Prólogo
El planeta de Equs, un lugar pacífico con infinidad de razas y países, como el país de Ecuestria, hogar de las 3 razas ponis, gobernados por las princesas Celestia y Luna, regentes del sol y la luna respectivamente en todo el planeta. También existen las tierras de los dragones, las praderas de las cebras, la tierra de los minotauros y el Imperio Grifo. Cada raza con un papel importante en el mundo, no obstante existe un territorio desconocido para todos, en los mares que rodean las tierras Grifo, la isla de Hipocropolis.
Una isla inmensa hogar de 3 razas principales, dragones, grifos y ponis, los más abundantes. Una isla repleta de grandes ciudades, un inmenso bosque y dos ríos que partían de las tres montañas de la isla. El más grande, el río Estigia, cruzaba el corazón de la capital de Hipocropolis, la gran Midgard, rodeado con grandiosos puertos que salpicaban las orillas del río, capaces de abarcar a varios barcos procedentes del mar que entraban a través del inmenso río, a pesar de permanecer ocultos. Tras surcar la ciudad, el río entraba en el Gran Bosque Foloi, para luego girar una vez más y dirigirse a la montaña.
Coronando Midgard se encuentraba el gran palacio, conocido como El Olimpo, hogar de los 3 dioses de Hipocropolis, protectores de la isla y de toda Equs. Cierto es que las gobernantes de Ecuestria se enfrentaron a seres peligrosos y salvaron su país (tal vez a otros reinos), pero los protectores de esa isla se enfrentaron y derrotaron a seres con un poder superior, demonios. Seres con un poder tan destructivo y maligno que hasta el espíritu del caos, Discord, ha aprendido a temer. Pero esos peligros quedaban en el pasado, al menos de momento. Sin embargo, hacia mucho que los protectores no vivían en su hogar.
Hace unos 25 años, un tirano se hizo con el poder, asesinando a los dioses con un arma originaria de la guerra celestial, un suceso perdido y olvidado en los albores del tiempo. Con ese arma, una espada, pudo derrocar a los dioses y durante 3 años gobernó Hipocropolis. Por suerte, un joven unicornio, capitán de un destacamento del ejército de nombre Sword Steel, derrotó al dictador y le desterró a él y a sus guerreros más fieles lejos de la isla.
No obstante, los habitantes de Hipocropolis no se preocuparon por la ausencia de sus gobernantes, después de todo, el poder de sus dioses reencarna cuando éstos mueren, buscando a 3 nuevos dioses dignos de sus poderes. Sólo había habido una reencarnación, pero se sabía que se tardaba unos 5 años en buscar a unos nuevos elegidos. Sin embargo, cuando ese plazo acabó, los sacerdotes no fueron a buscar a sus dioses y, al final, Sword fue a preguntar en persona que sucedía, pero la respuesta no fue de su agrado, teniendo que esperar hasta hoy, 20 años después.
Sword Steel se levantó con pesadez de su cama, no le apetecía levantarse hoy. El siempre odio gobernar, al igual que el resto de habitantes de Hipocropolis, consideraba que los únicos dignos de reinar eran los dioses (más bien, diosas, eso era lo único que sabía de las elegidas para ser sus futuras protectoras). Se dirigió a su cocina a paso lento, era un unicornio de pelaje gris oscuro con una crin corta de color plateado y tenía una cutie mark consistente en una ficha de ajedrez blanca. Mientras se preparaba su café iba mirando la agenda del día, lo primero era una reunión con el nuevo regente de Villa Grifo, haciendo que soltara una mueca de disgusto.
Desde que se izo claro para la población de Hipocropolis que sus gobernantes tardarían mucho más de 5 años en aparecer, unos pocos pueblos, todos siempre conformados por las otras 2 razas de la isla, dragones y grifos, habían reclamado gobernase a ellos mismos (daba la casualidad de que esos pueblos eran los más racistas con respecto a otras especies) alegando que únicamente los dioses tenían derecho a dirigirlos.
El único pueblo que lo consiguió (básicamente porque todos sus habitantes se pusieron de acuerdo) fue la Villa Grigo. No era algo que le quitara el sueño, después de todo, el estaba de acuerdo en que los únicos dignos de gobernar la isla eran los protectores, lo que le chirriaba era el hecho de quien era el nuevo regente. Un joven grifo que aborrecia sobremanera a todas y cada una de las especies que no fueran grifos, además de que adoraba el poder, se le notaba a leguas que disfrutaba de gobernar su pequeña villa y que si por el fuera, no habría nuevos gobernantes.
Con un suspiro, Sword Steel salió de su apartamento, situado en la base militar de Midgard. Bien podría dormir en una de las habitaciones del Olimpo, pero no se consideraba digno, ni siquiera osaba comer allí, por mucho que los sirvientes que se encargaban de mantener limpio el sitio se lo ofrecieran. Se dirigió con pesadez al palacio, subiendo las escaleras y entrando directamente en el salón del trono donde se recibían las diversas audiencias (estas últimas casi ni se daban desde que el era el gobernante provisional) y se celebraban reuniones y algunos juicios.
Se sentó en su silla, situado por debajo de los 3 tronos, que estaban en un nivel de suelo más alto que el del resto del salón. El nunca oso situar su asiento al nivel del de las diosas, eso y el resto de detalles era lo que le aseguraba al pueblo que el no quería el poder, aunque últimamente empezaban a creer lo contrario viendo la falta de sus protectores. Una vez en su sitio, se dedico a revisar el resto de actividades mientras esperaba al regente de Villa Grifo. Fue interrumpido por el sonido de una de las inmensas puertas abriéndose, cosa que le extraño, ya que se suponía que su primera reunión sería en unos 20 minutos más. Alzó la vista y se topo con un sacerdote que el conocía bien, se trataba de un pegaso de pelaje blanco y crin azul celeste, cuya cutie mark consistía en un libro abierto, oculta en ese momento por una larga túnica, su nombre, White Book. Era acompañado por un unicornio que hacía flotar una caja de tamaño medio que el conocía bien. Una vez a su altura, el pegaso empezó a hablar sin ni siquiera arrodillarse
- Capitán, llegó la hora - dijo con una sonrisa.
El que no se arrodillara ni le llamará señor, pese a no parecerlo, eran excelentes noticias para Sword Steel. Se levantó inmediatamente y se acerco al sacerdote.
- Al fin, ¿y dónde se encuentran las elegidas?
- En Ecuestria, las tres resultan ser ponis. No obstante, me gustaría hacerlo diferente esta vez.
- ¿A qué te refieres? - dijo confundido el capitán (que bien se sentía que lo llamarán así después de tanto tiempo).
- Quiero comunicárselo a las gobernantes - dijo sin titubear. Eso era algo extraño, normalmente Hipocropolis se mantenía oculta, y en la última reencarnación se busco a los dioses en secreto.- Si seguimos el protocolo, tardaremos muchísimo tiempo en encontrarlas, y eso no puede ser, no solo el pueblo se está impacientando, sino que las defensas del Tártaro se están debilitando con la falta de las diosas.
Eso era verdad, si seguían así, los demonios más peligrosos escaparían, y si eso pasaba, toda Equs estaría en peligro mortal, ni siquiera las princesas de Ecuestria o los elementos de la armonía podrían detenerlos.
- ¿Eso significa que dejaremos de ocultarnos? - pregunto Sword.
- De momento, sólo las princesas conocerán la historia de nuestra tierra, pero serán las diosas, una vez listas, quienes decidan eso. Una vez aclarado, ¿nos abres el portal?
Sword asintió y se dirigió a la entrada de el Olimpo. Sobre las escaleras, a la vista de la ciudad, se encontraba una zona circular rodeada por varias columnas y cubierta con una cúpula. En el centro se ergía una puerta doble de madera con un marco de piedra. Pese a ser inmensa, se encontraba en un pésimo estado, la madera tenía claros signos de deterioro y humedad, una clara señal de la ausencia de las diosas. Sword se acerco y, con su cuerno brillando, tocó la puerta, que empezó a iluminarse, siendo visible en toda la ciudad, que comenzaba a despertarse.
Muchos habitantes, al ver esto, soltaron un grito de júbilo, pues sabían que significaba eso, sus dioses estaban cerca de aparecer. El sacerdote entró en la puerta mientras era seguido por su aprendiz con la caja. Al cerrarse y desaparecer el brillo, Sword respiro tranquilo.
- Buena suerte, viejo amigo.
