Lilith despertó de golpe con un grito atorado en la garganta. Gotas de sudor se deslizaban por su cuello. Apartó de golpe las sábanas, sintiendo que la sofocaban. La pesadilla seguía con ella, aferrándose a los rincones de su mente como tentáculos venenosos y arrugados que no estaban dispuestos a dejarla ir.

La madre de todos los demonios rara vez dormía, pero cuando lo hacía sus sueños estaban plagados de amargas memorias y malas decisiones. Esta vez no era la excepción.

Solo cuando había sido reina del infierno, su pequeño interludio de la tortura eterna que era su existencia, había podido descansar. La cabeza le empezó a doler, recordando el poder sentarse en el trono, usar la corona, dormir en su cama sin temor a que Lucifer apareciera en mitad de la noche. A que nadie, apareciera en mitad de la noche. Eso se acabó en el segundo que Sabrina le dijo que Lucifer estaba vivo.

Mocosa desconsiderada, sabía perfectamente que Lucifer querría venganza por la rebelión y derrocamiento de trono. Aun así no había considerado necesario avisarle. Lilith pensaba en todo, pero nadie pensaba en ella. Si a la joven bruja no se le escapaba por casualidad probablemente Lucifer la habría atrapado en su propia cama y la habría torturado antes de matarla.

La cama sobre la cual ahora se veía obligada a permanecer. Ya no podía regresar a la cabaña de Mary Wardwell. Ni era bienvenida en la mansión Spellman o la academia de artes oscuras.

Un dolor agudo atravesó su pecho al pensar en la matriarca de la familia. Zelda no se lo había pensado ni dos veces antes de botarla a la calle como un perro sarnoso. Una semana antes había tenido al aquelarre orando a su nombre, pero eso no le importó. Igual que Sabrina, a Zelda no le importaba Lilith, solo los beneficios que podía traer y en ese momento su presencia representaba más peligro que apoyo así que la decisión le resultó sencilla.

La primera bruja cerró sus manos en puños, apretando fuertemente hasta sacar pequeñas gotas de sangre. Observó con una fascinación casi insana las gotas rojas, como caían sobre las sábanas doradas y creaban un contraste naranja.

No era bienvenida en ningún lugar y era prisionera en el infierno. Su caída había ido de reina, a regente a absolutamente nada. De vuelta a ser la concubina de Lucifer, Madam Satan, la primera bruja fiel sirviente del Señor Oscuro. Esclavitud, eso es lo que era, tal y como Lucifer le recordaba cada que podía.

Cerró los ojos y sintió el frío del infierno atravesar su espalda. Cogió su sobretodo de noche, de seda roja como la sangre, y se lo puso para abrigarse. Bajó de la cama con parsimonia, y caminó a su escritorio de madera tallada. Si bien ya no iba a dormir, igual podía hacer algo útil. Aún descalza se sentó de piernas cruzadas en su silla, era lo suficientemente espaciosa para hacerlo y en su propia privacidad no tenía que mantener apariencias formales.

Cogió un libro y lo abrió por donde estaba marcado, pero los ojos le dolían y las letras aparecían borrosas ante sus ojos. No podía concentrarse. Cogió otro libro, este en el idioma antiguo y pasó lo mismo. Incertidumbre se instaló en su estómago. ¿Por qué no podía leer? Dejando los libros sobre la mesa decidió escribir algo. Tenía que redactar los informes de las almas recaudadas en la semana. Ni Lucifer ni Sabrina servían para llevar cuentas, toda la carga pesada demasiado aburrida para los monarcas recaía en ella. Así que podía avanzar con eso.

-Secretaria del infierno.- Murmuró con una risa amarga. ¿Para eso había trabajado todos esos años? Realmente resultaba humillante.

Pero por mucho que buscara no encontraba nada para escribir por ninguna parte. Todos los lápices, plumas, carboncillos o artilugios de escribir habían desaparecido.

-Extraño…

La corriente de aire helado volvió a entrar y Lilith miró extrañada alrededor. La puerta estaba cerrada y las ventanas también. No había ningún hueco por el cual pudiese entrar tanto aire.

Buscó sus zapatos con la mirada, los había dejado al lado de la cama la noche anterior de eso estaba segura, pero tampoco los encontró. Un escalofrío recorrió su espalda y esta vez el aire no tuvo nada que ver con ello.

Levantándose con cierto temor de la silla, se aproximó a la puerta. No sería la primera vez que Lucifer decidía jugar con ella. Por aburrimiento, decía él. Todos saben que cuando el diablo se aburre, los ríos lloran sangre. Solo que en este caso no eran los ríos los que lloraban, sino ella. En la sangre sí habían acertado.

Tratando de controlar los temblores de su mano fue a fijar el cerrojo de la puerta, para ver que ya estaba puesto. Un pensamiento cruzó su mente, trató de abrir la puerta. Se mantuvo cerrada.

-¡¿Lucifer?! ¡Esto no es gracioso!- Exclamó mirando a todos lados, sin saber en qué rincón oscuro se ocultaría el diablo.

Volvió a tratar de abrir la puerta, esta vez con magia. Nada.

-¿Señor oscuro? – Volvió a preguntar, sintiendo como la desesperación la invadía. No era la primera vez que Lucifer jugaba con el encierro.

Una vez, después de un error especialmente desagradable que había cometido en sus primero días, Lucifer la había encerrado en un calabozo por semanas sin agua ni comida. Todos odiaban o temían a la primera bruja, pero nadie pensaba en lo que ser la primera bruja, sirviente de Satán, involucraba. Nadie pensaba en los duros castigos por los más mínimos errores, ni como poco a poco había perdido su humanidad. Lilith había sido creada humana, algo que casi no recordaba después de tanto siglos al servicio del infierno.

-¿Rey del infierno?- Probó con otro título, en otras ocasiones ayudaba acariciar el ego del arcángel caído.

Lilith volvió a probar abrir la puerta. Nada. Era extraño, el cerrojo estaba desbloqueado y no había nada que trancase la puerta, pero esta sencillamente no se movía. Cogió una silla de madera que estaba cerca a la puerta y la lanzó con todas sus fuerzas. La silla rebotó en la puerta y reventó en mil pedazos, algunos de ellos lastimando su cuerpo desprevenido.

Un hechizo rodeaba la puerta, eso tenía que ser. Lilith cayó de rodillas, tapándose la cara con las manos al sentir las lágrimas que querían correr libres por sus mejillas.

-Mi señor…- Imploró esta vez con voz temblorosa. –No sé qué hice ahora… pero lo compensaré. Lo juro.

Unos pasos sonaron detrás de ella, provenientes de la chimenea. Lilith bajó la mirada, dejando que su cabellera marrón tapase su rostro. Inconscientemente el movimiento fue igual al que había tenido en el encuentro con Lucifer cuando Sabrina se había negado a firmar su nombre en El Libro en su cumpleaños 16, en la cabaña de Wardwell. La bruja había implorado perdón y finalmente había besado los cascos de cabra del diablo. Ese día se veía tan lejano y sin embargo las cosas no habían cambiado. Diferente lugar, misma opresión.

Una mano cogió delicadamente su barbilla y la obligó a levantar la mirada. Lilith cerró los ojos, incapaz de controlar el temblor en su cuerpo. Una lágrima corrió por su mejilla, sabía muy bien lo que venía a continuación.

Una cosa sí había cambiado. Lilith ya no quería trabajar para él. Quería tener su propia independencia, quería vivir sin tener que mirar detrás del hombro, quería tener alguien con quien compartir momentos sin tener que recoger sus restos destruidos porque el rey se ponía celoso. Quería crear lazos basados en algo más que odio y miedo. Y eso era algo que Lucifer no podía tolerar.

Sintió como un par de brazos pasaban por su cuello, en una burla de abrazo y la obligaban a recostarse en el suelo. Sintió los restos astillados de la silla clavarse cruelmente en su espalda y se mordió los labios para no dejar escapar un sollozo.

Los brazos se asentaron en su cuello, el abrazo empezó a apretar más y más hasta que dejó de serlo. Apretaba, apretaba con fuerza y Lilith ya no podía respirar. Trató de gritar y tampoco le salió la voz, se dio cuenta que no podía moverse. Solo podía sentir el apretón quitándole el poco oxígeno que le quedaba.

Su cabeza golpeó el piso y todo se desvaneció.

Abrió los ojos, todavía estaba echada en su cama. Trató de moverse y no pudo. Su respiración se aceleró, no podía moverse. El pánico empezó a invadirla. ¿Por qué no podía moverse?

A su lado sintió como otra persona se giraba, se estiraba como despertando de un buen sueño y pasaba su brazo por el torso de ella, atrayéndola hacia sus brazos como quien abraza la almohada.

Dentro de la prisión que era su propio cuerpo sintió como la movían abrazándola. Un sollozo empezó a desarrollarse en su garganta pero no logró producir ningún sonido. Respiró agitadamente, sintiendo que se ahogaba, quería mover un dedo, solo un dedo. Intentó con todas sus fuerzas.

Sus intentos se congelaron cuando una voz susurró en su oído.

-¿Así que con eso sueñas Lilith? Patético, ni allí puedes dejar las pesadillas.- Chasqueó la lengua burlonamente.- Sé que estás despierta

Bruscamente Lucifer la cogió del mentón para obligarla a mover la cabeza hasta estar mirándolo. Con los ojos abiertos pero sin poder moverse Lilith deseó estar en cualquier lugar menos ese.

-Y eso solo lo hace más divertido.

Una lágrima se deslizó por su mejilla y Lucifer la atrapó con su dedo índice, esparciéndola por sus pómulos afilados. Dándole una parodia de un beso Lucifer se acomodó para dormir abrazando a Lilith.

-Descansa ahora, Madam Satan, mañana hay muchos asuntos por resolver.

La bruja se sintió diminuta en ese momento. Lágrimas de ira e impotencia llenaron sus ojos pero se negó a dejar que se derramasen.

Y en ese momento odió. Odió a Sabrina por quitarle el trono. Odió a Lucifer por amarrarla a la esclavitud milenios atrás. Odió a Adam por mostrarle a través del amor a Mary qué era estar cerca de alguien, odió a Zelda por mostrarle adoración para botarla con la punta del zapato. Odió a Sabrina por ser tan joven, ingenua y llena de esperanza. Odió a Adam por hacerla sentir. Odió a Zelda porque el dolor que le causó era demasiado. Odió, porque era lo único que se podía permitir sentir. Odió tanto que cerró la palma de sus manos en fuertes puños hasta que le dolió y fue entonces que se dio cuenta que podía moverse.

Volteó su cabeza hacia el lado opuesto al demonio que ocupaba su cama y una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios. Todavía podía moverse. Seguía viva, y ya estaba lo suficientemente maldita como para saber sobrevivir en esa situación.

Sintió a Lucifer a su lado, estaba dormido, y por un momento fantaseó con clavarle una daga en el corazón, cortarle la cabeza y quemar los restos. Era un bonito sueño.

Lilith suspiró y trató de acomodarse lo más lejos posible del diablo. Aferrándose a ese sueño cerró los ojos y se dispuso a dormir. A lo mejor en el siguiente intento no tendría tantas pesadillas.