Disclaimer:

a) Ninguno de los personajes de Miraculuos Ladybug me pertencen.

b)Todos los derechos pertenecen a su creador: Thomas Astruc así como a sus empresas productoras.

c) Hago esto sin fines de lucro o ganancia alguna.

d) De Fan para Fans

e) La historia aquí contada es de mi imaginación con un tema para nada original, con trama cliché, diálogos insípidos. Y un humor carente de sentido común.

TRAMA GENERAL: En el inicio de las eras los demonios casi llevan a la extinción a la raza humana. Los humanos menospreciados robaron el poder de los dioses y lo usaron contra los demonios. Cuando la balanza estaba equilibrada los humanos se hicieron el poder del dios de los demonios. Aun así los demonios eran muy poderosos para los humanos. Así que en un último sacrificio los héroes de la humanidad, aquellos que tenían la magia en ellos, sellaron a los demonios en su propio plano. Un mundo paralelo al nuestro separado por un un velo inexpugnable. Uno que ningún demonio podía romper. O eso se creía.

Resumen capítulo: ¿Creen en la magia? Pues aquí existe. ¿Quieren súper poderes? Aquí pueden tenerlos. Si no te molesta que el precio a pagar sea tu vida o tu alma. Hacer un pacto con un kwami puede darte los poderes de un dios y una diana para los akumas. Vence y salva a todos en el mundo. Fracasa y los akumas haran salir a las criaturas del infierno para condenar a toda la humanidad. Pero no te preocupes hay un hombre que ha cargado con el conocimiento, que puede explicarte que sucede y como salvarte. Si sobrevive.


Capítulo 0:

París, Francia. 1990.

Era pleno diciembre, las calles frías de París estaban desiertas. Cosa que agradecía el hombre que corría a toda prisa. ¿Cuánto llevaba corriendo? Toda su vida, tal vez. Se había ganado esa marca en su cuello desde que era muy joven, demasiado joven. Y desde entonces no había parado un solo día.

Sus pulmones dolían, el aire frío entraba haciendo que se volviera complicado respirar. Sus músculos estaban al borde del colapso. El corazón latía con tanta fuerza que lo escuchaba y sentía palpitar en sus oídos. Giro en un callejón y se ocultó tras un basurero. Abrazó su mochila conteniendo la respiración mientras los hombres que lo seguían pasaban de largo.

No era un gran grupo, si acaso diez. Pero él ya no era joven. Tenía casi ochenta aunque su apariencia podría ser de unos cuarenta o cincuenta. La magia lo mantenía así y él lo sabía. Pero si ellos lo encontraban. Abrió su equipaje, el libro estaba intacto. Era un tomo antiguo, demasiado grande, de cuarenta centímetros de largo, unos veinticinco de ancho y otros quince de grosor.

Las páginas amarillentas y esa cubierta de cuero. Cualquier persona común a simple vista sabría que era un libro antiguo de mucho valor. Lamentablemente para él, ellos estaban demasiado cerca. Toda su vida la dedicó a proteger ese objeto. Y él ahora era el último.

Toda su estirpe dedicada a una sola misión, el hijo que continuaría su legado asesinado antes de siquiera cumplir la mayoría de edad. Iba a morir con siglos de conocimientos y tras su muerte se perdería la forma de evitar que la humanidad fuera condenada a la extinción.

Apretó las manos sujetando el libro hasta que sus nudillos se volvieron blancos. De la flaqueza la resolución se abrió paso. Él era un orgulloso guardián. Él había logrado sobrevivir y vencer antes. Muchos cayeron antes y junto a él. Pero si él caía no condenaría a la humanidad.

―Wayzz― hablo en voz baja mientras se asomaba lentamente buscando a sus enemigos. Por ahora estaba a salvo.

―Esto estuvo cerca, maestro― aseguró la pequeña criatura, no era demasiado grande, estaba flotando cerca del mayor. Su color era verde y de alguna manera parecía asemejar a una tortuga. Con una cabeza demasiado grande para el cuerpo que se mantenía humanoide.

―Lo estaré mas, mi querido amigo― la sonrisa de su maestro decía demasiadas cosas. Y ninguna de ellas era buena para Wayzz

―Maestro debe huir tiene que- pero sus palabras se vieron acalladas cuando el hombro colocó el dedo índice en la boca de la pequeña criatura.

―Soy viejo Wayzz― sonrió con melancolía ―viví una buena vida a pesar de todo, amé, fui amado, tuve una familia― caminó al lado del kwami pasándolo de largo. Subió por la escalera de emergencia de uno de los edificios del callejón.

Wayzz observó como su maestro dejaba todas sus pertenencias atrás y solo portaba el libro con él. Voló a su lado, el hombre tenía una expresión tranquila, una resolución inquebrantable. Una vez en el techo el hombre sonrió con serenidad, abrió el libro y buscó entre sus páginas sonriendo satisfecho. El kwami se acercó para ver el contenido. Sus ojos se abrieron ―no maestro― murmuró acerçandose ―debe haber otra forma― intentó convencerlo.

―No creo que tengamos muchas opciones por ahora viejo amigo― su mano derecha se posó en la pulsera que cargaba en la muñeca izquierda. Esa vieja pulsera había sido confiada a él desde su juventud y ahora. ―Adiós Wayzz fuiste el mejor compañero y guía que pude pedir― tras decir eso retiró la pulsera. El pequeño ser desapareció en cuanto lo hizo sin darle la oportunidad a que dijera nada más. Para él era mejor así, no tenía que ser mas difícil de lo que ya era. Aún tenía cosas que hacer. Colocó la pulsera en el libro y comenzó el hechizo.

La onda de magia sacudió París, claro para aquellos que podían percibirla. La sonrisa de satisfacción en la cara de esos hombres habría causado escalofríos en cualquiera. Regresaron sobre sus pasos, su presa había delatado su posición.

Wang Fu se veía físicamente como un hombre de ochenta años o mas. Supo que tenía poco tiempo y la magia que uso aun desprendía de su cuerpo. Tan poco tiempo. Corrió con las pocas fuerzas que le quedaban entre los tejados, miró con cierta tristeza su pulsera destrozada, la presionó con fuerza en la mano, cuando abrió el puño está no era nada mas que polvo.

Su piel se erizo y sabía que ellos estaban más cerca. Se distrajo tratando de saber que tan lejos estaban pero fue algo que pago, resbaló de un techo, rodó y cayó pesadamente en un balcón. Observó alarmado alrededor, para su fortuna cerca estaba una ventana. Se acercó pero estaba trancada, así que haciendo uso de un poco de ese poder que aún corría por sus venas logró abrir. Al entrar se encontró en una habitación, sucia, llena de polvo, con la pintura deteriorada por el paso del tiempo. El lugar parecía abandonado. Sonrió esperando que esa fuera una buena señal, aunque a estas alturas ya lo dudaba.

Recorrió la habitación, el suelo de madera crujió bajo sus pies. En una esquina bajo un madero suelto escondió el libro, ahora era diferente. Parecía un libro cualquiera de pasta dura, medía quince centímetros de ancho, con veinte de largo y solo cinco de grosor. Lo guardo y aseguró la madera.

Debía darse prisa. La presencia de los otros estaba más cerca. Salió de aquel lugar prometiendo en silencio algún día regresar por aquel importante tomo. Al salir al frío de la noche, su aliento formó una nube blanquesina, su vista se fijo un momento en el cielo. En la luna llena, las estrellas tintineantes, una sonrisa se dibujo en su rostro mientras emprendía la carrera nuevamente. Huyendo una vez más como siempre lo había hecho, pero ahora con la libertad que le daba a un hombre saber que esa podría ser la última noche que debía correr.

Años más tarde ese edificio abandonado abriría sus puertas a una joven pareja con muchos sueños y esperanzas. Ese lugar sería un nuevo comienzo, una familia recién formándose lo llamaría hogar. Ese lugar derruido y olvidado se transformaría en "Tom & Sabine Boulangerie Patisserie" la mejor pastelería de todo París.