DESEADME SUERTE
En sus oídos retumbaba una canción de reggaetón antiguo que, en circunstancias normales, Nami hubiera bailado delante de toda la discoteca como si de ello dependiera su vida. Hoy, en cambio, no podía. Con dificultad, logró abrir la puerta del baño; pero le era imposible ponerse de pie. Levantó la mirada y, antes de poder ver quién estaba frente a ella, se dio la vuelta y vomitó de nuevo.
Cuando retomó la postura, buscó a su mejor amiga, Vivi. Descubrió que era una de las dos muchachas que estaban frente a ella; pero, en lugar de estar preocuparse por la pelirroja, enroscaba su lengua con la de Rebecca, la chica de la que llevaba meses enamorada.
—¡Muy bien, tía, cómo te lo montas! —exclamó Nami, de manera casi inteligible.
Al escucharla, su amiga se giró, petrificada. Rebecca, sin inmutarse, continuó besándole el cuello. Vivi le hizo un gesto a la pelirroja, preguntándole si se encontraba bien; aunque su mirada indicaba que quería que se marchase lo más pronto posible.
Nami se incorporó, ahora más consciente; y se acercó sutilmente a ella.
—Esta me la pagas —le susurró al oído, sonriendo.
Dicho esto, consiguió salir del baño, mientras las chicas se encerraban en una de las cabinas, cerrándola con pestillo. Logró deslizarse entre los jóvenes que se movían desenfrenadamente al ritmo de canciones que no lograba identificar, hasta llegar al espacio reservado por sus amigos. Normalmente, evitaba pagar por ese servicio que odiaba, pero habían salido con Ace, el hermano de Luffy, que siempre tenía contactos y les conseguía lo mejor, gratis. Se sentó junto a las únicas dos personas que quedaban allí, Law y Robin. El resto de sus amigos bailaban en la parte central del escenario; como siempre, llamando la atención.
Al igual que la mayoría de sus amigos, Nami había conocido a Law y a Robin en la facultad de Bellas Artes. Ambos eran mayores que ella; con veintiocho años, lejos estaban de la veintena que rondaba el resto del grupo. Habían empezado a salir tiempo atrás, cuando ambos cursaban Biología. Ahora, los dos tenían un trabajo de medio tiempo y estudiaban Bellas Artes por las mañanas. A pesar de que eran de una edad más avanzada, se habían integrado de maravilla; y, a veces, incluso parecían dos adolescentes que acababan de descubrir el sexo. De hecho, tardaron unos minutos en detener sus besos húmedos y darse cuenta de que Nami estaba a su lado, con la cara hundida en las palmas de sus manos.
—¿Estás bien? —preguntó Robin, quitándose a Law de encima.
—Sí, sí, no os preocupéis, vosotros a lo vuestro, ¿eh? Es que me he mareado un poco —respondió ella.
La mayor se acercó y le acarició el pelo. Law, sin antes quejarse, se sentó a su lado y le dio un beso en la mejilla.
—¡Que se pone celosa tu novia, tonto! —sonrió Nami.
—Anda ya.
Robin rio entre dientes. Le dio un sorbo a su copa y se cruzó de piernas, mirando a Nami. No hacía mucho que se conocían, pero se había encariñado de aquél desastre de chica.
—Pues vaya… Se suponía que Vivi se iba a quedar cuidando de ti —dijo Law.
—¡Vivi ha triunfado! —Nami se incorporó, divertida—. Se estaba enrollando con Rebecca, la del pelo rosa, esa que está en nuestra clase de fotografía.
—Me preocupé un poco cuando vi que las tres ibais al baño —suspiró Robin—. Te podrías haber muerto allí, y ellas, mientras, metiéndose cuello…
—No seas ceniza, Robin, que se asusta —sonrió Law.
Nami soltó una carcajada. Ya se había estabilizado y lo veía todo con más claridad. Logró distinguir a cada uno de sus amigos en la pista de baile. No le gustaban los tópicos, pero era cierto que, como estudiantes de Bellas Artes, destacaban. La mayoría tenían un estilo extravagante, con el pelo tintado de colores llamativos. Además, todos eran muy liberales; gran parte de ellos eran bisexuales o, al menos, habían tenido encuentros con alguien de su mismo sexo. Era divertido; cada vez que salían de fiesta, era imposible saber cuál sería el próximo romance.
En clase, a Nami le gustaba pensar que era capaz de conocer a sus amigos a través de su arte. Vivi adoraba pintar los paisajes que le recordaban a su país natal. Robin hacía obras algo siniestras y a Law le gustaban los diseños oscuros, confusos; eran tal para cual. Luffy hacía unas esculturas simples, esquemáticas, pero preciosas; al igual que él, eran un respiro de aire puro. Usopp era, sin dudas, el más talentoso de la clase; pintaba unos cuadros de enorme tamaño, fantásticos, maravillosos, que atrapaban a todo el que clavaba sus ojos en su arte. Zoro combinaba los formatos y dominaba el collage, la performance e incluso el videoarte, dando siempre una visión peculiar e impactante de la realidad. Sanji, por otra parte, sólo pintaba desnudos, con un realismo que daba escalofríos. Y el arte de Nami era… Como ella, desastroso, confuso e inacabado, pero no por ello dejaba de ser genial. Al fin y al cabo, era una de las mejores estudiantes de la clase.
La novia de Usopp, Kaya, había ido a pasar el fin de semana a la ciudad; bailaban juntos, pegados, cerca de sus compañeros, pero lo suficientemente lejos como para que no les lanzaran miradas de reproche. Sanji, especialmente, solía sentir mucha envidia por cualquier chaval que lograse meterse entre las sábanas de una chica. Sería tan mono, pensó Nami, si no fuera un baboso… Ella no estaba orgullosa de haber aceptado más de una de sus invitaciones, harta de que fuese tan insistente; y, sin poder evitarlo (o quizás sin querer hacerlo), había acabado en su cama alguna que otra vez. La hacía sentir especial, la trataba como si fuera un regalo del cielo; pero a Nami le molestaba que no parase de tirarle los tejos a cualquier mujer que se le ponía por delante.
En la pista, sólo quedaban bailando los chicos del grupo. Luffy estaba demasiado borracho como para saber lo que estaba haciendo, y Ace trataba de sujetarle y cuidarlo. Sanji no paraba de mirar hacia los lados, buscando alguna muchacha a la que arrimarse. Zoro se movía lentamente, algo arrítmico, mirando su vaso con aires misteriosos.
Nami suspiró. Le vinieron a la cabeza recuerdos difusos. Todos sabían de lo suyo con Sanji, pero nadie sabía que también se había acostado con Zoro. Ocurrió semanas atrás, cuando el grupo se reunió en el piso del chico para, en un principio, grabar un cortometraje. Terminaron las tomas en poco tiempo y acabaron colocándose, en medio del salón, sin pensarlo demasiado. Cuando todos se fueron —algunos en peor estado que otros—, Nami decidió quedarse hasta el final para ayudarle a recoger; y, sin saber muy bien cómo, a la mañana siguiente despertó en su cama. No recordaba demasiado lo que había sucedido; aunque, cuando consiguió recomponer algo en su memoria, reconoció que no lo había pasado nada mal. No obstante, se marchó antes de que el chico se despertase, avergonzada, y no habían hablado desde entonces. Ella aún se arrepentía.
—Me da pena Zoro… —dijo Law, algo pícaro—. No te quita el ojo de encima y, cuando por fin os enrolláis, ¡te vas sin decir nada! Es que ya te vale, tía…
—¿Qué dices? —exclamó Nami—. ¿Cómo lo sabes?
—Somos colegas, me lo ha contado.
Nami suspiró. Los efectos del alcohol aún hacían estragos en ella. Sabía muy bien que, cuando bebía, su apetito sexual se multiplicaba exponencialmente. Y, ahora mismo, estaba decidida a darle a aquella noche un buen final.
—¿Qué pasa, te gusta Sanji? —intentó adivinar el muchacho.
—No me gusta ninguno… —comenzó ella—, o quizás me gustan los dos.
—¡Pues eso es algo bueno! —rio Robin, irónica—. ¿O no, Law?
—¿Por qué? —preguntó Nami.
—¿No te has dado cuenta? ¡Con el radar que tienes! —se mofó Law—. Esos dos son maricones. ¡Te lo digo yo, que lo soy!
En realidad, Law era bisexual, y le encantaba comportarse así en ocasiones, cuando estaba con gente de confianza. A Robin le divertía muchísimo esa parte tan absurda de él.
—¿Pero entonces… no les gustan las chicas? —dudó Nami.
—Sí, mujer, claro que les gustan. Pero te aseguro que los chicos también —respondió el moreno—. Y yo creo, además, que esos dos… Ya se han probado el uno al otro más de una vez.
—¡Anda ya! —dijo Nami—. Si están todo el día peleándose.
Law se limitó a encogerse de hombros, todavía con una sonrisa. La pelirroja se reclinó sobre su asiento, con cierta mirada de suficiencia.
—Pues… ¿Sabes qué te digo? Que lo voy a intentar.
—¿Qué dices? —se burló Robin.
—Deseadme suerte.
Nami se levantó, decidida. Dio un sorbo a la bebida de su amiga, tratando de eliminar el olor a vómito; aunque, dado el estado de embriaguez que todos llevaban, sabía que ni siquiera le darían importancia. Perseguida por la mirada atónita de sus compañeros, se acercó, contoneándose, a la pista de baile, atrayendo a cualquiera que se cruzaba con ella. Finalmente, alcanzó a sus amigos y empezó a bailar con ellos, determinada a ejecutar su plan.
Primero, atrajo la atención de Zoro. Pasó suavemente los dedos por su cuello y, seguidamente, los enredó en su pelo. Una vez que él la estaba mirando, ella se giró y se colocó delante de Sanji, rozando sus cuerpos mientras bailaba. Entonces, sin dejar de moverse, se inclinó hacia atrás y, rodeando la cabeza del rubio con sus delgados brazos, susurró:
—¿Y si salimos y me invitas a un cigarrito?
Sanji, boquiabierto, asintió y la siguió hacia la salida. Nami agarró el brazo de Zoro y, con un leve gesto, le indicó que les acompañara.
—¿No tienes frío? —preguntó Sanji una vez fuera, caballeroso—. Te puedo dejar mi chaqueta.
—Con el humo me calentaré, no te preocupes.
Zoro aún no había dicho nada. Se limitaba a mirarles, con las manos en los bolsillos, algo malhumorado. Sanji sacó de su bolsillo un paquete de tabaco, pero el otro chico le apartó de la mano.
—Deja eso. Tengo maría —sonrió Zoro.
Los tres caminaron hacia un callejón, sin hablar demasiado. Nami continuó intentando hacerse la interesante, aunque le era difícil andar; aún estaba un poco mareada. Los dos jóvenes se sentaron en el suelo, y ella aprovechó la ocasión:
—No me quiero manchar el vestido. ¿Me dejáis que me siente encima?
—De eso nada, que pesas mucho —dijo Zoro, serio.
Sanji le dio un empujón y le reprimió por ser tan brusco, indicando al mismo tiempo a Nami que podía sentarse encima de él. Ella se limitó a reír y hacer lo que el rubio le decía. Mientras, el otro sacó un chivato y un poco de papel de liar. Lo terminó en unos instantes y le pidió a Sanji el mechero. Cuando se lo dio, sus manos se rozaron, y Zoro se detuvo un momento, sonriendo. El rubio se apartó rápidamente, avergonzado.
Zoro lo encendió y se lo pasó a Nami. Ella le dio un par de caladas, con sus labios muy próximos a los de su compañero, antes de intercambiarlo con él.
—No te entiendo muy bien, Nami —habló Zoro—. ¿Qué es exactamente lo que quieres?
—No es demasiado difícil de adivinar, ¿no? —sonrió ella—. El piso de Sanji está cerca.
Zoro sonrió y dio una calada, acercándose a los otros dos.
—Hoy no están tus compañeros, ¿no? —preguntó—. Podríamos hacer todo el ruido que quisiéramos.
Acarició el muslo de la chica y se aproximó aún más. Sanji sólo suspiró y fumó de nuevo. Zoro apretó la pierna de Nami y acercó los dedos a su ingle. Con la otra mano, acarició el rostro del rubio y le besó suavemente el cuello. Sanji gruñó, colocando el canuto entre los labios de la chica, para después pasar la mano por sus pechos, con lentitud, disfrutando del momento. Ella terminó de fumar y lo tiró al suelo, para después buscar los labios del rubio.
De repente, Zoro atrapó la entrepierna de Nami. Con dos dedos, presionaba su clítoris, sin moverlos, haciendo que su respiración se entrecortase y comenzara a mover las caderas, en busca de algún tipo de fricción. Él pasó a besarla a ella y le mordió el labio, provocativo, excitado por la propia desesperación de la pelirroja. Sanji, que estaba justo debajo, emitió un gemido ahogado, al notar cómo el roce de sus entrepiernas se hacía cada vez más fuerte.
—Vámonos de aquí… —empezó el rubio, con dificultad—. Vamos a mi piso…
—N-no… Aquí… —suspiró Nami.
Zoro se levantó, haciendo que la pelirroja gimiese en señal de protesta. El otro chico se acercó a su oído y le susurró:
—Te mereces algo mejor que un callejón hediondo.
La tomó entre sus brazos y después la puso en pie, suavemente. Zoro rodeó su cadera para guiarla, mientras Sanji se encendía un cigarrillo.
—¿Sabes el camino? —preguntó ella.
—Pues claro —sonrió Zoro, socarrón—. No es nuestra primera vez.
El rubio le empujó y masculló algo, enfadado, mientras su amigo bajaba la mano hasta sujetar con fuerza las nalgas de Nami. Ella caminó más rápido, impaciente, sin poder evitar aquellos pensamientos tan lascivos que le aturdían.
Sanji abrió el portal y los tres se metieron con torpeza en el ascensor. Nami se abrazaba a los dos, repartiendo pequeños besos y abriéndoles la camisa, lamiendo sus abdominales de manera indiscriminada, no sabiendo muy bien a quién pertenecía cada cuerpo. El rubio salió del elevador mientras sus amigos esperaban dentro, besándose. Le temblaban tanto las manos que era incapaz de introducir con éxito la llave. Finalmente, lo consiguió; arrastró fuera a Zoro y lo arrojó al interior de su vivienda, para después atraer a la chica con caballerosidad.
Nami fue la primera en entrar a la habitación. Murmuraba palabras incomprensibles, riendo, y se tumbó en la cama, esperando a sus amantes. Al abrir los ojos, se los encontró de pie, mirándola, ambos con el torso desnudo, inmóviles.
—¿No venís? —les provocó ella, desabrochándose el vestido.
Zoro fue el primero en avanzar. Para su sorpresa, la arropó con la sábana, afectuosamente, y le dio un beso en la frente.
—¿Qué tipo de personas crees que somos? —se burló él—. No vamos por ahí aprovechándonos de nuestra amiga borracha.
—Lo siento… A mí me duele más que a ti —repuso Sanji.
Nami se relamió los labios, sin saber qué decir, completamente confusa.
—Pensaba que lo estabais disfrutando —se quejó.
El rubio suspiró. Se tumbó junto a ella y le acarició el pelo cariñosamente, clavando sus ojos azules en los apetecibles labios de la chica. Zoro se reclinó al otro lado y la abrazó.
—No te preocupes —la tranquilizó—. Esto pasará, pero sólo si tú quieres. Es que ya sabemos lo que te ocurre cuando estás así. Te vas. No queremos que nos hagas sentir mal. Hoy no va a pasar, pero quizás otro día...
Nami gruñó y hundió su rostro en el pecho de su amigo, avergonzada. Acarició sus tres pendientes y le dio un beso en la cicatriz. Les entendía y, aunque molesta, agradecía que fuesen considerados. Gestos así eran difíciles de encontrar.
Sanji le pidió que se incorporase. Le quitó el vestido con cuidado y le ofreció una camiseta que le quedaba enorme. Ella se la puso, resignada, y volvió a tumbarse. La cabeza aún le daba vueltas. Uno le llenaba la espalda de besos, y el otro acariciaba sus mejillas con ternura. Al poco tiempo, Nami pudo escuchar los ronquidos ahogados de Sanji. Zoro rio y le susurró:
—Hala, a dormir la mona. Espero que no te escapes mañana por la mañana.
Notas:
¡Hola! Lo siento por el final, sé que teníais ganas de más 7u7 pero nuestros chicos son encantadores y nunca se aprovecharían de Nami. ¡Todos deberían aprender de ellos!
En un principio, esto es un one-shot, aunque no descarto escribir otro capítulo; me gusta mucho esta pareja de tres... ¿Qué pensáis? ¡Hacédmelo saber en los comentarios!
