Anécdota cruel: ¡Saludos, apreciado lector! Antes que nada, recibe un profundo agradecimiento de mi parte por darle una oportunidad a este escrito. Como su autora, y en el ámbito de la escritura de manera general, soy algo… Rara, así que, no te sorprendas si las líneas a continuación no son más que un disparate sacado de mi imaginación. Verás, quise darme un chance de explorar un poco al personaje de Shizuka/Serenity —que me parece uno de los menos recordados como personaje en sí por todo el Fandom de YGO— acompañada de la ceguera, y como resultado, he obtenido este Universo Alterno (AU) e historia corta dividida en varios capítulos de pareja longitud. Lo hice más que nada porque sentí que la pobre Shizuka/Serenity merecía un espacio para ella misma y su padecimiento, aunque el manga/anime no me haya dado tantísimo material para ello, razón por la cual opté por hacer una mezcla del canon del anime con el del manga y añadirle un poco de mi imaginación.

Sobre aviso no hay engaño, dicen por ahí.


I. El mar.


El agua salada haciéndole cosquillas en los pies al deslizarse por la arena de la costa, el sol desprendiendo su fulgor desde lo alto, bañando el horizonte de azul con el reflejo de sus rayos sobre la superficie del agua, y la risa de su hermano uniéndose a coro con la suya mientras jugaban a construir el soñado castillo de arena.

Ese recuerdo, pintado al óleo en su memoria, le confiere el valor de cerrar los ojos en aras de vivificarlo, y entregarse a las tinieblas de la ceguera sin saber si, al abrirlos, el halo de luz que aún resplandece en sus ojos le permitirá seguir admirando el rostro de su madre o la luz de un nuevo día.

La ceguera que hace años le fue diagnosticada es una torturadora paciente, la empuja hacia las sombras poco a poco y como si no tuviera prisa, pero sin descuidar el paso, y Shizuka es cada vez más consciente de ello en cada cita con el oftalmólogo.

Por eso allí, en la sala de espera, con su madre a un lado, se ha tomado el atrevimiento de volver a cerrar los ojos y rejuvenecer el recuerdo de aquel día en que su hermano la llevó a visitar el mar. Volver a retocarlo de colores con la devoción de nunca dejar que se pierda entre los huecos umbríos de su memoria. No solo porque a pesar de los años no ha logrado superar el miedo a la voz del oftalmólogo y quisiera, por un breve momento, alejarse de su realidad; no solo porque se anula del temor y le angustia pensar en el tiempo que le queda a su visión…

Sino porque, de a poco y aunque así el corazón se le oprima, sabe que, tarde o temprano, debe acostumbrarse a esa oscuridad, a vivir de los recuerdos y, a su vez, a perderlos entre las brumas de la ceguera.

Esa era la parte más dolorosa: los recuerdos son el único modo de ver, pero sin tener la luz de los ojos para fotografiar y crear otros nuevos, con el paso de los años, y muy a pesar de lo inolvidable de algunos momentos de su vida, el polvo de la memoria acabaría recubriéndolos.

Desvaneciéndolos como, aquel día de verano, su hermano y ella vieron desvanecerse al castillo de arena que con tanto cariño habían construido.

— ¿La señorita Shizuka Kawai?

La voz de la secretaria la volvió a ubicar en el espacio-tiempo. Poco a poco, y aunque colmada de un temor que le hace temblar los párpados, va abriendo los ojos. Elevando una plegaria de agradecimiento cuando, aunque algo débil, la luz de la vista le ayudó a distinguir entre neblinas el color azul de las paredes en la sala de espera.

—Sí, enseguida vamos.