Digimon no me pertenece.
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LA DE LA SEMANA VEINTE
—¡Es una locura!, ¡no puedo hacerlo!
Cuando cayó la cabeza de su amiga sobre su hombro y escuchó su gimoteo, Sora, abrazándola amablemente (resignadamente), la hizo pasar. Ya sentada y rodeada de ropita, juguetes y algún que otro artefacto el cual no reconoció y con el cual debería ya estar familiarizada, Mimi rompió en un desconsolado llanto.
Desde la cocina, Sora suspiró, mientras preparaba el té.
—¿Cuánta miel querrás?
—¡Toda! —escuchó entre su lamento. A Sora se le escapó una risa.
Al entrar con el té, o el sucedáneo que tomará Mimi a base de miel, Sora ya guardaba la compostura. Mimi tampoco lloraba, estaba en trance sosteniendo el sonajero favorito de su hija. Con esa barriga de ya cinco meses y sus ojos llorosos, parecía un personaje sacado a la fuerza de una tragicomedia. Pero tampoco había que alarmarse. Simplemente era el estado de Mimi al entrar en la semana veinte de su embarazado.
Hacía tan solo cuatro días que había estado radiante en ese mismo lugar, anunciando que lo que esperaba era un varón. Hacía alrededor de un mes también que había explotado de alegría en ese mismo lugar, al enterarse de que compartiría embarazo con su amiga Miyako. Y hacía tres meses también que había llorado de emoción, en ese mismo lugar, al comunicarle a su amiga más querida su embarazo.
Hoy, en ese mismo lugar, Mimi se sentía desdichada. No era algo nuevo. No era algo por lo que no hubiese pasado ella misma. Un embarazo no era un camino de dicha continua ni mucho menos. Tenía derecho a tener días dónde creyese que el mundo se había vuelto loco y ella iba a la cabeza de la locura.
Por instinto, echó un ojo a su hija comprobando que no había despertado. Tomó asiento y sirvió el té. No de inmediato, pero Mimi intercambió el sonajero por la taza. Sintió la calidez en sus manos. Le reconfortó unos instantes. Fue una ilusión que desapareció tras el primer sorbo.
Empezó de nuevo con su gimoteo. Negó.
—No puedo hacerlo Sora. ¿Cómo me voy a convertir yo en madre? —se llevó las manos a la cabeza— ¡La linda ropita de bebé me cegó!, ¡pensar nombres divertidos para niños me cegó!, ¡todas vosotras teniendo hijos me cegó! ¡Es vuestra culpa!, ¡y ahora yo tengo un niño aquí dentro!
Sora se limitó a escucharla, bebiendo pausadamente su té y mirando a la bebé que descansaba a su lado. Cuando ya pareció terminar, la enfocó:
—¿Ya se te ha pasado?
Su amiga gruñó, dejando la taza contra la mesita bruscamente. No la tomaba en serio. Lo trataba como un berrinche infantil. Eso la enfadaba, aunque realmente ese era el problema. Se sentía una niña.
—Esto es serio Sora. Lo siento de verás. Yo no tengo ese instinto innato maternal que tú tienes, ni tampoco el dulce instinto de Hikari, ni siquiera el de Miyako, que creo que es más instinto hacia Ken-kun que hacía la maternidad en sí, ¡pero ya ves!, ¡felizmente en su segundo embarazo! ¡¿Y yo qué?!, ¡¿qué clase de instinto tengo yo?!
—Tienes tus propias cualidades —empezó Sora, con una paciente sonrisa—. Eres dulce y divertida, pero también tienes carácter y sabes imponerte. Eres cariñosa, justa y además, te gustan las cosas bonitas —rio, buscando su complicidad—. Así que te encantará tu hijo.
Fueron como si sus palabras la traspasaran. Sora no contaba con que estuviera tan poco receptiva. Esperaba que solo tuviera una crisis de fácil solución a base de miel y mimos. Mimi se había quedado presa de un punto fijo. Sora lo buscó.
—Es un sacaleches.
—Oh my God! —despertó Mimi, llevándose esta vez las manos a sus crecidos pechos. Gimió, bajando la cabeza— Todo eso que dices es muy bonito pero yo sé que no soy así y mi hijo también lo sabrá. Seguro que ni siquiera es bonito. ¡Todos los recién nacidos que he visto son tan feos! —calló por el carraspeo de su amiga. Ladeó la cabeza hacia donde indicaba. Sonrió— Excepto Ai-chan por supuesto. Tan bonita ella con esa pelusa sobre su cabeza que parecía un oso albino y esas manchas rojizas que parecía un reptil mudando de piel.
Sora entrecerró los ojos, buscando su silencio. Cuando lo encontró la bebé lo rompió con su llanto.
—Significa que te ha escuchado.
—¡No es cierto! —exclamó, con un deje de preocupación. Una cosa era que no le pareciera especialmente agraciada al nacer y otra muy distinta que renunciara a ser su tía favorita— Pero no me ha entendido, ¿verdad? No puede entenderme aún. ¡Es pequeña!
—Mañana hará veinticinco semanas y media, ¿a qué sí? —Ya con su nenita en brazos, Sora miraba y buscaba respuesta en su hija.
Tras un intento de contar con sus dedos, Mimi renunció, sintiendo más desesperación.
—¡Esa es otra!, ¡ahora mi vida se basará en semanas!, ¿cuándo se deja de contar en semanas? ¿Al año?, ¿a los dos?, ¿en su mayoría de edad? ¡No me gusta contar números tan altos!
Pero esta vez no encontró respuesta en Sora. Estaba ocupada con su bebé.
—Creo que alguien tiene caca —anunció, como si fuera un gran mérito. Mimi palideció cuando Sora le hizo un gesto para que se acercara. Finalmente accedió—. Debes practicar, ¿no?
Remangándose para la faena, miró con superioridad a su amiga, que aprovechó para ir a buscar el recambio.
—No es cómo si me fuera a asustar por un poco de ca… what?!
—Ha empezado a comer solido —dijo la orgullosa madre, recuperando el sitio a su lado. Mimi tomó las toallitas que le tendía—. ¿Estaba bien?
—¿Lo qué?
En realidad cambiar pañales no le disgustaba. Lo hacía bastante natural. Le divertía ver las rechonchas patitas del bebé moviéndose frenéticamente.
—La caca —dijo Sora. El pañal ya estaba hecho una bola. Mimi lo miró de reojo sin entender—. Tienes que comprobar que la caca del bebé sea normal.
—¿Normal?
Con una mano sosteniendo las patitas hacia arriba y la otra todavía con la toallita, Mimi volvió a mirar el pañal y a su amiga.
—Sí, normal. El color, el olor, la textura, el sabor.
—¿Sabor?
La palidez había regresado a su rostro. Sora rio.
—Eso era broma.
Soltando las patitas de Aiko, Mimi se llevó la mano a la boca en una arcada. Sora perdió todo rastro de diversión.
—¡Mimi!
Al apartarse la mano lo que había era una lengua en actitud burlona.
—¡Broma!
Esa era otra. Sin contar sus más que obvios vaivenes emocionales el embarazo de Mimi podría calificarse incluso de placentero. Ni una arcada, ni un vomito, ni una intolerancia, antojos no demasiado extravagantes para lo que era ella (aunque estaba acabando con las existencias de miel del país), ¡y apenas estaba ganando kilos!
Terminó de cambiar a la bebé y la sentó en su regazo, apoyada en su abultada tripa. La niña, ya tranquila, se entretenía con el largo cabello de Mimi tratando de llevárselo a la boca. Esta la correspondía meciéndola con mimo. Se podría afirmar que ya no era una estampa de desdicha, pero la preocupación seguía latente. Apoyó la mejilla contra la cabecita de la nena. Miró a Sora.
—¿Recuerdas cuando conseguí mi emblema? —Sora asintió, invitándola a continuar— Entonces no lo quería. Gennai nos había dicho que debíamos criar correctamente a los digimon y yo no me sentía preparada.
—Greymon acababa de digievolucionar de forma incorrecta. Todos estábamos asustados e inseguros.
Mimi negó.
—Entonces, ¿por qué ahora me siento igual?
Al notar que trataba de contener el llanto, Sora entendió que ahora sí, de verdad se estaba rompiendo. Mimi levantó la cabeza de la bebé, la cual ahora se entretenía con el sonajero que le había dado su madre. Suspiró pesadamente.
—Pero al final Palmon se convirtió en una linda hada. Lo hiciste bien.
—No creo que fuera mérito mío —susurró con la voz queda.
—Mimi… claro que sí.
Sora apartó la mano del hombro de Mimi al notarla reaccionar. Sus ojos anegados en lágrimas la enfocaron.
—No puedes entender cómo me siento. Tú has sido madre desde los once años y tu marido también. ¡No erais niños!, ¡Erais dos malditos padres andantes!, tan maduros, tan preocupados…
—Tan patéticos —Mimi calló ante la dureza de Sora—. Niños con tantos problemas emocionales que ni sabíamos ser niños. Horrendos padres de once años. Pero luchamos contra nuestros miedos y los superamos y entonces sí nos convertimos en padres, en buenos padres adultos, que es lo que deben ser los padres. Y no te consiento que no valores el gran esfuerzo que hicimos para convertirnos en lo que somos.
Al finalizar, podría decirse que Sora no había sido consciente de sus propias palabras. Eran las entrañas las que habían hablado. Mimi, tras el shock inicial, rompió a llorar nuevamente. Sora tomó a su niña en brazos, la dejó a una lado y recibió a Mimi.
—Sora, si vengo a ti es porque espero palabras dulces y calentitas no algo tan rudo. Si quisiera que me hablaran rudo iría a… —paró un segundo y lloró mas fuerte—. ¡Es el problema!, ¡nadie me habla rudo!, ¡soy una niña mimada!
Sora la sosegó pacientemente.
—Sí, lo eres —ya empleaba su tono dulce característico—, pero no es incompatible con ser una buena madre ni mucho menos.
—¿Lo crees de verás?
—¡Claro que sí! —Por fin la encontraba algo receptiva. Supuso que ya estaba agotada de ser pesimista. Había personas que simplemente no estaban hechas para recrearse en malos pensamientos durante demasiado tiempo. La envidió por ello. Le limpió las lágrimas y le sonrió—. Has cambiado el pañal de Ai-chan genial. Un diez en cambiar pañales.
Mimi hizo una tímida sonrisa.
—En el Digimundo perdí el asco a las cacas —dijo, terminándose de limpiar las lágrimas—. Y creo que no se me dará mal cantar nanas.
—¡Por supuesto!
—Y mis platos tienen mucho existo entre los niños. ¿Por qué a mi hijo no le iban a gustar?
—¡Será tu mayor fan!
—¡Y seguro que existen sacalaches mucho más estilosos que ese!
Las palabras de aliento que la inercia del momento traía quedaron sin salir esta vez. Sora, descolocada, enfocó el dichoso aparato. Cuando volteó a Mimi de nuevo sonrió porque de repente ahí estaba: Mimi Tachikawa en su veinte semana de embarazo; radiante, optimista y con una completa seguridad en sí misma.
—¡Puedo hacerlo!, ¡lo haré!, ¡seré la mejor madre del mundo!
De pie con su estilosa barriga de cinco meses, su cabello baboseado y con el sonajero señalando al cielo, sus ojos llorosos brillaban con una luz nunca vista. No había lugar a la desdicha, ni a la tragedia. El triunfo era su único camino.
Sora asintió, sonrió y miró a su bebé, que desde su regazo observaba a la futura mamá como si estuviera ante la imagen de una aparición divina, o quizá, lo que mirase con tanta atención fuera su sonajero convertido en el símbolo del renacer de Mimi como la exitosa protagonista de su maternidad.
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—¡Solo cuatro meses más!, ¡tú puedes hacerlo!, ¡eres la mejor!
Sora se arrojó contra el futón derrotada. Miró a su esposo, que ya acomodaba a la bebé entre ellos.
—¿Tú crees que terminará una vez nazca el niño?
—Claro que sí. Estará muy ocupada subiendo a las redes fotografías del bebé con absurdos filtros de gatos, estrellas y corazones.
Cerró los ojos acurrucándose junto a su hija. Quizá su esposo tuviera razón, quizá dentro de cuatro meses Mimi ya no la necesitara más, quizá tuviese que ser ella entonces la que fuera en busca de Mimi continuamente para poder disfrutar de su recién nacido, quizá...
El teléfono sonó. Sora suspiró, reincorporándose. Yamato le dedicó una alentadora sonrisa, incluso la bebé abrió un poquito los ojos otorgándole fuerzas a su sufrida mamá.
La semana veinte y un día de embarazo de Mimi Tachikawa comenzaba.
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N/A: Ya no escribo, pero una vez al año quédate en casa.
