N/A: Aquí llego una vez más con un reto. Para variar. Lo cierto es que ha sido un reto con todas las letras, porque me ha costado la vida escribirlo (y el cambiar de opinión y todo el fic de arriba debajo de un día para otro, el penúltimo día para más inri, no ha ayudado). Pero bueno, aquí estoy y espero que os guste.
Disclaimer: Nope, no soy el asesino literario más famoso. Y lo demuestra el hecho de estar encerrada en casa y estar escribiendo. (Aunque espero que GRRM también lo haga, la verdad, pero sigo sin ser él).
Aviso: Este fic participa en el Reto#102 del foro Alas negras, palabras negras.
En opinión de John Reed
John Reed era un caballero norteño. Un hombre de honor, sin miedo a la muerte y que protegía al inocente.
Se había casado con 22 años con Liss, a la que no quería y a la que los dioses no le habían concedido el don de ser muy agraciada, pero era buena persona. Buena esposa y buena madre para sus hijos, le dio ocho hijos en total, cinco de los cuales llegaron a la edad adulta. Dos chicos y tres chicas.
El primero heredó, por supuesto, y el segundo casó con una dama cuyo padre tenía una gran fortuna por lo que ayudó y sirvió a su hermano. Sus tres hijas casaron con hombres poderosos, si bien no siempre buenos.
John Reed y Liss tuvieron un matrimonio normal, hasta que unas fiebres se llevaron a Liss. Desde entonces John Reed vivió un tanto solo, yendo de batalla en batalla, hasta que murió a causa del derrumbamiento de una de las torres de Foso Cailin.
John Reed era un fantasma.
Había tardado en darse cuenta de este hecho, pero una vez que lo hubo descubierto, no lo llevó tan mal como cabría pensar. Hizo de Foso Cailin su residencia habitual, asustando a sirvientes y a los esposos de sus hijas cuando, en opinión de John Reed, tenían un comportamiento poco caballeroso. Él tampoco había amado nunca a su esposa, si bien al final había cariño y amistad entre ellos, por lo que no toleraba esa clase de comportamiento. Y menos hacia sus propias hijas.
Su familia un deber, y si alguien no cumplía con él, ya se encargaba de John Reed de asustar a quien fuera durante un rato.
Cuando la fortaleza dejó de ser habitable, muchos años después de la muerte de sus hijos y sus nietos, y la familia Reed trasladó su residencia, John Reed decidió quedarse ahí. Había sido su hogar toda la vida y aún era un lugar estratégico para evitar la entrada de los sureños al norte. De modo que si algún ejército se aproximaba, él se dedicaba a hacer ruido, mucho ruido. Tanto como para que el descendiente de turno enviara a alguien a ver qué había pasado. Y de paso descubriera que les iban a invadir.
No es que quisiera llevarse todo el mérito, pero si Foso Cailin no había caído en manos de otra familia, era en parte gracias a él. Los ruidos cuando golpeaba los restos de las paredes que antaño habían albergado grandes salones, ahora aterrorizaban a quienes osaran poner un pie y que, en opinión de John Reed, no eran dignos de estar en el lugar.
Aunque la ciénaga que lo rodeaba, las arenas movedizas, los agujeros de succión y esa verde pradera que se había tragado a más de un estúpido que había intentado atravesarla también ayudaban. En definitiva, Foso Cailin tenía unas maravillosas defensas para evitar con facilidad un ataque desde el sur, por lo que John Reed no solía tener mucho trabajo.
Y por eso la derrota ante los llamados Hijos del Hierro fue tan estrepitosa.
Esto se debió a varios factores: para empezar vinieron desde el norte. Si bien Foso Cailin tenía unas maravillosas defensas para contrarrestar un ataque sureño, las defensas contra uno norteño dejaban bastante que desear.
El segundo factor a tener en cuenta era que, en opinión de John Redd, los Kraken de las Islas del Hierro se lo tenían demasiado creído y no aprendían la lección. O bien el último Lord Stark contra el que lucharon fue demasiado magnánimo, ya que siempre que tenían la oportunidad volvían al sur a ver si podían conquistar algo.
Y para terminar: el factor decisivo. La gran idea que habían tenido los pocos hombres que quedaban en la fortaleza: la de beber hasta caer redondos y llevar dos días con una resaca monumental. Una falta muy grande para aquellos que se consideraban soldados, en opinión de John Reed.
–¡Despertad malditos gandules, despertad!–exclamó John Reed cuando vio llegar los primeros barcos con el dibujo del Kraken en las banderas.
Muy a su pesar, John Reed tenía que admitir que los Kraken habían sido inteligentes y habían planeado bien su estrategia. Habían entrado por la bahía Aguarresplandeciente y subido por el río de la Fiebre con sigilo y aprovechando la niebla que se había levantado hacía dos días y que no parecía querer disiparse.
Dio igual que John Reed amenazara, gritara, pataleara y desenvainara su espada. Rompiera cosas y tirara otras muchas. Que maldijera a los dioses nuevos, a los antiguos, al dios ahogado y al campesino que pasaba por ahí con sus cabras. Lo único que finalmente consiguió despertar a los gandules fue el grito de guerra de los Hijos del Hierro justo antes de entrar en batalla.
Cuando ya era tarde.
De modo que John Reed, más enfadado que impotente, no tuvo más remedio que ver cómo hombres borrachos morían (algunos sin ser todavía conscientes de lo que pasaba a su alrededor) o eran hechos prisioneros.
Su familia, o al menos lo que quedaba de ella, y otros hombres buenos y nobles habían acabado sucumbiendo ante un puñado de barcos con hombres muy poco honorables, en opinión de John Reed.
Los bueno fue que la matanza no duró demasiado, al medio día del segundo día de batalla, las fuerzas de los hombres que Robb Stark había dejado estaban lo bastante mermadas como para ser conscientes de su situación y aceptar la rendición.
Y por lo menos, Victarion Greyjoy, era un hombre de honor y trató bien a los prisioneros que aún seguían con vida. Les repartió entre las tres torres que aún quedaban en pie y les dio suficiente comida para seguir con vida, pero no tanta como para que recuperaran por completo las fuerzas.
Lo que desató una inesperada hecatombe para los Hijos del Hierro fue, en opinión de John Reed, la marcha de Victarion Greyjoy. Era un hombre que no se dejaba llevar por sus emociones y respetaba al enemigo, por muy estúpido que éste pareciera. No había considerado fácil la gloria sobre Foso Cailin aún cuando la mitad de los hombres estaban borrachos y la otra mitad con resaca.
Victarion Greyjoy no era como Ralf Kenning. El segundo también era buen combatiente pero un pésimo estratega y bastante confiando, en opinión de John Reed. Por lo que cuando otros norteños llegaron para la recuperación de Foso Cailin, John Reed fue de nuevo espectador de una matanza, esta vez como más sangrienta y carente de honor por parte de las tropas norteñas.
Ese tal Ramsay Nieve (porque un bastardo seguía siendo un bastardo por mucho perdón real que le hubieran concedido), era un personaje que florecía de vez en cuando sobre la tierra. Ambicioso, sin escrúpulos y con una mente bastante desquiciada, normalmente acababan mal. Pero este personaje tenía cuerda para rato.
Cuando la segunda batalla terminó, los ruidos que producía John Reed no despertaban el interés, ni el miedo de ninguno de los presentes. Y si un fantasma no causaba terror entre los habitantes, temporales o no, del castillo, fortaleza o casa de turno, en opinión de John Reed, ese fantasma debía buscar otro lugar para desempeñar sus funciones.
Por lo que John Reed, después de muchos años viviendo en Foso Cailin, partió. No sabía muy bien cuál sería su próximo destino, pero lo que sí tenía claro es que sería el norte, siempre el norte. No le gustaba el sur, hacía demasiado calor, en opinión de John Reed.
FIN
