Hola. Eh aquí con mi segunda historia. Rengar siempre ha sido mi vastaya favorito y la historia de su rivalidad con Kha'Zix siempre me ha parecido una de las mejores del juego. Quise escribir lo que imaginé que podría ser el pasado de Rengar y ésto es lo que salió. Espero que les guste. Cualquier comentario es bienvenido.
League of Legends y sus personajes le pertenecen a Riot Games.
Desde que nací, siempre había sido visto como una plaga. Una vergüenza para toda mi sociedad. Una hierba mala que debía ser arrancada del suelo por el bien de los demás.
Jamás conocí a mi madre. Murió durante el parto y mi padre jamás volvió a hablar de ella.
A sus ojos, mi existencia jamás valió su vida. Ella no debió morir por alguien como yo, el más pequeño y débil de la camada que dio a luz.
Cuando crecí, aprendí las costumbres de los míos debido a los cuentos que los vastayas más viejos nos contaban a la luz de la hoguera, así también como cualquier tipo de tradición y creencia que ellos respetaban y practicaban.
Éramos Kiilash. Una tribu que veneraba el arte de la cacería.
Y mi padre era nuestro líder.
Él jamás me apreció, pero decidió dejarme vivir en su cabaña junto a mis hermanos por respeto a mi madre. Y yo deseé ganarme el suyo. Enorgullecerlo. Ser como él.
O al menos así era como pensaba hace mucho, mucho tiempo.
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—¡Otra vez!–gritaba una potente voz, cargada de molestia y desprecio, perteneciente a un vastaya—. ¡Levántate Rengar!
Él era mi padre, Ponjaf, líder de nuestra tribu vastaya, los Kiilash. Orgulloso como valiente, él guiaba a los nuestros por la senda de la caza, siendo considerado por todos como un cazador alfa. Siempre deseaba poder ser como él, llenarlo de orgullo y, algún día, ocupar su puesto como nuevo líder de los Kiilash. Ese era mi sueño.
—Sí...–decía la pequeña creatura que era yo en ese entonces. Me encontraba en un duelo contra uno de mis hermanos, quien honestamente estaba barriendo el suelo conmigo.
—Basta ya Rengar–decía él sonriente–, solo admite que ya no puedes continuar. No quisiera lastimarte más hermanito–mentiras, todos sabíamos que yo era el saco de boxeo favorito de mis hermanos. Incluso se habían peleado por decidir cuál de ellos me iba a golpear el día de hoy.
Mis otros hermanos observaban, entretenidos, sentados a un lado de mi padre, quien se cruzaba de brazos y no borraba aquella molestia de su rostro. Verlo así me llenó de nueva convicción, no lo iba a defraudar, no podía. Con esfuerzo, me levanté.
—Lo siento, hermano, pero solo los débiles retroceden–le respondí con una sonrisa algo adolorida debido a que su golpe previo me había dado en la nariz, haciéndome sangrar. Él sonrió y volvió a lanzarse a mi ataque, yo hice lo mismo. Era común para los Killash aprender el arte del combate cuando se era pequeño, para así comprender a temprana edad lo que un golpe significaba y cómo devolverlo. Dichas enseñanzas eran dadas por la familia de cada uno. Y yo no fui la excepción.
Mi padre podría habernos enviado a todos a entrenar bajo la tutela de uno de sus hombres de confianza, puesto que sus deberes de líder llegaban a ocuparlo demasiado, pero decidió que sería mejor que fuera él quien nos entrenara personalmente a unos kilómetros lejos de nuestra tribu. Lejos de cualquier interrupción, para así ver de primera mano lo que éramos capaces de hacer.
O al menos eso era lo que nos dijo al principio. Pero yo sabía cuál era la dolorosa verdad. La dolorosa realidad que volvía a golpearme al mismo tiempo que los puños de mi hermano. Mi padre no quería que otros nos vieran entrenar o, más bien, que me vieran a mí entrenar por un simple motivo: yo era el miembro más pequeño y débil de su camada. Tan débil como para que le diera vergüenza la sola idea de que nuestra tribu, aquella que veía en él un modelo a seguir, viera a su hijo fallar.
No, tan débil como para que le diera vergüenza la sola idea de que nuestra tribu me viera existir. Aunque por un largo rato traté de resistirme a la derrota con todo lo que mi pequeño cuerpo me permitiera, el cansancio unido a aquella amarga realidad finalmente me hizo bajar los brazos y rendirme ante la fatiga y mi hermano, quien seguía dándome golpes, fue declarado ganador de nuestro combate. Otra vez.
Mis otros hermanos lo celebraron. Incluso mi padre le colocó una mano en el hombro y le susurró un: «Bien hecho» antes de decirles a todos que volvieran a casa, siendo seguidos por él. ¿Yo?, yo solo fui dejado atrás tirado en el suelo, abandonado en el olvido. Siempre era lo mismo, nadie iba a ayudarme a levantarme. «Si no eres capaz de hacerlo tú mismo entonces morirás en medio de una cacería», me decía mi padre, por lo que cada entrenamiento familiar acababa conmigo siendo dejado atrás y obligado a regresar a duras penas a mi hogar, adolorido y recibiendo el cruel rechazo de mi padre y las burlas de mis hermanos. Esta vez no fue distinto. Una vez que me levanté y llegué a la tribu me encaminé hasta casa, ignorando las miradas que los demás miembros de la tribu me dirigían. Ya sea vergüenza, lástima o burla esas miradas siempre venían acompañadas de algo más: decepción.
La verdad era que por más alejados de la tribu entrenásemos, todos los Kiilash intuían como resultaban las cosas para mí debido a lo lastimado que regresaba a casa, además de solo. Para ellos yo también representaba una decepción, puesto que para la tribu un cazador débil era un insulto a todo lo que creían y respetaban.
Aquel rechazo por parte de los míos me persiguió durante varios años. Años en los cuales las enseñanzas familiares de combate habían llegado a su fin dando paso a las prácticas de cacería, para alegría de todos. Puede que no haya sido el mejor luchador de la camada, pero si le demostraba a mi padre que tenía futuro como cazador seguramente podría ganarme su aprecio.
Pero, desgraciadamente, él no veía en mí a un cazador, por lo que sus enseñanzas eran dadas a mis hermanos, mientras yo era mandado a hacer otras cosas.
Las prácticas iniciaban desde lo básico, como la forma correcta de elaborar una trampa para conejos, hasta lo más avanzado, como los puntos vitales en los que un cazador debe golpear a su presa para una cacería exitosa. Mi padre daba mucha información a mis hermanos, quienes escuchaban con atención, pero a mí siempre me mandaba a afilar cuchillas. Lo hacía a regañadientes, teniendo que conformarme con la poca información que mi agudo oído conseguía captar. «Si se enfrentan a una bestia grande, aprovechen su tamaño para cansarla o confundirla», escuchaba, «A veces incluso las bestias más pequeñas pueden resultar peligrosas, sean más listos que ellas».
Pasaba días enteros practicando mi rugido, un arma que según mi padre también era muy importante para la caza. Un buen rugido podría ayudarte a asustar o a confundir a una presa, siempre y cuando fuera lo suficientemente potente.
Algo que, desgraciadamente, no era mi caso. Mi rugido era apenas superior al maullido de un simple gatito, puesto que mis cuerdas vocales eran demasiado débiles. No podía evitar sentirme inferior a mis hermanos mayores, quienes contaban con la suficiente fuerza como para generar buenos rugidos, no lo suficiente como para intimidar a un animal del doble de su tamaño, pero si como para lograr que varios tipos de depredadores que intentasen atacarlos lo pensaran dos veces. Ellos estaban avanzando y mi padre lo notaba, mostrándoles la fuerza y la cantidad de aire que debían usar para un rugido atronador. Sin embargo, jamás me ayudaba a mí. «Consigue un rugido digno de un cazador y te ayudaré», me decía, pero no conseguía lograrlo. Aunque me destrozara la garganta rugiendo, el sonido que generaba era digno de un animal agonizante.
Lo siguiente que les enseñó fue el sigilo, el cómo esconderse dentro de la vegetación de la jungla y camuflarse para no ser notado por las presas. Mi padre poseía una técnica suprema de camuflaje, solo manejada por los Kiilash que dominaran un nivel de cacería sumamente alto. Una habilidad llamada: Adrenalina del Cazador.
Se volvía, literalmente, invisible. Mis hermanos quedaron asombrados la primera vez que lo vieron usar aquella habilidad, al igual que yo, quien observaba de lejos. Lo buscaron con la mirada hasta que él salto detrás de ellos sin que fueran capaces de verlo u oírlo, simulando ser un cazador y ellos la presa. «Algún día, ustedes también serán capaces de hacer esto. Está en su sangre, son Kiilash», les decía a mis hermanos, pero no a mí. Honestamente, creo que jamás se le pasó por la cabeza si yo sería capaz de utilizar aquella habilidad alguna vez.
Había pasado el tiempo, siendo yo ya un vastaya de diez años, la edad que los Kiilash consideraban apropiada para comenzar la senda del cazador. Pese a haber nacido al final, mis hermanos y yo compartíamos la misma edad, por lo que todos íbamos a iniciar la senda juntos. Todos en la tribu, incluso mi padre, se mostraron sorprendidos al verme llegar y posicionarme entre todos los jóvenes que iban a iniciarse. Nadie creía que yo pudiera hacerlo, y no era extraño pues mi entrenamiento era nulo comparado al de todos ellos, pero en mi interior sentía que sería capaz de lograrlo. Mi padre no intervino. No parecía interesarle verme ahí. Mis hermanos y el resto de aspirantes a cazadores tardaron un poco en acostumbrarse a verme con ellos pero terminaron por ignorarme, como siempre. Todos ellos se notaban ansiosos, emocionados, salvajes. Yo, en cambio, estaba algo nervioso por lo que me esperaba. Para que un Kiilash sea considerado un verdadero cazador debía pasar una semana lejos de la tribu, a la intemperie. Solo ayudado con los conocimientos que adquirió durante su crecimiento debía ser capaz de sobrevivir por sí mismo y, además, volver con un trofeo digno de un cazador. Dicho trofeo debía ser obtenido de una presa fuerte y hábil. Nada de conejitos o ciervos, un Kiilash debía a cazar a los grandes. Y eso desgraciadamente me llenaba de dudas. «¿Seré capaz de hacerlo?», pensaba, «¿Yo, el más pequeño y débil de todos?». Hace unos días habría dicho que sí rotundamente, ahora ya no estaba tan seguro.
Todos estábamos a orillas de nuestro campamento, donde nuestra tribu se termina y comienza la inhóspita jungla. Mi padre se dirigió a nosotros junto a otros Kiilash, quienes iban a despedir a sus respectivos descendientes, y nos habló:
—Hoy inician el camino que separa a los fuertes de los débiles, hijos míos. Recuerden, un cazador siempre es tenaz y decidido. No duden, no tiemblen, y sobre todo no se acobarden. Un cazador débil, es un cazador muerto—. Eso fue lo que nos dijo, dándome una dura mirada y haciendo que me encogiera de hombros intimidado. Mi padre se retiró al igual que los padres de los otros futuros cazadores que estaban con nosotros.
Frente a mí estaba la jungla, el lugar que me recibiría lo siguientes días y que debía superar por el honor y el respeto de los míos.
—Ten cuidado Rengar—decía uno de mis hermanos, burlón—, ya no habrá nadie quien te proteja ahora. Estás solo... —terminó de decir un su susurro que me generó escalofríos. Pero sacudí la cabeza, tratando de ignorar aquella sensación y alejar las dudas e inseguridades de mi mente. Un cazador debía ser decidido.
La determinación se marcó en mi rostro. Estaba seguro de lo que haría.
Mi padre dio un grito de orden y supimos entonces que era hora de comenzar. Todos nosotros corrimos hacia la jungla juntos, pero a medida que avanzábamos cada uno tomaba un camino distinto alejado del otro. Cada quién dependía de sí mismo ahora. Ya no había amistad ni familia para ninguno. O eras el cazador, o eras la presa.
Cuando noté que estaba completamente solo, comencé a avanzar con calma a través de la jungla y su vegetación. Estudiaba los alrededores, buscando sitos perfectos para emboscadas o indicios de peligro cercano.
Avancé varios kilómetros con cautela, sorprendido y aliviado de que ninguna creatura me hubiera atacado aún. «¡No Rengar, no te alivies!», pensé, «Necesito un trofeo digno si quiero el respeto de padre, y no lo tendré si nada se me acerca».
Nada, absolutamente nada. Solo éramos yo y la inmensidad de la jungla. Varias especies de animales se aparecían a mí alrededor, pero ninguna era lo suficientemente fuerte como para suponer un buen trofeo. Luego unas horas de infructuosa búsqueda encontré el cadáver de una pantera y sentí en el ambiente un desagradable olor. Cubrí mi nariz con una mano y miré el cuerpo sin vida del animal, notando la baba que caía de él y que manchaba el suelo también. Me alejé de la zona, sintiendo que aquel aroma no podría significar nada bueno e inmediatamente llegué a la conclusión de que lo mejor sería posponer mi cacería por el momento y crear un refugio. La iniciación había comenzado al mediodía y la noche no tardaría en llegar. Debía darme prisa.
Obviamente los Kiilash no permitieron que lleváramos ningún tipo de equipaje, puesto que un cazador usa la naturaleza misma para sobrevivir. Solo dejaban que lleves un cuchillo y eso es todo, el resto dependerá de ti. Mi padre les había fabricado uno a cada uno de mis hermanos, usando huesos de presas que él mismo había cazado hacía ya unos años, y se los dio antes de la prueba. Sin embargo, no fue capaz de darme uno a mí también, pues jamás me tuvo en cuenta para éste momento. No me importó, una parte de mí tristemente se lo esperaba, por lo que había traído mi propio cuchillo desde casa. Era algo tosco, pero estaba bien afilado y tenía bastante resistencia.
Le di uso y con él armé un refugio con cañas, hojas y lianas sobre la rama de un árbol. Se veía débil y daba la impresión de que el más mínimo ventarrón lo mandaría a volar lejos, pero era todo lo que yo podía hacer teniendo en cuenta mi nulo conocimiento sobre supervivencia.
Por un momento comencé a pensar en si fue buena idea meterme en este embrollo, pero ya no podía dar marcha atrás. Mi "refugio" al menos parecía ser lo suficientemente estable como para sostener mi peso y pasar la noche. Aunque la idea de dormir no me llamaba demasiado la atención, pues si algo había aprendido en la tribu era que la naturaleza jamás descansa, puedes ser devorado incluso mientras duermes, por lo que era mejor tener un ojo abierto en todo momento.
Luego de terminar de preparar todo sentí mí estómago gruñir y fue cuando me di cuenta que había invertido tanto tiempo en la búsqueda de materiales para mi refugio que había olvidado por completo que tendría que comer en algún momento. El cielo mostraba un tono anaranjado y el sol iba a empezar a ocultarse pronto. Comencé a agitarme. ¿Tanto tiempo había pasado ya? ¡Debía darme prisa antes de que anocheciera!
Me alejé bastante de mi refugio, buscando algún tipo de alimento, sin resultados. No tuve suerte sino hasta media hora después.
Caminando entre la vegetación y procurando no hacer ruido, me guié con mi olfato hasta que llegué a una pequeña laguna, donde un venado se había acercado para hidratarse. Su cornamenta estaba en crecimiento pero se veía capaz de lastimarme si no actuaba con precaución.
Me relamí los labios, ansioso, tomé el cuchillo que traía conmigo y comencé a caminar a su alrededor, procurando no acercarme demasiado ni hacer ruido. Mi mirada viajaba del animal al suelo bajo mis pies, vigilando que ninguna rama me hiciera cometer el error de terminar con el silencio que lo mantenía tranquilo. Di varios pasos hasta que estuve justo detrás de aquella presa, escondido y acuclillado entre unos arbustos. Sentí su aroma y me preparé para lanzarme a su ataque. Estaba nervioso. Nunca había cazado un venado. En realidad, nunca había cazado algún tipo de presa antes. Mi padre les había enseñado lo que sabía solo a mis hermanos, por lo que no tenía idea de qué hacer. ¿Debía cortarle la garganta, o apuñalar su corazón? No lo sabía, pero intentaba tranquilizarme y evitar que mi cuerpo temblara.
Luego de un suspiro, sujeté aquel cuchillo con ambas manos firmemente y me dispuse a saltar sobre el venado, esperando lo mejor, cuando el animal giró su cabeza hacia otra dirección y emprendió una rápida huida, corriendo velozmente y dejándome estupefacto.
Quedé paralizado. Por un momento pensé en la posibilidad de que sus instintos le hubieran advertido sobre mi presencia. Pero de ser así, ¿por qué había tardado tanto en escapar? «Pudo hacerlo mucho antes de saber que estaba aquí», pensé con bastante intriga.
De repente, un asqueroso aroma llegó a mi nariz, tomándome por sorpresa. Estuve a punto de levantarme de mi posición cuando una enorme sombra pasó corriendo justo frente a mí, siguiendo los pasos del venado. La sorpresa me hizo caer de espaldas y solo pude ver un borrón de tonos verdes y violetas moverse con rapidez y perderse entre la vegetación.
La sorpresa me mantuvo inmóvil pero no tardé en levantarme y correr en la misma dirección que ellos. El hambre y la curiosidad por saber cuál era la fuente de aquel olor me hizo querer ir hacia él. Seguí las huellas de la creatura y un alarido de dolor proveniente del venado junto con el olor de su sangre cerca de unos arbustos más adelante me dijo en dónde estaba ubicada.
Paré mi marcha y avancé con cautela, escuchando ruidos de mastique y huesos rotos. Una vez que estuve cerca de aquellos arbustos me detuve con mi cuchillo en mano y me escondí detrás de un árbol. Asomando un poco la cabeza, logré ver que aquella creatura misteriosa se trataba de un Lengua Azul, un lagarto carnívoro que habitaba esta jungla. Era grande, con garras afiladas, una piel escamosa y verde dotada de pequeñas rayas violetas, además de una enorme boca llena de dientes afilados y una larga lengua azul, de ahí su nombre. Ahora mismo se estaba haciendo un festín con lo que era mi presa. Aquel venado estaba siendo pulverizado por las fauces del lagarto.
Sentí frustración al ver mi fuente de alimento ser arrebatada por alguien más. Pero aquella frustración no fue nada comparada al temor que me invadió el ver como otro par de lagartos Lengua Azul salían de entre los arbustos, luchando con su igual por un poco de aquel venado. Los tres se enfrascaron en un combate por lo que quedaba del animal muerto y yo solo pude atinar a retroceder asustado. Quizás, con mucha suerte, hubiera podido cazar al venado, pero un lagarto Lengua Azul era demasiado para mí, ni mencionar tres. Caminé para atrás con la mirada fija en aquellos depredadores, vigilando cada uno de sus movimientos. Tan concentrado estaba en ellos que olvidé prestarle atención a mi camino.
Un pequeño «crack» provocado por una ramita que pisé fue suficiente para terminar con el combate de esos tres y provocar que notaran mi presencia.
Unos segundos pasaron, cargados de tensión y el silencio que nos rodeaba hacía posible escuchar el palpitar acelerado de mi corazón. Mi cuerpo temblaba y el sudor me recorría la cara. Solo podía pensar en una sola cosa: «¡Corre Rengar, corre!», pero mi cuerpo no respondía, estaba paralizado.
Uno de los lagartos había tomado la iniciativa y se había lanzado por mí, pero yo seguía sin moverme. No podía, ni siquiera un centímetro. El Lengua Azul se abalanzó sobre mí y lo único en lo que pude pensar mientras veía su enorme boca a punto de atraparme era la mirada decepcionada de mi padre.
Tal vez esto era lo mejor, tal vez la tribu se alegraría de saber que yo ya no viviría más con ellos. De que ya no mancharía más el nombre de los Kiilash.
«—Supongo... que se acabó—fue lo que pensé, cerrando mis ojos y aceptando mi inminente final.
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«¡Lucha!».
Abrí los ojos asombrado por aquel fuerte grito, notando cómo el tiempo se había detenido a mí alrededor, o mejor dicho se había ralentizado. Podía ver al Lengua Azul casi sobre mí, pero parecía moverse a la velocidad de un caracol.
«¡Lucha!».
Escuché esa voz de nuevo pero no supe identificar su origen. Era grave y potente. Como si una creatura que había guardado silencio durante años ahora de repente gritara con todo el aire de sus pulmones.
«¡Lucha!».
El grito se repitió una vez más y por fin pude controlar mi cuerpo, saltando y rodando hacia un costado, esquivando por poco el ataque del lagarto. Todo a mi alrededor dió vueltas al igual que mi cuerpo, pero me las arreglé para levantarme rápidamente y comenzar a correr lejos de la zona en donde estaba. Detrás de mí pude ver al trío de lagartos Lengua Azul siguiendo mis pasos, hambrientos, pero yo era más pequeño que ellos por lo que no fue difícil ganar distancia pasando por troncos huecos o senderos estrechos. Sin embargo, eran demasiado tercos como para dejarme ir, siempre estaban tras de mí. Intenté correr hacia mi campamento, queriendo creer que tal vez ahí estaría a salvo, y fue entonces cuando miré hacia atrás.
Uno de ellos se había adelantado y estaba justo detrás de mí.
Dando un salto, el Lengua Azul intentó atraparme pero fui capaz de agacharme a tiempo, provocando que pasara de largo y se estrellara contra el suelo. Sin embargo, se reincorporó rápidamente y me siseó con agresividad, bloqueando mi paso. Maldiciendo, me vi en la obligación de correr hacia otra dirección. Dejando mi refugio atrás.
Suspiré.
De todas formas era inservible.
Corrí por varios kilómetros hasta que el cansancio comenzó a hacer mella en mi cuerpo. Mis piernas se sentían fatigadas y me constaba respirar, pero mis perseguidores no se detuvieron en ningún momento. Al contrario, notar lo cansado que estaba los hizo aumentar su velocidad. Maldije en mi interior el ser tan débil y no tener una mayor resistencia, a la vez que pensaba por qué estaban tan ansiosos por perseguirme, ni siquiera era lo suficientemente grande como para significar más que un simple bocadillo. Sin embargo, la idea de que tal vez lo hacían por diversión me hizo sudar aún más.
Claro, tal vez ellos solo querían algo con lo que entretenerse. Para los Kiilash una presa escurridiza siempre era mejor que una presa aburrida e inmóvil. Los Lengua Azul parecían pensar igual. Tan metido estuve en mis pensamientos que no noté que estaba corriendo hacia un camino sin salida hasta que ya era demasiado tarde.
Atravesando unos arbustos que tapaban mi camino, un risco frente a mí detuvo mi marcha.
Pude ser capaz de detenerme a tiempo, pues con solo unos centímetros más habría caído al vacío. El risco era alto y abajo pude ver un río con notoria profundidad. Además, las corrientes en el agua parecían ir demasiado rápido, por lo que el intentar nadar sería solo un desgaste inútil de energía. Solté otra maldición. Fue entonces que escuché los rugidos de mis perseguidores. Al parecer mi suerte me demostró que el día de hoy había decidido mirar a otra parte.
Detrás de mí aparecieron aquellas malditas bestias.
Debía reconocer que eran tenaces. Dignos cazadores. No como yo, que estaba por ser devorado en mi primera cacería real. Era patético, era denigrante, era una decepción.
Tal y como siempre.
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«¡Lucha!»
Volví a escuchar aquella voz, haciendo que mirara a todos lados con sorpresa e inquietud, pero no logré ver a nadie.
«—¿Acaso...?—pensé con duda ante lo que estaba pasando—...viene de mi cabeza?».
Y era que aquella voz tenía un eco inusual teniendo en cuenta a la cantidad de ruidos que había a mí alrededor. A pesar del sonido las creaturas de la jungla, los gruñidos de los lagartos y la vegetación siendo mecida por el viento, aquella voz parecía venir de un lugar vacío y hueco.
Era extraño, pero por alguna extraña razón aquella voz me estaba dando fuerzas, logrando hacerme sentir una chispa de valor surgiendo desde mis adentros, tímida, pero cada vez más fuerte.
Con lentitud, mi mano fue hacia mi cinturón, donde mi cuchillo descansaba con paciencia. Lo saqué de su funda, notando como la luz del sol del atardecer se reflejaba en su filo. Lo tomé con firmeza y determinación.
No quería morir de esta forma. No así.
Mi mirada se tornó fiera. Un instinto salvaje que nunca había sentido antes empezaba a aflorar. Mis pulmones se llenaron de aire...
...y entonces rugí.
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Un débil rugido, más parecido a un gorgoteo, fue todo lo que salió de mi boca.
Los Lengua Azul inclinaron sus cabezas, confundidos de lo que intenté hacer, para mi vergüenza, y fueron ellos los que soltaron sus propios rugidos.
Toda la determinación y valor que había juntado decayó al escuchar mi patético intento de rugido y desapareció por completo al escuchar el de ellos, al igual que aquella voz en mi cabeza.
El Lengua Azul que estaba a la izquierda fue el primero en avanzar, seguido de los otros. Yo grité de miedo al verlos moverse hacia mí, para después gritar de sorpresa al sentir mi cuerpo cayendo de aquel risco. El pisar una piedra floja había provocado mi caída y solo atiné a gritar y sacudir mis brazos hacia todos lados, esperando que por algún milagro pudiera sujetarme de algo. En ningún momento se me había ocurrido la idea de saltar al vacío.
El impacto con el agua me hizo cerrar los ojos, sintiendo las fuertes corrientes moverme a una sola dirección: hacia adelante. ¿O era hacia atrás? Quizás era arriba o quizás era abajo, no lo sabía, las sacudidas me estaban mareando demasiado. Sin embargo, pude ser capaz de salir a la superficie y dar una bocanada de aire, antes de ser hundido nuevamente por la fuerza del río. Mis manos intentaban aferrarse a cualquier cosa que me diera estabilidad, pero no lo conseguían.
Finalmente, pude ser capaz de mantenerme a flote en la superficie el tiempo suficiente como para ver a mi alrededor.
Desearía no haberlo hecho.
A unos cuantos metros de mí, una gran cascada era el destino final del río. El pánico me invadió. Comencé nadar hacia cualquier parte pero la corriente era demasiado fuerte como para luchar contra ella. Intentar usar su fuerza para dirigirme hacia la orilla tampoco era una opción, pues no habría la suficiente distancia como para que lo hiciera antes de caer por la cascada. Intenté sujetarme de varias rocas que estaban en mi camino pero no era lo suficientemente rápido como para agarrarlas a tiempo, ni lo suficientemente fuerte como para lograr sujetarme y soportar la corriente sin soltarme. Las posibilidades se fueron acortando hasta que ya no quedó ninguna otra más que aceptar mi destino.
Caí por la cascada.
Mientras caía pensé en mis posibilidades de sobrevivir y en las de aterrizar sobre piedras afiladas. Solo pude cerrar los ojos y sentir mi cuerpo impactar contra el agua, más no con piedras, aunque eso no significó que el aterrizaje haya sido más agradable. Las corrientes generadas por la cascada me sacudían de un lado al otro y mis garras no lograban aferrarse a ninguna superficie. Las piedras bajo el agua estaban resbalosas y no podía sujetarlas. El aire comenzó a faltarme y mi cabeza empezó a dar vueltas.
Lo peor de todo fue el dejar de sentir aquel cuchillo entre mis manos. Aquella arma que había traído como única herramienta de supervivencia y que había sujetado desde que caí del risco se había zafado de mi agarre. Mientras estuve debajo del agua logré verlo, alejándose de mí. Entre manotazos intenté alcanzarlo, pero no lo logré. La corriente lo arrastró fuera de mi alcance.
Y jamás me lo devolvió.
Juntando todas mis fuerzas logré concentrarme lo necesario como para ubicarme entre toda el agua turbulenta. Guiado por las burbujas que salían de mi boca logré comprender qué era arriba y qué era abajo. Con mucho esfuerzo, fui capaz de salir a la superficie. Una vez afuera tomé una gran bocanada de aire y comencé a buscar tierra por todas partes. Cuando la encontré, nadé hacia allá y dejé que mi cansado cuerpo se desplomara con fuerza entre las raíces de árboles cercanos y el suelo húmedo. Mi vista estaba borrosa pero aun así fui capaz de ver que los lagartos Lengua Azul ya no estaban tras de mí. Habían perdido a su presa. Y yo había perdido a la mía.
Y no solo eso. El recuerdo de haber perdido mi único medio de defensa me estaba calando por dentro. No sabía qué hacer ahora, no tenía idea de cómo cazar ni de cómo elaborar trampas. No tenía idea de cómo sobrevivir. Estaba desarmado y solo... al igual que siempre.
La noche fue difícil. El estar solo e indefenso sumado al temor de ser devorado en cualquier momento me había imposibilitado el dormir. Había subido hasta la cima de un árbol y permanecido allí hasta que el sueño fue demasiado para ignorarlo. Cuando desperté al día siguiente, estaba entero, pero increíblemente hambriento. Durante la noche no había sido capaz de buscar comida debido al miedo de terminar siendo el alimento de alguien más. Pero con el sol bien alto en el cielo, tomé el riesgo de bajar del árbol.
Intenté de varias formas posibles, pero el cazar era algo imposible para mí. No lograba acercarme lo suficiente a un animal sin que éste huyera espantado de mi presencia. El hambre también me hacía cometer tonterías, como el causar demasiado ruido al pisar ramas y hojas secas, provocando que mis presas corrieran lejos. Intenté perseguirlas, pero mi cuerpo estaba muy débil como para alcanzarlas. Intenté hacer trampas, pero siempre se desarmaban o no funcionaban. Ya desesperado y hambriento, me vi en la necesidad de comer insectos y frutas provenientes de la jungla. Nunca fui muy fanático de las frutas. Naturalmente, al ser una creatura carnívora prefería la carne, aunque ahora no tenía muchas opciones.
Los siguientes días fueron todavía más difíciles. El calor de la jungla me daba sed, pero ir a zonas donde hubiera abundante agua significaba encontrarme con posibles amenazas.
Un día no lo soporté más y recorrí la zona en busca de agua, encontrando pequeño lago donde pude saciar mi sed. Sin embargo, tuve que salir corriendo luego de esquivar a duras penas el mordisco de un cocodrilo que me había estado acechando. Las noches las pasé abrazado a las copas de los árboles, asustado, pero lejos de muchos depredadores.
Los días fueron pasando hasta que se cumplió una semana.
El periodo de iniciación Kiilash había terminado.
Y yo no había cazado nada.
Tardé horas en decidir si volver a mostrar mi cara en la tribu o permanecer en la cima de aquel árbol para siempre. Pero no podría huir eternamente. Quería volver a casa. A pesar de mi patético estado, caminé en busca de mi tribu. Me había perdido varias veces pero todos los Kiilash saben cómo encontrar su hogar, y yo no fui diferente. Logré ubicarme mirando la posición del sol y las marcas pertenecientes a mí raza talladas en los troncos de varios árboles. Me dirigí hacia mi destino, viendo mis frágiles manos algo dañadas por tanto trepar y bajar árboles. La funda en mi cinturón no tenía ningún cuchillo y estaba más delgado, pues había perdido varios kilos. Esconderme como una rata me había permitido sobrevivir, pero había hecho estragos en mi persona.
Caminé varios kilómetros sin cruzarme con ninguna bestia salvaje, algo extraño comparado mis últimos días en la jungla, pero no iba a cuestionar mi suerte ahora. De todas formas, mi mayor temor era encontrarme con otro Lengua Azul, pero sabía que eran creaturas que salían durante el atardecer y rondaban por la noche, y el sol apenas había salido.
Finalmente logré ver a lo lejos la silueta de los campamentos y refugios de los Kiilash. Había encontrado la tribu.
Muchos Kiilash estaban en la entrada de la aldea, esperando a los jóvenes vastayas que habían partido hacía una semana y hoy debían de volver. Grande fue su sorpresa y, a la vez, decepción, al verme ser el primero en llegar. Los adultos comenzaron a murmurar, sorprendidos de verme entero, pero a la vez ansiosos por saber de sus descendientes. Dejaron de prestarme atención y miraron hacia el horizonte, esperando.
Caminé hacia mi padre, quien estaba ubicado a un lado de los padres de otros Kiilash, pero él no reparó en mí. Ni siquiera me miró. Ignoró por completo mi existencia, haciéndome agachar la cabeza, derrotado.
De repente, gritos alegres comenzaron a salir de toda la tribu expectante. Miré hacia la entrada de la aldea, donde los vastayas que habían partido conmigo estaban llegando, triunfantes, trayendo consigo llamativos trofeos colgados en sus cuerpos o llevándolos sobre sus hombros. Algunos incluso los arrastraban, pues sus trofeos eran más grandes que ellos. Fue una gran sorpresa para mí ver que absolutamente todos habían regresado. Tenían rasguños y alguna que otra herida, pero estaban vivos y sanos.
Muchos vastayas adultos celebraron eso, diciendo que fue hace mucho tiempo que se dio el milagro de ver a todos los jóvenes Kiilash volver con vida de su iniciación. Tal parecía que la nueva generación contaba con más promesas de las que se pensaba. Aquello solo hizo peor mi sensación de fracaso. Yo era el único que había regresado con las manos vacías.
Y un Kiilash jamás debe volver con las manos vacías.
Los jóvenes vastayas se reencontraron con sus padres y familiares, quienes los recibieron con los brazos abiertos y celebraron su victoria. Como era habitual en cada rito de iniciación Kiilash, festejarían todo el día a los victoriosos nuevos cazadores y, en la noche, celebrarían un gran banquete en frente de la Gran Hoguera, ubicada en el corazón de la tribu, en honor a todos los que lo lograron. Mis hermanos estaban entre ellos, llevando cráneos, dientes e incluso corazones que debían sujetar con ambas manos debido a su gran peso y tamaño. Todos ellos fueron recibidos por mi padre, quien con una sonrisa y un orgulloso: «Bien hecho, hijos míos» los condujo hacia la Gran Hoguera, acompañados de toda la tribu. ¿Yo?, solo fui dejado atrás, como si nadie pudiera verme o desconocieran mi existencia. Traté de seguirlos, ir con ellos, pero en cuanto dí un par de pasos la voz de mi padre me detuvo.
—Tú no, Rengar—dijo sin siquiera voltear a verme, deteniendo su marcha al igual que mis hermanos y toda la tribu, quienes sí giraron a mirarme con ceños fruncidos y miradas frías y molestas—. No hasta que me muestres tu trofeo—terminó volteando a verme al fin, con aquella mirada de molestia y decepción que siempre me había dirigido toda la vida.
—P-padre...—tartamudeé sin saber qué decir—... Padre yo...—traté de excusarme, dar alguna explicación del por qué no traía nada conmigo, por qué había fallado cuando todos los demás habían triunfado, pero nada se me ocurría. Nada podría justificar mi fracaso—. No pude, padre... Yo fallé—admití con resignación y gran vergüenza, agachando la cabeza.
—Fallaste...—susurró él con una risa seca—. Has fallado toda tu vida, Rengar, ¿por qué sería diferente ahora? ¿Creíste que, siendo tan pequeño y débil, podrías convertirte en un verdadero cazador?
—No padre, yo...—intenté explicarme, pero él me interrumpió.
—¡No!—gritó con enfurecido—. ¡No quiero excusas!—giró su cuerpo para mirarme de frente—. ¡Eres una desgracia para nuestra tribu!—se acercó a mí a paso veloz, haciéndome retroceder asustado y tropezar, cayendo con fuerza al suelo—. ¡Eres una desgracia para la naturaleza!
—¡Pero...!—de nuevo fui interrumpido.
—¡Cállate, no quiero oírte!—parecía dispuesto a lanzarse encima de mí y asesinarme, pero comenzó a respirar profundamente y controlarse—. Has defraudado todo lo que los Kiilash creen y representan. Has defraudado a tu familia. Has defraudado a tu sangre... Has defraudado a tu madre—mis ojos se abrieron con sorpresa—. Ella murió dando a luz a un fracaso como tú—sus ojos mostraban odio y asco, rompiendo mi corazón—. No eres un Kiilash... No eres mi hijo.
—P-padre...
Su mano señaló hacia la jungla, justo por dónde yo había venido—. Vete Rengar, vete y no vuelvas. No eres digno de vivir en esta tribu, de llamarte a ti mismo un Kiilash. Vete... y jamás regreses—dijo sin una pizca de dolor en su voz.
—¡No, padre...!—entré en pánico, incapaz de creer lo que estaba escuchando. —¡No puedes hacerme esto!—grité mientras negaba con la cabeza y mis ojos comenzaban a humedecerse.
—¡Puedo y lo haré!—mi padre dio la vuelta y miró a toda la tribu—. ¡Yo, Ponjaf, cazador alfa y líder de la tribu Kiilash, ya no reconozco a Rengar como hijo ni como parte de nuestra sociedad!—se volteó entonces, señalándome a mí—. ¡Yo, Ponjaf, te exilio!
Exilio.
Exilio.
Exilio.
Aquella palabra se repetía en mi cabeza una y otra vez, torturándome. No quería creer que fuera real, no podía serlo. Mis ojos se posaron en cada miembro de la tribu. Nadie me defendió ni se mostró en contra de la decisión de su líder. Al contrario, se veían satisfechos y mucho más relajados, como si se hubieran quitado un gran peso de encima. Algunos me miraban con algo de pena, pero no hicieron nada para ayudarme. Mis hermanos me vieron con ojos vacíos, carentes de cariño o compasión. Ellos tampoco me consideraban familia. Creo que jamás lo hicieron.
Estaba solo.
Tal y como siempre lo había estado.
Mis oídos dejaron de captar cualquier sonido, dejándome envuelto en silencio. Mis piernas se movieron por si solas, llevándome lejos de todas esas miradas juzgadoras a toda velocidad. Mis ojos ya no fueron capaces de resistir mis lágrimas, que comenzaron a bañar mi cara y mojaban mi pelaje, dándome una visión borrosa. Corrí lejos, lo más que pudiera. Ya no me importó cruzarme con cualquier depredador. Ya no me importaba nada. Corrí hasta que mis piernas ya no pudieron más y tropezaron con la raíz de un árbol viejo. Cuando estuve en el suelo, ya no quise levantarme. Solo pude llorar con fuerza.
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Habían pasado ya varias semanas desde que fui exiliado de la tribu. El hambre con el tiempo comenzó a hacer mella en mi cuerpo y no tuve más opción que recurrir a mi antigua dieta de larvas y vegetación silvestre. Antes me habría molestado, pero ya no me importaba, nada lo hacía. Sin embargo, mi hambre era controlada lo suficiente como para no llegar a extremos como volverme un carroñero. La idea de comer carne en descomposición me revolvía el estómago.
Cada día era una lucha por la supervivencia. Al menos fui capaz de encontrar refugio en un viejo nido abandonado de un Halcón, en la cima de un gran árbol. Allí podía estar seguro de los depredadores, al menos hasta que llegara la hora de ir por agua y comida, era entonces cuando el peligro constante me ponía en total alerta. Siempre vigilaba mi espalda y jamás permanecía cerca de abundantes fuentes de agua por mucho tiempo. Beber y huir. Así era como lo hacía.
Las noches eran más calmas al estar en la cima de un árbol, pero los sonidos generados por los depredadores nocturnos siempre me ponían nervioso y me hacían difícil el dormir. El recuerdo de los Lengua Azul que me habían perseguido hacía un tiempo aumentaba mi temor. Eran creaturas del ocaso y la noche, debían estar abajo, acechando. Mis manos temblaban al carecer de un arma para defenderme. Era completamente vulnerable a cualquier ataque. «Pero, mientras permanezca en éste árbol, estaré bien», me decía.
Y así lo creí, al menos hasta aquel día.
El sol había salido hacía un par de horas, pero yo todavía no había despertado. Fue el sonido de algo arrastrándose lo que me hizo abrir los ojos al fin. Era lejano, pero mis sensibles oídos podían escucharlo. Venía desde abajo del árbol. Algo estaba trepando. Con algo de somnolencia gateé hasta el borde del nido en el que estaba ubicado y observé por el borde cuál era la fuente de aquel curioso sonido. Todo cansancio que haya tenido se esfumó al instante, siendo reemplazado por el miedo, al notar que lo que generaba el sonido de arrastre era una gran anaconda. Su largo cuerpo daba vueltas alrededor del tronco del árbol.
Y lo estaba trepando.
Mi cuerpo se congeló y un escalofrío me recorrió la espalda. Mi mirada fue a todas direcciones, buscando algo con lo que defenderme. No tenía nada.
Miré de nuevo aquella gran serpiente trepando con calma, segura de que yo no podría ir a ninguna parte. Pero mi cuerpo reaccionó por sí solo y comencé a bajar rápidamente del nido. La anaconda ya había llegado a la mitad del árbol y yo estaba en la cima. El árbol era alto y cerca de él se encontraban otros más, cuyas ramas casi podían acariciarse con las suyas. Si lograba acercarme lo suficiente, quizás podría saltar de un árbol al otro. Era mi única opción.
Empecé a bajar con mayor rapidez al ver a la anaconda subir más rápido, consciente de que ya la había visto y trataba de escapar. El movimiento de su lengua me daba escalofríos y sus ojos sin vida le daban el aspecto de un cadáver viviente. Llegando a una rama que se veía lo suficientemente resistente como para soportar mi peso, empecé a acercarme a paso lento hacia el árbol más cercano. Usaba mis brazos para mantener el equilibrio e intentaba no ver abajo. Pero un segundo de debilidad fue suficiente como para hacerlo y ver, con horror, que la serpiente estaba a solo un par de metros de la rama en la que yo estaba parado. Mi respiración comenzó a agitarse y mi cuerpo tembló, pero fue mayor mi temor a morir así que salté de aquella rama, esquivando por centímetros el mordisco de la anaconda.
Logré llegar a la rama del árbol contrario, pero desgraciadamente había aterrizado muy cerca de la punta, la zona más frágil. No resistió mi peso, partiéndose al instante.
Gritando, caí varios metros hasta que comencé a golpear contra la punta de otras ramas inferiores. Las mismas amortiguaron mí caída junto a las plantas que había en el suelo, pero el dolor que sentí fue inmenso de igual forma. Mi cabeza y espalda dolían y mis oídos captaban un pitido que estaba aturdiéndome. Mi mano derecha comenzó a tallar mi cabeza mientras usaba la otra para reincorporarme y levantarme del suelo. Sobre mí comenzaron a caer hojas que se habían soltado de las ramas que golpeé. El dolor fue disminuyendo de a poco y me sentí feliz y calmado de saber que seguía vivo.
Mirando hacia arriba, mi visión se fue aclarando hasta que fui capaz de ver a la anaconda enrollada bien en lo alto, aparentemente frustrada de haber perdido a su presa. Pero su enojo era mi felicidad y me apresuré a huir lejos de allí, ignorando el hecho de que ya no tenía dónde refugiarme, debido la inmensa satisfacción de estar vivo. Tuve que admitir que la adrenalina que sentí fue genial pero al momento en que se esfumó por completo y estuve a varios kilómetros de aquella amenaza fue cuando caí en cuenta que estuve a punto de morir de una forma horrible hacía solo unos instantes. Me abracé a mí mismo al sentir un escalofrío y caminé lejos.
Un gruñido salido desde mis entrañas me hizo fruncir el ceño. «Que inoportuno», pensé sintiendo hambre. Comí varios insectos durante mi camino, pero no eran suficientes como para llenarme por completo. En realidad, sentía que mientras más insectos y plantas comiera, más hambre me daría.
Sin embargo, fue al mediodía cuando me encontré con algo que apagó mis sentidos completamente.
Había llegado a un claro en la jungla, donde un gran jabalí se encontraba frente a mí, muerto. Su cuerpo derramaba sangre fresca y se veía en buen estado. Demasiado. Como si hubiera muerto hacía no más de unos cuantos minutos. El hambre controló mi cuerpo y mi razonamiento fue reemplazado por el básico deseo de alimentarme. No pensé en lo sospechoso que era tener tanta hambre y encontrarme oportunamente con una gran fuente de alimento, sin rastros de cualquier otro depredador. Con todas mis fuerzas corrí hacia el cadáver de aquel jabalí, babeando, y estuve a punto de alcanzarlo cuando mi mundo se puso de cabeza.
Literalmente.
Cuando casi tuve aquel animal en mis manos una soga salida de la nada se agarró a mi pie y me levantó un par de metros en el aire, dejándome colgado de cabeza. Fue entonces que la razón regresó a mí y caí en cuenta de que se trataba de una trampa, y el jabalí había sido el cebo. Me sentí tan estúpido de caer tan fácilmente y el temor de que la trampa hubiera sido colocada por un Kiilash se instaló en mi pecho. ¿Cómo reaccionarían al ver al exiliado y patético Rengar de nuevo? Seguramente me matarían, no había razón para no hacerlo. Ya no era uno de los suyos y estaba consciente de que a nadie le agradaba. De todas formas, en medio de la jungla, ¿quién lo sabría? Podrían matarme y dejarme como alimento para cualquier carnívoro que pasara por aquí. Como si fuera nada.
Mis manos trataron de alcanzar el suelo, sin éxito, y posteriormente intenté cortar la soga con el filo de mis garras. Sin embargo, una voz salida de entre los arbustos cerca de mí me detuvo.
—Vaya vaya, pero qué tenemos aquí—una extraña creatura había salido de entre la vegetación y se acercaba a mí lentamente. Mis ojos se abrieron con sorpresa por lo que estaba viendo.
Era un humano.
De piel tostada y pelo negro atado en una coleta, tenía huesos de animales pequeños colgados en el mismo. Sus ojos eran de un color marrón rojizo que me recordaba las manchas de sangre seca que cubrían el pelaje de mi padre después de una buena cacería. Era alto, no tanto como un Kiilash adulto pero si más que yo. Tenía un cuerpo bastante fornido y una cicatriz que le recorría la cara, empezando desde arriba de su ceja derecha, pasando por debajo de su ojo izquierdo, y terminando al final del lado izquierdo de su mandíbula. Su cara tenía marcas de pintura, de tonos azul y blanco. Su hombro derecho estaba cubierto por la parte superior del cráneo de un Lobrego y en su cintura había una gran cuchilla enfundada, además de lo que parecían ser unas boleadoras. Su mirada era analítica y sin emociones, completamente helada.
Estando ya cerca de mí, pero buscando una prudente distancia, volvió a hablar.
—Un vastaya... Debes ser uno de esos que mencionan las historias. Un Kiilash—dijo con una sonrisa peligrosa—. Esperaba encontrarme con uno en esta zona pero... creí que me toparía con poderosos guerreros... y que serían más altos—dijo con gracia. Por supuesto, él parecía esperar a una creatura enorme con una apariencia que representara el salvajismo en su máximo esplendor, pero al final se topó conmigo—. O, ya veo. Eres un cachorro—suspiró—. Qué lástima, esperaba un buen desafío, pero al final creo que me llevé una enorme decepción—aquella palabra me caló por dentro.
También él estaba decepcionado de mí. Que patético era eso.
—Bueno, no servirás como trofeo, pero serás un buen señuelo—sacando su cuchilla de su funda, el misterioso cazador la puso en mi garganta, dispuesto a cortarme el cuello.
Sentí gran amargura al notar que éste sería mí fin. Morir en manos de otro cazador que ni siquiera me consideraría un trofeo digno me hizo sentir una creatura sin valor alguno en éste mundo. Bajé, o más bien dejé colgar, mis brazos mientras mi mirada mostraba resignación y mi corazón aceptaba el final. Mis ojos dejaron de prestar atención a lo que veían y pude sentir como el brillo en ellos se apagaba lentamente, dejándolos vacíos de cualquier emoción. Con una sonrisa cansada, solo pude susurrar unas palabras al cazador.
—Por favor... Mátame.
Él me dirigió una mirada extrañada y sorprendida por mi inesperada petición. Sus ojos se dirigieron a los míos, notando mi expresión abatida. Comenzó a inspeccionar mi cuerpo, notando lo delgado y débil que me encontraba, y comenzó a pensar por un largo rato.
Al final soltó un pesado suspiro y cortó la soga que me mantenía de cabeza. Caí con fuerza al suelo y pude sentir como la sangre que se dirigía a mi cerebro comenzaba a bajar nuevamente. Miré con confusión al desconocido cazador que me había liberado y pude verlo guardar su arma en su funda otra vez. Él me miró con poco interés y me dijo:
—Las presas que aceptan su destino no son divertidas, y menos si se ven tan mediocres como tú. Hazme un favor, si quieres morir, busca tu muerte tú mismo. Tu sangre no merece manchar mi arma—fue todo lo que me dijo antes de emprender su marcha lejos de mí. Sin embargo, pude ser capaz de salir de mi estupor y gritarle:
—¡Oye!–sus pasos se detuvieron y volteó a verme, quizás fascinado de escuchar a una creatura como yo hablar, o quizás sorprendido de que me atreviera a hacerlo—. ¿Q-uién eres tú?—pregunté con algo de timidez debido a su dura mirada.
Él no respondió. Se dio la vuelta y comenzó a caminar nuevamente. Pero luego de dar unos pasos se detuvo, pensativo, para después decir una única palabra:
—Markon.
Luego desapareció entre árboles y arbustos.
Yo estaba agitado. Aquella había sido la experiencia más aterradora que hubiera tenido alguna vez. Pero, al mismo tiempo, fue algo nuevo para mí. Jamás nadie me había tenido compasión antes. Y que la primera persona que lo haya hecho fuera también un cazador, un ser entrenado para no sentir lástima ni misericordia por sus presas, hacía todo más intrigante. Si bien para cualquier creatura sería inteligente alejarse de una amenaza que representase un riesgo para su vida, yo no pude resistir mi curiosidad.
Decidí seguir a Markon.
Y lo hice durante meses. Muchos en los cuales lo observé realizar distintos tipos de cacería. Por suerte, yo era lo suficientemente sigiloso como para que él no supiera que lo estaba siguiendo.
Día a día lo veía actuar y comportarse como un auténtico cazador. Y yo lo imitaba. Mi padre jamás me había enseñado nada sobre cacería, pero ahora mismo tenía a alguien experimentado del que podría aprender muchas cosas. Ciertamente estaba emocionado. Antes quise demostrar mi valía, intentando ser un cazador sin ningún tipo de conocimiento, y fracasé miserablemente. Pero ahora realmente sentía que tenía una oportunidad. Aprendiendo de Markon, podría ser un cazador de verdad y le demostraría a los Kiilash y, sobre todo, a mi padre lo equivocados que estaban conmigo. Les demostraría que exiliarme fue un error y Markon era lo que necesitaba para lograr eso.
Era una oportunidad única que no iba a dejar pasar.
Pasé meses enteros viendo su comportamiento. No pasa mucho tiempo en un solo lugar. A diferencia de los Kiilash, quienes vivían en una tribu, Markon siempre estaba en movimiento en busca de bestias peligrosas. Era raro verlo estar más de dos días en un solo sitio. No creaba refugios muy elaborados, pues siempre usaba lo que la naturaleza le diera para pasar la noche, como cuevas abandonadas. E incluso, para mi sorpresa, había noches en las que dormía a la intemperie estando en el suelo, sin temor alguno de ser devorado mientras dormía. Yo lo espiaba de lejos subido siempre a los árboles, deseando ser tan valiente como él.
Además de ver su comportamiento, también imitaba sus acciones. Lo veía fabricar armas usando madera de la jungla y partes de sus presas y lo imitaba usando cosas que encontraba a mi alrededor o incluso de partes de las bestias que él cazaba y dejaba atrás. Las mismas eran mi principal fuente de alimento y le dí gracias al cielo de que ya no tuviera que comer larvas ni frutas. También estudiaba la forma en la que elaborada trampas para atraer o atrapar a sus presas. Siempre usaba animales muertos como señuelos e, incluso, lo había visto usarse a sí mismo como cebo algunas veces. Era admirable. Yo imitaba todo lo que veía, fabricando mis propias trampas con madera y lianas de la jungla, aunque jamás las probaba por temor a que generaran ruido que alertara a Markon sobre mí. Tampoco me alejaba mucho de donde él estuviera, pues había notado que los depredadores pasaban de él. Le tenían miedo.
El tiempo siguió su curso y yo cada vez aprendía más y más. Mi cuerpo había adquirido algo de resistencia y me ocultaba mejor de las creaturas de la jungla, pues había aprendido a ocultar mi olor gracias a Markon. Todo era perfecto, por fin estaba logrando comportarme como un cazador de verdad.
Pero, desgraciadamente, no había cazado nada aún. Todavía tenía miedo de lanzarme solo a la jungla otra vez. El cazador humano lo hacía ver tan fácil, pero no lo era. Era aterrador.
Sin embargo, la naturaleza jamás perdona y eso tuve que aprenderlo por las malas.
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Las nubes negras que se habían mostrado en el horizonte durante la tarde habían llegado en la noche, cubriendo el cielo por completo. De vez en cuando el refusilo de los rayos iluminaba las sombras de la jungla y el sonido de los truenos rompía el silencio de la misma. Una gran tormenta iba a arremeter en cualquier momento y los animales de la jungla lo sabían, pues la mayoría de ellos estaban en sus refugios y madrigueras.
Pero no Markon.
El cazador avanzaba entre la oscuridad de la jungla, iluminando su camino con una lámpara mientras su mirada analítica iba de un lado a otro, buscando algo en particular. Yo seguía sus pasos, moviéndome con delicadeza entre la vegetación de la jungla y usando sus sombras para esconderme. Tenía suerte de poder ver en la oscuridad o de lo contrario habría hecho ruido hace rato. Me preguntaba qué era lo que Markon buscaba con tantas ganas hasta que lo vi detenerse súbitamente y apagar su lámpara, escondiéndose entre la oscuridad, para posteriormente comenzar a avanzar acuclillado hacía unos arbustos cercanos, donde se posicionó en espera de algo.
—«¿Qué está haciendo?»—pensé con curiosidad, incapaz de ver algo desde mi posición. Decidí que lo mejor sería trepar algún árbol para conseguir una mayor visión. Y así lo hice. Procurando no hacer ruido me subí a la rama del árbol más cercano y esperé junto a Markon.
De repente, una gota de lluvia me golpeó la frente y me hizo ver hacia arriba, donde más gotas le siguieron el paso.
La tormenta había empezado.
Miré a Markon nuevamente, quien no parecía sentir el agua cayendo sobre su cabeza. Solo esperaba. Tuvieron que pasar varios minutos para que pudiera saber por qué.
Y entonces lo vi.
De entre unas pequeñas rocas y plantas, justo en el suelo, una gran madriguera comenzaba a abrirse dándole paso a un gigantesco sapo que salía para disfrutar de la fuerte lluvia. Desde mi posición pude ver a Markon tomar la cuchilla de su cinturón y desenfundarla lentamente.
Así que era eso. Iba a cazar.
Sentí la emoción recorrerme al notar que iba a disfrutar de otra cacería de aquel humano. Me preguntaba qué maniobra usaría para debilitar a la bestia y en que parte de su cuerpo asestaría el primer golpe. Tan concentrado estaba que dejé de sentir las gotas de lluvia bañando mi pelaje y busqué una posición más cómoda para atestiguar la cacería.
Sin embargo, ese fue mi mayor error, ya que mi pie pisó distraídamente la madera húmeda de aquel tronco y resbaló, provocando mi caída, bastante ruidosa por cierto. Mis gritos de sorpresa más el sonido que generó mi impacto contra el suelo ocasionaron que el enorme sapo se pusiera en alerta, endureciendo su cuerpo en modo de defensa, para posteriormente volver a entrar en su madriguera y permanecer allí quién sabe por cuánto tiempo más.
No supe qué decir al ver la cara fastidiada que Markon puso al verme tirado en un pequeño charco después de arruinar su gran oportunidad. Solo pude tragar saliva pesadamente al verlo venir hacia mí con su arma en mano, para posteriormente sentirlo sujetar el pelo de mi cabeza y empujarme contra el árbol en el que estaba escondido hacia unos instantes.
—Con que finalmente sales de tu escondite, mirón—me dijo apretando mis cabellos con más fuerza, haciéndome gemir de dolor—. Supe que eras tú desde el primer día en que empezaste a seguirme. Me preguntaba cuándo sacarías tu miedoso trasero de tu escondite—aquello me sorprendió. ¿Tan obvio fui? Él notó mi asombro—. Así es, siempre supe que me seguías. Tu inconfundible olor a cobarde... Podría distinguirlo del olor de cualquier creatura en esta jungla—presionó su chuchilla en mi cuello, haciéndome tragar saliva nuevamente—.Y ahora, acabas de hacerme perder a mi presa.
—Lo siento—dije con dificultad, pero eso no pareció calmarlo. Al contrario, sentí más presión en mi cuello.
—¿No te había dicho que no me interesaba matarte? ¿Por qué me seguiste? —no respondí por el miedo—¡Habla!
—Q-quería ser un c-cazador...—murmuré.
—¡Dilo más alto!—el sonido de la fuerte lluvia dificultaba oír cualquier cosa.
—¡Quería ser un cazador!—grité, con lo ojos humedecidos—. ¡Estoy cansado de darle lástima a todo el mundo! ¡Quería ser un verdadero Kiilash! ¡Quería ser un verdadero cazador!
El humano guardó silencio. Mi respuesta había parecido calmar a Markon ligeramente, y un brillo que no supe identificar se vio en sus ojos.
Su mirada se perdió en el horizonte.
—Un verdadero cazador–susurró.
De repente, Markon quitó su arma de mi cuello, pero no me soltó. Para mi sorpresa, el cazador comenzó a arrastrarme del cabello por toda la jungla, haciéndome gritar y preguntarle a dónde me llevaba, sin respuesta. Me arrastró unos kilómetros hasta que estuvimos justo frente a un barranco, donde por fin me soltó y me dejó tirado en el suelo, cerca del borde.
Entre el agua cayendo sobre nosotros y el refusilo de los rayos en la tormenta pude ver la cara estoica de Markon. No mostraba asco o lástima, no mostraba enojo ni frialdad. Solo mostraba decisión. Cuando iba a hablarle, él se me adelantó.
—Dices que quieres ser un cazador...—empezó—pero pareces ocultarte de las presas que quieres atrapar. Dices que quieres ser un cazador, pero pareces temerle a la muerte. Dices que quieres ser un cazador, pero no demuestras la iniciativa de uno—su mirada se dirigió hacia su cuchilla, admirando su reflejo en ella. Acto seguido la tiró por el barrando, sorprendiéndome—. Éste mundo es cruel, vastaya, y te atacará con todo lo que tenga. Pero si realmente deseas sobrevivir, muestra coraje y no temas al dolor. Supéralo. No dependas de otros para avanzar y sé más fuerte que cualquiera que intente hacerte caer. ¡Lucha!
Aquellas palabras quedaron grabadas en mí cabeza.
—Si logras sobrevivir, espero que volvamos a vernos. Tal vez no todo esté perdido para ti.
De repente desperté de mi trance—¿S-si logro sobrevivir?
—Exacto—afirmó él. —Dices que quieres ser un cazador... Pero solo puedes ser un cazador, ¡cazando!—acto seguido levantó su pierna y me dio una fuerte patada, tirándome de aquel barranco.
Pude ver su silueta perderse a medida que caía más profundo. Grité y el vacío debajo de mí pareció absorberme, pero mi cuerpo se encontró con la ruda comodidad de ramas y hojas que pararon mi caída lo suficiente como para que el impacto contra el suelo no me matara.
Terminé en el piso nuevamente, igual que tantas otras veces. Mi cabeza daba vueltas y mi respiración estaba agitada. Me dolía la espalda y el agua de la lluvia había formado un gran charco debajo de mí. Comenzaba a darme frío. Me senté a duras penas sobándome la nuca y mirando a mí alrededor, donde árboles y flores silvestres eran iluminados por poderosos rayos. Levantándome con dolor miré hacia la cima del barranco. Markon ya no estaba ahí. Parece que nuestra relación había llegado a su fin. Todo por culpa de mi incompetencia.
Apreté mis manos con frustración, sintiéndome un perdedor, cuando un siseo salido de entre la vegetación del bosque me hizo mirar hacia allá.
Mi respiración se detuvo, al igual que mi corazón. Mis ojos se abrieron como los de un búho y mi cara mostró un gesto de terror.
«Maldita sea mi suerte», pensé.
Frente a mí, lamiéndose las fauces y avanzando a paso lento, había un Lengua Azul.
El mismo me miraba fijamente y me sentí desfallecer. Mis manos comenzaron a temblar y empecé a hiperventilarme. Mis ojos iban a todas direcciones, pero sabía que no podría correr a ninguna parte sin ser atrapado con aquel animal. Me di la vuelta e intenté trepar por las rocas del barranco, pero la lluvia las hacia demasiado resbalosas como para lograr subir por ellas.
Estaba atrapado.
Mi vista se posó entonces en la cuchilla de Markon, clavada en el suelo a solo unos metros de mí. «Él me la dió», pensé en medio de la situación. Sin embargo, no sería capaz de correr hasta ella antes de ser atrapado por el Lengua Azul.
No importaba cómo lo viera, estaba perdido.
Una sonrisa triste se dibujó en mi cara al ver que incluso la única persona que me había perdonado la vida ahora mismo me había dejado a mi suerte.
—El mundo realmente es cruel—susurré con resignación.
Cruel...
Aquella palabra me trajo a la memoria las palabras que Markon me había dicho: « Este mundo es cruel, vastaya, y te atacará con todo lo que tenga. Pero si realmente deseas sobrevivir, muestra coraje y no temas al dolor. Supéralo. No dependas de otros para avanzar y sé más fuerte que cualquiera que intente hacerte caer. ¡Lucha!».
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«¡Lucha!»
Abrí los ojos todavía más. Volví a escuchar aquella voz , la misma que me gritó durante la iniciación Kiilash. Miré a todas partes sin lograr ver a nadie más que al Lengua Azul.
Estaba seguro, venía desde dentro de mí cabeza.
«Luchar...», pensé. ¿Realmente lo había hecho alguna vez? Comencé a recordar los entrenamientos de combate que realizaba con mis hermanos, donde dejaba que el cansancio me ganara y bajaba los brazos. Recordé el cómo escapé espantado de los Lengua Azul durante la iniciación de los Kiilash. Había intentado enfrentarlos, pero fui demasiado cobarde como para resistir. Y ahora, Markon me había dejado a mi suerte por ser tan incapaz de enfrentar al mundo por mí mismo, por tenerle tanto miedo a la muerte.
«¡Lucha!»
«¡Lucha!»
«¡Lucha!»
El tono de la voz había cambiado, volviéndose más agudo y menos monstruoso. No acababa de sorprenderme.
Esa... era mi voz.
«¡Lucha!»
«¡Lucha!»
«¡Lucha!»
Era como si mi interior me estuviera gritando que no bajara los brazos, que no temiera más, que no me diera por vencido.
Y eso comenzó a encender una llama en mi interior. Era una sensación de odio, pero a la vez valor. De furia, pero a la vez esperanza. Era un instinto primitivo que jamás había sentido antes, que nunca en la vida había experimentado.
Era un instinto de supervivencia.
Pero no el que siempre había sentido, el que me llevaba a esconderme y temerle a todo lo que me rodeara. Era diferente. Salvaje, agresivo, hambriento.
No quería morir así. No después de haber llegado tan lejos. No después de haber perdido tanto. No quería morir siendo una presa.
Si esta noche eh de morir...
...será como un cazador.
«Eh pasado mi vida entera lamentando mi existencia y odiando el nacer con un cuerpo tan débil y pequeño. Ser tan frágil», pensé. «Pero... ahora me doy cuenta de que mi debilidad viene del interior de mi corazón. Mi cobardía ha decepcionado a todos a los que yo quería y siempre signifiqué una humillación para una sociedad entera. Siempre eh tenido miedo, siempre eh tenido dudas...».
Una enorme determinación comenzó a aflorar de mi corazón y mi cara se deformó en un gesto bestial, digno de un animal salvaje. Mis puños se apretaron con fuerza, haciendo que mis garras perforaran mi piel y me hicieran sangrar. Pero no sentí dolor, ni tampoco la lluvia a mí alrededor, ni el frio calando mis huesos. Ya no sentía miedo, ni duda.
Solo furia salida de lo más recóndito de mi alma.
Mis pulmones se llenaron de aire...
«Siempre eh sido la presa... ¡Y ya no quiero!»
...Y rugí.
Un potente rugido, más fuerte que el de mis hermanos, salió de mi garganta e hizo retroceder al Lengua Azul, intimidado, el tiempo suficiente como para que corriera hacia la cuchilla de Markon.
El animal vio mí accionar y reaccionó, lanzándose a mí ataque.
Y, a tan solo unos centímetros de morderme, saqué la cuchilla del suelo.
Lo miré sin temor alguno y grité.
Un poderoso trueno generó el silenció en la jungla.
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No podía creerlo. Era algo increíble para mí. No salía de mi asombro.
Miré la hoja de mi arma clavada en la garganta del animal, ahora tirado en el suelo y bañando el suelo con su sangre, notoriamente muerto. Mis manos temblaban del shock, cubiertas de aquella sustancia vital, y no podía despertar a mi cerebro.
No supe cuánto tiempo estuve parado allí. Solo sabía que seguía vivo, pero el Lengua Azul no. Todo había pasado tan rápido que, cuando salí de mi estupor, caí de rodillas impresionado.
Me acerqué hasta el cadáver de la creatura y lo piqué con mí dedo, inseguro de si era real o no.
Pero lo era. Al igual que mi victoria.
Lo había conseguido.
Al fin.
Yo, Rengar, el más débil de los Kiilash, había cazado a una bestia salvaje.
Una sonrisa surcó lentamente mis labios, para posteriormente volverse una risa calmada. Sin embargo, de a poco fue tomando intensidad y se volvió una fuerte carcajada cargada de emociones divididas. Estaba feliz de haber podido, finalmente, cazar a una creatura digna y estaba aterrorizado de casi haber muerto. Estaba orgulloso de haber sido fuerte por primera vez, pero estaba triste de que mi tribu no pudiera saberlo.
Lágrimas salieron de mis ojos y me recorrieron el rostro, fusionándose con la lluvia que empapaba mi cara y que en ese momento sentía llevarse los restos de quién era anteriormente, lavando mi cuerpo y dejándome como un nuevo ser.
Esa noche, en medio de aquella tormenta y con mi primera presa asesinada a mis pies, me desahogué finalmente de todo lo que guardaba en mi interior.
Esa noche, había nacido un cazador.
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El paso de los años nos afecta a todos. Mi cuerpo, antes pequeño y débil, fue moldeándose para convertirse en el de un vastaya adulto sano y fuerte. Mi vida en la jungla, plagada de difíciles pruebas y amenazas cada día, me había fortalecido enormemente. Fui ganando musculatura y fuerza siguiendo los pasos de Markon. Siempre moviéndome. Nunca quieto.
Pero en cuanto a mi tamaño... Si bien jamás seré tan grande como los demás Kiilash, eh decidido que seré mucho más feroz y tenaz que cualquiera de ellos. Lo que los demás teman enfrentar, será siempre a lo que yo combatiré con orgullo.
Por otro lado, con los años también viene la experiencia. Han pasado décadas desde que asesiné al Lengua Azul durante aquella oscura y tormentosa noche, pero siempre llevo ese recuerdo en mi memoria y corazón. El primer paso de la presa al cazador fue solo el inicio de mi camino como un verdadero Kiilash. Pasé años perfeccionando trampas y fabricando armas de caza. Al principio cazaba para alimentarme, pero en cuanto tuve la suficiente práctica comencé a cazar para obtener mis primeros trofeos.
Jamás tomé nada del cuerpo del Lengua Azul que asesiné hace años, pues mi verdadero trofeo esa noche, además de sobrevivir, fue descubrir que siempre hubo un cazador en mi interior, y que por fin había decidido salir.
Y todo gracias a las palabras y al arma de Markon. Le debía todo pese a que me haya dejado a mi suerte. Usando lo que aprendí de él elaboré armas como boleadoras, quienes me han servido innumerables veces, y me volví un nómade, viajando de un lado a otro en busca de bestias cada vez más grandes.
Perfeccioné una técnica de caza hecha por mí, utilizando arbustos como camuflaje y lanzándome hacia presas desprevenidas una y otra vez. No saber de dónde venían los ataques siempre las confundía y las hacía más fáciles de atrapar. Al igual que Markon, hice de cebo para mis propias trampas en varias ocasiones y ya no tuve miedo de dormir a la intemperie.
Después de todo, la mayor amenaza en esta jungla soy yo.
Y claro, los años de supervivencia me han endurecido bastante. Me eh vuelto más seguro de mi mismo, más orgulloso y más salvaje que cualquier otro Kiilash. El Rengar temeroso y cobarde había desaparecido hace mucho tiempo, pues su lugar ahora es ocupado por su verdadero yo.
Su yo liberado.
Mi cuerpo no fue lo único que creció con los años. Mi pelaje se había desarrollado durante mi adolescencia y ahora, en la adultez, se ha convertido en una gran melena que le daba a mi apariencia más carácter y ferocidad. Sin embargo, en algunas ocasiones se volvía estorbosa y fue por eso que había decido atarla en largas trenzas, utilizando a veces huesos pertenecientes a presas pequeñas. Colgando en mi cuello traía un collar de dientehuesos y en mi cintura llevaba mi confiable cuchilla, antes perteneciente a Markon, ahora toda mía. Había fabricado una funda para ella con el resistente cuero de un jabalí.
Mi cuerpo carecía de ropa casi en su totalidad, pero eso no significaba que anduviera por la jungla desnudo como un salvaje. Llevaba un taparrabos hecho con las telas que llevé puestas durante mi exilio. Era gracioso recordar lo pequeño que era antes. Mi torso, piernas y brazos mostraban varias cicatrices provocadas por mis primeros y fallidos intentos de cazar cuando era niño. Fueron dolorosas, pero había aprendido a lidiar con el dolor y a superarlo, viéndolas con orgullos en la actualidad. Aquellas cicatrices también eran trofeos para mí, que demostraban mi poco temor a la muerte. Era realmente un digno hijo de Kiilash.
Me mostré pensativo, pues durante todos estos años siempre había pensado en mi hogar. ¿Cómo estarían todos? ¿Pensaban en mí? Solté una pequeña risa. Claro que no lo hacían. Era un exiliado. Una mancha borrada de la historia y la mente de los Kiilash para siempre. Algo indigno de ser recordado.
O al menos así era en ese entonces.
Ahora, en cambio, ya era todo un cazador y no tenía por qué seguir alejándome de mi hogar. Todos tenían que saber sobre mis victorias, sobre mi capacidad de sobrevivir y tenían que dejarme volver. Ya no podía significar una vergüenza para ellos. Ya no más.
Un día decidí que ya era hora de volver a la tribu, como un hombre y como un cazador. Sobre mis hombros llevé mis trofeos, envuelto en hojas grandes y atadas con lianas, y algunos los llevé colgando de mi cuello o atados a mi cintura. Sonreí con orgullo. Ciertamente tenía muchos trofeos.
El viaje de regreso fue largo, pero finalmente había llegado a la tribu. Como dije hace muchos años, un Kiilash siempre sabe cómo volver a casa.
Varios Kiilash que vigilaban desde la cima de los árboles se mostraron alertas al ver mi presencia y aún más al ver la cuchilla de Markon en mi cintura. En tierra, otros miembros de la tribu se sorprendieron al ver mi repentina aparición. Al principio se mostraron desconfiados e intrigados al no saber quién era yo, pero luego se asombraron y fascinaron al descubrirlo. Mi blanco pelaje y el azul de mis ojos solo era compartido por el jefe de la tribu y sus hijos, y yo no era ninguno de mis hermanos. No fue difícil para la aldea saber mi identidad y fue gracioso ver la cara que puso la mayoría luego de eso.
Rengar, a quien todos daban por muerto, había regresado a casa.
Algunos Kiilash intentaron acercarse a mí, pero no salían de su asombro. Muchos machos se sintieron incómodos debido a mi enorme presencia y varias hembras se interesaron en mí por la misma razón. Mi orgullo se infló al notar eso pero era muy pronto para celebrar mi llegada. Todavía era un exiliado y seguiría así hasta que hablara con mi padre.
Caminé entre la multitud de vastayas que me rodeaban y admiraban mis trofeos silenciosamente, en busca de la cabaña de mi padre. Mi antigua casa. Fue nostálgico volver a verla luego de tantos años. Al entrar en ella, me encontré con mi padre sentado en el suelo y afilando su vieja cuchilla. Sus orejas se movieron al notar el sonido de mis pasos y dejó de hacer lo que estaba haciendo para voltear a verme. Sus ojos se abrieron con sorpresa al reconocerme y saber que estaba con vida. No dijo ninguna palabra en un largo rato y el silencio invadió la cabaña.
Se veía más viejo, pero igual de peligroso que siempre. Sus ojos tenían profundas ojeras y se veía un poco más cansado. Su indumentaria era la misma que usaba cuando me exilió. Realmente no había cambiado casi nada. Su mirada era igual de seca que siempre.
Luego de unos instantes, logré escucharlo susurrar:
—Imposible...
Di un paso al frente—. No es imposible, padre. Soy yo, Rengar. Eh vuelto a casa—dije mientras me acercaba.
Él se levantó con pesadez y me miró con dureza, como siempre lo hizo—. Ésta ya no es tu casa y yo ya no soy tu padre. Te exilié.
—Ya no más, padre, eh cambiado. Por fin soy un verdadero cazador. Por fin soy un verdadero Kiilash—le contesté abriendo mis brazos, mostrándole mi nueva apariencia. En su mirada pude ver cierto reconocimiento luego de que notara mi cuerpo fuerte, completamente alejado de lo que era durante mi niñez, pero aun así no dejó de verse inconforme.
—Necesitarás más que la apariencia de un salvaje si quieres ser bienvenido aquí.
Sonreí, bajando la bolsa que traía sobre mi hombro y abriéndola, mostrando todos mis trofeos con orgullo—. Eh aprendido las artes de la cacería y eh honrado nuestras costumbres. Los trofeos que tengo aquí son evidencia de eso. Padre, con esta prueba de mi valía en mis manos pido ser considerado parte de nuestra tribu nuevamente—dije con convicción—. Así también como quiero tu reconocimiento como tu hijo—terminé.
Pero el solo se rió—. Lo que tienes ahí, lo que llamas "trofeos", no son nada que ningún otro Kiilash no pueda conseguir. Me has humillado desde que naciste, mostrándole a toda la tribu que yo, su líder, un cazador alfa, había engendrado un cachorro débil y cobarde. Y le costaste la vida a tu madre—eso fue un golpe bajo—. Traer éstas cosa no será suficiente para borrar tamaña ofensa de mi memoria.
Yo me mostré serio y algo molesto—. Entonces, ¿qué quieres?—pregunté—. ¿Qué tipo de pruebas tengo que pasar para que me aceptes de nuevo? Tú dímelo y juro que lo haré.
Guardó silencio unos instantes.
—¿De verdad?...—susurró él, pensativo—. ¿De verdad lo harías?
—Por supuesto.
—... Bueno, hay algo que ha estado inquietando a la tribu desde hace años.
—¿Qué cosa?
—No lo sabemos con exactitud. Solo que se trata de una creatura que jamás había pisado estas tierras antes. Un ser de evidente peligrosidad e inteligencia—dijo mi padre, con la mirada perdida—. Muchos Kiilash han ido a investigar sobre esa bestia... y ninguno ha vuelto.
Eso me sorprendió—. ¿En serio?—pregunté, en parte a él y en parte a mí mismo, pues lo que estaba escuchando me parecía intrigante. Cuando llegué ciertamente había notado que la cantidad de Kiilash en la tribu era un poco menos de la que era cuando me fui, pero no le había dado demasiada importancia hasta ahora. ¿Su desaparición habría sido obra de esa misteriosa creatura?...
De repente reparé en que, al llegar, ciertos Kiilash que esperaba ver con la intensión de presumirles mis trofeos no se habían mostrado. Ni tampoco estaban en la cabaña de mi padre—. Padre... ¿Dónde están mis hermanos?
Mi padre guardó silencio un tiempo antes de responder. Un brillo en sus ojos se dejó ver. No supe identificar qué era—. Como dije, ningún Kiilash ha vuelto.
Mis ojos se abrieron con sorpresa. Mis hermanos siempre fueron vistos por mi padre y la tribu entera como prometedores futuros líderes Kiilash. Que hayan viajado para saber sobre aquella creatura y, seguramente, hayan intentado cazarla solo para no volver jamás había ganado por completo mi interés.
—Yo digo que...—empezó mi padre—si realmente quieres volver a ser considerado mi hijo y un Kiilash, debes completar una tarea que ningún otro Kiilash pueda conseguir—guardó silencio unos segundos—. Si...—murmuró.
—Padre...
—Si quieres volver a ser uno de los nuestros, completa lo que los demás no pueden. Quiero que rastrees aquella creatura y descubras lo que pasó con tus hermanos. Vuelve aquí con resultados y... tráeme la cabeza de esa bestia—fue todo lo que dijo.
—Pero padre... ¿Qué probabilidades hay de que yo sí pueda regresar?—pregunté inseguro. Si tantos miembros de la tribu fueron en búsqueda de aquel ser y jamás volvieron, mi destino no podría ser muy diferente, ¿cierto?
Mi padre soltó una risa seca—. Como imaginaba... Todavía dudas—yo agaché la cabeza—. Pero eso es todo lo que te ofreceré para volver a la tribu—terminó.
Sin embargo, notando mi indecisión agregó: —Rengar, hagamos algo—caminó a lo largo de la cabaña con las manos en la espalda. —Mi edad está reclamándome que busque un sucesor, alguien que ocupe mi lugar como líder. Tus hermanos veían en aquella creatura la prueba que necesitaban para demostrar que son dignos, pero parecen haber perdido el camino. Sin embargo, tú eres mi última opción, Rengar. Y al mismo tiempo, ésta es tu única oportunidad.
—Padre, ¿estás diciendo...?
—Sí—afirmó él—. Tráeme aquella creatura. Regresa de la jungla con su cabeza y ya no vivirás en el exilio—la esperanza se adentró en mi corazón—. Y al final del día, yo te nombraré el nuevo líder de los Kiilash. Esa es mi oferta.
La emoción combinada por la alegría me invadió, haciendo a un lado cualquier inseguridad que haya tenido. Con una sonrisa decidida, accedí.
—¡Por supuesto, padre! ¡Yo personalmente traeré su cabeza a tus pies y gustosamente tomaré tu lugar! Ahora dime, ¿qué más debo saber de esta bestia?
—Como dije, no sabemos mucho. Pero nuestra tribu ya le ha dado un nombre.
—¿Y cuál es?
—...Kha'Zix.
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Debía admitir que la creatura era escurridiza. La tribu me había dado indicaciones de las zonas que los Kiilash desaparecidos habían dicho que iban a inspeccionar, dándome algo con lo que empezar a buscar. Sin embargo, ni bien llegaba a la zona lo único que encontraba era un olor fétido combinado con la esencia de los míos. Y es que, si la creatura los había devorado, lo había hecho con hambre y saña, pues solo encontraba pedazos de sus ropas regados en varias partes de la jungla y manchas de sangre seca en algunas rocas. Pero, sin duda, aquello me decía que la creatura realmente era peligrosa.
Y eso me gustaba, pues había pasado mucho tiempo desde que una presa había demostrado ser digna del filo de mi arma. Cada nuevo lugar que visitaba y cada nuevo rastro de olores, ya sean de Kiilash o de la bestia, me motivaban más.
Finalmente llegó el momento en que me topé con lo me esperaba dadas las circunstancias.
Rasgado en las ramas y esparcido por ciertas partes de la jungla, encontré la ropa y la sangre perteneciente a uno de mis hermanos. No hizo falta saber cuál fue su destino. Tampoco importaba averiguar si la ropa era realmente perteneciente a uno de mis familiares y no a otro Kiilash, pues aunque hayan pasado los años, su olor seguía siendo el mismo.
Intuí que, dado que todos los que buscaron a la bestia acabaron de la misma forma, mis demás hermanos habrían compartido el mismo final. Sin embargo, lejos de estar triste o enfadado por la pérdida, una alegría enferma me recorrió el cuerpo.
«Sí. Realmente es una presa digna», pensé en éxtasis. «Algo capaz de matar a todos mis hermanos merece algo de mi respeto». Una parte de mí se sentía en deuda con la creatura, pues mis hermanos realmente fueron una parte amarga de mi vida, pero eso no significaba que fuera a dejarla vivir. Su destino era terminar en el filo de mi cuchilla.
«Espero que sea capaz de seguirme el ritmo y darme algo de pelea», fue lo que pensé invadido por el orgullo de ser el único de mis hermanos en vivir. ¿Quién era el débil ahora?
Pero aquel orgullo de sentirme superior se convertiría en mi talón de Aquiles ese día.
Había recorrido mucho terreno y montado un campamento en el que pasé la noche, para así al día siguiente volver a aventurarme en busca de aquella abominación.
Había dejado todo trofeo que colgara de mi ropa y repiqueteara, pues su sonido podría arruinar cualquier oportunidad que tuviera de atrapar al monstruo.
Olfateé el aire, analizando cada olor que mi nariz recogiera. Seguí las huellas de cada creatura que habitaba esta jungla, buscando aquella que no perteneciera en este lugar.
Me camuflé entre árboles y vegetación, en silencio y con gran habilidad. Portaba aquel taparrabos y mi torso seguía desnudo. En mi cintura llevaba la funda de la cuchilla que Markon me otorgó. Mi afilada y fiel compañera descansaba en ella. Fueron horas las que pasé siguiendo pistas y observando el movimiento de la jungla, admirando a la fauna desenvolverse en el ciclo natural de las cosas.
Y de repente, llegó el momento en el que algo nuevo se apareció ante mí.
Era diferente. Algo que jamás había sentido antes. Su olor era repulsivo y lastimaba mi nariz sensible. Podía notar su presencia en la lejanía y en constante movimiento. Debía ser él.
«Kha'Zix», fue lo que pensé. «¡Te eh encontrado, bestia!»
Seguí el rastro.
Me moví en silencio, esquivando ramas en el suelo y raíces de árboles viejos, pero sin bajar la guardia. Serpenteé alrededor de su ubicación, sin acercarme demasiado ni alejarme tampoco. El sonido de algo derramándose, seguido de quejidos de dolor, llegó hasta mis oídos y el olor a sangre tocó mi nariz. Algo se moría, y estaba sufriendo. Lo olfateé, reconociendo el olor.
Eran Dagarracos selváticos. Creaturas salvajes que atacaban en grupo y, si bien no eran depredadores alfa, pocas veces eran cazados por algún otro depredador. La creatura que los estaba matando debía estar desesperada por el hambre. O, tal vez, su fuerza era superior a la de todo el grupo de Dagarracos.
Su peste se mezclaba con el olor a sangre y revolvía mi estómago. Pero aun así el fuego en mi interior se encendió, movido por mi instinto cazador. «Realmente podría ser un desafío», pensé con una sonrisa a la vez que me dirigía a un árbol cercano, en busca de una mayor visión de la creatura. Trepé por el rugoso tronco. Mi vista iba de la creatura al árbol, procurando no hacer ningún ruido. Mis garras me subieron en silencio hasta que llegué a una rama gruesa y capaz de soportar mi peso. Me escondí entre sus hojas y finalmente obtuve una mejor visión de lo que pasaba.
El grupo entero de los Dagarracos yacía en el suelo, regados en pedazos y destripados, mientras la bestia iba de un lado a otro asegurándose de acabar con todos. Era rápida, mis ojos apenas podían seguirla y solo captaban borrones provistos de un color púrpura.
Una vez que acabó con todos, su cuerpo se relajó y comenzó a devorar los cadáveres. Sin embargo, no se quedaba quieto. Se movía hacia todas direcciones y emitía gruñidos que hasta ahora no había escuchado en ningún otro animal.
Percibí algo inusual en él. Un hambre superior a la que yo o cualquier otra creatura alguna vez haya sentido. No cazaba por deporte, pues no tomaba trofeos de sus presas. Solo comía y no dejaba de comer. Su cuerpo se bañaba de sangre y plumas a la vez que llevaba carne y viseras a su boca. En cuanto se quedó quieta por unos segundos fue que conseguí verla con claridad.
Y mis ojos se abrieron de sorpresa.
Era un insecto, pero al mismo tiempo poseía una apariencia cercana a la humana, o vastaya, pero sin llegar a serlo del todo. Parecía una cucaracha pero al mismo tiempo no lo era. Los que parecían ser sus brazos poseían garras parecidas a las de una Mantis y su cuerpo era una mezcla de carne, caparazones y extremidades afiladas.
Una sensación desconocida me invadió. Sentí asco por aquella abominación. No era natural. Iba en contra de todo lo existente. Su cuerpo poseía un tono violáceo y desprendía un aura putrefacta y oscura que ni la luz se atrevía a tocar. Todo en esa bestia estaba mal en todo sentido, pero lo único que parecía afectarle era su interminable necesidad de devorar todo lo que se encontrara.
Era un insulto a la vida misma y yo debía terminar con eso. Lo regresaría al podrido vientre que lo engendró.
Desenfundé el cuchillo de Markon y salté del árbol. Aterricé en silencio, algo que aprendí a hacer durante mi crecimiento, justo detrás de la creatura. Comencé a acercarme con calma, sin que él ser notara mi presencia. Y finalmente, estuve lo suficientemente cerca como para acertar un golpe mortal.
Estuve a punto de lanzarme sobre él cuando mi instinto, afinado por años de caza y experiencia, me gritó que algo no andaba bien. Fue entonces cuando retrocedí y logré esquivar un zarpado proveniente del monstruo, dirigido al sitio en el estaba parado y que podría haberme matado de no haber reaccionado a tiempo.
Maldije. Realmente era veloz. Vi a la creatura voltearse hacia mí a la vez que emitía gruñidos demoniacos de su garganta. De repente, comenzó a retorcerse y pude ver algo en su espalda. Los caparazones que lo cubrían comenzaban a moverse y agitarse, como si algo debajo de ellos estuviera empujándolos, intentando salir.
Gran sorpresa y asco me dio ver como los caparazones cedían y daban paso a nuevas extremidades.
Eran alas.
Eran horrendas y chorreaban un líquido asqueroso. El mismo caía al suelo, goteante, y su contacto quemó las flores y el césped bajo sus pies como si fuera ácido. La creatura emitía sonidos que me incomodaban y me miraba inclinando su cabeza de un lado al otro, analizándome. Fue entonces cuando logré verlo intentar abrir su boca de forma torpe, como si intentara decir algo.
Con una voz forzosa, cargada de perversión y oscuridad, la creatura habló—. Aislar y devorar...
«Ésta cosa... ¿habla?», pensé impresionado. Me habían dicho que era inteligente, pero que tuviera la capacidad de hablar jamás me lo esperé. Sin embargo, no dejé que la sorpresa me superará y arremetí velozmente hacía el monstruo con mi cuchilla en mano.
Pero Kha'Zix fue más rápido.
Un veloz movimiento. Apenas pude parpadear. Como si todo se hubiera ralentizado, pude ver la cuchilla de Markon ser soltada de mi mano debido a un feroz golpe de la creatura.
Lentamente la vi alejarse de mí, al igual que aquel cuchillo que se llevó la cascada durante mi iniciación Kiilash, y cometí el terrible error de apartar la mirada de mi presa. Los sentimientos por aquella cuchilla me habían superado, haciéndome dudar. Al mismo tiempo, mi orgullo me había hecho actuar con imprudencia y accionar sin pensar en las consecuencias.
Aquellos errores me costaron muy caro.
Un nuevo zarpado me hizo volver a la realidad, seguido de un dolor ardiente y la sensación de un líquido tibio mojándome el rostro. Rugí de dolor y salté con fuerza hacia atrás, intentando tomar toda la distancia que pudiera de aquella bestia. Mi mano izquierda se posó en el ojo del mismo lado y fue cuando noté que estaba ciego.
No, fue cuando noté que mi ojo había sido arrancado de cuajo. La herida ardía y la sangre salpicaba mi cara. Intenté parpadear para quitarme la sangre de mi ojo aun presente, pero solo podía ver siluetas borrosas. Volví a rugir de dolor y enojo.
De a poco, mi vista comenzó a aclararse hasta que pude ser capaz de ver a Kha'zix en la misma posición en la que se encontraba antes. No se había movido un centímetro ni me había atacado durante mis segundos de debilidad y me pregunté por qué.
Fue entonces que sacudió sus alas, limpiándolas de aquella sustancia nauseabunda y ácida, esparciéndola por todos lados y quemando todo a su paso. Aquel monstruo salido de las pesadillas comenzó a alzar vuelo, elevándose sobre mi cabeza y levantando mi ojo arrancado en señal de burla o provocación. Mi sangre comenzó a hervir y el dolor fue sustituido por la furia. Misma que solo aumentó al ver el gesto divertido en la cara de la creatura y el cómo lanzó mí ojo cercenado a sus fauces, tragándolo como si fuera un bocadillo. Un gemido de gozo salió de la boca de Kha'Zix.
—Argh, delicioso...
El maldito se estaba burlando de mí.
La ira me invadió. La sensación de hurto más el sentimiento de rabia al sentirme desplazado de mi papel como cazador hacía burbujear mi sangre y alteraba mis sentidos. Ya no podía pensar con claridad. El razonar comenzaba a volverse difícil. Mi mirada tuerta no se separaba de mi nuevo enemigo y mis dientes se apretaron con fuerza, al igual que mis manos. Gruñidos agresivos salían de mi boca y de ella comenzaba a caer baba que recorría mi barbilla y llegaba al suelo.
Aquel instinto primitivo estaba volviendo y cada vez era más fuerte.
Al final, solo pude gritar—. ¡Creatura inferior!
Me lancé al ataque. No tenía mi cuchilla en mis manos, pero tampoco la necesitaba. Mis garras, más grandes y afiladas debido a mi crecimiento, eran mis armas y estaban ansiosas de desgarrar la carne de aquel engendro de la oscuridad. La creatura imitó mi reacción y se lanzó sobre mí. Lo vi caer desde el cielo al grito de: «¡Atacar desde arriba!», pero me hice a un lado y esquivé su caída. La bestia se reincorporó y se abalanzó sobre mí. Yo hice lo mismo.
Chocamos.
Mis garras arañaron su cuerpo, buscando atravesar la coraza que lo protegía y así lastimarlo. Las cuchillas de sus manos se lanzaban veloces hacía mi torso desnudo. Logré esquivar algunas, pero aun así logró cortarme un par de veces. Dolía.
Pero el dolor no iba a detenerme.
La creatura lanzó un nuevo golpe y logré esquivar su zarpa, haciéndome a un lado y dejando que siguiera de largo, para posteriormente morder su brazo con fuerza y comenzar a girar mi cuerpo, arrastrando el suyo conmigo y haciéndolo dar vueltas también. Lo solté y salió disparado hacia el tronco de un árbol, donde impactó con su espalda. La bestia gruñó de dolor, pero se reincorporó. Comenzó a correr hacia mí, dando saltos ocasionales con ayuda de sus alas, y volvimos a enfrascarnos en combate.
Empujó mi cuerpo al suelo e intentó morder mi garganta con sus dientes, mientras yo sujetaba sus filosas extremidades evitando que se acercara. Usando mis piernas, empujé su cuerpo hacia arriba, pero él aprovechó el impulso y tomó vuelo, dejándose caer de nuevo con sus brazos cual sables en dirección a mi cuerpo. Rodeé hacia un lado, esquivando el ataque y provocando que su zarpa se clavara en el suelo con fuerza. Lo pateé con agresividad y lo alejé de mí. Levantándome del suelo, di unos pasos hacia atrás.
Los dos tomamos distancia del otro y nos miramos mutuamente, esperando a ver quién iniciaba un nuevo ataque.
Ésta vez decidí hacer los honores.
Corrí hacia Kha'Zix, enfurecido. La sangre de mi ojo perdido mojaba mi cara pero no me distrajo. El insecto se movió hacia mí y volvió a atacarme con sus brazos afilados. Logró hacerme un gran corte en el pecho, pero yo conseguí arañar profundamente un lado de su cara. Él era más rápido, pero yo era más fuerte. Sin embargo, él poseía un cuerpo con zonas blindadas y yo carecía de armadura.
Pero eso no me hizo retroceder. Al contrario, era un verdadero desafío.
Nuestro combate abandonó la zona, donde los cadáveres de los Dagarracos todavía yacían en el suelo. Había decidido cambiar mi estrategia y probar una táctica distinta.
Corrí hacia la vegetación de la jungla, escuchando los paso y gruñidos de Kha'Zix a mis espaldas. Era notable que la creatura también estaba fascinada por una presa escurridiza y hábil.
Salté por las ramas de los árboles y llegué a una zona provista de arbustos altos.
Sonreí con desafío.
Este era mi terreno.
«Veamos de qué estás hecho», pensé.
Usé los arbustos para ocultarme y pude ver a la creatura intentar buscar mi ubicación, sin éxito. Los años y la experiencia me habían vuelto un experto en ocultar mi presencia y camuflarme en la jungla.
Con sigilo, salté hacia él y ocasioné golpes en sus zonas más sensibles, carentes de caparazones o corazas. La bestia rugía de dolor con cada nuevo ataque, pero no conseguía ubicarme.
Si miraba a la vegetación a su izquierda, yo atacaba su lado derecho. Si miraba a su derecha, recibía un zarpazo en sus costillas izquierdas. Si miraba a sus espaldas, atacaba su vientre. Y si miraba al frente, su espalda era golpeada también. Continué así por varios minutos, notando cómo a la bestia comenzaba a cansarse, pues el daño que le hice fue grave. Sin embargo, verlo fatigado me habría alegrado de no ser porque yo también estaba agotándome. El ir de un arbusto a otro y mantener un ritmo rápido sin salir del sigilo me quitaba mucha energía y ninguna presa que haya cazado antes resistía tantos ataques sin caer.
Ésta debía ser la presa más resistente que alguna vez hubiera enfrentado. Sin embargo, parecía haber llegado al límite, pues la había lastimado bastante. Un golpe más y sería todo.
Emocionado y sintiendo la adrenalina recorriendo mis venas, me lancé en un último ataque. Éste sería el final de la creatura.
«¡Tu cabeza adornará mi pared!», pensé a medida que caía. Pero no contaba con lo que iba a pasar.
Justo cuando mis garras iban a dar el golpe final, la bestia desapareció. Literalmente. Aterricé justo en donde estaba parada hacía un momento y comencé a mirar a todas partes, sorprendido, intentando encontrarla. Pero no logré verla por ningún lado.
De repente escuché pasos viniendo detrás de mí y volteé rápidamente.
No pude ver nada. Pero sí pude sentir.
Mi costado izquierdo había sido cortado por algo filoso, pero no supe ver qué. De repente, otro corte, mi espalda había sido lastimada también. Los cortes siguieron viniendo uno tras otro y yo no podía encontrar a la bestia. Escuchaba sus pasos, pero éstos eran tan erráticos que solo lograban confundirme más.
Los papeles habían cambiado. Ahora yo era la presa desorientada y castigada. No sé cuánto tiempo pasó. Los ataques eran tan veloces que lograban tomarme por sorpresa siempre.
Sin embargo, fue entonces, durante un corto período de tiempo, tan corto que hasta creí haberlo imaginado, que logré ver al engendro. Su cuerpo se camuflaba y desaparecía de la vista, envuelto en una energía oscura, pero cada cierto tiempo volvía a aparecer, como si solo pudiera mantenerse escondido por poco tiempo. Entonces lo entendí. Estaba usando la misma táctica que yo había implementado con él hacía unos instantes. Estar oculto de la vista de su presa y atacarla sin que pudiera saber su ubicación, desorientandola y debilitandola. Estaba imitando mis técnicas.
Sonreí pese al dolor. Realmente era muy listo.
Pero verlo volver su cuerpo invisible me dio una sensación de familiaridad, como si ya hubiera visto eso antes. En alguna parte.
Abrí los ojos con sorpresa al descubrir por qué.
«...Muchos Kiilash han ido a investigar sobre esa bestia... y ninguno ha vuelto...», recordé las palabras de mi padre. Muchos Kiilash... Era claro ahora.
Aquel monstruo estaba imitando la técnica de sigilo que solo los Kiilash de más alto rango manejaban: Adrenalina del Cazador. Seguramente los había visto usarla cuando intentaron cazarlo y ahora había adaptado esa habilidad para su propia conveniencia.
«Sí. Muy inteligente», pensé.
Más cortes infligidos en mi cuerpo me trajeron de nuevo a la realidad.
Maldije. No podía distraerme ahora.
Las heridas provocaban que perdiera bastante sangre. En cualquier momento podría caer debilitado al suelo y morir desangrado, a merced de la bestia. Debía salir de ahí rápido, pero no lograba moverme sin ser atacado de nueva cuenta. Estaba atrapado y cada nuevo corte incrementaba más mi enojo.
Sin embargo, no llegaría a ninguna parte con la cabeza caliente. Comencé a tomar aire, buscando relajar mi cuerpo y calmar mí mente. Dejé que mi respiración se controlara y mis sentidos me guiaran.
Mis ojos buscaron a la creatura, con lentitud, y mis oídos siguieron el sonido de sus pasos. Soporté una serie de cortes más intentando calcular el tiempo que le tomaba a la bestia salir de su camuflaje antes de entrar nuevamente en él.
Los segundos siguieron pasando...
«¿Cuál es tu truco?».
...Y entonces lo vi.
La creatura solo podía estar invisible durante menos de dos segundos, pero aquel corto periodo de tiempo era compensado con su increíble velocidad. Podría volverse visible, saltar de un lado al otro rápidamente, y perderse de vista antes de volver a ser indetectable. Pero mi ventaja era mi gran oído. Había notado que Kha'Zix corría a una velocidad normal cuando se alejaba de mí y aumentaba su velocidad cuando me atacaba. Además, parecía atacar por las direcciones que yo no estuviera viendo. Tal y como yo lo hice con él.
Pero tenía un truco. Antes de atacar mis puntos ciegos, la bestia buscaba rodearme y confundirme. Sin embargo, daba tres pasos en los mismos puntos.
Unos pasos a mi izquierda. Unos pasos a mi derecha. Unos pasos adelante o atrás. Sea como fuese, a dónde mirara luego de los últimos pasos decidiría qué parte de mi cuerpo iba a ser golpeada.
Y entonces la bestia atacaba.
Mi única alternativa era esperar por su ataque, guiándome por mi oído, y escuchar sus pasos previos al golpe, para lograr sorprenderlo en cuanto diera los últimos, intuyendo que su intención sería atacar desde la dirección a la que no le estuviera prestando atención. La sorpresa lo confundiría y no podría volver a hacerse invisible antes de que lo atacara.
Era todo lo que se me ocurría. Era eso o seguir pensando. Pero así solo provocaría que sea herido más tiempo, y mi sangre estaba derramándose demasiado.
Cerré los ojos, concentrándome. Podía oírlo acercarse y alejarse, buscando el sitio perfecto para cortar. Podía oler su aroma a la distancia y, lentamente, aproximarse cada vez más. Sus gruñidos hacían eco en el silencio que se había adueñado de la jungla.
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Unos pasos...
Miré a la izquierda.
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Más pasos...
Miré a la derecha.
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¡Los últimos pasos!
Miré al frente.
«¡Te veo, desdichada creatura!».
Con fuego reflejado en mi ojo y determinación, giré mi cuerpo hacia un costado, sintiendo el roce de las zarpas invisibles rozar mi pelaje. La bestia intentó apuñalarme por la espalda.
Kha'Zix salió de su estado sigiloso y tardó en reaccionar, sorprendido de que lo hubiera esquivado. Sin darle tiempo a pensar me lancé sobre su espalda, dándole un gran zarpazo con mis garras y haciéndolo erguirse, adolorido. Intentó darse vuelta pero no se lo permití. Lo sujeté por detrás y lo levanté sobre mi cabeza, tirándolo con fuerza al suelo. La bestia, estando boca abajo, no pudo defenderse de la serie de arañazos que le propicié a su espalda y que arrancaban su caparazón pedazo a pedazo.
Poniendo un pie sobre él, tomé una de sus alas y comencé a tirar de ella mientras usaba la fuerza de mi pierna para empujar su cuerpo, manteniendo a Kha'Zix en el suelo. La bestia gritó de dolor.
Le había arrancado un ala.
Y hubiera hecho lo mismo con la otra de no ser porque el engendro todavía tenía más trucos escondidos. Su cuerpo comenzó a convulsionar y de sus hombros emergieron púas afiladas que salieron disparadas como dardos a todas partes. Pude ser capaz de saltar hacia atrás y esquivarlas. Gruñí. Fue frustrante haber estado tan cerca de acabar con él solo para tener que volver a retroceder. Las púas se habían incrustado en los troncos de los árboles e incluso en rocas, segregado una sustancia morada que asocié con el veneno.
No debía ser tocado por ninguna de esas cosas.
Kha'Zix se reincorporó, molesto. Sin embargo, una sonrisa enferma se mostraba en su cara. Parecía haber disfrutado de mí fuerza.
—Creatura inteligente...—fue lo que me dijo—. Devoraré tus huesos...
Yo sonreí desafiante—. Inténtalo, bestia.
La abominación pareció aceptar el reto, pues alzó sus garras y susurró unas palabras. —Atravesar y cortar...
Acto seguido, las zarpas de sus extremidades fueron cubiertas por una luz violácea brillante. La misma desprendía algunas chispas y al moverlas generaba estelas de luz. Podía escuchar como cortaban el viento. Al mismo tiempo, de sus hombros emergieron más espinas venenosas, como si nunca las hubiera lanzado.
Un mal presentimiento me invadió y solo pude pensar: «Me encantan los desafíos... ¡pero dame un respiro!».
Kha'Zix se abalanzó sobre mí. Yo hice lo mismo.
Y el combate siguió...
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Fueron horas de extenuante lucha. Ninguno de los dos quería dar ventaja al otro. Cuando lo lastimaba, él me devolvía el daño. Cuando él me mordía, yo los desgarraba a zarpazos. Cuando nos superábamos, el combatiente más cansado sacaba fuerzas de flaqueza y reanudaba la pelea.
Sin embargo, el sol comenzó a ocultarse, y ambos seguíamos en pie. Uno más cansado que el otro. Había descubierto bastante sobre Kha'Zix. Por cada paso que yo diera, él daba dos más. Cada vez que parecía superar su fuerza, su cuerpo se fortalecía y aumentaba su arsenal. Era frustrante, pero fascinante al mismo tiempo. Una creatura que se negaba obstinadamente a morir.
Me gustaba eso.
Pero desgraciadamente mi cuerpo al final terminó por agotarse y ya no pude seguir soportando la lucha. Sin embargo, no significó que fuera el fin para mí, pues Kha'Zix también parecía tener un límite, y ya lo había alcanzado. Ambos estábamos agitados, mirando al contrario con ferocidad pero sin mover un músculo. Sangre caía de nuestros cuerpos, combinada con sudor. Finalmente fui yo el primero en caer de rodillas. Kha'Zix vio eso y quiso aprovechar la oportunidad, pero en cuanto había dado un par de pasos cayó de cara al suelo.
Él también estaba exhausto.
En el momento en el que se levantó con dificultad y su mirada se conectó con la mía, fue como si ambos hubiéramos hecho un pacto silencioso para volver a enfrentarnos nuevamente en otra ocasión. Y fue luego de esa mirada que Kha'Zix se levantó con pesadez, a regañadientes, y emprendió la retirada lejos de mí, perdiéndose en la jungla.
Yo suspiré eh hice lo mismo. Un cazador debe saber cuándo retirarse y yo ya había hecho demasiado.
Encontré la cuchilla de Markon incrustada en el suelo a unos metros de donde el combate había dado inicio y la tomé, guardándola en su funda.
Caminé varios metros, soportando el dolor de mis heridas y tratando las más graves con remedios caseros hechos con vegetación silvestre, guardados en mi campamento. Fue algo que había aprendido hacía mucho, observando a Markon, pero eran raras las ocasiones en las que debía utilizar aquel conocimiento. Ciertamente, jamás había visto algo igual a aquella creatura
El camino a casa fue más largo de lo que jamás había sido. Las heridas me molestaban y estaba muy cansado, pero no me detuve. Ignoré el dolor.
Regresé a la tribu herido, cansado y avergonzado. No había podido cumplir con la tarea que se me había encomendado y tendría que soportar la cara decepcionada de mi padre otra vez. Sería humillante, pero mi orgullo ya estaba hecho pedazos. Se había ido junto con mi ojo izquierdo.
La tribu entera se sorprendió al verme tan herido, o tal vez por el hecho de regresar con vida luego de saber que iría por Kha'Zix. Pero yo los ignoré, caminado hasta la cabaña de mi padre.
Cuando estuve ahí, él me esperaba con los brazos cruzados. Su mirada era tan dura como siempre y no le afectó en nada verme así de herido. Al contrario, le molestó.
—Veo que has regresado... ¿Dónde está la cabeza de Kha'Zix?—me preguntó. Yo solo pude bajar la cabeza en derrota.
—Padre...—intenté decir–. Padre, yo...—pero no conseguía ninguna excusa que cubriera mi fracaso. —No pude, padre... Yo fallé—admití avergonzado. De repente, un sentimiento de deja vú llegó a mí. Esto era igual que la iniciación Kiilash. Mi fracaso... era el mismo.
—Fallaste...—susurró él con una risa seca, dándome la espalda—. Has fallado toda tu vida, Rengar, ¿por qué sería diferente ahora? ¿Creíste que, solo por crecer un poco y cazar algunas cuantas bestias, eso te volvería un verdadero cazador?
—No padre, yo...—intenté explicarme, pero él me interrumpió.
—¡No!—gritó con enfurecido—. ¡No quiero excusas!—giró su cuerpo para mirarme de frente—. ¡No has cambiado en lo más mínimo! ¡Sigues siendo una desgracia para nuestra tribu! ¡Todos estos años te los has pasado cazando creaturas simples y patéticas, creyéndote un cazador cuando solo eres un...!
Dejé de escuchar a mi padre, pues mis pensamientos eran más fuertes que su voz. «Supongo que es cierto. No eh cambiado en lo más mínimo», pensé. Entonces mi mirada comenzó a recorrer la cabaña de mi padre, recordando mi infancia allí y los momentos en los que mis hermanos y yo nos parábamos a ver su enorme colección de trofeos, imaginando el día en que nosotros fuéramos quienes consiguieran sus propios logros. Los trofeos de mi padre seguían ahí, pero... estaban llenos de polvo.
Era extraño, mi padre era un gran cazador, pero sus trofeos eran los mismos de siempre. Apenas había un par más de los que recordaba, y estaban igual de sucios que los demás. ¿Cuándo fue la última vez que fue de caza?
—...¡Eres débil y cobarde! ¡Y lo seguirás siendo hasta que aprendas a...!
Mi padre seguía gritando, pero yo no le presté atención. Caminé hacia aquellos viejos trofeos y los admiré de cerca. Lo que antes permanecía pulido y brillante ahora estaba sucio y opaco.
Decidí que no podía con mi curiosidad.
—Padre—le interrumpí en medio de su sermón.
Él guardó silencio, sorprendido ante mi atrevimiento, y gritó: —¡No me interrumpas, mocoso...!
—¿Por qué tus trofeos están tan abandonados?—volví a interrumpir y esta vez su sorpresa fue debido a mi pregunta.
—¿De qué hablas?
—Mira todo esto. Antes cuidabas tus trofeos como si fueran lo más valioso del mundo. Ahora están aquí, como si no te importaran.
—Eso no es asunto tuyo—dijo él, molesto. Pero yo no retrocedí y comencé a caminar hacia él.
—Además, son casi los mismos de siempre. Apenas tienes un par de trofeos más, y a éstos tampoco les has dado mantenimiento. ¿Cuándo fue la última vez que saliste en busca de trofeos de caza, padre?
—¿Qué?
—Por favor, responde mi pregunta.
Él guardó silencio unos segundos—. No lo sé... Unos años, supongo.
Una idea bastante curiosa afloraba en mi mente—. ¿Y cuánto hace que conocen de la existencia de Kha'Zix?
Él pareció dudar, pues pude notar que mi acercamiento lo estaba poniendo nervioso. Pude oírlo tragar pesado y sudar, tratando de endurecer su mirada, pero sus ojos mostraban aquel mismo brillo había visto en él cuando llegué. —Hace... Hace unos años...
Asentí con la cabeza, pensativo—. Y dime algo... padre...—diciendo "padre" con frialdad, seguí acercándome a él—. Cuando todos esos miembros de la tribu se aventuraron a descubrir sobre Kha'Zix... ¿lo hicieron bajo tus órdenes?
—¿A dónde quieres llegar?—preguntó molesto.
—Tomaré eso como un sí—le contesté—. Y por último. Cuando mis hermanos fueron con la intención de saber más de Kha'Zix y cazarlo, pero jamás volvieron... ¿Por qué tú, su padre, un cazador alfa y líder de la tribu, no fuiste en su búsqueda? Podrías haberlos ayudado y, además, hubieras podido cazar a tan sublime creatura, pero no lo hiciste. Te quedaste aquí...
—Deja de preguntar tonterías y dime qué intentas decir—dijo enojado y ese brillo en sus ojos se mostró una vez más.
Y por fin pude descubrir qué era.
Era miedo.
—Creo que ambos sabemos lo que quiero decir... Ponjaf...—lo llamé por su nombre, pues lo que estaba descubriendo hacía que el llamarlo padre se sintiera como una cuchilla rasgando mí lengua.
—¿Te atreves a llamarme por mi nombre?—preguntó indignado—. ¡Soy tu padre! ¡Demuestra respeto!
—¡Los cobardes no merecen respeto!—le grité enfurecido, haciéndolo callar—. ¡Te llamas a ti mismo un cazador alfa, pero temes enfrentar a la presa que cualquier cazador soñaría por atrapar! —bajé mi tono de voz—. Me llamas débil y cobarde, pero eres tú quien tiene miedo de afrontar la muerte—acerqué mi rostro a él y mi ojo derecho miró a los suyos con frialdad—. Me llamas débil y cobarde, ¿pero sabes qué?, soy yo, el más débil de la camada, el pequeño y frágil, el exiliado, tu humillación, el único en toda la tribu que se ha enfrentado a Kha'Zix y ha vivido para contarlo. No mis hermanos, no otros Kiilash, ni tampoco tú. ¡Yo!—dije—. ¡Abandonaste a tus hijos y a tu tribu por tu temor, y me mandaste a mí a morir también! ¡Cobarde!—grité justo en su cara, haciendo que fuera él quien bajara la cabeza ésta vez.
Yo continué atacándolo—. Olvida tu promesa de volverme el líder, ya no me interesa—lo miré con desprecio, tal y como él lo hizo conmigo toda la vida—. No necesito el reconocimiento de cobardes y débiles como tú. Puedo conseguir trofeos que la mayoría solo sueñan y enfrentar a bestias que otros temen encontrarse. Y no me importa morir en combate, ni ser herido de muerte, ¡porque mis heridas también serán trofeos! ¡Al igual que esto!–le señalé mi ojo faltante—. ¡Este es mi trofeo, al igual que mis cicatrices! ¡Son la prueba de que, mientras todos los demás Kiilash nacieron con cuerpos fuerte o cómodas casas, yo me armé a mí mismo en la intemperie, por mi cuenta! ¡No te necesito, Ponjaf!—comencé a calmarme—. Seré yo quien se quede con la cabeza de esa bestia—me di la vuelta, dándole la espalda, y comencé a caminar hacia la entrada de la cabaña—. Ahógate tú solo en tu miedo...—le susurré, retirándome.
Pero el crujir de la madera seguido de pasos veloces me hizo voltear a verlo. Ponjaf se había lanzado a mi ataque, furioso y con su cuchilla en mano dispuesto a apuñalarme por la espalda. Mis palabras lo habían ofendido, pues estaban plagadas con la verdad.
Y mi instinto reaccionó.
La cuchilla de Ponjaf se incrustó con fuerza en el suelo de la cabaña, justo donde yo estaba parado. Su mirada reflejó sorpresa, enojo y asombro. Me buscó por todas partes, pero parecía no lograr verme.
Eso me extrañó, pues solo me había movido un par de pasos para lograr esquivar su ataque, pero seguía estando justo frente a él. Su mirada fue de un lado al otro, recorriendo la cabaña, y yo decidí no desaprovechar mi momentánea oportunidad.
Ponjaf no pudo ver, pero sí sentir, mi cuchilla atravesándole la garganta y bajar con fuerza hasta su estómago, destripándolo como a un pez. El Kiilash más viejo gritó y se desplomó en el piso.
Su cuerpo cayó a mis pies, muerto. Sus viseras se derramaron por el suelo al igual que su sangre. Pero... no me sentí triste. No sentí nada.
Él no era mi padre. Solo era un débil vastaya. Era un cazador muerto.
Mi ojo se dirigió a la mano que sujetaba la cuchilla de Markon, con la cual había efectuado el asesinato. Grande fue mi sorpresa el notar que podía ver un aura extraña rodear mi cuchilla y mis manos. En realidad, aquella aura rodeaba todo mi cuerpo. Era brillante y contorneaba cada parte de mi anatomía. Al mismo tiempo, un extraño ambiente se vislumbraba en el aire, pues figuras sin forma surcaban a mí alrededor, ausentes de mi persona. Los olores se hicieron más fuertes y el ardor de mis heridas disminuyó por completo. Además, el tiempo pareció ir más despacio.
Era muy extraño.
«¿Qué es esto...?», pensé en shock.
De repente, unos pasos que se oían a la lejanía interrumpieron mis pensamientos. La entrada de la cabaña de Ponjaf fue invadida por varios Kiilash que habían escuchado a su líder gritar. Además del olor a sangre.
Ellos vieron a su líder muerto y destripado, preguntándose qué fue lo que pasó. Pero no me veían a mí. Era como si no existiera para ellos. Sin embargo, la sorpresa de creer haber sido descubierto me hizo despertar de mi asombro y todo a mí alrededor volvió a verse con normalidad. Ningún aura rodeaba mi cuerpo ya ni tampoco volví a ver aquel flujo de siluetas en el aire. Los olores se habían disminuido gradualmente y el tiempo siguió moviéndose con normalidad.
Fue entonces que los Kiilash frente a mí notaron mi presencia. Sus ojos se abrieron enormemente y algunos tenían la boca abierta. Vieron el arma ensangrentada en mis manos y supieron entonces lo que había pasado. Me dio algo de temor la idea de que me castigaran por haber asesinado a su líder, pero no permití que me acobardaran.
Apunte el filo de mi cuchilla hacia ellos, mostrándome agresivo—. No se acerquen. O sufrirán el mismo destino.
Pero ellos no intentaron acercarse. En realidad, su reacción fue más extraña aun. Se postraron sobre una rodilla e inclinaron sus cabezas. La inesperada reacción me quitó el habla.
Uno de ellos me sacó de mi duda—. Has matado al cacique Ponjaf.
Yo respondí—. Era un cobarde. Manchaba el nombre de nuestra tribu—dije con el ceño fruncido.
Otro vastaya asintió—. Lo sabemos. El jefe Ponjaf se había debilitado con los años. En realidad...—guardó silencio unos segundos—de no haberlo asesinado tú, otro Kiilash lo habría hecho.
—¿Qué?
—Necesitábamos un nuevo líder. Alguien más fuerte y que no sintiera temor. Ponjaf ya estaba viejo y su miedo nos habría llevado por un mal camino. Pero tú fuiste quien lo asesinó, su propio hijo.
—Él no era mi padre—dije molesto—. Jamás mereció ese título.
—Y no solo eso...—continuó otro cazador—. También has dominado nuestra habilidad suprema. La capacidad de volverte indetectable a la vista. El poder de un cazador alfa: la Adrenalina del Cazador.
«¡¿Qué?!», fue lo que pensé mientras miraba mis manos. Aquella aura que me cubría. El aumento de mis sentidos y el que no pudieran verme... ¿era eso?. Era la habilidad suprema de los Kiilash: Adrenalina del Cazador. ¡Lo había conseguido! ¡Había podido ser capaz de hacerla!
Mi corazón latió en júbilo. El orgullo dentro de mi pecho se avivó con fuerza y una sonrisa complacida adornó mi cara.
Nada mal para el más débil de la camada.
Otro Kiilash más viejo habló. Una hembra ésta vez—. Te has vuelto despiadado y has conseguido gran experiencia, joven Rengar... Realmente eres un verdadero cazador—se mostró pensativa—. Quizás tú seas el líder que tanto necesitamos...
—¡¿Cómo dices?!—pregunté. Eso fue inesperado.
—¡Sí! —dijo otro Kiilash—. Tú has vuelto después de tantos años de exilio. Te has enfrentado al temible Kha'Zix y vives para contarlo. Algo que ninguno de los nuestros ha logrado jamás. Y has matado a nuestro débil líder, dominando la habilidad suprema de los Kiilash. Es el destino que seas tú quien ocupe su lugar como nuevo jefe de la tribu.
Un Kiilash se levantó—. ¡Saluden al nuevo jefe, Rengar!
Acto seguido todos se levantaron y comenzaron a acercarse a mí. Me empujaron con entusiasmo fuera de la cabaña de Ponjaf, dejando su cadáver en el olvido. Lo miré por encima de mi hombro. No recogería nada de su cuerpo. Ninguna parte de él me interesaba.
No era un digno trofeo.
Esa noche, la tribu entera celebró con entusiasmo mi nuevo liderazgo. Los cazadores más feroces de la tribu me coronaron con rosas de fuego y festejaron la noche entera. Se hizo un gran banquete y los curanderos trataron mis heridas.
Se me otorgó una armadura. Un equipo provisto de hombreras de cuero y acero, decoradas con huesos de presas cazadas. Rodilleras y una nueva funda para mi cuchilla me fueron dadas también. La tribu entera me llenó de regalos. Decenas de boleadoras hechas a mano me fueron dadas por orgullosos miembros de la aldea y un parche me fue colocado en mi ojo izquierdo, cubriendo mi herida. El mismo proyectaba una luz amarillenta que daba la impresión de que mi ojo izquierdo, en vez de estar ausente, estaba encendido en una llama salvaje.
El paso del tiempo fue sanado mis heridas, pero no me había hecho olvidar a la bestia.
Fueron meses los que pasé a cargo de la tribu. Efectúe el papel de un líder y todos los Kiilash me obedecían. Era extraño. Mi sueño siempre había sido ser el jefe de la tribu, pero ahora que lo había conseguido me sentía infeliz. Vacío.
Y lo detesté.
Una noche iluminada por la luna llena, mientras la tribu descansaba en sus aposentos, me encaminé hacía las afueras de la aldea. Un vigía se había acercado a mí, extrañado de que no estuviera durmiendo también.
—Cacique Rengar, ¿a dónde va?
—Me largo—respondí.
Sobre mí hombro llevaba algunas provisiones y portaba mi armadura. En mi cintura llevaba mi inseparable cuchilla y poseía una nueva arma en mi brazo izquierdo, recién fabricada por mí. Era una garra retráctil hecha con los huesos pulidos y afilados de una de mis presas de caza. Los había tomado de sus costillas como trofeo y ahora les había dado un mejor propósito. Serían grandes herramientas de cacería.
—¡¿Qué?! ¡No puede irse! ¡¿Quién dirigirá a la tribu?!—el Kiilash estaba alarmado, pero no le di importancia y avancé con tranquilidad hacia la jungla.
—No lo sé ni me interesa. Decídanlo ustedes mismos.
—Pero jefe Rengar, ¿por qué se marcha?—su pregunta detuvo mi avance y me hizo darme vuelta, encarándolo.
—Porque eh descubierto que ésta vida no es lo que estoy buscando. No necesito el reconocimiento de la tribu. Ni tampoco quiero ser el líder. Estando aquí, me siento vacío y mediocre. Pero allá afuera, en la jungla y rodeado de amenazas, es donde me siento libre. Donde me siento con un propósito—volví a darle la espalda y continué con mi camino. Mirándolo por encima de mi hombro, le dije unas palabras más—. Te recomendaría que hagas lo mismo. Si quieres vivir de verdad, abandona el calor de esta tribu. Sepárate de las cosas fáciles y encuentra desafíos increíbles enfrentándote a la muerte. Ponjaf no pudo hacerlo y eso fue lo que lo condenó. Recuerda esto y grábalo en tu memoria...—me di la vuelta una última vez. Y mi único ojo miró a los suyos con decisión.
—...La comodidad alimenta la debilidad.
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Me alejé kilómetros de lo que alguna vez fue mi hogar, de nuevo. Sin embargo, esta vez la decisión había sido mía. No quería pertenecer allí. No lo necesitaba. La jungla será mi hogar eternamente.
Monté un campamento y encendí una fogata, donde asé la carne de un jabalí y pasé varías horas admirando el fuego. Tantas cosas han cambiado. Me preguntaba cuál sería mi futuro.
Pero una parte de mí ya lo sabía.
Mi mano tocó el parche que cubría mi ojo perdido y lo frotó. El recuerdo del dolor de las heridas, pero también de la adrenalina y emoción que sentí al enfrentar a Kha'Zix, vino a mi memoria. Un fuerte vínculo se había formado entre la creatura y yo. Ambos éramos guerreros. Cazadores que se negaban a ser las presas. Y ahora, teníamos a un igual. Alguien que supo darnos un desafío majestuoso y que viviría para siempre con ese combate grabado en su memoria. Pero no era suficiente para mí. No quería que fuera solo un recuerdo del pasado. Quería volver a ver a Kha'Zix.
Quería cazarlo.
Y sé que él pensaba lo mismo.
Me levanté del tronco en el que estaba sentado y tomé mis armas. Sin embargo, dejé todos los recursos que había traído atrás. No los necesitaría. La jungla me alimentará. La jungla me acobijará. Y la jungla, me llevara a mi destino.
No puedo descansar.
Un verdadero cazador jamás descansa.
Kha'Zix es mi presa y no escapará.
Voy a encontrarlo. Y cuando lo haga, le devolveré el favor por el ojo que me arrancó. Ambos nos enfrentaremos nuevamente, y ésta vez solo uno permanecerá en pie. Solo uno será considerado el verdadero cazador alfa.
La emoción invadió mi cuerpo. La adrenalina recorrió mis venas y mi corazón latió con fuerza. Una sensación de hambre se apoderó de mis sentidos. Hambre por un verdadero desafío.
Mi cuerpo fue cubierto por el manto de invisibilidad que me otorga la Adrenalina del Cazador y me sentí en conexión con la naturaleza que me rodeaba. Para la vista de todas las creaturas vivientes yo ya no existo. Y para mis ojos, ellas tampoco lo hacen. Ya no hay presa que llamé más mi atención que aquella abominación de la oscuridad.
Rugidos combinados con carcajadas salen de mi garganta y saco la cuchilla de Markon de su funda, alzándola al cielo, admirando su filo y la forma en la que refleja el brillo de la luna, expectante.
Me muevo por la vegetación.
Mis pasos son sigilosos. Mi olor es indetectable. Mi cuerpo es invisible.
Soy un cazador.
Y ésta noche... iremos de caza.
Algunas cosas que tomé en cuenta para ésta historia: Mencioné a la madre de Rengar, de quien no se sabe nada y seguramente jamás lo haga. La razón de mencionarla fue la idea de que, si Ponjaf, su padre, lo rechazaba por ser tan pequeño, ¿su madre habría hecho lo mismo?
Traté de colocar algunas interacciones que seguramente conozcan, buscando la forma de incluirlas sin que se vieran forzadas.
Sobre el lagarto Lengua Azul, no conozco demasiado sobre la fauna del juego. Además de Poros, Lobregos, Sapos y las especies nombradas en historias y vistas en las cartas de Legends of Runaterra, no supe qué clase de creaturas más existen en el juego. Así que inventé a esta especie de lagarto, tomando el nombre de la Mamba Negra. Sí, que original ;)
Piensen en él como un dragón de comodo o una Iguana gigante pero con las descripciones que incluí.
Sobre los hermanos de Rengar. Si, para quien no lo sepa los tiene, o tuvo, pues tampoco se mencionan en su lore. Que sean asesinados por Kha'Zix me pareció otro punto al vinculo que existe entre él y Rengar. La cantidad es desconocida para mí, ya que una camada de leones varía desde tres hasta seis crías. Decidan ustedes cuántos hermanos creen que tiene Rengar.
Y sobre Markon, decidí que Rengar aprendiera a cazar de ésta manera ya que no supe cómo manejar mejor la personalidad de Markon. Aparte de que era alguien frío, no conozco nada más.
Esas son todas las explicaciones. Cualquier comentario es aceptado.
