AN: ¿Qué mejor idea que publicar una historia después de más de 10 años en una de las secciones más muertas (Tanto por el Sword of Seals como por ESPAÑOL)? NO IMPORTA NADA !

Jamás ha parado mi amor por FE, y este en particular lo guardo muy cerca de mi corazón al ser el primero que jugué. He escrito muchas historias (Que no publicaré) al respecto, pero me pareció que ya valía la pena hacer algo público. He leído mucho de este juego, y si leen esta historia, notarán que mucha inspiración (particularmente en el primer capítulo) proviene de una de las mejores historias que he leído al respecto: "To raise a son". Para aquellos que pueden leer inglés, POR FAVOR vayan a leerla (AOU3). Prometo que esto no es una vil copia ni mucho menos.


Cuando nació, el país entero celebró. Sin embargo, no hubo en ese momento alguien tan feliz como ella, el alivio llevándose lejos cualquier rastro de preocupación, del terror que la había perseguido desde el momento mismo en que él le propuso matrimonio y que no terminó hasta que escuchó el llanto vigoroso que anunciaba una vida nueva.

"Es un niño" anunció la partera mientras limpiaba y cubría a la pequeña criatura con paños tibios "Perfectamente sano, por lo demás" dijo dirigiéndose al alto hombre junto a ella, quien parecía temblar de emoción, incapaz de pronunciar sonido alguno "Su hijo, milord" extendió sus manos hacia el joven noble
El nuevo padre extendió sus manos temblorosas, recibiendo al bebé a la vez que contenía la respiración. Lo llevo hacia su cuerpo despojado en este momento de toda armadura, presionándolo contra la calidez de sus ropas. Miraba incrédulo al bebé que había detenido su llanto al contacto cálido de su padre, sintiéndose tal vez seguro ahí.

Ella los miraba mientras las lágrimas corrían por sus mejillas. Pronto, la mirada de él busco la suya, y al encontrarla, se acercó sonriendo con una mirada cargada de tanto amor que su corazón se encogió, preguntándose por un momento qué había hecho para merecer tanto.

"Ninian…" él se sentó en la cama, cerca de ella. Incapaz de decir nada más, le extendió con infinita delicadeza aquel pequeño bulto lleno de nueva vida, el cual ella recibió y llevó rápidamente a su pecho. El bebé abrió sus ojos por primera vez, mirando a su madre con sus ojos azules como el más limpio de los cielos, vidriosos y desenfocados. Un gran contraste con sus propios ojos, rojos como llama viva.

"Son tus ojos" dijo Ninian, aún con lágrimas en los ojos, levantando la mirada hacia él, quien parecía en trance, embriagado de amor.

Por un momento, se permitió ser invadida por la esperanza al ver aquellos pequeños ojos azules y el familiar cabello rojo, la viva imagen de su padre, agradeciéndole al cielo que no se parecía a ella, que a lo mejor no había en él suficiente de su propia sangre, que estaría a salvo en este mundo.
"Es nuestro" dijo él con firmeza, abrazándola con ternura mientras apoyaba el mentón en su hombro. Plantó un beso en su cabello, húmedo por el esfuerzo "Es nuestro, Ninian"

Ninian se sintió de repente más ligera que en sus cientos de años de vida, sintiendo en su piel el calor de las que serían las personas que amaría más en su corta vida, quienes ocuparían su corazón hasta el momento en que diera su último suspiro y más allá, probablemente.


Los años pasaron rápido. Roy comenzó a caminar en cuanto sus pequeñas piernas pudieron sostenerlo, y a los dos años de vida se le veía corriendo por el castillo, nunca lejos de la mirada atenta de su madre

El nuevo heredero al trono de Pherae crecía fuerte y sano, se decía por todo Lycia y, si era realmente el hijo de su padre, Pherae podría descansar sabiendo que tenía por delante otro reinado de paz y de justicia, tal y como lo llevaba actualmente el Marqués Lord Eliwood, tan fuerte como sabio, adorado por la gente.

Ninian era feliz. Sentía que si bien había vivido cientos de años, al momento de morir serían los últimos tres los que ocuparían su pensamiento antes de partir, tan plagados de felicidad como estaban.

Atrás había quedado los días de terror en que sentía que jamás podría darle a Eliwood el heredero que necesitaba, sintiéndose culpable de condenarlo a su compañía y a las miradas de odio que esta suscitaban. Este pensamiento la atormentó hasta el momento mismo del nacimiento de su hijo.

Aún no daba muestras de poseer la misma sangre que corría por sus propias venas, y crecía como un niño perfectamente idéntico a los demás.

Quizás el universo finalmente se había apiadado de su atormentada alma, y le había concedido en sus últimos años la felicidad que tanto le negó durante siglos.


Aun habiendo pasado 5 años, habían lenguas venenosas en la corte que seguían hablando mal de la unión entre el Marqués de Pherae y una bailarina sin pasado aparente.

"Si tan solo supieran su real pasado…" solía pensar Eliwood, riéndose hacia sus adentros, muy lejano y desinteresado en los prejuicios y el escándalo que hubiera ocasionado el conocimiento de la unión de un noble de Lycia con una criatura de más allá de la puerta de los dragones.

Jamás le había importado su real identidad, y mucho menos ahora. Si bien cansado, Eliwood se sentía satisfecho, su corazón llenándose día a día de amor por su nueva familia.

Intentaba mantener la esperanza de que quizás Nils no había estado en lo correcto, de que quizás les quedaban largas décadas juntos, de que podrían ver juntos crecer a su hijo y verlo convertirse en su sucesor ¿Cómo podría ser el universo tan cruel, después de todo lo que les había hecho a ambos?

Sin embargo, no pasaba desapercibido a sus ojos como Ninian necesitaba descansar más seguido con el pasar del tiempo, como hasta una simple caminata parecía dejarla exhausta por días, como pasaba cada vez más horas acostada luego de despertarse y como, más notoriamente, sus brazos ya no eran capaces de sostener el peso de su hijo.

Es por esto, que cuando una noche al finalizar un día de largas reuniones y papeleo que exigía su cargo, al entrar a sus aposentos y al encontrar a Ninian en su cama, con su hijo en sus brazos, sintió como si la sangre se le helara. Cuando vio que lloraba, silenciosa pero profundamente, sintió que la fuerza se le iba de las piernas.

Atravesó la distancia entre la puerta y la cama en 4 largos pasos, arrodillándose al lado de ella. Ninian lo miró con ojos nublados de lágrimas silenciosas, mientras sostenía con fuerza a su hijo, quien parecía dormir plácidamente.

Un rápido chequeo al niño de 4 años le permitió ver que no parecía haber nada malo con él. Dirigió su mirada nuevamente a Ninian, sus ojos haciendo la pregunta que no alcanzó a pronunciar.

Ninian levantó el cabello que cubría la frente de Roy, revelando una inconfundible marca que había aparecido en el medio de esta. La misma marca que tenía Ninian en su abdomen, y que era indicado inequívoco de su origen.


La salud de Roy pareció deteriorarse súbitamente después de la aparición de la marca. El peor momento fue cuando, luego de los gritos de auxilio de su amigo de juego de cabellos verdes, se le encontró inconsciente en los jardines.

Después de eso, no fue posible levantar su pequeña figura de la cama. Pasaba día y noche transitando por sueños febriles, variando entre el más profundo de los sopores hasta un estado de conciencia leve, en donde reconocía las figuras de sus padres junto a su cama, y les concedía una sonrisa débil, intentando infructuosamente incorporarse.

Eliwood llamó a los mejores curanderos de todo Lycia, e incluso más allá. Todos daban respuestas vagas, siendo la apreciación más frecuente que el niño se veía afectado por alguna fiebre de la niñez. Todos concordaban en que sería pasajero, y que pronto estaría jugando nuevamente.

El marqués intentaba aferrarse a aquellas palabras, aunque en un sector oscuro de su mente la dificultosa respiración de su hijo le gritaba que todo no estaba bien. La piel pálida, cada vez más aferrada a sus huesos, y la mirada aterrorizada de Ninian se lo confirmaban. Pero no sabía qué hacer.

Ninian guardó vigilia junto a la cama de su hijo desde el primer momento en que cayó en ella, comiendo solo cuando él lo hacía, lo cual no era más de una vez al día.

Eliwood acudía apenas era liberado de sus obligaciones políticas, corriendo a la habitación en donde encontraba casi invariablemente a su esposa acurrucando el enflaquecido cuerpo de su hijo contra el suyo, murmurando palabras y cantos en un idioma que no lograba comprender. En otras ocasiones, la encontraba arrodillada junto a la cama, rezando a unos dioses que él no conocía.

Cuando entró aquella noche, supo inmediatamente que algo había cambiado. Ninian estaba tumbada en la cama como siempre, acariciando los cabellos carmesí del niño, pero había algo en la atmósfera totalmente distinto, algo que no lograba identificar.

Los cabellos de la parte posterior del cuello se le erizaron, producto de una sensación con una mezcla contradictoria de alivio y terror inundándolo.

Acercándose, pudo ver que su hijo dormía, pero esta vez con un rostro enteramente apacible, respirando pausadamente. El color parecía también haber vuelto a sus mejillas.

"Ha sido este mundo" dijo de pronto Ninian, sin mirarlo, en cuanto sintió los ojos de Eliwood sobre ella "El aire de este mundo no le ha sentado bien"

"Eliwood se sentó junto a ella, con una sensación de perplejidad que no lo dejaba hacer las preguntas que necesitaba.

"Pero ahora está todo bien, mi amado" continuó Ninian, con voz débil "Nuestro hijo estará bien aquí"

Cuando Eliwood por fin pudo encontrar la mirada de su esposa, el terror se asentó en lo profundo de su pecho cuando vio sus ojos despojados de todo el brillo que hasta hace ayer poseían.

Eran los ojos de un moribundo.


Si bien la salud de Ninian se había ido deteriorando desde el momento mismo en que atravesó la puerta del dragón, esta se precipitó tan vertiginosamente que parecía envejecer a cada segundo.

Ya pocas veces se le podía ver fuera de su dormitorio, delegada a su cama dado a la fuerza que abandonaba cada vez más sus músculos.

Cuando Eliwood se acostaba junto a ella cada noche, atrayéndola hacía sí cuanto podía, intentando descansar en su esencia, podía notar como si figura era cada vez más fina, demasiado pequeña y frágil para sus brazos. Muchas de estas noches Ninian lloraba en silencio en su abrazo, pidiéndole perdón por no poder estar más tempo con ellos, perdón por dejarle una responsabilidad que tanto deseaba compartir. Su mayor pesar era dejar solo en este mundo a un niño con sangre de dos razas, sin pertenecer totalmente a ninguna de ellas, en una época en que los prejuicios y el odio surgido por la guerra ancestral contra su especie aún latían con fuerza en las venas del reino de los humanos.

No quería que Roy tuviera que sufrir por la única herencia que ella le dejaba, ni que lo culparan por algo que él no hizo.

En esas noches, Eliwood la calmaba con palabras que se arrastraban contra el nudo que se formaba en su garganta. La acercaba más hacia sí mismo, repitiéndole sin parar que no había nada que perdonar, que ambos eran para él su mundo, lo más magnífico que había llegado a su vida, dándole las gracias hasta que ella se quedaba dormida en sus brazos, sintiéndole relajada. Sin embargo, jamás abandonaba su rostro esa mueca de sufrimiento que Eliwood ya no lograba decir si era debido a la tristeza o a la muerte que se esparcía cada vez más rápido por sus entrañas. Quizás eran ambas.


El día del funeral, el cielo está particularmente oscuro, gruesos nubarrones amenazando derramar todas las lágrimas que los ojos de Eliwood, gastados ya, no pueden.

Muchos de sus compañeros de la última guerra asisten, los primeros en llegar los Marqueses de Ostia y Caelin, Héctor y Lyn.

Eliwood decide no sepultarla en la cripta familiar, sintiendo que aquella fría y húmeda bóveda no es un lugar adecuado como lugar de descanso para su esposa de ojos tan amables y sinceros, y sonrisa tan amplia como el mundo mismo. En cambio, prefiere enterrarla bajo el cielo abierto, bajo un árbol de hojas siempre-verdes, en donde además ordenó plantar un campo entero de tallos de las níveas flores de su tierra natal, las que tanto adoraba.

Cuando los sepultureros comienzan a cubrir el ataúd, el sonido de la tierra húmeda golpeando la oscura madera lo hace estremecerse. Siente que, a pesar de que no considera posible derramar más lágrimas de las que ya derramó, los ojos le arden con aquel familiar sentimiento.

Adentrado en ese trance, apenas logra sentir como la pequeña mano que sostiene en la suya lo jala suavemente para atraer su atención.

Al bajar su mirada, se encuentra con los ojos azules asustados de su hijo, de tan solo 5 años en ese momento, infinitamente joven para tener que soportar esto. A su corta edad, no logra aún entender el concepto de la muerte, y entonces mira a su padre asustado y confuso, en sus ojos una pregunta tan clara que no necesita ser enunciada

¿Volverá?

Eliwood siente un nudo en la garganta, y como única respuesta, aprieta con fuerza su diminuta mano y lo atrae hacia él.

Al mirar aquellos grandes e inocentes ojos – tan parecidos a los de ella en la infinita inocencia que guardan – un pensamiento oscuro aparece en su mente, y siente como de pronto todos sus músculos parecen perder fuerza, un gigante agujero en el centro de su pecho.

Pues, ¿Quién podría decir que el aire venenoso de este mundo no podría hacerlo sucumbir nuevamente?