez Toris asintió a la pregunta de una persona externa y se echó agua fría en la cara para relajarse—. He visto a tus dos amigos, deberías felicitarlos la próxima vez que les veas —había una indirecta allí, pero las experiencias abrumadoras que el lituano había vivido recientemente hicieron que su sentido común lo abandonara y no pudiera atrapar la alusión. Tal vez, pidiendo su segundo deseo, podría sacarse el montón de pensamientos enredados de la cabeza. Se giró hacia el genio, pero este lo sorprendió primero con sus acciones, abrazando al adolescente y dándole palmaditas en la cabeza al levitar nuevamente—. No deberías avergonzarte. Tu cansancio mental es producto de mi magia. Piensa en que estás cumpliendo una de ilusiones —la sonrisa del blondo era torcida pero no contenía malicia en ella, distinta a la sonrisa que le había dado Arthur, y eso calmó las ansias del interior de Laurinaitis, quien se sintió más seguro para volver a clases—. Cuando termines tu horario escolar, volveremos a casa y podrás pedir un deseo más, mi magia habrá alcanzado su límite de potencial de nuevo y tendrá la energía del anterior.

Las promesas de la voz de Lukasiewicz solo podían ser pronunciadas por un ser dominante de la magia, porque se oían más que cándidamente atractivas. El lituano se concentró en la clase de matemáticas lo mejor que pudo, pero sus despistes constantes no lo ayudaban a ser el mejor de la clase, se hizo una nota mental a sí mismo acerca de que uno de sus deseos sería aprovechado para solucionar aquello. El genio se mantuvo moviéndose de aquí para allá durante su jornada, a veces haciéndole reír con las payasadas que hacía, como borrar lo escrito por su maestro para que volviera a escribirlo en la pizarra y así tomarle el pelo unas cuantas ocasiones más, aprovechándose de que nadie más que el lituano podía verlo hacer sus travesuras. De todos modos el castaño estaba agradecido por sus actos, porque podía distraerse de la incomodidad que había sentido junto a Arthur.

Por desgracia, no se topó con cierto dúo de chicos bálticos que quería encontrar, pero podía llamarlos más tarde para hablar. Al término de la agenda escolar, Toris se despidió de cuantos compañeros pudo, y fue acompañado por el rubio en el camino a casa a pie, mientras el eje de sus pensamientos se mantenía en su segundo deseo. Aquel día en clase de economía doméstica le habían dado su calificación del último examen, no había alcanzado el cupo suficiente de puntos para una nota aprobada, pero sí un enunciado junto a su calificación que decía "esfuérzate más la próxima vez" de su profesor. Pronto iba a cambiar su mala suerte en los estudios, con la ayuda de su genio mágico. Al llegar a su casa, la soledad lo recibió, cómo no, sus padres estaban en el trabajo la mayor parte del tiempo.

—Nos prepararé algo de comer —dijo el castaño, creando una sonrisa enternecida cuando Feliks perezosamente se dejó caer sobre el sillón de la sala y gimió en voz baja sobre que las actividades humanas diarias eran agotadoras—. Estuve pensando en mi segundo deseo. Creo que habrás notado que soy un poco mal estudiante —se rascó la nuca, reconocer ese hecho nunca había sido de su agrado, pero debía ser totalmente honesto con su genio, el blondo estaba expectante por su discurso—. Así que, mi segundo deseo debería ayudarme con eso. Quiero que mis calificaciones siempre sean perfectas, quiero ser un alumno destacable entre los demás, al nivel de los miembros del consejo estudiantil o todavía mejor —menos mal que estaba concentrado en preparar el almuerzo para el genio y él mismo, porque le ofrecía una excusa para hallarse de espaldas y no asustar al ser mágico con su mirada avariciosa—. Para que... mis padres estén orgullosos de mí.

La transparencia de las emociones del adolescente cautivaba enormemente al inmortal, tuvo que morderse el labio para no decirle que en realidad, las cosas materiales y poco duraderas (como aquellas personas que ahora buscaban la atención de Toris pero jamás se habían preocupado por él antes) no le traerían felicidad. Feliks apoyó la mano sobre la del humano, dándole un apretón sobre los dedos temblorosos, y sonrió de la misma manera en la que venía sonriéndole desde que le conoció. El muchacho le provocaba ganas de cuidarlo, y si podía cumplir una parte de eso concediendo sus deseos (que, después de todo, era su trabajo) no se negaría.

—Estoy seguro de que tus padres están orgullosos de ti, por eso han de trabajar tanto, para que tú tengas todo lo que necesitas y quieres, o sea, como que es obvio —le palmeó la cabeza, flotando sobre el cuerpo del adolescente que se mantenía cocinando para los dos—. Pero tú eres quien manda, joven descubridor —juntó las palmas y repitió el proceso que había hecho con el primer deseo, concentrándose en moldear las formas de la realidad que cambiaría con esa ayuda mágica. Laurinaitis no sintió cambios físicos ni mentales, pero sintió la necesidad de buscar sus carpetas, en donde guardaba los exámenes que le entregaban, y se sorprendió de verlos a todos con excelentes notas de aprobado, como si jamás hubiese sido un estudiante flojo. Lukasiewicz le dio un codazo ligero por su expresión divertido de asombro—. Felicidades, descubridor. Podrías incluso convertirte en miembro del consejo estudiantil.

—Toris, llámame Toris —la familiaridad en la voz del humano no espantó al genio mágico, al contrario, lo inundó de una alegría que no experimentaba en siglos. E incluso si hubiese podido recordar de sus anteriores amos, algo en su corazón le dijo que no habría podido encontrar otro muchacho como el que le sirvió la comida, tratándolo como su igual—. Bueno... tú me has ayudado mucho, incluso si es tu deber, ¿qué te parece si jugamos un poco antes de que mis padres vengan a casa? Y tendré tiempo para despejarme antes de poder pensar siquiera en mi próximo deseo —rió un poco, y su sonrisa se acentuó cuando el originario de Polonia aceptó su propuesta.

Toris se entretuvo explicándole a Feliks el mecanismo de los videojuegos y riéndose, sin burlarse, cuando el blondo no comprendía algunos detalles y se frustraba al probar los juegos. De haber prestado más atención, podría haber notado que en esta ocasión no había experimentado el ardor abrumador de su cabeza, como le había sucedido en la escuela. Luego pudo dormir un buen rato, permitiendo que el ser mágico jugara en su computador, a la espera de que sus padres llegaran del trabajo. Una oleada de incertidumbre llenaba el cuerpo del genio, mientras dejaba a un lado el ratón de la computadora y observaba en silencio al adolescente al que le prestaba sus servicios. Joven, bondadoso, torpe, y sobre todo, humano. Lukasiewicz sabía que debía deshacerse del calor que se apoderaba de su corazón porque eran demasiados factores los que gritaban que aquello que nacía ahí, no traía ningún buen augurio. Tal vez... simplemente se debía a que había pasado tiempo desde su último descubridor.

E incluso cuando el muchacho se despertó de la siesta porque sus padres habían llegado y podían cenar juntos entre risas y palabras dulces de sus progenitores a él, Feliks todavía miraba el cuadro familiar con un deje melancólico. En aquella imagen, ¿cuál sería su lugar allí, él, siendo de una especie distinta y condenado a vivir en una lámpara, atado a la rutina de cumplir los deseos de todos, menos los suyos? Se mordió el labio inferior, imposibilitado de quitar los ojos de la vista del castaño sonriente. Al menos podría disfrutar de los momentos que pasarían uno al lado del otro. Apartó la tristeza de su cara cuando el lituano llegó a su lado y le invitó a tener un pijamada (silenciosa, claro está, para que sus padres no lo tomaran por un loco que hablara solo). Y así el amanecer arribó, iniciando una mañana nueva. Los padres del muchacho se despidieron de él besándole la frente y diciéndole que tuviese un buen día escolar, a Feliks le gustó ver el brillo de felicidad en los ojos de primavera de Toris.

El lituano, al término de colocarse su uniforme, se estaba mirando minuciosamente en el espejo de su cuarto. Quizás se debía porque la fortuna le sonreía desde la llegada del genio, pero su buen humor se combinaba con una seguridad nunca presente antes en sí mismo, podía afirmar que sentía orgullo por la clase de persona que era. Dejó de ver con resentimiento su propio cabello castaño, sus dedos abriendo cuidadosamente las hebras marrones, colocando un mechón detrás de su oreja izquierda. Luego de convertirse por arte de magia (en el sentido más literal de la frase) en uno de los estudiantes más populares y obtener calificaciones perfectas, era merecedor de al menos recibir algo de atención de Natalya Arlovskaya, ¿verdad? O tal vez debía asegurarse de perfeccionar cada parte de sí mismo para mostrarse como su mejor opción amorosa. Girándose hacia el ser mágico, lo atrapó mirándolo, y pestañeó un poco antes de hablar otra vez.

—Feliks... mi tercer deseo va a solucionar el problema de por qué mis padres y yo nunca tenemos demasiado tiempo para estar juntos, el problema del por qué ellos siempre están cansados y terminan durmiéndose antes de poder estar hablando conmigo como se debe —había avaricia en la forma en la que el lituano hablaba, y por más que Lukasiewicz hizo una mueca al momento de oírlo, no pudo más que acotar su indirecta orden—. Quiero que eso cambie. Que el dinero jamás sea un problema para ellos, que pueda ayudar económicamente a Raivis y Eduard —la mención de sus dos amigos íntimos sorprendió al blondo y lo sacó de su capa de temor, acerca de que la codicia terminara dominando el buen corazón del adolescente, y una sonrisa se atravesó por su rostro. ¿Cómo había podido siquiera pensarlo, cuando el interior de Toris no necesitaba magia para transmitir buenas vibras? Juntó las palmas y se concentró un poco más en el proceso de este tercer deseo, porque se trataba de algo sólido, material. Una vez que abrió los ojos y sus manos se separaron, la habitación entera del muchacho había mutado a una con mayores lujos. La casa, por consiguiente, también lo había hecho.

Ni con toda la magia que se acumulaba en sus venas, pudo haber advertido a Lukasiewicz del abrazo que el joven Laurinaitis le proporcionó de repente. Este, preso de su alegría, no sabía de qué otro modo demostrarle lo agradecido que estaba de haberse llevado la lámpara mágica aquel día que venía caminando de su escuela. El rubio le correspondió el abrazo, sintiendo la felicidad emanar de ese adolescente.

—A medida que nuestra amistad crezca, nuestro vínculo como genio-descubridor se fortalecerá y no te dará dolores de cabeza pedir tus deseos —informó el blondo, al ver la cara confundida del castaño al sentir que ninguno de sus músculos se sentía particularmente exprimido. Aquello representaba un alivio, porque tenía un largo día escolar que cumplir. Con una sonrisa dulce, invitó al ser mágico a acompañarlo escaleras abajo para desayunar juntos, prometiéndole que prepararía un platillo polaco mucho mejor que las ocasiones anteriores, porque ahora su heladera tendría más ingredientes y dispondría de una mejor cocina para la tarea. A Feliks le causó ternura, porque pensó que no habrían platos más elaborados que los que preparaba antes, incluso si los alimentos escaseaban en su cocina el lituano se esforzaba para alimentar a su genio, de manera totalmente desinteresada. Eran aquellos detalles los que hacían que se encariñara de modo peligroso con el humano.

Comió el desayuno en silencio, oyendo que el castaño hablaba por móvil con sus dos mejores amigos para decirles que él invitaría el almuerzo de los tres durante el receso. No dudaba que los quería mucho, y una parte de Feliks se debatía entre sentirse feliz porque Toris ayudaría a aquella parejita, con sus nuevos dotes de carisma y su nueva fuente de ingresos (algo que sin duda impondría respeto con el resto de sus compañeros), a sobrellevar la presión social y poder salir del clóset. Por otro lado... ya no solo quedaba un deseo para tener que despedirse del lituano. Se tragó el nudo en su garganta cuando el adolescente apareció por la puerta de la cocina para avisarle que ya era hora de dirigirse al colegio.

No pasó más angustias durante el transcurso de las clases del humano, hasta que el segundo receso llegó y una muchacha de cabellos platinados se acercó al castaño para preguntarle si debían hablar. Eduard y Raivis, que se encontraban con él, se miraron el uno al otro, largando suspiros, al parecer, la parejita secreta sabía de quién se trataba. Aunque no podían ver a Lukasiewicz, él sí a ellos, por lo que se quedó cerca para ver si soltaban la ropa en algún momento de su conversación.

—De pronto Natalya se ve interesada en Toris, pero no siento que su interés sea genuino —decía el rubio más alto, a lo que el bajito asentía a la afirmación de su novio—. ¿Crees que el tonto de nuestro amigo se lo creerá? Todo el mundo sabe que ella está enamorada de Iván, incluso el propio Toris, pero... ah, si algo le ha faltado siempre a nuestro torpe amigo, es darse cuenta de que no necesita a esa chica para ser feliz. Se complica mucho las cosas a sí mismo —concluyó el estudiante de gafas, confirmando las sospechas dolorosas del genio, que sabía que no podía habitar el corazón de nadie si este ya se hallaba ocupado. Se alejó un poco de la pareja para darles privacidad, pues que en ausencia del lituano habían decidido ir a un lugar a solas para darse unos cuantos besos, y por un momento, el ser mágico los envidió, envidió la simpleza de su existencia mortal, la forma en la que su única preocupación era ser respetados por la sociedad.

Aún así, fue el método más certero de enterarse de los sentimientos del joven por la muchacha humana, porque pudo fingir un perfecto interés mientras volvían caminando a su casa y Laurinaitis le contaba a Lukasiewicz que Natalya Arlovskaya, una estudiante popular, inteligente y guapísima, había devuelto las atenciones que este le había brindado por años, aunque su interior albergaba dudas de qué tan profundas eran sus ganas de conocerlo mejor. Titubeó un poco, pero Feliks tomó una decisión en cuanto arribaron al hogar que ahora era una bellísima y gran casa.

—Deberías usar tu último deseo para asegurarte de conseguir el amor verdadero, como tal y te mereces, Toris —le llamó por su nombre como el humano había asegurado que podía hacerlo. Para el genio, los humanos siempre habían sido extraños, pero este no dejaba de sorprenderlo con sus continuas acciones confusas. Definitivamente lo extrañaría cuando tuviese que despedirse de él, cuando ya no pudiese comer junto a él por las mañanas, tardes y noches, cuando no podría acompañarlo a su instituto ni distraerlo haciéndolo reír inapropiadamente en clases. Como si fuera poca la tristeza que se apoderaba del corazón del ser mágico, el castaño le sonrió y negó con la cabeza.

—Ahora no quiero pensar en eso, quiero que vayamos a cenar algo especial. Es una pena que no puedas cenar conmigo y mis padres —se lamentó el lituano. El modo en que dijo aquel corto discurso casi destrozó la mente de Lukasiewicz, pareciera que no le costaba decir tales palabras, sin darse cuenta del efecto que provocó en el destrozado sistema nervioso del originario de Polonia—. Me han avisado que llegarán por mensaje telefónico un poco tarde, a raíz de mi tercer deseo, les habrán ascendido y tendrán un sueldo mejor pagado, ¿verdad? Bueno... prepararé un plato polaco, cómo no —rió Laurinaitis, siendo acompañado por el genio hacia la preciosa cocina—. ¿Sabes? Estuve pensando, ¿qué te parece si te vuelves visible para mis padres y les decimos que eres un amigo que conocí hace poco? —la voz de Toris seguía oyéndose sin dobles intenciones ocultas, el corazón de Feliks no resistiría más la presión de recibir tales gestos de amabilidad cuando el día de mañana ya no podría recibirlos más. Pero sabía que esto era lo máximo a lo que podía aspirar a obtener, por lo que aceptó y fue a prepararse con prendas del clóset de Laurinaitis. Los padres de este no tardaron demasiado en volver del trabajo, felices de que su tímido hijo hiciera un nuevo amigo; el pecho de Toris se llenó de un alivio cálido al ver que sus progenitores se llevaban tan bien con Feliks, cómo no, si el blondo podía ser tan carismático y hablador.

No obstante, algo oprimía el pecho de Toris, un sentimiento similar al que experimentó cuando terminó su conversación con Arthur el día posterior a su primer deseo. Sabía que solo quedaba uno para que el genio mágico desapareciera de su vida, le sería tan raro comenzar sus mañanas sin la cantarina voz con acento polaco deseándole los buenos días y agradeciéndole por el desayuno preparado. También sería complicado transitar por momentos difíciles y lidiar con las consecuencias a largo plazo de sus deseos, porque al voltear la vista al costado, el blondo ya no se encontraría ahí para animarlo o distraerlo. Su propia madre le sacó de sus grises pensamientos, chasqueando los dedos frente al rostro de su hijo.

—Hijo, sé que a veces tu padre y yo no podemos estar contigo porque trabajamos mucho —comenzó a decirle ella, deslizando los dedos ahora a la desordenada cabellera castaña del adolescente, con cariño—. Pero espero que sepas que te queremos un montón. Al final del día, no importa qué tan cansados estemos, nos esforzamos por compartir la cena junto a ti, para que nunca te olvides de que todos los esfuerzos los hacemos en tu nombre. El dinero, la casa, las cosas materiales, solo cobran sentido si las podemos disfrutar contigo —la mujer besó la frente del muchacho y se levantó de su asiento para ayudar a Feliks a lavar los platos, que estaba conversando animadamente con su padre. Toris parpadeaba, mirando fijamente la imagen del matrimonio Laurinaitis y el rubio que ahora decía una broma para hacer reír a los adultos. Sabía que les resultaría sencillo estar en presencia del polaco, a él mismo le sucedía.

¿Quizás... pedir por la libertad del genio era posible? ¿Desear que Feliks se volviera humano y se quedara con él, un simple mortal? El pensamiento fue repentino y no se detuvo ahí. Había muchas cosas que Lukasiewicz no conocía de los humanos, pero podría aprender. Mientras se colocaba el pijama y le pasaba una sudadera vieja de él al blondo para que se la pusiera y la utilizara para dormir, la angustia volvió a invadirlo. ¿Y luego qué pasaría? El rubio probablemente estaría acostumbrado al estilo de vida que llevaba y un mocoso humano no podía obligarlo a renunciar a eso. Se aclaró la garganta, llamando la atención del polaco.

—Sabes... algo que me ha dicho mi madre me ha dejado pensando tras cenar. Me dijo que las cosas materiales solo cobran sentido cuando mi papá y ella están junto a mí —Toris las repitió, siendo escuchado atentamente por Feliks—. Creo que tiene razón. Quizás he estado pidiéndote deseos que en realidad, parecieran solucionar mis problemas, pero han surgido nuevos, ¿no? Deseé ser popular, pero eso no me trajo más amigos, confirmó que solo Raivis y Eduard lo son —para este punto, Laurinaitis estaba sentado en su cama—. No puedo ordenar mis pensamientos ahora y decir algo coherente, pero creo que estoy intentando expresar lo agradecido que estoy de que aparecieras. De haber encontrado esa lámpara que me permitió conocerte. Mi último deseo será destinado a eso, Feliks. Poder reconocer y disfrutar el amor que me brindan y doy a los demás.

Lukasiewicz sonrió, despeinando los cabellos del humano al que debía ser leal. Esperó a que se durmiera para poder apreciar por última vez sus facciones juveniles, bonitas, deseando haber tenido más tiempo para terminar de enamorarse de ese chico. El contrato implícito entre ellos no exigía que el deseo se viera cumplido apenas el descubridor lo solicitara, pero tardar más de la cuenta solo retrasaría lo inevitable, lo volvería más doloroso para el rubio. Y se sentía correcto así, habiendo podido deleitarse con las pláticas casuales de aquella cena familiar de la que no creyó que podría ser parte. Juntó las palmas lentamente, concentrándose en cumplir la última petición del adolescente, para después, con simpleza, desaparecer, así también como la lámpara que descansaba en la mesita de noche de la habitación de Laurinaitis.

La mañana siguiente, Toris despertó sintiendo un vacío en su corazón. Dio los buenos días al aire, por costumbre, pero ninguna vocecita chillona le devolvió el saludo, y con un mal presentimiento, se levantó para buscar a Lukasiewicz. No estaba por ningún lado. La casa se mantenía poderosa, y no era un día de semana, por lo que podía quedarse en casa para pensar en qué hacer para traer al polaco de regreso. Entre su nube de preocupación, recibió un mensaje telefónico de su amigo Eduard, quien le avisaba que había encontrado una curiosa lámpara y quería que él y Raivis fueran a su casa para ayudarle a limpiar el misterioso objeto. El corazón del lituano latió fuertemente, con esperanza de reencontrarse con el genio mágico. La sensación abrumadora de querer verlo, al menos, punzaba, y con una fugaz realización, se dio cuenta de que lo intenso de su anhelo se debía al cuarto y último deseo que le había pedido al blondo, y por eso había desaparecido. Pero no todo estaba perdido si Eduard había hallado la lámpara, ¿cierto? Se apresuró en llegar al hogar del estonio, por suerte, vivía cerca de él, no le tomó más de quince minutos (y trotando, dada su urgencia). Saludó rápidamente a los padres de von Bock y se dirigió a su habitación.

Como se lo esperaba, Eduard se veía confuso y asustado por la improvista entrada de su mejor amigo en su cuarto, y delante de él, estaba esa linda criatura mágica con cabellos de oro, cruzado de brazos y levitando encima del estonio. Por mucho que Toris se acercó a él, Feliks no pareció encontrar nada interesante en su persona, no daba indicios de siquiera reconocerlo. La confusión del muchacho de anteojos se acentuó, y no pudo evitar preguntarle a su genio mágico por qué Laurinaitis parecía conocerlo y si acaso ya sabía quién era. Los ojos del polaco analizaron la entera anatomía del lituano, intentando reconocer algún rasgo de ese adolescente humano tan extraño. No logró su cometido, aparentemente, por las siguientes palabras que dijo.

—No sé quién es él, tonto y joven descubridor.

Laurinaitis recordó las palabras del genio, sus propias memorias trayendo de regreso las advertencias sobre que, una vez cumplido el trato entre el humano y el ser mágico, este se olvidaría de él, de todo lo sucedido entre ellos. Y por mucho que Toris deseara volver el tiempo atrás, deseara no haber desperdiciado algún deseo en cosas tontas y sin importancia como dinero, popularidad. Pero ahora no había ningún genio mágico que cumpliera dichos deseos.