¡Hello, Minna-san! Bienvenidos a la quinta historia de nuestra franquicia de la Saga Dorada :3 ahora veremos a nuestro orgulloso Pisciano que nos tiene suspirando desde que apareció por primera vez (No lo nieguen :v). Bueno, ¡espero que disfruten de la lectura como yo disfrute escribendolo!
Cambien teniendo en cuenta quienes son los protagonistas de esta historia, tratare el tema de el significado de las flores que vayan apareciendo, y también recalcamos que en esta Saga decididos que a pesar que Agasha se ve de unos doce años aproximadamente, la hemos colocado de catorce para que la historia pudiera fluir un poco mejor.
El significado de las flores que mencione estarán en las notas al final del capitulo :3
PD: Es mejor que se hayan leído el primer ffc de la Saga Dorada si quieren entender ciertas referencias de esta historia.
¡Esperamos que les guste!
Declaimer:
Nota: Saint Seiya The Lost Canvas no nos pertenece al igual que sus personajes.
Saga Dorada V: Golden Rose
Capítulo I
'Soft Beginnings'
Siglo XVIII
Grecia, Athenas – Santuario
Enero, 24 de 1746
Albafika, Santo Dorado de Piscis suspiró profundamente, irritado con su compañero de batalla y se podía decir que mejor amigo, Manigoldo de Cancer, que al parecer no podía controlar lo que salía de su boca y tenia algunas semanas de un humor extraño, aunque seguía yendo a Rodorio, la aldea más cercana al Santuario, a tomar algunas veces solo y otras acompañado del famoso Escorpiano y uno que otro de los Dorados.
Justo su amigo acababa de irse, pues se dirigía a entrenar al coliseo, ya que había estado en la Cámara Papal recibiendo su acostumbrado sermón sobre sus algunas veces cuestionable comportamiento y después de este, había ido a visitarlo con toda la intención de quejarse y molestarlo en el proceso, cosa que había conseguido con mucha eficacia.
Pinchando el puente de su nariz, tomó los libros que previamente había ido a buscar a Acuario antes de encontrarse al Canceriano en su Templo husmeando, y decidió llevarlos a la pequeña cabaña que estaba construida en medio de un gran campo de rosas envenenadas de dulce olor, donde solo podía escucharse el sonido del viento y nada más, puesto que cualquier tipo de animal salvaje que en otra ocasión se encontrara en campos como aquel, moriría en ese ambiente cargado de letalidad.
Su vivienda no tenía más de dos cuartos y el espacio de la cocina era compartido con la sala que hacia al mismo tiempo de comedor, era bastante reducido, pero para una persona estaba bien, pues nunca recibía visitas en ese lugar realmente, y encontraba que vivir en el Templo daba mas trabajo y podía ser particularmente peligroso para las Vestales que pasaban constantemente por allí limpiándolo y básicamente manteniéndolo en pie, aunque no había mucho que arreglar, dado que rara vez pasaba una noche allí, aunque si tenia su oficina y pequeña biblioteca que frecuentaba.
Depositó las cosas en la mesita de madera tallada a lado de su cama, y con un último suspiro dejó ir toda la irritación que su amigo le causara, dedicando algo de tiempo a recoger unas prendas sucias que iba a llevar al sesto en el Templo para ser lavado por las Vestales, antes por su puesto, se aseguró de que no hubiera nada que pudiera causar envenenamiento a nadie, como alguna mancha de sangre o algo por el estilo, y una vez estuvo satisfecho, los tomó bajo su brazo y se encaminó nuevamente a su lugar de vigilia.
Justo acababa de dejar las prendas sucias en la destinada canasta y estaba regresando por el pasillo cuando percibió una presencia acercándose a su Casa, y contuvo una imprecación pensando que tal vez Manigoldo o incluso Kardia estaba de humor para meterse con él ese día, por lo que se dirigió a la entrada a decirles que se largaran o les iba a ir mal, pero rápidamente percibió que no se trataba de ninguno de estos, y que de hecho, no era ningún Santo, por lo que solo quedaban dos opciones, una era alguien que hubiera ido a pedir algo al Pope o era la chiquilla yendo a dejar las flores acostumbradas esa semana.
Al instante sus pasos se detuvieron, indeciso de si quería ser visto o no, pues, aunque ella no pareció molesta por sus rudas palabras aquel día cuando el alba se asomaba por el horizonte y tuvieran su primera conversación luego del día lluvioso donde le presto su capa para que ni las flores se marchitaran ni la chica se enfermara por el nubarrón. Por lo general él no era proclive a entablar conversación con los aldeanos a menos que fuera preguntando por un incidente o por explicitas ordenes del Pope, cosa muy rara, dado que su ilustrísima sabia de su reluctancia a interactuar con otros y el peligro que esto entramaba, por ende, estaba de más decir que no tenia ningún tipo de experiencia en tratar con aldeanos que no fueran sospechosos de alguna fechoría.
Las Vestales no contaban en su rango de interacción humana, pues rara vez las veía y era aún más raro que les dirigiera la palabra, pues estas ya eran advertidas de las reglas al ser asignadas como limpieza a su Templo, viendo que él no tenía ninguna permanente trabajando allí por razones de seguridad y solo eran rotantes las que limpiaban, no daba pie a entablar algún tipo de conversación.
Incluso si quisiera, no sabría cómo, ya que Manigoldo bien le recordaba siempre que su habilidad social dejaba mucho que desear, o quizás eso lo decía porque usualmente no tenía mucha paciencia con las tonterías del Canceriano. Probablemente fuera eso último, mas no descartaba del todo lo primero.
Al sentir la presencia de la chica en los escalones entrantes, finalmente tomó una decisión después de debatirse internamente sobre si hacerse presente o no, pero simplemente razonó que le debía una disculpa por sus palabras crudas de aquel día, aunque no supiera como diablos se las iba a dar, viendo que al final cuando le regalo la rosa blanca fue más un gesto de agradecimiento por las flores que otra cosa.
Con cautela se acercó a la entrada, esperando pacientemente por unos segundos hasta que divisó su pequeño cuerpo caminando hacia el Templo, y justo como cuando la había visto marcharse ese día, ella hizo una reverencia antes de internarse con paso decidido, pero no presuroso, sin embargo, toda ella denotaba respeto por su alrededor pues ni una sola vez la vio husmear o mirar alrededor más que para asegurarse de que no había alguna queja sobre su entrada.
Aun así, con la decisión de interceptar a la muchacha, Albafika no se movió de su lugar oculto en las sombras, observando como el espectador que siempre había sido, a ella pasar ignorante de su presencia tan cercana hasta que se perdió de vista en las escaleras que subían a la Cámara Papal. Con un suspiro en parte frustración en parte alivio, ya que no tenía que forzarse a interactuar con ella, él se encaminó hacia el frente de su dominio, recostándose en una de las columnas con los brazos cruzados y la mirada perdida en el hermoso paisaje, mientras permitía que la calmada brisa acariciara sus largos cabellos celestes y se sumía en una ligera meditación.
No supo cuanto tiempo paso allí, perdido en sus pensamientos, más una suave voz a su izquierda interrumpió la vaguedad de su mente.
"¡Albafika-sama, muy buenos días!"
Al instante sus ojos azul cobalto saltaron del horizonte y la naturaleza, a la figura de la jovencita que se había detenido a unos buenos cuatro metros de él, la cual estaba en una posición de reverencia respetuosa y no haciendo ningún movimiento de acercarse hacia su persona.
Por primera vez la observó con detalle, baja estatura con una edad probablemente cercana a los trece o quizás catorce años, piel trigueña, cabellos castaños atados a en una media coleta con un cordón morado oscuro, un simple vestido lila con un cordón similar al de su melena atado en su cintura, pero lo que más llamo su atención fueron aquellos grandes e inocentes ojos verde oliva, que lo miraban con respeto y amabilidad.
"Agasha" hizo una mueca imperceptible al advertir la nota abrupta y seria de su voz, pero no podía hacer nada sobre ello, no estaba acostumbrado a tratar con gente normal no relacionada con los Santos y justo ese día había agotado la medida de decencia con Manigoldo, más hizo un esfuerzo ya que la chica no tenía la culpa de sus pesares. "Buenos días"
"¡Ah! siento si lo he molestado" Agasha respondió haciendo una reverencia esta vez pudiendo ocultar el sobresalto ante el tono algo seco de él, pero ahora podía entender que debido a su aislamiento no hablaba con muchos o eso le aseguro su amiga Fluorite cuando preguntó tentativamente sobre el Pisciano.
"No te disculpes, no has hecho nada malo" él suspiró deteniendo el impulso de pinchar de nuevo el puente de su nariz en exasperación consigo mismo. Pero por el rabillo del ojo notó que, en las delicadas manos de ella, esta sostenía un pequeño ramillete de flores, curioso pues sabia que el más grande había sido entregado al Pope para la Diosa Athena, este la observó ladeando el rostro ligeramente, a forma de pregunta, que ella afortunadamente capto.
"Ah, bueno se me hizo costumbre traerlas…" ella murmuró algo apenada, pues no se había esperado encontrarlo allí, debido a que las veces anteriores que paso por ahí después del incidente con la capa nunca se habían topado. "Lo siento, yo…" intentó continuar sintiendo las mejillas arreboladas por la vergüenza, pero él la interrumpió, nuevamente con algo de brusquedad.
"Creo habértelo dicho ¿o no?" al ver la expresión confundida de ella, el Pisciano suspiro una vez más e intentó relajar su rostro en algo más amable. "Mientras no causes problemas cuando pases por aquí, no me importa si dejas algunas flores" dijo haciendo mímica de las palabras que le dijo la semana pasada cuando finalmente se digno a hablarle aquella vez.
Al instante Agasha despejó sus dudas y no por primera vez se maravillo de la amabilidad y consideración que tenía aquel Santo Dorado para con ella, una simple aldeana que en la escala de todo era insignificante, pero que él no despreciaba de ninguna forma. Con una suave sonrisa, llena de calma ella dio unos pasos lentos hacia él, más antes de que este le dijera que no se acercara la joven se detuvo a dos metros, y con ligereza deposito el ramillete en el suelo, y seguidamente retrocedió a su puesto original a una buena distancia del hombre.
Albafika estaba claramente sorprendido por esa acción, puesto que las personas solían olvidar las restricciones que debían tomar en cuenta cuando estaban cerca de su persona, pero ella no parecía tener problemas con ello. Una vez que estuvo seguro de que ella no iba a acercarse súbitamente a él, se aproximó lentamente al ramillete y al recogerlo volvió a su posición previa, donde por fin detalló las flores en sus manos.
No eran más que tres, bastante simples, pero con un significado interesante que lo tocó genuinamente.
Primero estaba una camelia roja simbolizando admiración o reconocimiento, a su lado había una dalia color malva que significaba agradecimiento y, por último, una zinnia blanca que representaba bondad, en conjunto era un ramillete diseñado para gradecer a una persona con sinceridad.
Justo como los anteriores, que tenían un significado parecido, demostrando respeto y agradecimiento, de una forma sencilla pero poco común.
"¿Seguirás dándome las gracias eternamente?" preguntó arqueando una fina ceja, mientras su mano acariciaba distraídamente la suavidad de los pétalos con la mirada fija en ella. No estaba en su naturaleza andarse por las ramas, siempre había creído que la honestidad e ir directo al punto era lo mejor que podía hacer y en ese momento no fue una excepción.
Ella enrojeció al instante, sus ojos verde oliva cayeron directo a sus pies encastados en las sandalias de cuero, preguntándose porque nunca se había planteado que él supiera del lenguaje de las flores, pero ciertamente había sido algo relativamente nuevo para ella cuando su mejor amiga le comentó sobre aquel libro que el Caballero de Acuario le regaló hacia un tiempo, y a ella le había parecido una forma muy original de hacerle saber sus pensamientos y agradecerle al mismo tiempo, sin tener que importunarlo por una conversación.
Pero justo cuando abría sus labios para disculparse por tercera vez en lo que iba de la corta plática, él se le adelantó nuevamente.
"No más disculpas no ameritadas" no pudo evitar entornar los ojos un poco, pues aquella chiquilla parecía estar llena de ellas, aunque le causaba algo de gracia las expresiones sinceras y sorprendidas de su joven rostro algo aniñado.
"Como usted diga, Albafika-sama" ella asintió con un suspiro quedo, antes de ocurrírsele algo que la hizo sonreír animadamente más no dio voz a sus pensamientos, solo lo miró con respeto y amabilidad, e hizo otra reverencia. "Que tenga un buen día, con su permiso me retiro"
Y solo al ver que el asentía mínimamente hacia ella, fue que Agasha se dio la vuelta y se marchó del Templo de Piscis, en dirección a Rodorio, ya que aún tenía trabajo que hacer y los arreglos no iban a hacerse solos, además de que tenia que preparar el almuerzo. Pero el resto del día la paso con el descubrimiento de que el Caballero de la Doceava Casa Zodiacal era alguien solitario pero muy amable y considerado.
Pero si a él no le importaba sus efímeras ofrendas de flores, entonces se encargaría de dejarle una semanal con algún tipo de mensaje para animar su día, aunque fuera un poquito.
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Ya habían pasado dos meses desde que Agasha hablara por segunda vez con el Santo Piscis en su Templo, y aunque no lo había vuelto a ver o conversar con él, siempre le dejaba un pequeño presente en su Casa, ya fuera un ramillete de brezo rosado y amapola amarilla que simbolizaban buena suerte o felicidad y éxito o salud respectivamente, o una simple flor de alstroemeria, deseándole simplemente felicidad en ese día.
Sin embargo, su rutina diaria se interrumpió una mañana cuando su padre amaneció enfermo por haberse mojado la tarde anterior al hacer una entrega al pueblo vecino por la lluvia, por lo que a ella le toco tomar su lugar en las labores de él, eso significaba que iba a tener que tomar la carreta e ir al campo cercano a las afueras de Rodorio a por algunas flores ya que las que tenían almacenadas en los potes de barro con agua ya no alcanzaban para los arreglos que harían ese día y el resto de la semana.
Así que con un suspiro y algo de preocupación por parte de su padre, este le indicó como cortarlas y apilarlas en los jarrones que la ayudo a subir a la carreta de madera que habían sacado al frente de su casa, además de advertirle que tuviera cuidado por el camino ya que aun era muy temprano en la mañana. Ella simplemente lo tranquilizo que todo estaría bien, y después de asegurarse de que él se tomara el té de hierbas especial para resfriados y que no iba a moverse mucho por la casa más que para sentarse a armar arreglos con las pocas flores que les quedaban en la despensa, finalmente se marchó a hacer su labor.
La carreta era de dos ruedas y se alaba el asa de la parte frontal donde usualmente iría atado un caballo o burro, si ellos tuvieran alguno de esos dos, pero viendo que ellos no tenían ni el espacio ni el dinero para mantener un animal de carga se limitaban a hacer todo aquello ellos mismos. El trayecto al campo de flores que araban y plantaban sus semillas para vender luego el producto final estaba a aproximadamente cuarenta minutos de donde vivían, a las afueras de la villa y fuera del camino principal, pero fácilmente accesible a pie.
De ida no le tomó ningún problema llegar, pues no era la primera vez que hacia semejante recorrido ya que había estado yendo a ese campo desde que tenía memoria, aunque nunca sola, esa era la primera vez que lo hacían sin la compañía de su padre. Una vez que posicionó la carreta adecuadamente, tomó el cuenco más pequeño y fue hacia el riachuelo que se encontraba a una distancia relativamente corta del campo de flores para llenarlo de agua y posteriormente regresar para ir llenando con el líquido los seis grandes jarrones de barro hasta la mitad, pues allí iba a depositar las flores para que no se marchitaran en el camino de vuelta.
Era una labor tediosa y repetitiva el llenar los jarrones, pero una vez eso estuvo listo, ella se dedicó a cortar las flores que su padre le había indicado que buscara, entre esas estaba la no me olvides, las gardenias, girasoles, hibisco, heliotropo, algunos lirios rojos, y muchas, muchas otras más. Aunque para llenar los cuencos en casa por esa semana iba a tener que hacer más de un viaje al campo de flores, no se quejaba pues era trabajo honesto y a ella le hacia feliz ver las expresiones de sorpresa y felicidad cuando alguien recibía un ramo de flores.
Cuando finalmente todos los jarrones estuvieron hasta el tope de flores, Agasha dio por terminada su labor por el momento, y una vez se aseguró de que los potes estuvieran asegurados y no fueran a moverse en el camino, ella tomó el asa de la carreta y comenzó el arduo camino de regreso a la aldea, que se le hizo más difícil puesto que ahora llevaba un peso extra, por eso no le sorprendió que tardara un extra de veinte minutos al tiempo usual.
Una vez descartó todo con ayuda de su padre, ella regresó con la carreta vacía dispuesta a repetir la acción, pues aun faltaba por llenar la despensa de la casa. Lo hizo por aproximadamente dos veces más, pero notó que en cada una de ellas se le dificultaba un poco mas llevar la carreta de regreso, ya que no estaba acostumbrada a trabajos con tanta demanda físicamente; pero testarudamente se negó a parar, después de todo su progenitor no podía hacerlo por estar enfermo y no había nadie más a quien pudieran pedirle ayuda porque todos estaba ocupados con sus propios negocios, y acercándose ya al medio día se notaba era hora pico por lo que significaba que habría más movimiento a la hora de vender, así que no podía detenerse a descansar.
"Solo un viaje más, papá, ¡estaré bien, no te preocupes!" la joven de ojos verde oliva intentó tranquilizar al hombre mayor sentado en un banco armando un ramo de flores para un cliente.
"Solo… ve con cuidado, ¿sí?" el padre de ella asintió con algo de reluctancia, para después toser un poco contra su puño, sintiéndose miserable por no ayudar a su hija como debería.
"Mejor ve a dentro y tomate el té que te recomendó el curandero o no mejoraras pronto" fue todo lo que ella le dijo, antes de tomar la carreta y encaminarse nuevamente al campo de flores sintiendo los músculos de su cuerpo arder por tanto esfuerzo, pero aun así no dejó de sonreír sino hasta que salió de la aldea. "Solo este último viaje y terminare por hoy, así que animo… yo puedo hacerlo" con más determinación que fuerzas, cuadro los hombros y con el ceño fruncido se dedicó a su tarea, de una forma mecánica haciendo de vez en cuando una mueca de dolor al inclinarse a levantar el jarrón de agua e incluso tuvo que parar una que otra vez pues el sol abrasador junto al calor del medio día la hizo marearse un poco.
Al final cuando tuvo todo listo, solo podía dar gracias a los Dioses que esa fuera el último viaje ese día, ya que no creía que pudiera hacerlo una vez más o colapsaría en medio del camino. Con los músculos de todo su cuerpo protestado intensamente, ella tomó la carreta e inicio el camino de vuelta con incluso más lentitud que antes, pero cuando llegó a la primera colina del camino principal encontró que no podía avanzar pues la fuerza que requería para empujar la carreta de madera llena de jarrones con agua y flores era demasiado pesada y estaba luchando contra ese peso arduamente sin éxito.
Justo cuando lagrimas de frustración se acumularon en sus ojos, escucho unos pasos acercarse a por la parte de atrás y al girarse por pura inercia, su mirada dio con una acobaltada que la observaba atentamente, más ella no pudo evitar la sorpresa de verlo allí se mostrara en su cara.
"¡A-Albafika-sama!"
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Albafika estaba en el camino de regreso al Santuario luego de su estadía de dos días en la Isla de los Curanderos, donde Pefko, el aprendiz de curandero, le había hecho entrega de un lote de medicamentos especiales para los Santos bajo la Orden de Athena. El chiquillo que en antaño conoció ahora se estaba convirtiendo en todo un joven hombre honrado y trabajador, aunque aún seguía algo torpe y siempre parecía olvidar que no debía de acercarse mucho a él o no le iría muy bien, debido a eso se la pasó la mitad del tiempo evitando los toques del olvidadizo muchacho que sin duda lo llevarían a la muerte prematura.
La despedida fue inevitable y por supuesto que el joven chico no pudo evitar derramar algunas lágrimas, ya que al parecer lo consideraba como un hermano mayor o por lo menos parte de su familia, viendo que sus maestros habían sido hermanos gemelos. Y aunque él sintió algo de pesar al irse, la verdad es que por otro lado estaba aliviado, ya que no tendría que estar constantemente alerta de que el muchacho lo tocara accidentalmente, ya que sus compañeros estaban más que acostumbrados a su impuesta distancia.
Sin embargo, no se espero que en el camino al que era su hogar, distinguiera a un aldeano luchando por empujar una carreta cuesta arriba de una colina, curioso y debatiéndose de si ofrecer ayuda o no, por su condición con su sangre envenenada, más cuando estuvo a una distancia prudente no pudo evitar sorprenderse porque la persona en cuestión era nadie mas ni nadie menos que la chiquilla de Rodorio que llevaba las flores al Pope.
Y por la exclamación de su nombre supo que ella tampoco esperaba encontrarlo allí, pero eso solo lo hizo fruncir el ceño y examinar la situación nuevamente, notando que ella estaba cansada, sudorosa y con la piel algo colorada suponía debido a estar por mucho tiempo bajo el sol inclemente griego, pero sobre todo parecía agotada y aun así ella le dedicó una sonrisa genuina.
No había forma de que ella llevara esa pesada carreta a la aldea por su cuenta, eso estaba claro para él.
"Buenos días… o más bien tardes supongo" ella murmuró después de echar una mirada al cielo y juzgar la posición del sol.
"Agasha… por favor hazte a un lado" fue todo lo que pudo decir, más su significado no salió como lo quería, ya que ella solo hizo una mueca de confusión y vergüenza, por lo que tuvo que aclararlo mejor o dejarla creyendo que quería que se apartara de su camino. "No podrás llevarla colina arriba en tu actual estado" esperaba que con eso lograra entenderlo.
A Agasha le tomó unos segundos procesar sus palabras, pero cuando finalmente la duda se despejó no pudo evitar pensar nuevamente que aquel hombre tan importante era realmente una persona muy amable y considerada, pues una vez más se detenía a ayudarla incluso cuando podía haber continuado ignorándola como ya había hecho un mercader ese día.
"P-pero-" intentó protestar no queriendo importunarlo, pero él no dejo que lo hiciera ya que con una sola mirada impasible y el arqueo de una fina ceja fue más que suficiente para aclararle que no iba a desistir de su idea de ayudarla. Así que, con un profundo suspiro, que en parte era alivio, ella se hizo a un lado. "Como usted diga, Albafika-sama"
Para él no fue problema alguno tirar de la carreta, por que por su entrenamiento para heredar la Cloth Dorada se requería que no solo su mente sino también su cuerpo estuviera a la par, por lo que, aunque mayormente en las peleas usaba sus rosas y casi nunca llegaba a un enfrentamiento de tipo físico, aun se mantenía fuerte en todos los sentidos. Ninguno hablo, dejando que los sonidos de la naturaleza llenaran el trayecto, pero se sorprendieron al notar que no era un silencio incomodo y cargado de tensión, por lo que disfrutaron de la cercanía del otro sin molestarse por llenar el vacío con una conversación forzada.
Aunque si había algo rondando por la cabeza de él, pero considero que no era de su incumbencia preguntar, más ella pareció percibirlo de alguna forma.
"Es papá, esta algo enfermo así que me ofrecí a hacer su parte del trabajo" ella comentó suavemente, caminando al lado de la carreta, pero manteniendo una distancia prudente para el confort de él. Y una vez más percibiendo por la mirada de reojo del hombre que había algo más. "Solo somos nosotros dos, mamá murió cando yo aun era muy pequeña para recordarla con claridad, por lo que nos hemos apoyado en el otro para todo, y debido a eso he trabajado con las flores desde que fui lo suficientemente hábil para armar un ramo decentemente" se rio por lo bajo al recordar sus pobres intentos de cuando tenia cinco años y su padre intentaba enseñarle cómo hacerlo.
Albafika no dijo nada al oír eso, pero internamente pensó que aquella chica sabia el significado de un trabajo duro y honrado, pero al mismo tiempo no permitía que sus circunstancias la deprimieran o volvieran amargada; cada vez que recordaba haberla visto ya fuera pasando por el Santuario o en las calles de la aldea siempre tenia una amable sonrisa para los demás y nunca parecía quejarse por nada, aunque como todos, imaginaba tenia sus propios problemas y preocupaciones no lo demostraba, simplemente seguía adelante con un entusiasmo genuino e inocente.
Y eso se reflejaba en cada flor que le dejaba en su Templo, cuando los mensajes inicialmente habían sido para darle las gracias por aquel día de lluvia, ahora solo mostraban que ella básicamente le deseaba felicidad o para darle ánimos, a veces simplemente esos gestos le recordaban que aún quedaba bondad en el mundo y que esa era la principal razón por la que ellos peleaba, para proteger el mundo y a personas como ella.
Finalmente llegaron a la aldea, y fue allí donde él le cedió el mando de la carreta, más no se marchó hasta que estuvieron frente a la tienda de flores, y supo que estaría bien.
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"Aquí esta tu pedido, Astrid-chan" Agasha le hizo entrega de un pequeño ramo de flores constituido mayormente de claveles blancos y platycodon.
"¡Muchísimas gracias! Espero que al abuelo le gusten tanto como a mí" la jovencita de cabellos caoba y ojos oscuros le hizo una profunda reverencia con una amplia sonrisa en su rostro trigueño, mientras sus lentes redondeados parecían estar algo torcidos. "Disculpa que tuvieras que traerlos hasta aquí… pero la verdad la obra que estoy haciendo está muy difícil y requiere de todo mi tiempo, es tanto así que esta es la primera vez que estoy fuera en tres días" rio algo atolondradamente al tiempo que dejaba las flores en un jarrón de forma peculiar y buscaba tras el mostrador unas monedas para pagar.
"No es problema alguno" ella negó con una sonrisa amable, internamente divertida por la distraída chica que llevaba viviendo con su abuelo en Rodorio apenas un año y medio, ambos manejaban un pequeño negocio de encargo de retratos y la verdad eran bastante buenos en lo que hacían. Aunque ella no había tenido la oportunidad de interactuar con la muchacha tan seguido como le gustaría, se veía que era buena persona.
"¡Ah! ¡Lo encontré!" triunfante Astrid se dio la vuelta súbitamente y en el proceso se golpeo la cabeza con el mostrador, soltando al instante una fuerte exclamación de dolor antes de levantarse con cuidado, mientras una mano masajeaba la parte adolorida. "A-Aquí está el pago…" le extendió un pequeño bolcito con unas monedas con una expresión avergonzada.
"Gracias, pero ¿estarás bien? No te pegaste muy fuerte, ¿verdad?" ella inquirió algo preocupada por la integridad de la joven, visto que por lo poco que ella había observado de esta parecía que la mitad del tiempo terminaba en situaciones parecidas mayormente por ser algo atolondrada y olvidadiza, siempre estaba corriendo por la aldea por esto o aquello.
"No, no, estoy perfectamente y ya a esta altura estoy acostumbrada" se encogió de hombros sin darle mucha importancia, mientras continuaba toqueteando el lugar herido, bajo la atenta mirada de la otra chica.
"B-bueno, si es así entonces me retiro y gracias por la compra, espero disfruten las flores" y con eso ella se retiro luego de hacer una reverencia, preguntándose si la jovencita sufriría de una contusión o algo, pero como parecía no darle importancia ella lo dejo estar, ya que tenía cosas que hacer.
Con la canasta de mimbre en mano se apresuró a terminar las entregas de ese día, ya que esperaba con ansia la visita de su amiga Fluorite a la cual tenia ya dos semanas que no veía por cuestiones de trabajo por ambas partes, y lo sabía porque se lo había dicho su otra amiga, Shea, una pelirroja bajita y vivaracha de carácter fuerte que siempre se cambiaba de ropa en su casa para ir a montar el caballo mas alto que ella había visto en su vida, pero que inexplicablemente podía dominar sin problemas.
Había transcurrido un poco mas de un mes desde que su padre se enfermara y el Santo de Piscis la ayudara a llevar la carreta, pero ella aún seguía recordando el incidente con calidez de comprobar que la primera impresión que tuvo de aquel hombre tan fuerte y distinguido había sido errónea y aunque lo había visto solo una vez desde entonces, no perdía tiempo en siempre dejarle un mensaje bonito con las flores semanalmente, aunque como no había visto a su amiga rubia recientemente esta no había podido hablarle más sobre el significado de otras flores y hiervas, algo que le interesaba mucho aprender.
"¡Ah! ¿Agasha como estas?"
Ella se dio la vuelta curiosa y luego sonrió ampliamente al ver a Dohko de Libra y Regulus de Leo acercarse a ella, ambos cargaban con unos sacos de lo que parecía ser harina; ninguno traía puesto sus Cloths y en cambio iban de civil, pero igual eran reconocidos por algunos aldeanos que los saludaban respetuosamente, mientras que otros estaban muy ocupados y proseguían con su camino, pero visto que ella no tenia prisa porque ya había terminado sus entregas pudo permitirse detenerse para conversar.
"Dohko-sama, Regulus-sama, buenas tardes" hizo una reverencia respetuosa, ya que no importaba si estaba en términos amistosos con algunos Santos ella no olvidaba que estaban en público, y como tal era mejor mantener las cosas neutrales porque era de esa forma como surgían las habladurías en la aldea. "Yo estoy bien, gracias por preguntar, ¿Qué tal ustedes?"
"Bien, bien nos ofrecimos a hacer algunas tareas para las Vestales ya que Kardia y Manigoldo hicieron una de sus travesuras" el joven hombre de cabellos rojizos y ojos verdes negó con la cabeza, rememorando al parecer el incidente de sus compañeros.
"Fue todo un desastre, ¡y por orden de su ilustrísima tuvieron que limpiarlo todo!" el joven león asintió con una sonrisilla llena de inocencia, sus brillantes ojos azules reflejaban alegría y calidez, algo típico en aquel chico que no era más que un año menor que ella misma. No obstante, todos podía ver que, aunque este ya tenía el rango de un Caballero Dorado aún seguía siendo muy ingenuo, pero era por eso y su candor que muchos lo consentían y ella no era la excepción.
"Si, el Pope esta muy enojado con ellos y no es para menos, ya que por eso no tuvimos pan esta mañana" con un suspiro teatral el Libriano acomodó mejor los cuatro costales de harina en sus hombros, antes de dedicarle una sonrisa a ella. "Así que si piensas pasar en estos días a llevar la ofrenda no te sorprenda encontrarlos de un humor pésimo"
"¡Pero las cocinas quedaron muy limpias! Ellos hicieron un muy buen trabajo así que estoy seguro que el Pope los perdonara pronto" Regulus dijo animadamente sonriendo brillantemente, antes de que su atención fuera llevada a otro lugar cuando olfateo algo delicioso. "Oh, ¡huele a pan recién hecho!" su nariz se movió peculiarmente, mientras con su mirada escaneaba el mercado lleno de gente, buscando de donde provenía aquel olorcillo.
"Debe ser Niko, a esta hora saca unas bandejas de pan al mercado, siempre se para diagonal a la fuente" recalcó ella divertida por la actitud tan infantil del chico león, a quien empezaba a ver como un hermanito y si por la actitud que había visto de las personas en el Santuario se llevaba, no era la única que sentía el impulso de consentirlo.
"¿De verdad? Oye, Dohko-san, ¿crees que podemos adquirir algunas piezas para el camino?" volvió su adorable mirada cristalina hacia su compañero, quien al parecer tampoco era inmune al joven Santo, ya que asintió con una expresión cariñosa y divertida. "¡Yay! ¡Nos vemos después Agasha!" y en un parpadeo ya el Leoniano no estaba.
"Bueno, será mejor que vaya tras él o quizás el Santuario termine muy endeudado" comentó Dohko algo exasperado con el chiquillo de trece años que parecía tener más energía que todos los Dorados juntos. "Te sorprenderías cuanto come eso niño, pero supongo que está bien después de todo aun esta en crecimiento" y con eso le revolvió los cabellos a ella con una sonrisa afable y luego de despedirse, se dio media vuelta para seguirle la pista al chiquillo, mientras murmuraba por lo bajo sobre que con los dos busca problemas el Santuario ya estaba seguramente cercano a la quiebra.
Eso solo dejó a Agasha riendo por lo bajo.
Comprobó no por primera vez desde que empezara a llevar las ofrendas de flores y conociera poco a poco a cada Caballero de Athena, que ellos eran tan humanos como el resto del mundo y como todos tenían fallas, no eran seres perfectos como muchos de los aldeanos creían, y era precisamente eso lo que los hacia de admirar en su opinión, pues al final superaban los desperfectos para proteger a la humanidad del mal.
Con una sonrisa en sus labios rosas, se apresuro devuelta a su casa esperando ya impaciente la visita de su mejor amiga, y preguntándose vagamente cuando se volvería a encontrar al Santo de Piscis.
Continuara...
Bueno, bueno... ¡espero que les haya gustado el primer capitulo! nuestro querido Albafika interactuando con la bonita Agasha, y Manigoldo y Kardia haciendo de las suyas... sip, todo esta como debe ser en el Santuario xD
Aquí están las flores que se mencionaron en los ramos:
-Camelia Roja: admiración/reconocimiento
-Dalia Malva: Agradecimiento
-Zinnia Blanca: Bondad.
-Alstroemeria: felicidad, amistad
-Amapola amarilla: Éxito, salud.
-Brezo Rosado: buena suerte
-Clavel blanco: Inocencia, amor puro, talento.
-Platycodon: Amor incondicional.
¡Nos vemos en el próximo capitulo! ¡Dejen sus opiniones!
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Zoteria
