DISCLAIMER: Los personajes de Shingeki no Kyojin no me pertenecen. Todos los derechos reservados a Hajime Isayama.

El fanart que utilicé para hacer la portada es obra de haru3778 (www(punto)pixiv(punto)net/en/users/5170295)

DEDICATORIA: Esta historia es para Ilet y Leya. Ambas han hecho más que yo por el AU con sus correcciones, consejos e insistencia para que lo siguiera xD De no ser por ellas, me habría quedado en el capítulo 3.


I

WHISKEY, TEQUILA Y FREDDIE MERCURY


Hange bebió del contenido de su vaso hasta que divisó el fondo de éste y apreció sutilmente su reflejo en el vidrio abombado. Lanzó un quejido cuando sintió que el tequila le subía a la cabeza y torpemente tomó el gajo de limón y se lo llevó a la boca. La acidez del cítrico aplacó el ardor del alcohol y el gusto a la sal se negó a abandonar su lengua. Era su cuarto shot aquella noche y pintaban para ser varios más.

–El emborracharte no hará que el profesor cambie de opinión, Hanji –el tono serio de la rubia a su lado provocó que se le crisparan los nervios aún más. Nanaba era recta como una tabla y hasta ese momento, Hange no se explicaba cómo había accedido a acompañarla a aquel bar de mala muerte si ya de por sí era difícil convencerla de disfrutar de cierta vida nocturna en algún sitio decente.

Pero al parecer Nanaba había considerado que era mala idea dejar que su amiga se sentase frente a la barra de un bar cuyo nombre era "Ciudad Subterránea" y se embriagase sola con la ayuda de un barman que tenía el mismo aspecto violento que un rottweiler a punto de atacar, con el detalle de que ese rottweiler seguramente fuese una cruza con salchicha porque, Dios, ése tipo sí que tenía las piernas cortas.

Era viernes a la noche y "Ciudad Subterránea" estaba a rebosar de gente. El pequeño y mal iluminado lugar tenía una preciosa barra de madera lustrada que resplandecía perfecta bajo las luces amarillentas y carteles de neón que decoraban las paredes de ladrillos expuestos. Las botellas de bebida reposaban también debajo de éstos y Hange debía de reconocer que el rottweiler enano estaba bien aprovisionado: tenía desde whiskey añejo a cerveza artesanal y desde gin a un vodka tan barato que ni el ruso más valiente de la Siberia se atrevería a beber sin arriesgarse a que se le agujereara el estómago. La música –la cual provenía de una vieja rocola al final del establecimiento– se debatía entre rock británico y clásicos de los ochenta seleccionados por un grupo de amigos sentados no muy lejos de ellas.

El bar era bastante decente para estar ubicado en uno de los sitios más peligrosos de la ciudad; una zona roja llena de prostitutas y crackheads, si bien distaba mucho de tener habilitación del Ayuntamiento ya que los concurrentes no respetaban las leyes antitabaco y fumaban a diestra y siniestra dentro del lugar, lo que también le dio a entender a Hange que estaban lejos de tener alarma contra incendios.

"Además, ¿desde cuándo volvió a ser legal el facilitar botellas y vasos de vidrio a los borrachos?" observó sobre el hombro de su amiga, la cual la miraba con el entrecejo fruncido. "Es cuestión de tiempo de que a alguien le abran la cabeza de un botellazo" y no pudo evitar que una sonrisa propia del alcohol se le apareciese en el rostro. Una trifulca podía ser divertida y quizás la ayudara a olvidar…

-¡Hanji! –Nanaba elevó la voz y le colocó una mano en el hombro– ¡Te estoy hablando! –parecía molesta.

–Oh, sí… –la castaña se distrajo con la botella de cerveza artesanal que su amiga sostenía con tanta rabia y que ni se había molestado en beber. El líquido comenzaba a calentarse y el vidrio estaba mojado por la condensación – ¿Qué me decías?

–Te decía que… –Nanaba suspiró derrotada– Olvídalo –dijo finalmente y se dispuso a darle un trago a su cerveza. Hange no pudo evitar soltar una pequeña carcajada– ¿Se puede saber qué es tan gracioso?

–Es extraño verte en lugar como este –explicó Hange encogiéndose de hombros–. La correcta y seria Nanaba, futura abogada, sentada en la barra de un bar clandestino esforzándose por pasar un trago de cerveza.

–Vaya –Hange fue testigo de cómo la rubia entrecerraba los ojos, irritada–. A mí me sorprende que hayas formulado esa frase tan bien siendo que llevas ya cuatro tequilas en la sangre.

–Y serán cinco –resuelta, Hange elevó el pequeño vaso y le hizo señas al barman para que le sirviera otro shot.

Aunque no la estaba mirando directamente, la castaña se percató de que Nanaba abría los ojos como platos e inmediatamente después, la tomó por la muñeca, obligándola a apoyar nuevamente el brazo sobre la superficie de madera pero, para su mala suerte, el rottweiler enano tenía los reflejos de un tigre y ya estaba acercándose hacia ellas para cuando la rubia intentó detener a su amiga.

–Otro –exigió Hange al barman y entonces sintió que la lengua le era muy pesada. Unas gotas de saliva salieron disparadas de su boca y fueron a parar sobre la barra, muy cerca de donde reposaba la mano del hombre, el cual se apartó espantado, con una expresión de asco exagerada.

La castaña lo oyó chasquear la lengua y luego de lanzarle una mirada fulminante, tomó el trapo que colgaba de su delantal y lo refregó con frenesí allí en donde habían ido a parar sus aparentemente asquerosos fluidos.

–No le sirvas más –intervino Nanaba justo cuando el hombrecillo terminaba de limpiar–. Si sigue bebiendo así, tendré que llevarla a rastras.

–No me interesa cómo tengas que lidiar con ella mientras tenga dinero para pagar y deje de ensuciarme la barra –acotó el barman con irascibilidad a la vez que se hacía con la botella de tequila.

Hange abrió y cerró la boca en busca de una respuesta más o menos inteligente pero al igual que la mujer a su lado, no supo qué decir. El barman tenía ésa actitud propia de los que han pasado demasiado tiempo en ambientes turbios, rodeado de personas movidas por la violencia. No parecía tener los ánimos ni el carácter para desempeñar tareas de cantinero en un bar de aquel barrio y además se le veía excesivamente pulcro. Él le había servido el shot de tequila hasta casi rebozar el vaso y se quedó analizándola un par de segundos con la mirada, con la misma cara de desprecio que había puesto cuando ella accidentalmente había escupido encima de su preciosa barra, la cual al parecer se molestaba en mantener impoluta aunque el lugar estuviese lleno de borrachos.

Una vez que el rottweiler enano y obsesivo compulsivo de la limpieza les dio la espalda, se dispuso a llevar una pisca de sal a la lengua pero volvió a ser detenida por su amiga.

–Basta.

Nanaba tenía esa tendencia a ponerse en modo maternal siempre que ella adoptaba actitudes cuasi-suicidas o propias de un demente. La conocía desde hacía mucho tiempo y durante sus años de secundaria, la crueldad de sus compañeros de clase las hizo congeniar aunque fuesen tan opuestas como el día y la noche: Hange era excéntrica, sociable, pero tendía a volverse una ermitaña cuando se ofuscaba con algo que le llamaba la atención, consumiéndole todo el tiempo y la vitalidad. Era impulsiva y tenía brotes de una exasperada emoción que canalizaba a través de experimentos que rozaban el límite de lo moralmente científico. Nanaba era estoica e imperturbable, dueña de una extrema seriedad, siempre pensaba dos veces antes de hacer cualquier cosa y disfrutaba muchísimo de la soledad y una buena taza de té. Gustaba de estar rodeada de sus libros y sus gatos, y adoraba las tardes lluviosas de otoño.

Una vez que ambas habían finalizado el bachillerato, la castaña se había lanzado de lleno hacia las ciencias biológicas y la rubia se había decantado por el Derecho luego de asumir que no podría vivir como licenciada en letras. El primer año habían intentado seguir cada una con su vida solo para darse cuenta de que no podían estar separadas y así fue como decidieron alquilar un pequeño apartamento juntas y compartir piso hasta que estuviesen recibidas.

Los años habían pasado y entre todos los altibajos, Nana –como la llamaba Hange– y Hanji –como la llamaba Nanaba– siempre estuvieron juntas, apoyándose mutuamente, desayunando cada mañana, una en cada lado de la mesa. Té verde y tostadas con mermelada de arándanos. Café amargo y galletas saladas.

–¡Nana, por favor! –Hange intentó soltarse del apretón de su amiga pero lo único que logró fue balancearse en el taburete y por poco no cayó al piso. Lo elevado de su voz provocó que las personas a su alrededor la miraran curiosos como si ellos no estuviesen también borrachos. Entre todas las miradas, la castaña identificó la del barman– ¡Si no me embriago aunque sea un poco, juro que mataré al viejo decrépito del profesor! ¡Esta noche quiero liberarme! Quiero… ¡ah!

La confusión ocasionada por el alcohol provocó que de repente interpretase sus propias palabras de otra manera. Nanaba, a su lado, la miraba atónita, tratando de adivinar qué se le había ocurrido pero aunque la mujer tenía cierta habilidad para leer la mente de Hange mucho antes de que manifestara sus locuras a través de palabras, aquella vez no logró dar con la tecla.

El mareo mutó rápidamente a una particular exaltación cuando recordó la presencia de la rocola en el fondo del bar, a unos cuantos metros de donde se encontraba. Cuando se puso de pie, la rubia la tomó con más fuerza, seguramente creyendo que iba a caer pero Hange logró soltarse y mantenerse erguida y, ante los ojos de varios de los concurrentes, comenzó a dirigirse hacia la fuente de la música. No supo identificar la canción que sonaba en ese momento pero sí que estaba segura de lo que quería hacer sonar.

"I want to break free," canturreó en su interior. "Freddie, a veces olvido lo terapéutico que eres."

Cuando llegó a la vieja rocola, se tomó de ésta, esforzándose por mantener el poco equilibrio que se empecinaba en abandonar su cuerpo y se entretuvo un par de segundos con las luces de colores que irradiaba el aparato. Todo en aquel bar parecía ser viejo y tosco pero a su vez emanaba un aire atemporal que hasta ese instante Hange no había sabido apreciar: el olor a tabaco, el aire condensado y repleto de conversaciones, las luces de neón y la fragancia a limpiador barato que provenía del rudimentario suelo de baldosas grisáceas.

Decidida, llevó su mano al bolsillo trasero de sus pantalones vaqueros y sacó una moneda. Con cierta dificultad logró meterla dentro de la ranura y rápidamente dio con el tema que estaba buscando. Había varias canciones de Queen y se dijo decidida que aquella noche haría catarsis con la voz de Mercury y bastante tequila porque, si recordaba aunque fuese solo por un momento la manera en la que aquel profesor había rechazado su tesis, si recobraba aunque fuese por un segundo la furia…

La canción empezó a sonar, se dio media vuelta satisfecha y al percatarse de que todo el mundo había dejado de prestarle atención, se dispuso a volver hacia el taburete en el que había estado sentada segundos atrás pero, entonces, el mundo comenzó a darle vueltas y una puntada en el lado izquierdo de la cabeza provocó que le fallaran las rodillas.

Cayó sentada en el frío suelo y pudo oír un par de risas entre todo el barullo. No podía ver bien aunque tenía las gafas puestas, pero supo que la mayor parte de la gente había ignorado su caída así que trató de ponerse de pie, sin mucho resultado. El tequila que había bebido la atraía hacia el piso y las piernas estaban decididas a no responderle por lo que cada vez que quería incorporarse, volvía a tropezar y la gravedad se convertía en algo detestable.

Alguien la tomó del brazo con tal delicadeza que por un segundo, creyó que se trataba de Nanaba. Su sorpresa fue enorme cuando, ya de pie y eternamente agradecida, observó que la persona que la sostenía no era su fiel e inseparable amiga –la cual seguramente estaría enfadadísima por el espectáculo que había dado– sino un hombre, alto y rubio, dueño de los ojos azules más profundos que Hange había visto jamás.

–¿Estás bien? –le preguntó. Su voz era grave y áspera y en su mano izquierda llevaba un vaso de whiskey.

Él le sonrió gentilmente y fue allí que Hange se dio cuenta de que tenía la boca abierta como una tonta, lista para que se le metiera una mosca.

"Thor, ¿eres tú?". Aquel rostro anguloso, los pómulos marcados y las cejas rubias y pobladas le habían devuelto la vista, la sobriedad y la vergüenza propia. Hasta ese momento poco le había interesado el haberse caído de culo en el medio de un bar pero si él la había visto haciendo tal cosa, definitivamente tenía bastante de lo que arrepentirse.

–Sí –asintió percatándose de que un calor le subía por las mejillas–… creo –murmuró.

–Gracias por ayudarla a levantarse –Nanaba se había aparecido a su lado, lista para llevársela al apartamento y aunque Hange no lo podía decir con certeza, supo que el regaño al llegar a casa era inminente– y disculpa la molestia.

–No es nada –contestó Thor encogiéndose de hombros, aún sonriente–. No podía dejar que una fan de Queen se estuviese tirada en el suelo luego de mejorar el ambiente de este lugar con tan buen tema musical –al oír aquello, Hange abrió los ojos como platos y se abalanzó hacia el hombre volviendo a perder la poca dignidad que había logrado recuperar.

–¿Te gusta Queen? –le preguntó con aquella extroversión propia de los borrachos.

–Me encanta –contestó él, llevándose el whiskey a los labios. Intentaba disimular una pequeña carcajada.

I've fallen in love
I've fallen in love for the first time
And this time I know it's for real

–Erwin –de repente, otra voz masculina se unía a la conversación. Aquella voz era igual de grave que la de Thor, o Erwin, pero menos imponente–, ¿qué sucede?

El otro hombre era más alto que el rubio y tenía un físico mucho más trabajado. Por debajo de la remera gris se le notaban los pectorales y el cabello castaño claro le llovía sobre la frente en forma de flequillo. A diferencia de su supuesto amigo, tenía barba y bigote y los ojos, aunque también eran claros, no eran ni la mitad de bonitos que los del otro.

–Oh, no te preocupes. Solo hablábamos de Queen con… –el rubio se detuvo y la miró esperando a que diese su nombre.

–¡Hange! –contestó rápidamente, sorprendida de sus reflejos. Entre el alcohol y el espécimen de hombre que tenía en frente, no se explicaba cómo lograba coordinar dos pensamientos– Y ella es Nanaba –acotó presentando a su amiga, creyendo que quizás le molestaría si la dejaba de lado, pero se equivocó.

Nanaba se había cruzado de brazos y lucía enormemente cohibida ante la presencia de aquellos hombres, evitando a toda costa hacer contacto visual con cualquiera de los dos. Cuando Hange dijo su nombre, elevó un poco la vista y sin expresión o palabra alguna, le dijo que aquello no había sido necesario.

–Yo soy Erwin –se presentó el rubio– y él es mi amigo, Mike.

–Un gusto –se interpuso Nanaba y se acercó lo más disimuladamente posible al oído de Hange–. Nos vamos –exigió y la tomó de la mano, haciendo fuerza para arrastrarla con ella hacia la puerta.

–Nana, espera –Hange se vio obligada a detenerla. El destino había querido que diese con un adonis admirador de Freddie Mercury en un lugar al que había asistido para emborracharse y no lo iba a dejar ir tan fácilmente. La rubia podía ser muy terca, pero ella lo era aún más–. Tengo que pagar los tequilas o el rottweiler enano nos perseguirá hasta el Inframundo.

–¿Rottweiler enano? –a Mike pareció hacerle gracia el apodo que le había dado al cantinero y se lo hizo saber con una sonrisa– Ya ves, Erwin –dijo, dirigiéndose ahora hacia su amigo–. No soy el único que cree que ese tipo tiene más de bestia que de humano.

Mierda. Al parecer, el tal Erwin conocía al barman y más que temer por la venganza que el último podría desatar sobre ella en el hipotético caso de que se enterase del mote que le había puesto, temía desilusionar a aquel desconocido que hasta ese momento se había mostrado tan amable.

–Depende como crías a un rottweiler es si éste crece violento o no –apreció Erwin con el rostro sereno– Levi podrá ser un perro de ataque pero como dice el dicho, "perro que ladra no muerde".

–Pues yo lo he visto "morder" varias veces –observó Mike, categórico–. Ya que lo defiendes tanto, ¿por qué no les haces un favor a estas chicas y les pagas tú lo que sea que hayan bebido?

–¡No hace falta! –Nanaba estaba alarmada y de cierta manera Hange entendía por qué. Su temor y desconfianza hacia el sexo opuesto le hacía creer que si Erwin les pagaba las bebidas le permitiría entender a los dos hombres que ellas le debían algún tipo de retribución–. Yo ya pagué mi cerveza y Hange ya pagó tres de los tequilas que bebió…

–¿Y cuántos bebió? –quiso saber Erwin, a la vez que analizaba el estado de la castaña con cierta curiosidad.

–Hubiese bebido cinco de no ser porque alguien no me dejó terminar el quinto –lanzó Hange y, nuevamente, Nanaba la aniquilaba con la mirada.

–Pues pagaré los dos que restan –Hange notó cómo su amiga la tomaba de la mano con más fuerza– y le pediré al rottweiler que me sirva otra medida de whiskey. ¿Ustedes qué beben?

La propuesta sorprendió a las dos chicas por igual. El tal Erwin se había movido con habilidad, hasta el punto en que ninguna se dio cuenta de que había encausado la conversación para invitarlas a beber con ellos. Que Hange no se hubiese percatado era de esperarse dado su estado, pero Nanaba era una luz en lo que esquivar a hombres se refería y, esa vez, uno le había ganado. Siendo sincera, a Hange no le disgustaba la idea ya que aquello le daría la posibilidad de conocer un poco más a ese ser encantador aficionado al whiskey escocés y a la buena música, pero sabía lo incómoda que se sentiría su amiga. No quería hacer que la rubia pasase un mal momento, más que nada porque se había obligado a sí misma a acompañarla para protegerla de sus estupideces.

–Yo quiero una cerveza –dijo Mike– porque supongo que también pagarás la mía, ¿no? –la ironía en su tono de voz hizo que el rubio frunciese el ceño, molesto. Al ver a su amigo asentir en silencio, sonrió– Hange, ¿te llamabas así, no? ¿Tú bebes tequila?

–Sí, por favor –Hange podía ser amigable y extrovertida pero no podía evitar que se sintiese rara al ver a un desconocido pagándole el alcohol.

–Y tú, Nanaba, ¿qué bebes?

La castaña pudo notar cómo su amiga daba un pequeño brinco al percatarse de que aquel hombre alto e imponente tenía toda su atención puesta en ella. Y por algún extraño motivo, a él le había sido más fácil aprenderse su nombre que el de Hange.

–U-Una cerveza estará bien –tartamudeó. Hange sabía que no quería beber pero era demasiado correcta como para rechazar una invitación.

Cuando Erwin se alejó de ellos para ir a pagar los tequilas en deuda y conseguir la bebida, Mike les hizo señas con la cabeza para que lo acompañaran a la mesa que hasta hacía unos minutos había estado compartiendo con su amigo.

Como todo en aquel bar, la mesa escaseaba en iluminación y la pequeña vela en el centro, casi consumida, no ayudaba a hacer que el rincón oscuro en donde se encontraban pareciese menos amenazador. Hange estaba convencida de que aquellos dos eran buenos tipos, algo se lo decía, pero entendía porqué Nanaba –que se había sentado a su lado– lucía tan huraña. No podían pasar el hecho de que seguían en "Ciudad Subterránea", metidas en un barrio peligroso y repleto de mafias; un ambiente masculino, con alcohol, drogas y prostitución por doquier. Si aquellos dos decidían olvidar aunque fuese por un instante la imagen de bonachones, Hange no iba a dudar ni un solo segundo en tomar a su amiga y salir corriendo de allí.

Erwin regresó con las manos repletas de bebidas alcohólicas. Colocó las dos botellas de cerveza frente a Mike y Nanaba y el shot de tequila frente a Hange, junto a un platito con un gajo de limón y una pizca de sal. Luego se sentó a un lado de Mike y jugueteó con el whiskey en el vaso, antes de decidirse a hablar.

–Nunca las había visto por aquí, ¿es la primera vez que vienen?

–Sí –contestó Hange, algo insegura. La canción de Queen ya había terminado y ella comenzaba a mimetizarse con Nanaba.

–Oye, Erwin –intervino Mike–. Nos trajiste las cervezas cerradas, ¿cómo quieres que las abramos? ¿Con los dientes? –al ver cómo su amigo lo ignoraba apropósito, chasqueó la lengua y se dispuso abrir su cerveza con lo que parecían ser las llaves de un coche–. Nanaba –el hombre volvía a dirigirse a la rubia y Hange habría podido jurar sentir el corazón de ella detenerse–, ¿te la abro?

Su amiga asintió levemente y Mike tomó su cerveza. Con habilidad le abrió la botella y volvió a colocarla frente a la rubia, sonriéndole un poco. Nanaba hizo que miraba para otro lado.

–Reconozco que no es un lugar muy amigable –Erwin parecía decidido a hablar con la castaña – pero por alguna razón, el alcohol es extrañamente barato aquí –observó.

–Por eso mismo decidimos venir –confesó Hange–. Pero, vamos, el barman es tu amigo y dices que no sabes por qué el alcohol es tan barato –lo provocó con una sonrisa.

–En realidad, Levi no es mi amigo –contestó Erwin a la vez que le daba un trago a su whiskey–. Nos respetamos mutuamente y eso es todo. Tampoco creo que tenga mucho que ver con el precio del alcohol ya que el lugar es de su tío.

–El bar es clandestino –sorprendentemente, Nanaba se dispuso a hablar–. No tiene habilitación y no respeta las leyes antitabaco y antiincendios. Tampoco tiene salida de emergencia. Seguramente venden el alcohol más barato porque no pagan impuestos o tienen algún tipo de arreglo con la policía. La apreciación de la rubia sorprendió a los otros tres presentes y Nanaba, al percatarse de eso, clavó los ojos en la botella de cerveza en frente suyo, un poco avergonzada.

–Oh, es que estudia leyes –se apresuró a aclarar Hange con el único fin de ayudar a su amiga pero, nuevamente, lo que logró fue que ella se molestase aún más. Por debajo de la mesa, la rubia le dio una patada– ¡Ay! –no pudo contener el sollozo de dolor pero la música estaba lo suficientemente alta como para que pasara inadvertido.

–¿Son universitarias? Nosotros también. Yo estudio licenciatura en Historia y Mike, preparador físico –Erwin se dirigió hacia ella y le sonrió– ¿Tú que estudias, Hange?

–Estudio ciencias biológicas y estoy preparando mi tesis.

Mi tesis. Al menos por un rato, Hange había logrado olvidar el motivo que la había arrastrado hacia el rincón más olvidado y marginal de la ciudad pero ahora la conversación le traía de nuevo a la mente la manera en la que el profesor encargado la había reprendido, tratándola de loca, cuestionando sus valores éticos y poniendo en terreno inseguro su título. Amaba su carrera, le encantaba, y no lograba entender por qué tenía que lidiar con gente tan cerrada. La ciencia no avanzaba con prejuicios e ideas infundadas y le daba muchísima rabia no tener el poder de cambiar tal cosa.

–Ah, espera. Sé quién eres –Mike la traía de nuevo a tierra y por debajo del flequillo, Hange pudo apreciar que había arqueado las cejas– ¿Tú eres la que propuso electrocutar un cadáver en sus tesis?

Hange percibió la mirada de Erwin clavada en ella y no pudo evitar sentirse cuestionada. Nanaba la miraba por el rabillo del ojo con una mirada de disgusto, siendo consciente de que Mike había tocado una fibra sensible en su interior.

–Sí, fui yo –se limitó a contestar la castaña.

–Vaya, qué raro –Mike soltó tal apreciación y se dedicó a beber su cerveza.

–¿Por qué lo dices? –Hange tuvo la necesidad de indagar. Necesitaba conocer los rumores que se decían en el campus sobre ella porque, aunque de cierta manera ya estaba acostumbrada a los mismos, no dejaban de dolerle.

–No pareces ser una demente –Mike se había dado cuenta de su incomodidad pero aun así se mostró sincero y sin pelos en la lengua–. Dicen que eres una loca, una chiflada, y en el campus de ciencias te has ganado el apodo de "Lady Frankenstein".

–Hange no es ni loca ni chiflada –Nanaba la defendió. Había conseguido el valor para dirigirse a Mike sin que se le trabara la lengua–. Es una excelente estudiante y su escolaridad habla por sí sola. Ha representado a la facultad de ciencias biológicas en varios encuentros y lo que le han hecho con sus tesis me parece vergonzoso.

–No la estoy atacando –Mike se apresuró en aclarar–. Ella quiso saber porque la reconocí y me limité a contestar. No dudo que sea buena estudiante y tampoco soy propenso a creer en rumores.

Nanaba no le contestó, simplemente se quedó allí, con el ceño fruncido y Hange se percató de que sus problemas habían arruinado el único encuentro que podría haber prosperado entre su amiga y un hombre.

– "Lady Frankenstein" me parece un apodo simpático –Erwin intentó devolver la calma a la mesa y Hange se lo agradeció–. A mí, durante un trabajo grupal, comenzaron a llamarme Luis XVI porque decían que mis acciones iban a llevar a todos a la guillotina, es decir, a reprobar.

–¿Y te guillotinaron? –quiso saber Hange pero internamente sabía la respuesta. La inteligencia del rubio parecía ser superior y no se veía como los que toman decisiones erradas– ¿O conseguiste a tu María Antonieta? –ahogó una risa a la vez que tomaba la sal entre sus dedos. El tequila la estaba esperando.

–No me guillotinaron, no –contestó él, con una media sonrisa–. Y tampoco conseguí a ninguna María Antonieta –al decir aquello, los ojos azules centelleantes por la vela frente a ellos, se vieron más húmedos y los clavó en la castaña como si quisiese decirle algo. Hange se dio cuenta pero la sal en la lengua comenzaba a picarle y se llevó el tequila a los labios.

El ardor de la bebida le recorrió el esófago y le quemó la garganta. El mareo no tardó en llegar pero el sabor del limón la trajo a la realidad.

–¡Qué bien me vendría otro tequila! –exclamó Hange, aún apabullada por el trago anterior. Estaba lejos de ser una alcohólica pero era viernes a la noche y necesitaba asegurarse un fin de semana en paz. Ya podría enfurecerse de nuevo el lunes.

–Vamos a por otro –la invitó Erwin y le hizo señas con aquellas cejas pobladas–. Yo también necesito más whiskey.

Hange se percató de que con sus gestos, el rubio se refería a dejar a solas a sus dos amigos pero la castaña no sabía si era buena idea o no. A Nanaba se la veía aún más distante que al principio luego de aquel pequeño encontronazo con Mike y éste último no dejaba de mirarla furtivamente como si quisiese decirle algo. Definitivamente, y por mucho que la rubia se molestase en negarlo, había allí cierta tensión sexual y que Nanaba parecía decidida a ignorar porque, por lo que se podía apreciar, Mike ya había asumido su derrota ante los encantos no reconocidos de la rubia. Y eso que ella no se había esforzado en nada para gustarle, sino que al contrario.

–Nana, voy a por otro tequila –le dijo a su amiga. Le debía, al menos, el avisarle que la dejaba a solas con Mike.

La rubia se sorprendió e inmediatamente miró frente a ella, hacia el hombre fornido que cada tanto parecía desnudarla con la mirada. Intentó oponerse como era obvio, pero luego observó que Erwin estaba al lado de la castaña, de pie y esperando por ella y, entonces, por lo que Hange pudo apreciar, la mujer entendió que se merecía estar a solas con Erwin así como Hange había entendido que ella debía de estar a solas con Mike.

–Está bien –resolvió y en un intento de querer calmarse, le dio un trago a la cerveza– pero no tardes, por favor –esto último lo dijo en voz baja.

Hange asintió con la cabeza y junto con Erwin, comenzaron a caminar hacia la barra. Haciendo un gran esfuerzo para no mirar por encima de sus hombros, la castaña intentó focalizar su atención en la cantidad de gente que rodeaba la superficie de madera. Había más gente que antes, por algún motivo, y los taburetes en los que anteriormente se habían sentado ella y Nanaba, ahora estaban ocupados por dos veteranos de aspecto fiero que bebían a diestra y siniestra lo que parecía ser gin.

Erwin se acercó a la barra y haciéndose un lugar entre los borrachos aglomerados, llamó al barman con una mano. El hombre al que había bautizado como "rottweiler enano" y que en realidad se llamaba Levi, miró al rubio y luego a Hange junto a él solo para que ésta última fuese testigo de cómo la expresión de desagrado se le pintaba en el rostro otra vez.

–Podrías haberte conseguido algo mejor, ¿no? –le soltó el barman a Erwin, sin importarle en lo más mínimo el hacer tal comentario en frente de ella.

–¡¿Qué dijiste?! –Hange no pudo evitar sentirse un poco herida en su ego.

–Oye, Levi –se interpuso Erwin. La castaña apreció lo serio de su semblante–, eres cantinero no celestino así que más vale que te limites a servir alcohol en vez de ponerte a evaluar a mi compañía.

Tsk… -el enano chasqueó la lengua molesto pero de cierta manera dio por finalizada la discusión. Aquello la sorprendió porque Levi no se veía como el tipo de persona que se deja vencer con simples palabras– ¿Más whiskey, Erwin? –le preguntó al rubio, al ver que éste asentía, la miró a ella– Y tú, ¿más tequila?

Levi regresó a ellos con una botella de whiskey escocés en una mano y la botella de tequila en la otra. Sirvió los dos vasos a la misma vez, con habilidad, e ignorando completamente su presencia, le acercó a Hange sal y limón.

Debido a que todos los taburetes estaban ocupados, tuvieron que quedarse allí de pie, pero la realidad era que los dos tenían el suficiente alcohol en sangre como para sentirse más seguros sentados. Ella más que nadie.

–Me parece que no vamos a poder regresar a la mesa –le dijo Erwin, luego de que mirara en la dirección en la que habían dejado a sus dos amigos. Le dedicó a la castaña una sonrisa de complicidad.

Alarmada, dirigió sus ojos hacia donde estaban esos dos, tratando de ver qué era lo que estaba sucediendo y se encontró a Mike y a Nanaba hablando animadamente, muy lejos de estar enfadados pero, a la misma vez, a kilómetros de distancia de que "algo más" sucediese. Hange elevó las comisuras, feliz. Era obvio que si no sucedía nada esa noche, era más por el recelo de Nana a resguardar su extraño concepto de dignidad y a sentirse segura porque, de ser por Mike, ya estarían enrollándose. Era tan obvio lo mucho que le había gustado su amiga que se le veía haciendo un esfuerzo enorme por seguir la conversación, seguramente rogando que no se produjera algún silencio incómodo.

Ahora, ¿en qué situación estaban Erwin y ella? Se habían caído bien, tenían algunas cosas en común y parecían compartir el mismo interés por enganchar a sus amigos. Estaban frente aquella barra, muy cerca debido a la cantidad de gente, tan cerca que Hange podía respirar el perfume de su colonia más allá del olor a tabaco que espesaba el aire, y él la miraba directamente al alma con aquellos preciosos ojos. Había algo en él, cierta tristeza que pudo identificar, algo de melancolía que intentaba ahogar en el vaso de whiskey y que la castaña tenía la necesidad de descifrar como si fuese el misterio más buscado por la ciencia. Era amable, caballero, correcto y sereno –o al menos eso le había dejado ver hasta ahora– y por extraño que sonase, Hange sentía que lo conocía desde hacía muchísimo tiempo atrás.

"Estoy lejos de creer en la reencarnación, se dijo a si misma pero si ésta existiera, estoy segura de que él y yo fuimos la misma persona."

–Hange –él la llamó y por algún motivo se acercó más. La castaña pudo sentir el aliento chocar contra su nariz. Olía a whiskey y a todo lo que estaba bien–, creo que deberíamos poner algún tema que anime a Mike y a Nanaba a ir por más –le propuso.

"Y que también nos anime a nosotros", le pareció oírlo decir con la mirada.

Muy lentamente se acercaron al viejo aparato musical que otrora lo iniciase todo. Erwin tomó una moneda y la colocó en la ranura, permitiéndole a Hange elegir la canción. No hacía falta que se dijesen nada, porque ya sabían qué tema iban a hacer sonar y a ella no le fue muy difícil encontrarlo.

Freddie Mercury volvía a hacer acto de presencia.

"Crazy little thing called love".

Cuando la canción empezó a sonar, los dos miraron hacia la mesa para apreciar la reacción de sus amigos pero éstos estaban tan concentrados en su charla que ni siquiera se inmutaron del ritmo que los rodeaba. Hange miró a Erwin y se encogió de hombros y él le sonrió, levemente. Se habían alejado de la barra y habían roto aquella cercanía pero otra vez volvían a estar muy juntos. Quizás la magia de Freddie no había surtido efecto en Nanaba y Mike pero sí que lo había hecho en ellos dos.

Entonces, justo cuando Hange habría podido jurar que se venía un beso, un griterío proveniente de la barra le hizo recordar que estaba en un bar de mala fama y rodeada de borrachos armados con botellas de vidrio, sucediendo así lo que tarde o temprano iba suceder: los dos hombres de cierta edad que estaban sentados en los que habían sido los taburetes de las dos chicas, estaban trenzados en el suelo y se propiciaban golpes de puño torpemente, claramente enlentecidos por el alcohol.

La pelea podría haber quedado allí de no ser porque uno de los hombres logró hacerse con un vaso y se lo partió en la cabeza al otro, alarmando a los otros concurrentes que intentaban separarlos. Hange vio cómo Nanaba y Mike que estaban más cerca de la trifulca, se ponían de pie y Mike tomaba del brazo a su amiga, alejándola lo más rápido posible de la violencia.

Era ciertamente gracioso y un poco patético ver a dos borrachos peleando con una canción de Queen de fondo que hablaba de amor mientras otras personas igual de ebrias intentaban calmar la situación. Pero más gracioso fue aún, cuando el rottweiler enano saltó con agilidad por encima de la barra y escabulléndose entre los que querían separar a los veteranos, llegó hasta estos dos y, rápido como un rayo, le dio una patada en el vientre al que estaba encima haciendo que se retorciera de dolor y al otro lo tomó por el cuello de la camisa para lanzarlo con tal facilidad que parecía que estaba levantando un almohadón de plumas.

Se hizo un silencio sepulcral y lo único que sonaba era la rocola.

–Viejos de mierda, ¡se van si no quieren que los haga tragar vidrio! –amenazó Levi, pisoteando los restos del vaso roto. A uno de los hombres le sangraba la frente– ¡Lo último que nos falta es que venga la policía!

This thing called love, I just can't handle it
This thing called love, I must get round to it
I ain't ready

Hange no pudo contener la carcajada que le brotó de la garganta y todos los ojos se dirigieron hacia ella. Era hermoso lo que podía llegar a suceder en un lugar lleno de gente ebria. Jamás en su vida se imaginó que una canción de Queen sería la banda sonora de una pelea entre dos ancianos borrachos y que le daría cierta musicalidad a las amenazas de un cantinero de baja estatura.

La mirada de Levi era furia en su estado más puro y aunque a ella no le importó al parecer sí que le importó a Erwin.

–Va a ser mejor que nos vayamos –dijo Erwin con cierta preocupación cuando Nanaba y Mike se unieron a ellos.

Así fue como salieron a la noche fría, la cual se cernía sobre ellos despejada y con luna cuarto menguante. Se detuvieron en la vereda y los dos hombres observaron a las mujeres como si intentasen formular una pregunta.

–¿Qué van a hacer? –preguntó finalmente Mike. La interrogativa había salido de su boca en plural pero se la hacía a Nanaba, o al menos, ni siquiera se había molestado en mirar a Hange.

–Vamos a tomar un Uber para ir a casa –contestó Hange al ver que su amiga estaba sumida nuevamente en su habitual timidez. La castaña miró furtivamente a la rubia analizando su expresión ya que no podía dejar de preguntarse qué había estado hablando con Mike.

–Las llevamos –resolvió Mike rápidamente y del bolsillo del pantalón, sacó las llaves que anteriormente había usado para abrir su cerveza y la de la rubia– ¿Viven juntas?

–Sí –aquello implicaba que tanto Mike como Erwin iban a saber dónde vivían. Y aunque a Nanaba podría no gustarle la idea, a Hange le parecía maravilloso.

–No es necesario que nos lleven –se interpuso Nanaba. Se abrazaba a sí misma intentando darse calor. Hacía más frío que cuando habían llegado–. No queremos molestar –agregó, intentando justificar su respuesta seguramente por verse a sí misma actuando muy distante.

–No molestan –dijo Erwin–. Además, creo que sería conveniente aprovechar ya que Mike no se ofrece a llevar en su auto a todo el mundo.

–El combustible está muy caro –rezongó el otro por lo bajo y provocó que Erwin y Hange rieran un poco. Nanaba por otro lado, se mantuvo seria.

Caminaron un par de cuadras abajo, esquivando a un par de drogadictos tirados en la acera y a una prostituta que descaradamente le ofreció sus servicios a Mike y a Erwin, ignorando completamente la presencia de las dos mujeres. Los hombres hicieron de cuenta que no la habían oído aunque Hange pudo notar cómo se enrojecían un poco. Aún con la típica desfachatez que da el alcohol, Hange se animó a soltar:

–Tres libras el oral. Eso sí que es un ofertón.

–¡Hanji! –exclamó Nanaba alarmada pero se tranquilizó al ver que los hombres se reían algo incómodos.

–Me pregunto si el herpes vendrá incluido en el precio –por alguna razón, la castaña estaba disfrutando el incordiar a aquellos dos que parecían tan centrados, demasiado buenos para ser reales.

–No sabría qué decirte –Erwin lucía completamente serio–. Al nunca haber solicitado ese tipo de servicios, no puedo decir con claridad si las venéreas están incluidas en el combo o no –Hange pudo notar el tono jocoso más allá de su expresión.

–Oh, qué caballero tan correcto –lo provocó Hange y sintió a Nanaba prenderse de su brazo, en un intento por hacerla callar–. Y usted, señor Mike, ¿ha recurrido a los servicios de una señorita de la calle? –no la estaba viendo directamente, pero sintió los ojos grises de su amiga clavarse en ella como puñales de hielo.

–No. Nunca –se limitó a contestar el otro.

Llegaron al auto de Mike que estaba estacionado en una calle solitaria y luego de que el hombre desactivara la alarma y abriera las puertas, los cuatro se adentraron en el vehículo. Estaba impecablemente cuidado y olía a aromatizador para autos.

Hange les dio la dirección y el dueño del vehículo condujo con tranquilidad mientras recorría Oxford de una punta a la otra. Durante el viaje, ninguno tuvo la necesidad de hablar y por un momento, la castaña se adormiló mientras oía al locutor de la radio dar las noticias de la madrugada. Se despabiló cuando sintió a Nanaba sacudiéndola suavemente, y al mirar por la ventanilla divisó el complejo de apartamentos en el que vivía junto a su amiga.

–Muchas gracias –dijo Nanaba mientras Hange bostezaba–. Han sido muy amables.

–No ha sido nada –Mike volteó y miró sobre sus hombros a la chica rubia en el asiento de atrás.

–Buenas noches –se despidió Erwin mientras veía cómo Hange abría la puerta del coche.

Los cuatro se miraron por un par de segundos tratando de descifrar cuál sería el valiente que plantearía el repetir tal encuentro, pero ninguno se animó. Nanaba bajó la mirada y luego de despedirse en voz baja, salió del vehículo como alma a la que lleva el diablo y Mike, al ver que la rubia se había ido, perdió todo tipo de interés en proponer algo. Hange y Erwin se miraron pero la castaña había perdido la vivacidad de la borrachera y estaba mareada y Erwin, al parecer, no quería resultar invasivo. Así que ella se despidió tal como hiciese su amiga y cuando estuvo fuera del coche y lo vio alejarse para perderse en la oscuridad, algo parecido a la tristeza le germinó en el pecho.

Aquello no había sido un simple encuentro, estaba segura. Quizás el agotamiento por una noche tan cargada de emociones, había hecho que se callase la boca en el momento en el que más tenía que hablar.

Lo había dejado ir y no sabía si volvería a verlo.

–Oxford no es tan grande –le consoló Nanaba, percatándose del malestar que sentía.

–Dime, Nana –Hange se dirigió a su amiga–, ¿volveremos a verlos?

–Estoy segura de que sí –la rubia parecía resuelta y una peculiar sonrisa se le dibujó en el rostro generalmente sereno. Aquello le brindó tranquilidad ya que, como siempre, Nanaba era su cable a tierra.

Hange suspiró. Ojalá aquel encuentro no hubiese sido consecuencia de una brutal casualidad porque sentía y estaba segura de que durante aquella noche repleta de whiskey, tequila y Freddie Mercury había conocido, finalmente, a alguien especial.