I. Introitus.


Muchos años después, en su lecho de agonía, Austria solo podía recordar la marejada de sentimientos que lo asolaron el día en que Prusia tocó aquel concierto de flauta para animar la casa de Alemania durante el Blitzkrieg. Aquello tranquilizaba su alma mientras fingía estar dormido para que lo dejaran solo. Había sido durante un día de invierno y Alemania había abandonado la casa para invadir Rusia. Nadie en esa casa ahora tan grande y llena de gente podía estar tranquila, y comenzaban a correr los rumores en contra de Alemania, por lo que a Prusia se le ocurrió desarchivar sus viejas partituras, pulir y afinar su vieja flauta traversa y brindar un concierto para la casa. El bajo continuo fue tomado por un clavecinista que logró contratar a último momento, que se encontraba entre los heridos que descansaban en la casa de Alemania. El ambiente tenso podía sentirse en todas partes. Los heridos Wurtemberg y Baviera estaban dentro del montón de países que habían sufrido heridas al luchar codo a codo junto a Alemania en el frente oeste.

El aire olía a aceites aromatizantes de esos que solía poner Alemania para tranquilizarse de vez en cuando. Prusia se había encargado de acondicionar la sala de estar para que pareciese un salón de música del siglo XVIII. Austria también tuvo un poco de nostalgia de aquellas épocas donde la música de salón estaba por todas partes e inclusive sus jefes se preocupaban por aprenderla e incluso componerla.

—Hey, señorito —Prusia entró muy ruidoso en el estudio—, hoy, el asombroso yo va a dar un concierto de flauta para animar la casa y que aprecien la grandeza de la gran Prusia. ¿Te interesa ayudarme?

—Hazlo tú. —Austria no despegó los ojos de los papeles que recibía del frente de batalla y los espías del oeste—. ¿No ves que tengo cosas que hacer? Alguien tiene que llevar esta casa adelante mientras Alemania no está. Y no tengo tiempo para esas estupideces. —Se arrepentía de cada palabra que salía de su boca. La música jamás había sido una estupidez para él, y se moría de ganas por escuchar un buen concierto de flauta o ir a la ópera, pero todos los teatros estaban cerrados a causa del esfuerzo de guerra. Y ahora Prusia iba a dar uno gratis; no había peor idea que rechazar la oferta.

—¡¿Qué?! —Exclamó Prusia sin entender absolutamente nada. Absorto y a diferencia de lo que Austria esperaba, se adentró dentro del oscuro estudio de Alemania, solo iluminado por la luz cálida de escritorio que reflectaba sobre los papeles—. ¿Cómo que no te interesa un concierto de flauta? —Comenzó a tantear con los dedos la cabeza de Austria como buscando algún tipo de cáncer—. Si a ti te encanta la música, ¿qué dices Austria? ¿Acaso estás montando una escenita para luego ir de verdad? Eso conmigo no funcionará. Vamos, vamos, vamos, vamos… Aunque sea ayúdame con el bajo continuo; ¡le sacaremos el polvo al clavicordio de Alemania que lleva pudriéndose siglos en el garaje!

—¡Déjame en paz! —Gritó Austria volteándose—. ¡Ve y haz algo bien por primera vez en tu vida por ti mismo!

—Como sea, pero ni se te ocurra cruzarte siquiera por el salón de música. —Hizo un ademán para retirarse.

—No lo haré. —Volvió a concentrarse en su lectura.

—Ni siquiera asomarte por la puerta para ver qué pieza es.

—Estaré aquí toda la noche. Haciendo el trabajo que Alemania te dejó a ti. —Punzar sobre los deberes sin hacer de Prusia era el pasatiempos favorito de Austria, a pesar de que ignoraba sin importar de las claras evidencias de que al hermano mayor de Alemania no le importaba en absoluto.

—Invitaré a Hungría.

—Ni te molestes. Seguramente te asesinará ni bien te vea. Lo que sería divertido de ver.

No contestó. Parecía que de verdad se había retirado por fin. Aunque de verdad sabía que había cometido un error. Dejó de lado las cartas enviadas por los espías en Francia para revisar el archivo con las partituras de Alemania en busca del libro de los conciertos de flauta para rememorarlos en su cabeza, pero tras media hora no los encontró. Conciertos para clavicordio, violín, viola, violoncello, contrabajo, oboe e incluso trompeta había en esas cuatro cajas inmensas que Austria había revisado, pero todos los libros que contenían los conciertos para flauta traversa habían sido retirados seguramente mientras Austria se esforzaba por ignorar la presencia de Prusia y a la vez pensar en las réplicas a sus agresiones.

Volvió rápidamente a la puerta para ver si podía ver a Prusia con los libros pero solo vio el pasillo del primer piso de la casa de Alemania completamente vacío y desolado, con los ojos petrificados de los distintos príncipes electores a lo largo del tiempo clavados en él como con un aire altanero y con vergüenza de la actitud que había tomado Austria. «Yo no soy así», pensó Austria mientras regresaba a su trabajo. «Es él quién me pone de esta manera. Me hace olvidar mi naturaleza y lo que de verdad soy. Si no fuera por él seguramente podría disfrutar de cualquier concierto de flauta o lo que sea, pero él lo arruina todo. ¡¿Por qué tiene que ser tan idiota?!»

Cuando cayó la noche Austria escuchó el revuelo que comenzó a hacerse abajo. Era un bullicio proveniente de los convalecientes del hospital de guerra en el que se había convertido la casa de Alemania desde que el más cercano estaba atestado de pacientes. Además estaban presentes las enfermeras y algunos doctores que visitaban a diario a los héroes del Blitz. Austria se encargaba no solo de administrarlo, sino también de administrar la casa en sí. El alimento era cada vez más escaso debido a la tierra arrasada que la guerra estaba dejando a su paso y las bocas por alimentar en esa casa eran muchísimas. El trabajo le consumía los días y no veía el momento en que Alemania regresase triunfante de Rusia para volver a tomar las riendas de ese manicomio que debería administrar junto a Prusia, pero este se ausentaba la mayor parte del día solo Dios sabe haciendo qué.

Terminó de revisar el libro diario de las expensas, las cartas de ingresos y las recaudaciones impositivas y comenzó a planificar los gastos de la semana. Era un gran reto para él hacer las cuentas adecuadas para que el dinero alcance los siete días en cenas, medicamentos, personal honorario, luz eléctrica, gas natural, etc. Sentía que el dinero no alcanzaría para fin de mes y debería pedirle prestado a Suiza después de tanto tiempo. Quizá Países Bajos tenga algún crédito qué darle. Al fin y al cabo Alemania había ocupado su casa. Podría negociar algo con ello. «¡Por Dios!», pensaba. «¡¿Quién lo manda a Alemania a hacer una guerra tan costosa?! ¡El Blitzkrieg nos llevará a la bancarrota! ¡Él nos llevará a la bancarrota!»

Peor fue cuando la música comenzó y los números se hacían cada vez más irrisorios. En lugar de pensar en números abstractos y racionales, pensaba en pulso, armonía, melodía, contrapunto y el bajo continuo que acompañaba a la flauta de Prusia. De pronto se vio tardando media hora para resolver una sencilla cuenta y marcando el pulso con el pie a la vez, después perdiéndose en sus pensamientos y dibujando claves de sol en hojas vacías. Finalmente terminó analizando la estructura melódica de la suave melodía que le tocaba a Prusia en ese punto. Aquello era arte: una hermosa sarabande barroca y —según se atrevía a analizar— seguramente bachiana; la complejidad de las escalas y la estructura melódica sobre la que la flauta se desenvolvía la delataban.

Cuando quiso tomar un sorbo de su café, se encontró con la taza vacía. Al intentar servirse más, la cafetera también lo estaba. Entonces la música pareció intensificarse suavemente abajo y al observar el pasillo, cada nota que venía de la sala de música parecía ser un llamado de sirena a que vaya a apreciar en persona la magnífica presentación de Prusia. Pero él era demasiado orgulloso para admitir su error; lo era demasiado como para aparecerse por la sala de música a exteriorizar lo pleno y que le hacía sentir la música que Prusia era capaz de interpretar. Lo había subestimado e ir a su concierto significaba reconocer su error, que Prusia tocaba bien la flauta y que Austria valoraba su manera de interpretar Bach; pero aquello le hubiera significado siglos y siglos de Prusia riéndose acerca de cómo una vez más le ganó. Jamás daría el brazo a torcer en algo que le apasionaba tanto como la música. «Además ahora no tengo ganas de escuchar Bach», se dijo para autoconsolarse. «Después de hacerme más café me voy a encerrar en mi habitación, y pondré un disco de Mozart a sonar. Sí. Es la mejor manera de terminar un día».

El pasillo que conectaba las escaleras con la cocina también pasaba por la puerta del salón de música. Cada peldaño que descendía era un nivel de volumen más alto y un nivel de calidad apreciativa que ascendía la música que Prusia interpretaba. Aquellos bajos no eran tan malos como se escuchaban desde arriba. De hecho la flauta no se ahogaba como pasaba con la mayor parte de los flautistas a la hora de interpretar bajos en la obra. Prusia de verdad sabía lo que hacía y demostraba con cada semicorchea su destreza con la flauta traversa y lo errado que estaba Austria al no darle una oportunidad a su música. Estuvo más o menos cinco minutos petrificado al pie de las escaleras, aterrado de pasar por la puerta y quedarse hipnotizado por el encanto prusiano, de manera que lo dejase todo por la música. Pero finalmente Prusia dejó de tocar y los invitados le aplaudieron. Era su oportunidad. Cruzó el pasillo tan rápido como pudo y por el rabillo pudo denotar que la puerta estaba entreabierta y dentro Prusia se acomodaba para continuar con otra suite.

El problema fue pasar despistado de nuevo por la puerta, de regreso hacia su habitación. Esta vez sí que no pudo evitar quedarse congelado en la puerta y espiar por la pequeña abertura a Prusia tocar tan virtuosamente la flauta. La melodía era como un hermoso arrollo de agua que corría fluidamente por su cauce serena y limpia. Era el bajo continuo el que no era óptimo: cometía demasiados errores por no prestar atención a la melodía. Básicamente hacía lo que quería y muchas veces, cuando debía destacarse la flauta, solía taparlo, pero Prusia hábilmente sabía manejar la situación con melodías más exasperadas y rubatos que opacaban al clave mal tocado. El problema era que el clavecinista lo tocaba como si fuera un piano. Pero un clavicordio no era un piano: sus teclas eran mucho más delicadas y no sonaba de la misma forma. El acompañamiento debía ser más uniforme y no tanto como lo tocaba el bajista. Austria se arrepintió de no haber ayudado a Prusia con eso. Si él estuviera ahí, seguramente la música sería mil veces más bella. Sin querer una mueca de placer se esbozó en su rostro. Inmediatamente y antes de que Prusia se percate de su semi-presencia, Austria abandonó el lugar retirándose a sus habitaciones.


A las seis en punto comenzaba su rutina, habiéndose despertado una hora antes. Abría las cortinas de todas las salas comunes en las que estarían los convalecientes moviéndose con sus camillas o sillas de ruedas, y dirigiendo a las enfermeras de aquí para allá para que acondicionaran todo lo posible los lugares. La fiestecita que Prusia había montado la noche anterior le había salido cara en preparación esa mañana: las enfermeras tenían que cargar con las sillas reubicándolas en sus lugares originales, debían trasladar el clavicordio de nuevo al garaje, había que cambiar la alfombra y levantar los pocillos de café y ceniceros sucios. A las siete en punto se sentaba en el escritorio de la oficinita de la planta baja a revisar el registro de ese día y a tomar la asistencia de los empleados de la casa. Media hora más tarde acudía a la cocina a ayudar con las tartas y budines para el desayuno de los convalecientes y heridos de guerra. Daba instrucciones a las cocineras y enfermeras que de muy buena predisposición ayudaban en todo lo que estuviera a su alcance, y finalmente colaboraba con la preparación del café de todos en la casa, a la vez que separaba una jarra para él y Prusia. Luego acudía al comedor privado, donde sabía que tendría al menos treinta minutos de privacidad absoluta.

Tras servirse el café y una porción de torta de limón, Austria recibió de la mano de Chequia la correspondencia de los informantes en Stalingrado, París y Vichy. Mientras se dedicaba a leer cada una de las cartas que informaban sobre el posible desembarco aliado en Calais, aunque también se especulaba en Normandía, tenía que pensar cómo manejaría aquello. Alemania estaba peleando en Rusia, no podía distraerlo con suposiciones del oeste. Odiaba hacerlo, pero esta vez tenía que tomar el liderazgo del Frente Occidental y lidiar personalmente con Inglaterra y Estados Unidos. Por otra parte, las cartas que le mandaba Alemania desde Rusia no parecían buenas. Hacía días que estaba persiguiendo a Rusia a través de la estepa sin éxito alguno y en los alrededores de esa ciudad tan enigmática las cosas parecían tornarse "oscuras", según sus propias palabras. Todavía no la había leído. El remitente era de Stalingrado y no tenía el sello lacrado que Alemania siempre usaba para Austria saber que se trataba genuinamente de él. Parecía más bien un telegrama enviado a las apuradas más que una carta.

—Es una buena mañana, ¿no crees Austria? —La voz de Prusia ingresó por la puerta del comedor privado. Estaba vestido todavía con su pijama, es decir con su musculosa negra y los pantaloncillos de seda que siempre usaba. Permanecía descalzo, algo que a Austria repugnaba.

—Para ti todas son buenas mañanas —dijo Austria con desdén. Dio un sorbo altanero a su café.

Prusia se sirvió a él una porción generosa de torta de limón y llenó un tazón entero, a diferencia de Austria que bebía en tacitas más pequeñas. Luego, se sentó frente a él. La mesa era pequeña, pero ahora, Austria la sentía en exceso chica y deseaba poder desayunar en el comedor principal, si tan solo no estuvieran los convalecientes de Alemania.

—¿Qué tal estuvo tu noche? —Preguntó Prusia con una sonrisa demoníaca—. ¿Te gustó la música?

—Apenas pude escucharla —mintió—. Tuve trabajo hasta muy tarde y me fui directo a la cama. Tuve muy poco tiempo de escuchar y sinceramente no recuerdo nada.

—Qué raro —dijo Prusia—, no es lo que yo pude ver.

—¡¿Qué?! —Exclamó Austria con un gran frío que trepó por todo su cuerpo. Con una mano sostenía el sobre del telegrama de Alemania, y con la otra el abrecartas—. No sé de qué me estás hablando. Apenas sí pude escuchar algo. No sé si sabías, pero desde mi habitación no se puede escuchar casi nada del bullicio de la planta baja.

—No me refiero a tu habitación, Austria, sino a que te vi espiándome.

—Estás completamente loco —se rio—. No lo hice ni lo haría jamás. Tu música no es digna de apreciación. Simplemente no tienes buena madera de músico. Es cuestión de aceptarlo y no harás más papelones.

—Tu sonrisa no decía lo mismo.

Austria se sonrojó. Prusia inmediatamente comenzó a reírse a las carcajadas.

—¡Mientras estaba tocando la cuarta suite, casi al final de la presentación, te vi espiándome desde afuera! —dijo a los gritos mientras golpeaba la mesa con la mano derecha. Las tazas y los platitos de porcelana temblaban—. ¡Tan solo admite que quedaste impactado con mi presentación de ayer, Austria! No hay nada malo en admitir la derrota. O quizá sí, cuando eres derrotado siempre por alguien mucho mejor que tú, o sea el asombroso yo —sonrió con burla.

—Cierra la boca. —Resopló Austria mientras abría el sobrecito y sacaba la pequeña nota—. Ni que fueras tan bueno como para que yo asistiera a ver una interpretación tuya de Bach.

—¿Cómo sabes que era Bach?

—Eeh… Yo… —tartamudeó mientras se acaloró. Inmediatamente Prusia volvió a estallar de la risa y él volvió su atención al telegrama de Alemania. Requería el doble de concentración ahora para leerlo. Estaba más colgado pensando en que en verdad la música de su compañero era muy buena, pero no tenía que admitirlo; aquello sería motivo de burla por parte de Prusia por siglos y siglos en adelante.

—Si tan solo aceptaras que soy tan bueno en la flauta traversa como tú lo eres en el piano nos llevaríamos mejor, Austria —decía mientras lo piqueteaba con el índice. Pero la expresión de Austria se tornó más oscura y asustada.

—¡Ya cállate idiota!

—¿Qué pasó? —Preguntó preocupado.

—Alemania… Rusia lo venció en Stalingrado… y lo está persiguiendo de regreso por la estepa. El ejército fue aniquilado y los rusos ahora están invadiendo nuestro frente. Estamos en retirada.